MADRID ANTIGUO 1                                                     



PLAZA DE LA VILLA

Esta plaza, cuyo nombre primitivo era de San Salvador, constituye uno de los rincones del Madrid actual que mejor conservan, a pesar de tener edificios de diversas épocas, el sabor y la esencia de lo antiguo. Además de la calle Mayor, su principal acceso, se abren a ella una serie de callecitas, breves y estrechas —apenas portillos—, que forman parte del viejo plano de un Madrid histórico.

Se desconoce cómo pudo ser durante el periodo musulmán, pero a partir de la conquista, fue tomando tal importancia, que con los Trastámara se convierte en el centro oficial y comercial de la Villa.

En aquel tiempo, en la parte meridional estaba el edificio de la Carnicería Vieja, que desapareció cuando en 1537 don Benito Jiménez, sobrino del cardenal Cisneros, construye su palacio, conocido como Casa de Cisneros.

El lado occidental lo ocupaba la Alhóndiga (depósito de granos y otros comestibles), convertida en Cárcel de la Villa y vivienda del Corregidor en 1497, que también desapareció al edificarse en el siglo XVII la nueva sede del Concejo, la Casa de la Villa, que no es otra cosa que el Ayuntamiento. Hoy la Casa de la Villa esta reservada a actos protocolarios y de representación, pues el grueso de las oficinas centrales del Ayuntamiento están en la plaza de la Cibeles, en el antiguo edificio de Correos.


Casa de la Villa. 1644

En la calle Mayor, frente a la plaza, estuvo hasta el último tercio del siglo XIX la parroquia de San Salvador, en cuyo atrio se celebraron las primeras reuniones del Concejo de la Villa.


Plaza de la Villa

A excepción del inmueble esquinero con la calle Mayor —una verdadera lástima, pues desentona en el conjunto—, la parte oriental permanece íntegra. Allí se encuentran los únicos edificios de arquitectura civil que han llegado a nuestros días del Madrid de la Edad Media, las casas y torre de los Lujanes.


Plaza de la Villa a finales del XIX

En el centro de la plaza hubo en otro tiempo una fuente, igualmente llamada de la Villa. En su lugar se alza actualmente la estatua en bronce del almirante don Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz. Es de Mariano Benlliure y fue inaugurada en 1891.
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PLAZA DE LA CEBADA

Este paraje, utilizado desde tiempo inmemorial para aventar las mieses y por ello conocido como era y luego plaza del Viento, pasó más tarde, con el nombre de la Cebada, a ser el lugar donde los labriegos vendían sus cereales, no sin antes separar el diezmo que le correspondía a la cercana parroquia de San Andrés, otra parte para las caballerizas del rey, un pequeño óbolo para el sacristán de San Pedro, por tocar una campana milagrosa que dicen que alejaba las tormentas; limosnas también para las parroquias de Santa María y de San Justo, y algún que otro donativo para los frailes de San Francisco. En el siglo XVIII fue éste el espacio donde se instalaban las ferias y mercadillos de Madrid. Y ya en el siglo XIX se destinó, durante largo periodo, como siniestro emplazamiento del patíbulo para las ejecuciones de los condenados por la justicia.


Plaza de la Cebada en 1980

Plaza de la Cebada

Diversas edificaciones, hoy desaparecidas, ornaban la plaza desde antiguo. En la esquina de la calle de Toledo estaba el convento y hospital de la Latina, fundado por doña Beatriz Galindo, profesora de latín de Isabel la Católica. Junto a la calle del Humilladero, en el solar de una vieja ermita, fundó la cofradía de la Vera Cruz su iglesia de Santa María de Gracia. Y mención especial merece el enorme y bellísimo mercado de hierro inaugurado en 1875. Tenía 6.416 metros cuadrados y sus columnas y armaduras metálicas habían sido construidas en Inglaterra. Era el tiempo en que se pusieron de moda, después de la torre Eiffel, este tipo de construcciones. Lamentablemente desapareció por motivos especulativos nada claros en 1956. Sobre parte de su solar se alza el nuevo mercado, funcional y que no tiene mal aspecto, pero que no hace olvidar la monumentalidad del anterior.


Antiguo mercado de la plaza de la Cebada

Antigua plaza de la Cebada en el siglo XVII

Desde el siglo XVII existía allí una fuente de amplio estanque, cuya originalidad consistía en que los chorros de agua vertían sobre piletas elevadas. A su alrededor se reunía toda la gallofa de Madrid.
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CALLE DE SEGOVIA

Hablar de la calle de Segovia es tanto como hablar de los propios orígenes de nuestra villa, ya que el primer núcleo de población madrileña —árabe—, además de establecerse en el montículo del Palacio Real, también lo hizo allí, en ese profundo valle antiguamente recorrido por el arroyo que los cristianos llamaron luego de San Pedro.

La calle, que antes se llamó de la Puente, comienza en Puerta Cerrada y acaba en la glorieta del Puente de Segovia.

En todo el recorrido conserva parte de su viejo carácter de gran vía de penetración al corazón de la ciudad. Al principio, muy angosta, se abre por la derecha el pasaje del Obispo, que deja ver una bella perspectiva de la iglesia pontificia de San Miguel. En el número 4 se conserva el edificio del Dispensario Azua, con un bello esgrafiado en su fachada a la manera de las casas segovianas. En el número 10 estaba la espartería de Cipriano Bustos, lugar donde el famoso bandido Luis Candelas cometió en 1837 uno de sus más audaces robos.


El Viaducto sobre la calle de Segovia

A la altura de la trasera de la iglesia de San Pedro se forma una pequeña plazoleta, y en ese enclave, haciendo esquina con la costanilla de San Pedro, se encuentra el antiguo palacio del marqués de la Romana. Durante muchos años sirvió como sede de la embajada de Austria y luego de la sección de Estadística y Empadronamiento del ayuntamiento de Madrid.


Calle de Segovia

Pasada la costanilla de San Pedro y el paredón que cierra por la calle de Segovia el palacio de Anglona, otro ensanche forma la placita de la Cruz Verde. Toma ese nombre por una cruz pintada de verde que allí quedó adosada a la espalda del desaparecido convento del Sacramento, como recuerdo de utilizarse dicho espacio para autos inquisitoriales. La estatua de Diana que adorna la actual fuente procede de otra desmontada en Puerta Cerrada.

Junto a la cuesta de los Caños Viejos estaba la llamada Casa del Pastor, con el escudo más antiguo de Madrid. Como tantas veces, ahora lamentamos su destrucción. Los vecinos de un alto y horrible edificio que ocupa su lugar disfrutan ahora de la ornamentación de tan simpar escudo.


Puente de Segovia

En el año 1614, Felipe IV fundó por esta zona la primera Casa de la Moneda. Ocupaba el complejo varios edificios, a ambos lados de la calle, pasando el Viaducto. Allí nació Mariano José de Larra, cuyo abuelo paterno era administrados de aquella institución. Mudó de sede la Casa de la Moneda en 1861, y aquello se transformó en casas de vecindad. En una de ellas se instaló la famosa "Posada del Maragato", donde se alojaban los carreteros que traían el pescado a Madrid.

A la derecha y descendiendo hasta el río estaba el Campo de la Tela, hoy parque de Atenas, que fue en la Edad Media lugar de justas y torneos.

Y da fin a la calle el Puente de Segovia, construido por Juan de Herrera en tiempos de Felipe II.
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CALLE MAYOR

Desde la Puerta del Sol a la Cuesta de la Vega, la calle Mayor ha tenido varias denominaciones. En el plano de Texeira (1656) aparece con cuatro nombres: Mayor, de Sol a las plazas de San Miguel y de Comandante las Morenas; Guadalajara, hasta Milaneses: Platerías, de Milaneses a la plaza de la Villa, y Almudena, hasta la desaparecida iglesia de Santa María, frente a Capitanía General.

La calle Mayor sigue conservando la importancia que ya tuvo durante la época medieval y que se agrandó al ser declarada Madrid capital de España. Recorrerla es ir reconociendo, siglo a siglo, todas las edades de la ciudad.


Calle Mayor

En Mayor estaban agrupados desde antiguo los establecimiento del mismo ramo: los joyeros ocupaban el principio de la calle, cera de la izquierda, hasta su confluencia con la de Siete de Julio; los pañeros en la de enfrente, hasta Coloreros; los manguiteros entre Coloreros y Bordadores, los sederos entre Bordadores y la plaza del Comandante las Morenas, y los últimos, los roperos, frente a los del gremio anterior. Todas las calles aledañas, como su nombre indica, también tenían su especialización: Esparteros, Coloreros, Bordadores... Hoy, otros dos tipos de tiendas —ya las podemos considerar tradicionales— dan una especial fisonomía a esta zona: las de "efectos militares" y las de ornamentos de iglesia.


Desaparecido convento de San Felipe

Mucho ha cambiado el aspecto de la calle. Comenzaba en otros tiempos con el convento de San Felipe el Real, famoso por sus covachuelas habilitadas para la venta de todo tipo de fruslerías. Y más aún por la lonja sobre las covachuelas y las gradas de acceso, el renombrado "Mentidero de la Villa", lugar donde se conocían las noticias antes de producirse. En su solar, entre las calles de Correos y Esparteros, construyó el maragato Santiago Alonso Cordero, gracias a un premio de lotería, la llamada casa del Cordero.


Desaparecido palacio de Oñate

En la otra acera se levantaba el magnífico palacio de Oñate, de igual manera abatido por la piqueta (su portada, de Rivera, se volvió a montar en la Casa de Velázquez, en la Ciudad Universitaria). Allí residía el conde de Villamediana, cuyo misterioso asesinato dio pie a miles de rumores y comentarios: amoríos reales, altas razones de Estado, complicidad del rey Felipe IV... Y frente al palacio, lugar donde los pintores exponían sus cuadros al paso de las procesiones del Corpus, mostró Murillo su famosa Inmaculada Concepción.

La calle de San Felipe Neri nos recuerda el desaparecido oratorio dedicado a este santo. Y la plaza de San Miguel, de igual manera, a la antigua parroquia de San Miguel de los Octoes, demolida en 1809. De allí pasaron algunos de sus cuadros e imágenes a la iglesia de San Justo y luego a la nuestra de Maravillas.

En este mismo ensanchamiento que forman las plazas de San Miguel y del Comandante las Morenas, estaba la puerta de Guadalajara, la más importante del Madrid medieval, que se abría en el segundo cerco amurallado que tuvo la ciudad, el practicado por los cristianos tras la conquista.

En el número 61 se conserva la casa que perteneció a don Pedro Calderón de la Barca, estrechísima y muy característica de la época, dada la falta de suelo para edificar que padeció Madrid. Muy cerca tiene una calle dedicada, abierta en el solar dejado por el convento de la Salutación de Ntra. Señora, vulgarmente llamado de las monjas de Constantinopla, del que era capellán.

Frente a la plaza de la Villa se erguía la iglesia de San Salvador. En su atrio se celebraban las primeras reuniones del Concejo. La Casa de la Villa, con proyecto de Juan Gómez de Mora, no estuvo terminada hasta el año 1696. Y al lado del Ayuntamiento se encuentra el palacio de Camarasa, que alberga dependencias municipales.


Casa Ciriaco

Atentado a Alfonso XIII

Del convento del Sacramento sólo se conserva la iglesia, actualmente de la Vicaría General Castrense. En el ensanche que se forma en el cruce de calles, un monumento recuerda el atentado sufrido por Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia en 1906. Ese fue también el emplazamiento de la puerta de Santa María, llamada así después por los cristianos (se desconoce el nombre árabe), pero que pertenecía al primer recinto amurallado.


Palacio de Uceda

Sí se mantiene antes de llegar a Bailén, a la izquierda, el palacio del duque de Uceda, valido de Felipe III. El edificio, que pasó posteriormente a ser sede de los Consejos de Castilla, ahora se reparte entre Capitanía General y el Consejo de Estado.


Desaparecida iglesia de Santa María de la Almudena

En la acera opuesta, otro palacio, el de Abrantes, utilizado como centro cultural de la Embajada de Italia, fue construido en parte sobre la gran mansión de la más famosa tuerta de nuestra historia, la princesa de Éboli. Y a continuación, esquina a Bailen, desgraciadamente ya no existe la más antigua iglesia madrileña, la de Santa María de la Almudena, asentada sobre una mezquita árabe y demolida en 1868. Parte de sus cimientos, descubiertos recientemente en obras de pavimentación, se muestran al público bajo una protección de cristal.


Hornacina de La Almudena antes de construirse la Catedral

En la prolongación de la calle hasta la Cuesta de la Vega, toda la parte de la derecha está ocupada por la catedral de Ntra. Señora la Real de la Almudena. Una hornacina con su imagen recuerda que ahí milagrosamente se encontró, en la antigua muralla, después de haber sido escondida en tiempos de los árabes. Restos de esta muralla musulmana, incluso los cimientos de la puerta de la Vega aquí ubicada, los podemos encontrar frente a la cripta, en el solar que quedó del derribo del palacio de Malpica, hoy una placita bastante descuidada y dedicada al fundador de Madrid, el emir Mohamed I.
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PLAZA MAYOR

Es la plaza principal de Madrid y quizá una de las más bellas de Europa. Entrar en ella por cualquiera de sus nueve puertas supone encontrarse con un espacio maravilloso, un gran escenario lleno de historia y de tradición.


Plaza Mayor

En la Baja Edad Media era una zona irregular, fuera de las antiguas murallas, generalmente encharcada y conocida como Laguna de Luján, por pertenecer a Francisco de Luján, del mismo linaje de los que vivían en la plaza de la Villa. En tiempos de Juan II se desecó y comenzó a utilizarse para la instalación de mercadillos, recibiendo el nombre de plaza del Arrabal por estar a la salida de la puerta de Guadalajara, extramuros. A finales del siglo XV, los Reyes Católicos dictaron normas y disposiciones para ordenar y regularizar dichos mercados. Pero es durante el reinado de Felipe III cuando la plaza (conocida ya como Mayor) presentaba un estado tan ruinoso que se determinó construir una nueva, digna de la capital de España. Tras un primer proyecto fallido de Juan de Herrera, el encargo lo recibió Juan Gómez de Mora, que trabajó durante dos años y terminó las obras en 1619. El coste ascendió a doscientos mil ducados.


Plaza Mayor

Era en esa época la Plaza Mayor un conjunto armonioso con calles abiertas y bloques de casas de seis plantas. Estas casas, construidas con estructuras de madera y tejados de plomo, inauguraron en Madrid un nuevo modelo de vida, una nueva forma de vivir en pisos, como en la actualidad. Sus dos edificios más singulares, la Casa de la Carnicería, en la zona sur, y la Casa de la Panadería, enfrente, construida anteriormente (1590) por Diego Sillero, y que Gómez de Mora hubo de respetar e incluir en su proyecto, han tenido uso diverso. La Casa de la Panadería, destinada al principio para venta de pan y con habitaciones reservadas para el acomodo de los reyes, fue sede de la Academia de Bellas Artes, antes de construirse el edificio de la calle de Alcalá; seguidamente albergó la Academia de la Historia, hasta su mudanza a la calle del León, y también el Archivo de la Villa, hoy en el Centro Conde Duque. En la Casa de la Carnicería, con venta de carne inicial y siempre habilitada para dependencias del Ayuntamiento, está en la actualidad la Junta Municipal del Distrito Centro.


Plaza Mayor en 1919

La Plaza Mayor ha sufrido tres grandes incendios. El primero, el 7 de julio de 1631, se originó en un sótano cercano a la Casa de la Carnicería, corriéndose hacia la calle de Toledo. Duró tres días y fue devastador, destruyendo medio centenar de casas y causando la muerte a trece personas. Como no había socorros humanos con que acudir, se recurrió a los divinos: misas en altares improvisados en los balcones, traslado de imágenes, entre ellas las de la Virgen de la Almudena y Ntra. Señora de Atocha, y reliquias de iglesias y conventos, incluido el cuerpo incorrupto de san Isidro. De la restauración, fiel al original, se ocupó el propio Gómez de Mora.

El 2 de agosto de 1672, otro incendio arruinó la Casa de la Panadería, de la que se salvó solamente la planta baja y hubo de ser reedificada por Jiménez Donoso. Los muertos fueron veinticuatro.

Y el último, en la parte sur, se produjo el 16 de agosto de 1790, devorando las llamas casi un tercio de la plaza. Ello motivó que se encargara a Juan de Villanueva una reforma general del recinto.
El gran arquitecto neoclásico reconstruyó los edificios, rebajando su altura y dejando en ellos la huella propia de su estilo, y cubrió todas las calles de acceso, con lo que se logró el espacio urbano que hoy conocemos. Estuvo terminada en 1854.


Plaza Mayor

En 1873, una nueva intervención municipal la dotó de jardines y quioscos de música, que desaparecieron en 1936, cuando se restituyó el empedrado. Los cambios más recientes se produjeron en 1968, al construirse el aparcamiento subterráneo, ocasión que se aprovechó para declararla de uso exclusivamente peatonal.

La Plaza Mayor es un rectángulo de proporciones renacentistas (120 metros por 85), con edificios muy unitarios de cuatro plantas y techo abuhardillado. En sus muros predomina el color rojo y el ocre, en armonioso contraste con la pizarra de la techumbre y el gris de la piedra de pilares, arcos y pilastras de ventanas.

En el centro se encuentra la estatua ecuestre del rey Felipe III, última obra de Juan de Bolonia antes de fallecer, y que hubo de terminar Pietro de Tacca. El modelo fue un retrato de Pantoja de la Cruz. En este lugar fue colocada en 1848, año en que la reina Isabel II accede a su traslado desde su emplazamiento primitivo en la Casa de Campo, entonces de posesión real. En 1873, el gobierno republicano la desmontó y guardó en los almacenes municipales, de donde salió dos años después para ser reinstalada de nuevo. En 1931, tras la proclamación de la Segunda República, fue derribada y destrozada, pero luego reconstruida por Juan Cristóbal. Con motivo de las obras del aparcamiento subterráneo se acordó protegerla con una verja de hierro que impidiera las pintadas en su pedestal, obra de González Pescador y Sabino Medina.


Toros en la Plaza Mayor

A través de la historia, la Plaza Mayor ha sido escenario de muchos acontecimientos, unos felices y otros trágicos. De simple mercado al final de la Edad Media, sirvió para celebrar procesiones y festejos por la beatificación de san Isidro en 1620, y dos años más tarde por la canonización, que fue a la vez que las de san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Jesús y san Felipe Neri. Hubo proclamación de reyes y grandes fiestas de la realeza, siempre con espectáculos fastuosos, llenos de lujo y esplendor. Las corridas de toros (de muy larga duración, lidiándose hasta veinte toros) se organizaban con frecuencia para celebrar todos los eventos importantes, reuniendo la plaza un aforo de unas 50.000 personas, muchas de ellas ubicadas en los balcones, que se alquilaban a buen precio.

En la Plaza mayor hubo autos de fe, quema de herejes y numerosas ejecuciones públicas. Tremenda expectación levantó en 1621 la de don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias y ministro de Felipe III. Del episodio quedó la frase popular “tener más orgullo que don Rodrigo en la horca”.

Aquí se protestó contra Esquilache, fueron fusilados muchos patriotas madrileños en los días de la guerra de la Independencia, y se dio a conocer pública y solemnemente la Constitución de las Cortes de Cádiz, la famosa “Pepa”. Entonces recibió el nombre de plaza de la Constitución. En otras etapas, y según los vaivenes políticos, también ha sido denominada plaza Real, de la República y de la República Federal .

En los siglos XVIII y XIX volvió a recuperar su antigua función de mercado, instalándose allí los cajones y tinglados para la venta de toda clase de vituallas.


Pintor en la Plaza Mayor

Característico de la Plaza Mayor son los artistas callejeros y sus viejos comercios de paños, gorras, sombreros y efectos militares, de resonancia galdosiana, pero hoy en franco retroceso ante los bares (algunos con solera y famosos por sus bocadillos de calamares), restaurantes y tiendas de “souvenirs” y mil pequeñas curiosidades para los turistas.


Bar Torre de Oro

Típicos y tradicionales son asimismo el mercadillo navideño de pinos, abetos, cortezas de árboles, figuritas para el belén, zambombas, panderetas y demás artilugios propios de esas fiestas; la feria filatélica dominical, que se instala en los soportales, e incluso las multitudinarias concentraciones para degustar cocido madrileño o roscón de Reyes, como reclamo para reunir fondos para ciertas instituciones benéficas.
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CALLES DE SAN JUSTO Y DEL SACRAMENTO

La calle que ponía en comunicación Puerta Cerrada con la desaparecida iglesia de Santa María (C/ Mayor, frente a Capitanía General), denominada de antiguo y popularmente "la calle que va a Santa María", se dividió luego en dos partes con los nombres de San Justo y del Sacramento, separadas por la plaza del Cordón.


San Justo y Sacramento

Era esta calle —y en parte no ha perdido su primitivo carácter— una vía señorial y severa, con grandes edificaciones, palacios e iglesias.

La iglesia de San Justo, situada en el mismo solar que hoy ocupa la basílica pontificia de San Miguel, fue la que dio el patronímico al primer tramo. Este primitivo templo parroquial, dedicado a los Santos Niños Justo y Pastor y derribado a finales del siglo XVII, fue reemplazado por el actual, iniciado en 1739 según planos de Santiago Bonavia. Y como en 1891 se hizo cargo de él la Nunciatura Apostólica, la titularidad parroquial pasó a la iglesia del viejo convento de Maravillas.


Basílica de San Miguel

Antes de San Miguel, con el pasadizo del Panecillo por medio, se encuentra el palacio Arzobispal, construido para residencia de los arzobispos de Toledo en su paso por Madrid, cuando de esa jurisdicción dependíamos. Desde que existe la diócesis madrileña es la residencia fija de sus prelados.

Al pasadizo del Panecillo y a la calle de la Pasa, en la trasera del palacio, les viene el nombre por la costumbre limosnera del cardenal infante don Luis de Borbón, que solía repartir diariamente estos alimentos a los pobres. "El que no pasa por la calle de la Pasa no se casa" era un dicho popular en la Villa, y aludía a la necesidad de acudir a unas oficinas que allí existían para realizar los trámites previos a los casamientos.


Palacio arzobispal y la basílica de San Miguel al fondo

En la esquina con la calle del Doctor Letamendi, antes del Tentetieso, estaba el caserón medieval (reconstruido en el siglo XVI) que según la tradición perteneció a Iván de Vargas, patrón de san Isidro, y que, lamentablemente, en 2002, cuando se procedía a su rehabilitación para sede de la Fundación Nuevo Siglo, fue demolido sin licencia y sin que el Ayuntamiento hiciera nada por impedirlo. Esta fundación fue constituida —ironías del destino— como foro de debate para impulsar el desarrollo urbano y la defensa del patrimonio arquitectónico. El edificio actual es burda imitación.


Casa de Iván de Vargas

En otra esquina, ahora con la calle del Puñonrostro, vivió durante unos meses Antonio Pérez, el famoso secretario de Felipe II, cuando estaba sometido a un proceso judicial acusado de corrupción. Desde esta casa saltó por un balcón al templo cuando fueron a prenderle, pero los alguaciles, sin respetar el fuero sagrado del lugar, entraron y lo detuvieron por la fuerza. Tras estar prisionero en varios sitios, logró fugarse en Madrid y refugiarse en Aragón, donde las leyes lo protegían, y desde allí huyó a Francia.

Vale la pena subir por esa calle de Puñonrostro, desembocar en la bellísima y cuidadísima plaza del Conde de Miranda y entrar en la iglesia del convento de las Carboneras, que se conserva apenas sin cambios desde la época de su construcción, a principios del siglo XVII.


Convento de las Carboneras

El antes citado palacio del Cordón, que da nombre a la plazuela y a la calle que la atraviesa, es un palacio muy renovado en siglo XVIII que perteneció a los condes de Puñonrostro. Su denominación se debe a un cordón franciscano tallado en torno a su puerta.

Al principio de la calle del Sacramento, y de nuevo en esquina (con la calle del Cordón), se conservan los únicos restos renacentistas auténticos de la llamada Casa de Cisneros, cuya fachada principal después de las reformas mira a la plaza de la Villa. Fue construida por un sobrino del famoso cardenal y en ella se encuentra el despacho del alcalde. Justo enfrente se levanta otro palacio muy deteriorado que fue propiedad de los condes de Revillagigedo, que también alberga dependencias municipales.


Antiguo mesón en la plaza de San Javier

Bajando por la calle del Cordón y a través de la calle del Conde se accede a la recoleta plaza de San Javier. Es uno de los rincones más deliciosos y típicos de Madrid. En una casa que hace recodo (tiene un escudo nobiliario en la fachada) hubo un viejo mesón que dicen frecuentaba el legendario bandido Luis Candelas.

La subida podemos hacerla por la pintoresca calle del Rollo. Aquí se encontraba la Casa de la Parra, famosa por una curiosa anécdota con ella relacionada. Cuentan que el maestro López de Hoyos, director de los "Estudios de la Villa", tuvo un día que castigar a uno de sus alumnos por robar un hermoso racimo de la parra, y que éste era nada menos que Miguel de Cervantes Saavedra.


Iglesia del Sacramento

Ya en la calle del Sacramento, y frente a la nueva plazuela de acceso a los aparcamientos municipales, se levanta el palacio O´Reilly, con servicios igualmente del Ayuntamiento.

Al final, a la izquierda, estaba el convento del Sacramento, de monjas Bernardas, del que sólo se conserva la iglesia, hoy sede de la Vicaría castrense.

El cruce con la calle Mayor era uno de los puntos de entrada al Madrid árabe, con la puerta que luego los cristianos llamaron de Santa María.
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BARRIO DE SANTIAGO

Quedan pocos vestigios medievales del antiguo barrio de Santiago, arrasado casi en su totalidad por José Bonaparte para abrir grandes espacios alrededor de Palacio.


Barrio de Santiago

El corazón de esta parte de la ciudad estaba en sus iglesias. La de Santiago, en la plaza del mismo nombre, que ya existía en 1202, fue derribada en 1809 y nuevamente reedificada en 1811. De San Juan no queda nada; abatida en 1811, en su solar se abrió la plaza de Ramales. Ni los restos de Velázquez, allí enterrados, fueron respetados. Según algunos historiadores, la piqueta destructora sólo afectó al alzado del edificio, y no a su cripta, donde se supone recibió sepultura el artista. Con el paso del tiempo, la ubicación exacta de los restos fue olvidada, y los intentos por recuperarlos (el último y ya definitivo en 1999) siempre han sido vanos. Velázquez murió en 1660 de una pancreopatía aguda o peritonitis, lo que en el siglo XVII se denominó una "terciana sincopal minuta sutil". Fue amortajado con el manto capitular de la Orden de Santiago, con la roja insignia al pecho, el sombrero, la espada, botas y espuelas.


Iglesia de santiago

Iglesia de San Juan

Otras iglesias desaparecidas fueron la de Constantinopla, en cuyo terreno se trazó la calle de Calderón de la Barca, y la de San Salvador, frente a la plaza de la Villa.

La única que se conserva, San Nicolás, en la bella encrucijada que forman la calle y plaza de esta misma denominación con la del Biombo, posee una de las dos torres medievales mudéjares, junto con San Pedro el Viejo, que apuntan al cielo madrileño.


San Nicolas

La calle de Santiago es la más importante de la zona. En ella nació la beata Mariana de Jesús, en el número 2, y allí estuvo el primer mercado de pescado fresco que hubo en Madrid.

Por las calles del Factor y del Rebeque pasaba el primer recinto amurallado que tuvo la Madrid, el árabe, construido en el siglo IX, que dejaba todo el barrio de Santiago fuera de su entorno, extramuros.


Murallas árabe y cristiana

La segunda muralla, la cristiana, del siglo XII, que recorría por este sector las calles del Espejo y de la Escalinata, ya encerraba bajo sus muros a Santiago. Una de sus puertas, la de Valnadú, se encontraba al principio de la calle de Vergara, junto al Teatro Real.

Al empezar a urbanizarse la plaza de Isabel II, rellenando el tremendo barranco que formaban los Caños del Peral, fue necesario construir unas gradas para salvar la diferencia de nivel con la calle de la Escalinata. El agua de este manantial alimentaba unos baños públicos que hasta hace unos años se encontraban junto a esas escalerillas.


Calle de la Escalinata

La calle de Santa Clara recibió el nombre por el convento de la Visitación de Nuestra Señora, de monjas franciscanas clarisas, demolido por los franceses. En el número 3, donde vivía, se suicido en 1837 Mariano José de Larra, gloria del Romanticismo español.


Café Vergara

La calle de Requena, frente a Palacio, fue abierta en los solares de la antigua Casa del Tesoro y de la Biblioteca Real. El intento de José Bonaparte por dignificar todo aquel espacio fue plausible, pero por su corto reinado sólo se realizaron los derribos, nada de las ejecuciones proyectadas y sí la perdida de edificios que se debieran haber respetado. Las obras, con otras ideas y trazados, vinieron después, con los años, incluso casi ahora mismo, en la última intervención sobre el área de la plaza de Oriente. Pero en el cogollo del barrio de Santiago volvió a edificarse en el siglo XIX con los mismos recovecos y estrecheces, y parece como si por sus callejas pudiéramos aún encontrarnos a algunos de nuestros antepasados.
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BARRIO DE SAN GINÉS

Este pequeño cogollito de la ciudad, el barrio de San Ginés, antiguo arrabal del primitivo Madrid, se agrupó desde el siglo XIII en torno a una de sus parroquias más populares, la de San Ginés de Arlés, en la calle del Arenal.


Barrio de San Ginés

La iglesia que ha llegado a nuestros días no es la original. El actual templo data sólo del año 1645, aunque mejor sería decir desde 1826, por las posteriores restauraciones y reconstrucciones a que ha sido sometido.


Iglesia de San Ginés

Se sabe que fue reedificado por los monarcas castellanos y que, en el año 1483, el caballero madrileño Juan Gómez Guillén costeó la construcción de la capilla mayor, que fue la que, al hundirse en 1642, provocó que fuera necesario el derribo de gran parte de la iglesia. El nuevo edificio, barroco, obra de Juan Ruiz, terminado en 1645 a expensas del adinerado feligrés Diego de Juan, que invirtió en él setenta mil ducados, y que al menos en gran parte de su obra de fábrica ha llegado a nuestros días, constaba de tres naves, planta de cruz latina y cúpula ciega sin tambor ni linterna. De esta época son la torre y la capilla aneja del Santísimo Cristo de San Ginés, incorporada en la actualidad al ambito del templo parroquial.

En el año 1756, Diego Villanueva realizó reformas importantes, que no serían las definitivas, pues, el 16 de agosto de 1824, de nuevo las desgracias se ceban en San Ginés, que sufre un devastador incendio. Las obras de reconstrucción, iniciadas rápidamente y por arquitecto desconocido, estaban terminadas en 1826. Éste es verdaderamente el templo que conocemos; aunque la entrada principal fue reformada en 1872 por el arquitecto José María de Aguilar y, en 1960 y 2003 se llevaron a cabo muy acertada restauraciones.


Torre de San Ginés

El templo, al exterior, es de una soberana belleza, destacando sus muros, de ladrillo y mampostería de estilo toledano, y la torre, alta, escueta, geométricamente perfecta, esbeltísima, con campanarios de balcones volados y chapitel de la más pura ortodoxia madrileña.

Desde siempre, el eje principal del barrio fue la calle del Arenal. Y se llamó así porque era un barranco donde las torrenteras que bajaban desde los barrios de San Martín y de Santo Domingo depositaban sus arenas. Pero es en tiempo de los Borbones cuando esta calle, al constituirse en enlace directo entre Palacio y la Puerta del Sol, se convierte en una de las más importantes, edificando allí la nobleza y la alta burguesía sus mansiones.


Calle del Arenal

Era también la calle, durante el siglo XVIII, el camino obligado para asistir al teatro de los Caños del Peral. Y la importancia y el deambular de gentes subió cuando, en 1850, se construye el Teatro Real, en el mismo solar del anterior, y más aún, en 1871, al inaugurarse el teatro Eslava, con salón-café en la planta inferior popularizado por el cantable de Menegilda, la "pobre chica", en la Gran Vía , y asimismo escenario de los primeros éxitos de Celia Gámez.

En la calle del Arenal, en la noche del 18 de julio de 1872, sufrieron el rey Amadeo I y su esposa un atentado, suceso que precipitó la ya casi anunciada abdicación del monarca.


Teatro Eslava

El palacio de Gaviria, antiguo escenario de grandes fiestas y reuniones cortesanas, es el único resto de los ya olvidados esplendores de la calle. Allí están instalados numerosos comercios especializados en objetos de decomiso, y, en su parte noble, hoy perfectamente restaurada y que albergó durante muchos años al Centro Asturiano, existe un selecto local con diversos ambientes y audición de música en vivo.

Aunque no queda en el barrio ningún vestigio medieval, sí conserva ese carácter especial propio de las viejas ciudades. La plaza del Comandante las Morenas (antes de la Caza), muy cerca de donde estuvo la puerta de Guadalajara (del recinto amurallado cristiano del siglo XII), recibió el antiguo nombre por albergar un mercadillo destinado a la venta de esos productos.

En la plaza de Herradores, lugar donde se estableció ese gremio, paraban también los porteadores de sillas de mano, una especial "parada de taxis" de otros tiempos; incluso acogía una "oficina de colocaciones" para criados y lacayos en paro.


Plaza de Herradores

La calle de Hileras, enlace directo con el vecino barrio de San Martín, parece ser que era un paseo con dos hileras de árboles. Otros viejos cronista de la Villa afirman que el nombre , al igual que el de la de Bordadores, viene porque en ellas se asentaron los gremios de hilanderas y de bordadores de telas.


Chocolatería de San Ginés

Por el pasadizo de San Ginés, donde hay instalada una modesta y típica librería de lance y una centenaria y popular chocolatería, se accede, a través de un arco, a la plazuela de San Ginés y a la calle de Coloreros, llamada así por los vendedores de pastillas para el teñido de tejidos. Es uno de los más bellos, pintorescos y añejos rincones de Madrid.
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BARRIO DE SANTO DOMINGO

Los antiguos arrabales madrileños surgieron en torno al recinto amurallado medieval, al quedarse éste pequeño para albergar el aumento de población. El de Santo Domingo, segundo en antigüedad, tuvo un origen monacal, pues se formó alrededor del convento de dominicas que fundó santo Domingo de Guzmán en el año 1218, dedicado en un principio a Sto. Domingo de Silos y luego al mismo fundador. Según la tradición, fue el propio santo quien cavó un pozo para el abastecimiento del monasterio, que aún se conserva en el número 3 de la calle de Campomanes.


Barrio de Santo Domingo

Este convento, lamentablemente desaparecido en 1868, llegó a ocupar, tras sucesivas donaciones o compras de terreno, una grandísima extensión a lo largo de la Cuesta de Santo Domingo. Su enorme huerta, famosísima y conocida como Huerta de la Priora y antes de la Reina, fue una cesión de doña Leonor, esposa de Alfonso VIII. Llegaba e incluso se adentraba en el Barranco de las Hontanillas, lugar hoy ocupado por las plazas de Isabel II y de Oriente.


Desaparecido monasterio de Santo Domingo

Por la actual calle de los Caños del Peral surgía una corriente subterránea de agua que regaba la huerta y alimentaba unos baños públicos, fuentes u hontanillas —los Caños del Peral—, abrevaderos y unos lavaderos con 57 pilas.

En tiempos de los franceses, las tropas invasoras ocuparon el convento, que ya quedó bastante dañado, y requisaron y derribaron muchas de sus dependencias. Desaparecieron en esta época también los Caños del Peral, aunque luego fueron encontrados casi intactos en obras realizadas para modernizar la estación del Metro de Ópera.

Cuando se urbanizó toda esta zona del Barranco de las Hontanillas, tuvo que ser rellenada en algunos lugares hasta con 8 metros de tierra para poder salvar los grandes desniveles. Algo de ello se puede apreciar en la calle de la Escalinata.

En la plaza de Santo Domingo se encontraba la puerta del mismo nombre, frente a la calle de San Bernardo, camino antiguo al pueblo de Fuencarral y principio de la vía de comunicación con Francia. Esta puerta pertenecía a la cerca que en tiempo de los Reyes Católicos fue necesario construir para que encerrase todos los arrabales surgidos fuera de las murallas.


Plaza de Santo Domingo

El barrio actual de Santo Domingo queda delimitado por la calle de San Bernardo, plaza de Sto. Domingo, Costanilla de los Ángeles, plaza de Isabel II, Arrieta, San Quintín, Bailén, plaza de España y la Gran Vía, cuya construcción trajo consigo la desaparición de algunos nobles edificios e incluso de calles enteras.

Tras la evocación del convento de Santo Domingo, que dio nombre al barrio, vamos ahora a realizar un breve recorrido por sus calles e intentar describir los aspectos más interesantes o curiosos.

En la misma plaza de Santo Domingo, en su día término de Madrid y continuamente en obras por mil y una remodelación, destacan las amplias terrazas al aire libre de algunos bares y cafeterías, con un ambiente casi playero o de paseo marítimo.

Cerca, en la Costanilla de los Ángeles, existió otro convento, pared con pared con el de Santo Domingo: el de Santa María de los Ángeles, de monjas franciscas. Fue fundado en 1564 y derribado en 1838, en tiempos de la desamortización.

En el número 12 de la calle de Arrieta estuvo instalada la Biblioteca Nacional, antes Real Librería. En el mismo solar se construyó posteriormente la Real Academia de Medicina.


Iglesia de la Encarnación

El convento e iglesia de la Encarnación, en la calle y plaza del mismo nombre, es posiblemente uno de los monumentos religiosos más bellos de Madrid. Fue fundado por la reina Margarita, esposa de Felipe III, para solemnizar la expulsión de los moriscos, y estuvo terminado por completo en 1616. La obra arquitectónica corresponde a Juan Gómez de Mora, aunque luego fue reformado por Ventura Rodríguez en 1755. En la sacristía se conserva un relicario con la sangre de san Pantaleón, que cada 27 de julio, fiesta del santo, se licúa milagrosamente.

En la plaza de la Marina Española, esquina a Bailén, está el palacio del conde de Floridablanca, construido por Sabatini, posterior residencia de Godoy y de Murat. En 1826 pasó a ser la sede de los ministerios de Hacienda, Guerra, Justicia y Marina, quedando a partir de 1846 sólo con el de Marina. Después fue Museo del Pueblo Español y, en la actualidad, sede del Instituto de Estudios Políticos.

Contiguo a este palacio se encuentra el edificio del Senado, ampliado en los últimos años por la zona trasera y por Bailén. Primitivamente fue un convento y colegio de agustinos calzados fundado en 1590 por doña María Fernández de Córdoba y de Aragón, dama de la reina doña Ana de Austria.


Palacio del Senado

Muy cerca, con fachadas a las calles de Fomento, Torija y del Reloj, se levanta el antiguo palacio del Consejo Supremo de la Inquisición, luego sede del Ministerio de Fomento y desde 1897 habilitado como convento de las Madres Reparadoras.

La taberna "La Bola", en el número 5 de la calle del mismo nombre, es uno de los locales gastronómicos dignos de visitar en la zona. Fue abierta en 1802 para la venta de vino embotellado y ya en 1873 comenzó a dar comidas. Ha sido punto de reunión de ilustres personajes de la política y de las letras. Su cocido, hecho en número limitado de 48 ollitas, las que permite su cocina de carbón de encina, dicen que es el mejor de Madrid.


Taberna La Bola

La calle de Leganitos llegaba antiguamente hasta la actual plaza de Cristino Martos, pero para cruzar el prado de Leganitos (la hoy plaza de España), había que salvar mediante un puente el tremendo tajo que formaban las aguas de la fuente de Leganitos y las que torrencialmente bajaban en días de lluvia desde los Altos de Amaniel.

La calle de la Flor Baja, cercenada por la Gran Vía (era la continuación directa de la de Flor Alta), perdió todos sus edificios representativos: el teatro del Recreo, en la esquina con San Bernardo, en cuyo solar antes estuvo el convento del Rosario; la residencia de jesuitas e iglesia de San Francisco de Borja, que ya antes había sido incendiada en 1931, y, finalmente, la fastuosa casa de los condes de Trastámara, lugar de celebración de grandes fiestas de sociedad, que continuaron con su posterior dueño, el general Narváez..
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BARRIO DE SAN MARTÍN

El antiguo arrabal de San Martín constituyó el primer asentamiento de población fuera de las murallas medievales. Se formó en torno al desaparecido monasterio de San Martín, fundado por monjes benedictinos cluniacenses que acompañaban a Alfonso VI en la conquista de Madrid. Ya se tienen de él noticias desde 1126. La cerca construida en tiempo de los Reyes Católicos encerró todos los arrabales extramuros, y una de sus puertas estaba precisamente en la calle que por tal motivo se llama Postigo de San Martín.


Barrio de San Martín

El monasterio ocupaba la actual plaza de San Martín y las dos manzanas de casas entre las calles de Hileras y de San Martín en la bajada hacia Arenal. En su iglesia, sede parroquial desde los primeros tiempos, fueron enterrados de incógnito los cadáveres de Daoiz y Velarde, por miedo a que fueran profanados sus cuerpos por los franceses. Cuando este templo fue demolido en 1810, los restos de los héroes permanecieron ocultos hasta el 2 de mayo de 1814. La exhumación fue un acontecimiento en Madrid.


Desaparecido monasterio de San Martín

Muy cercano estaba el monasterio de las Descalzas, de religiosas franciscas de Santa Clara, que afortunadamente allí sigue, en la plaza del mismo nombre. Contiene innumerables obras de arte en su interior y es el más grandioso monumento religioso en Madrid. Fue fundado por doña Juana de Austria, hermana de Felipe II y viuda del rey don Juan de Portugal. El monasterio fue levantado sobre el palacio de don Alonso Gutiérrez, tesorero de Carlos I. Hicieron las obras necesarias de adaptación Antonio Sillero y Juan Bautista de Toledo. Posteriormente, en el siglo XVIII, Juan de Villanueva efectuó nuevas reformas.


Monasterio de las Descalzas

Frente a las Descalzas se alza la sede principal del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Madrid. Fue fundada la primera institución, en 1724, por don Francisco Piquer, entonces capellán del monasterio, y la segunda, en 1839, por don Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos. El edificio actual, después de varias renovaciones y ampliaciones, tiene adosada a sus muros una de las dos portadas barrocas primitivas. Y próximas a ella, flanqueándola, las estatuas de los fundadores.

En la plaza de las Descalzas hubo otra estatua, una de las más viajeras, la de la Mariblanca, tras ser retirada de la Puerta del Sol del centro de una fuente. La que hoy allí existe sobre una columna es sólo una copia, ya que la original se expone en el Ayuntamiento. También adornó durante breve tiempo el paseo de Recoletos.


Monte de Piedad

En la travesía de Trujillos, antes calle del Ataúd, se guardaba en un tétrico corralón el susodicho ataúd, de "quita y pon", comunitario, que servía para dignificar las honras fúnebres y procesión de entierro de misericordia de personas indigentes. Luego eran sepultadas en bastos cajones de madera sin labrar en el cementerio de la Buena Dicha, entre las calles de Silva y Ceres (esta última desapareció al construirse la Gran Vía). A este camposanto fueron llevados los muertos en el cuartel de Monteleón el glorioso día del 2 de mayo de 1808.

La calle de las Navas de Tolosa, conocida de antiguo como de la Sartén, era el lugar donde los labriegos asalariados de San Martín recibían el condumio diario de manos de los fámulos del monasterio.


Calle de la Ternera

En la calle de la Ternera estuvo la expendeduría de carne para el abastecimiento de la Villa. En el número 6 vivió y murió el capitán don Luis Daoiz, herido mortalmente en Monteleón.

La plaza de Santa Catalina de los Donados vio durante siglos el deambular de los acogidos en el asilo del mismo nombre, fundado en 1460 por don Pero Fernández de Lorca, tesorero del rey Juan II y secretario de Enrique IV. En parte de su solar se erigió en 1917 la iglesia-capilla del Niño del Remedio, de muy popular devoción en Madrid.

La calle de Jacometrezo partía antes de construirse la Gran Vía desde la Red de San Luis. En este tramo perdido, estrechísimo, se levantaban varios palacios: el del escultor italiano Jacobo de Trezzo, construido por Juan de Herrera, que dio nombre a la calle; el del duque de Sevillano, que fue residencia de la Junta Revolucionaria en 1854; el de los marqueses de Villadarias y el de los marqueses de Mondéjar.

La plaza de Callao se formó en 1866 al derribarse unas irregulares manzanas de casas entre Carmen y Preciados. Con el trazado de la Gran Vía aumentó en gran medida su espacio. El nombre evoca la batalla naval de Callao, librada frente a esta ciudad en el Pacífico, el 2 de mayo de 1866, en la guerra entre España y las Repúblicas de Chile y del Perú. Fue la jornada famosa en que don Casto Méndez Núñez, que mandaba la escuadra española desde la fragata Numancia, dijo las tan recordadas palabras: "Más vale honra sin barcos que barcos sin honra".


Plaza de Callao

Hasta la primera parte de la calle de Preciados llegaban las posesiones del convento de las Descalzas, siendo la segunda el camino hacia las eras de San Martín. Dos hermanos que tenían por apellido Preciado compraron estas tierras y edificaron una docena de casas. En una de ellas instalaron el Peso Real, ya que tenían en arrendamiento el control de pesos y medidas de la Villa. Aquí estuvo también la primera casa de expósitos (inclusa), la de Ntra. Sra. de la Caridad y de San José. Es la calle comercial por excelencia de Madrid, y primera de las que inauguraron la moda de las vías sólo peatonales. El desaparecido café Varela, al final, esquina a la Costanilla de los Ángeles, constituyó un animado capítulo de la vida literaria madrileña. En él se reunían en tertulia los hermanos Machado, Ricardo Calvo, el duque de Amalfi, Carrere y Unamuno cuando acudía a Madrid.

En la calle de Tetuán, formada por la unión de tres antiguas (Negros, Zarza y Peregrinos), es forzoso hacer un alto en el camino, entrar en la centenaria tasca Casa Labra y degustar las posiblemente más baratas y mejores tapas de bacalao frito rebozado del mundo. En la trastienda de este local se fundó el PSOE en 1879.


Casa Labra

La plaza del Celenque toma el nombre del desaparecido palacio de don Juan de Córdoba y Celenque, alcaide de la Casa Real del Pardo, en tiempos de Enrique IV. También tuvieron allí palacios los condes de Nájera y de Maqueda y vivió don Práxedes Mateo Sagasta.

En la calle del Maestro Victoria estuvo el hospital de la Misericordia, frente a la calle del mismo nombre. Fue fundado por doña Juana de Austria para cuidar sacerdotes pobres y construido en la mismos años que las Descalzas. El edificio se transformó luego en residencia de los capellanes del monasterio, que por ello recibió esta vía el nombre antiguo de calle de Capellanes. El rótulo actual es en honor del famoso polifonista don Tomás Luis de Victoria, organista y capellán del monasterio. Y no sólo es ese el baile de cambios, pues entre ambos, los madrileños la conocieron como calle de Mariana Pineda.

Esta casa de los capellanes tuvo después destinos diversos: hubo imprenta, la del periódico El Eco del Comercio; salón de baile en época isabelina, el popular Capellanes, lugar de cita de las gentes más jaraneras y achuladas; teatro, el de la Risa, convertido posteriormente en Salón Romero, dedicado a conciertos de música de cámara, y, finalmente, de nuevo teatro, el Cómico, escenario de los éxitos de Loreto Prado y Enrique Chicote. Todo desapareció al realizarse la ampliación del Corte Inglés.

Pío Baroja vivió en esta calle, en casa de su tía Juana Nessi, y allí regentó durante algunos años el negocio familiar de la Tahona de Capellanes, negocio que traspasó a uno de sus empleados y que hoy constituye la cadena de reposterías Viena-Capellanes.


Antiguo Viena Capellanes

La calle, más bien callejón en recodo, de Tahona de las Descalzas cogió el nombre de un célebre horno de pan, propiedad del monasterio, que vendía a precio de coste y los sábados repartía gratis.

Por la calle de Rompelanzas, la más corta de la Villa, cuando recién abierta y aún sin empedrar pasó el corregidor don Luis Gaitán de Ayala, en el momento de dar la vuelta rompió la lanza de su carruaje. Poco después ocurrió lo mismo con el presidente del Consejo de Indias. Surgió así, de manera tan natural, tan pintoresco nombre.

La calle de Mesonero Romanos se llamaba anteriormente del Olivo, por un ejemplar de este árbol que conservó durante mucho tiempo y que perteneció a un antiguo olivar propiedad del monasterio de San Martín. El nombre actual es en recuerdo de esta gran figura de la historia y las letras madrileñas, que nació en esta calle. A Mesonero debe la Villa muchas iniciativas que mejoraron considerablemente la vida en la capital.

En la calle de Chinchilla vivió don Francisco Chinchilla, alcalde de Casa y Rastro, personaje siniestro y avieso, perseguidor con saña del valido don Rodrigo Calderón, contribuyendo con sus aportaciones documentales, amañadas algunas, a que este personaje fuera degollado en un cadalso instalado en la Plaza Mayor el 21 de octubre de 1621. Se dice que la expresión popular "le conocen hasta los perros" se originó por un decreto de Chinchilla ordenando matar a palos o con morcillas envenenadas a todos los perros vagabundos. Naturalmente, éstos, al oler su presencia, huían despavoridos.


Primer comercio (sastrería) del Corte Ingles por los años 39/40,en la calle Rompelanzas, donde la actual FNAC

El Corte Inglés establecido ya en Preciados

En unas eras que existían en la zona donde luego se trazó la calle de la Abada, instalaron sus carromatos unos titiriteros portugueses, que llevaban como atracción un tremendo rinoceronte (abada). Todo fue bien hasta que el animal, al parecer irritado por la quemadura con un panecillo caliente, mató a un chiquillo. El callejero recoge así tan terrible suceso. A medias luces siempre hasta casi ayer, fue esta calle lugar de rincones, burdeles y antros, refugio nocturno de pícaros, rufianes y mozas de partido. Durante la época romántica estuvieron enclavados en ella el café de la Alegría, que a diferencia de otros de entonces era de los considerados políticamente neutrales, y la posada de Barcelona, apta sólo para economías rigurosamente débiles.

La calle de la Salud debe el nombre a un hecho extraordinario ocurrido en tiempo de los Reyes Católicos, cuando hubo una terrible epidemia de peste y ninguno de los colonos establecidos por aquella parte del arrabal se sintieron afectados por la enfermedad.

La calle de Galdo, antes del Candil por uno de plata que tenía a la puerta una vieja hilandera de oficio y gran cotilla de afición, recibió el nuevo nombre en 1901, en honor del doctor en Medicina, Ciencias y Derecho don Manuel María de Galdo, nacido en 1825, natural de Madrid, Villa de la que fue eficiente alcalde.


Iglesia del Carmen

Paralela a Preciados se encuentra la calle de Carmen, que tomó el nombre del convento de religiosos carmelitas calzados fundado en 1575 y desaparecido por los años de la desamortización. Sólo se conserva la iglesia. En esta calle cometió la banda de Luis Candelas su último y más audaz robo el 12 de febrero de 1837, en casa de una modista afamada, Vicenta Mornier. Finolis y ceremoniosos, ataron y amordazaron a la modista, sus oficialas y clientes, las despojaron de dinero y joyas, y luego, antes de retirarse, las piropearon y besaron sus manos, e incluso desearon que todas tuvieran un buen día y gozaran de salud y prosperidad.

La plaza del Carmen se formó en terrenos del convento carmelitano y del cementerio de la parroquia de San Luis Obispo. Este último templo, incendiado en 1935 y no reedificado posteriormente, fue erigido en 1689 en la calle de la Montera, esquina a San Alberto. Su bella portada, cuidadosamente desmontada, se instaló de nuevo en uno de los muros laterales del Carmen, en la fachada a la calle de la Salud.

Los vastos terrenos del convento también dieron para la construcción de un frontón, el Central, convertido más tarde en la amplia sala cinematográfica Madrid y ahora en minicines, y el teatro Muñoz Seca, en la esquina de la plaza con la calle de Tetuán, famosísimo entre 1915 y 1925 con el nombre de Chantecler por ser propiedad y escenario de actuación de la célebre cupletista Consuelo Portela, alias Chelito.


Calle de la Montera, con la iglesia de San Luis

La calle de Tres Cruces recuerda que allí quemaron a tres herejes que profanaron una imagen de la Virgen. El teatro Príncipe, inaugurado en 1977, ocupa el solar de un acreditado colegio de señoritas y antes hospital, San Luis de los Franceses.

En la calle de la Montera estuvo la iglesia de San Luis, esquina a San Alberto, incendiada y destruida en 1931, y cuya portada, de José Donoso, se colocó en la cercana iglesia del Carmen, en la fachada a la calle de la Salud. Y permanece el Pasaje del Comercio, vulgarmente llamado de Murga, que comunica con la plaza del Carmen muy alterado es su aspecto del original construido en 1845.

Concluimos el recorrido en la Red de San Luis, al final de la calle de la Montera. Unos puestos de venta de pan, protegidos con cuerdas y redes dieron el patronímico al enclave. Este mercado, ampliado a todo tipo de vituallas, pasó luego a la plaza del Carmen y allí estuvo hasta 1968. En ese año se iniciaron las obras de adecentamiento de la plaza y construcción de un aparcamiento para coches subterráneo.
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BARRIO DE SANTA CRUZ

Es casi seguro que desde el siglo XIII existieron casas al otro lado de la laguna de Luján, en el camino de Atocha, alrededor de una ermita que luego daría origen a la iglesia parroquial de Santa Cruz. Pero la consolidación de este arrabal no se realizó hasta el siglo XV, y es en esta centuria, en tiempos de Juan II, cuando se desecó la laguna para convertirla en la plaza del Arrabal (hoy Plaza Mayor).


Barrio de Santa Cruz

La antigua iglesia de Santa Cruz ocupaba parte de la actual plaza del mismo nombre y hacía esquina con las calles de Esparteros y de la Bolsa. En ella se exhibían los cadáveres de aquellos que hubieran muerto violentamente, en espera de que llegara algún familiar a identificarlos, curiosa prerrogativa que actualmente es misión del Depósito Judicial o del Instituto Anatómico Forense. Su torre, la más alta de Madrid, era conocida como "la atalaya de la Corte". Sufrió varios incendios (en 1620 y 1763) y finalmente fue derribada en 1869. Sí se conserva la denominada "capilla de los Ajusticiados", en la calle de la Bolsa, como sala de comedor de un conocido restaurante.


Antigua iglesia de Santa Cruz

La nueva iglesia de Santa Cruz, construida en 1902 por el marques de Cubas, también con una altísima torre neomudéjar, se levanta en parte del solar que dejó el convento y colegio dominico de Santo Tomás de Aquino, erigido en 1656 y obra cumbre del barroco de Churriguera, con un bello claustro de Donoso. Desapareció tras un incendio en 1872.


Actual iglesia de Santa Cruz

Desaparecido convento de Santo Tomás de Aquino

Contigua a la plaza de Santa Cruz se encuentra la de las Provincias, con la monumental sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Es la antigua Cárcel de Corte, una de las más excelsas muestras de la arquitectura española, construida en 1634 según planos de Juan Bautista Crescenti. En 1951 quedó ampliada con un cuerpo posterior del mismo estilo, obra de Pedro de Muguruza. Emblemático es el ángel que corona la fachada del edificio, ángel guardián, no cabe duda, al que invocaban muy a su pesar los madrileños que eufemisticamente decían "ir a dormir bajo el ángel" cuando querían expresar que estaban detenidos y habrían de pasar alguna noche en prisión.


Ministerio de Asuntos Exteriores

En la parte trasera del Ministerio de Asuntos Exteriores, con fachada principal a la calle del Duque de Rivas, está el palacio de Viana, residencia oficial del ministro. Fue construido en 1843 por encargo del poeta romántico y político liberal don Ángel Saavedra, duque de Rivas, sobre la base del antiguo palacio de don Francisco Ramírez, esposo de doña Beatriz Galindo, La Latina, que fue consejera y profesora de latín de Isabel la Católica.


Palacio de Viana

El entramado de calles alrededor de las plazas de Santa Cruz, de las Provincias y Mayor, que formaron el arrabal primitivo, han mantenido ese carácter propio del Madrid antiguo.

En la calle de la Bolsa se construyó en 1645 la Casa de la Aduana, y cuando este organismo se trasladó en 1796 a la nueva sede de la calle de Alcalá (hoy Ministerio de Hacienda), proyectada por Sabatini, la vieja fue destinada sucesivamente a archivos públicos, cuartel de Voluntarios, Escuela de Ingenieros de Caminos y, desde mediados del siglo XIX hasta 1926, a edificio de la Bolsa. Fue la primera casa en Madrid con calefacción central.

La calle de Santo Tomás recibió su denominación por la proximidad al desaparecido convento dominico antes mencionado de la calle de Atocha. En la calle del Salvador había en el siglo XVII un oratorio y casa para sacerdotes misioneros del Salvador, que luego se trasladaron al Noviciado de los jesuitas de la calle de San Bernardo cuando éstos fueron expulsados en 1767. En la calle de la Lechuga se instalaban los antiguos puestos de venta de este producto. La calle Imperial era el lugar donde se hospedaron los primeros jesuitas que vinieron a fundar el Colegio Imperial, actual Instituto San Isidro. En Botoneras estaban establecidos los talleres de fabricación y venta de botones.

Las calles de Gerona, Fresas y Zaragoza, aledañas a la Plaza Mayor, también antiguas calles gremiales, están llenas de comercios centenarios que se resisten a desaparecer.


Calle de Gerona

En Esparteros, una de las calles más antigua de la zona, se avecindaron los estereros valencianos que trabajaban el esparto. Por ella tenía entrada principal la iglesia de San Felipe el Real, con fachada monumental a la calle Mayor, construida a finales del siglo XVI y demolida en 1838.

Según la tradición, en la calle de San Cristóbal existía en el siglo XV una ermita dedicada a este santo.

En Postas, escenario galdosiano de Fortunata y Jacinta y calle especializada en comercios de hábitos, objetos de culto e imaginería religiosa, estuvo la primera estación de postas o correos de Madrid. Se dice que allí ocurrió un hecho prodigioso relacionado con la Virgen de Maravillas: en la segunda década del siglo XVII, un alguacil compró una talla muy deteriorada de la Virgen —se cree que del siglo XIII— retirada del culto en una aldea de Salamanca, dejándola abandonada bajo la escalera de su vivienda, en el número 32 de esta calle. Y cuentan que tal ultraje originó misteriosos ruidos y temblores que tenían espantada a la vecindad, por lo que el aguacil rápidamente se deshizo de ella. Tras otras vicisitudes, la imagen fue comprada por doña Ana María del Carpio, que decidió donarla a las monjas carmelitas de la calle de la Palma. El 2 de febrero de 1627 era presentada en el convento, con la incorporación entre sus manos de un pequeñito Niño Jesús encontrado tres años antes entre unas matas de maravillas. Ese día nació en Madrid una nueva advocación mariana: Ntra. Sra. de las Maravillas.


Calle de la Sal

La calle de la Sal, por la expendeduría de este producto que aquí se dispuso, tiene entre otros comercios centenarios la llamada Antigua Relojería. De este establecimiento se asegura que en cierta ocasión un cliente entregó un reloj para su reparación, y habiendo extraviado el resguardo (en él se especificaba la caducidad a los tres meses), se presentó a recogerlo cuarenta años después, no habiendo ningún problema para que fuese localizado y entregado en perfecto funcionamiento.

La calle y plaza del Marqués Viudo de Pontejos, en memoria de don Joaquín Vizcaíno, que fue alcalde de Madrid en los años 1834 y 1835, están especializadas en comercios de venta de artículos de mercería y constituyen otro escenario galdosiano por excelencia tan común a este barrio. En 1610, Juan Posada fundó en esta calle (antigua del Vicario Viejo) la famosa Posada del Peine, que estuvo casi dos siglos en manos de su familia. Aún la podemos ver en un pequeño recodo, restaurada, con un reloj que en su día fue colocado con motivo del IV Centenario de Descubrimiento de América, y ampliada a otro bello edificio contiguo, esquina a Postas.

Por la plaza de Pontejos, dejando al lado la fuente rematada con el busto del ilustre regidor de la Villa, pasamos a la calle del Correo, que muestra una de las fachadas laterales de la Casa de Correos, construida por Jacques Marquet en 1768, luego Ministerio de la Gobernación, Dirección General de Seguridad y, desde 1985, sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid.


Casa Real de Postas

En la misma plaza de Pontejos, esquina con San Ricardo, se halla la antigua Casa Real de Postas, de ajetreada historia. Se construyó a principios del siglo XIX como complemento de la vecina Casa de Correos, y en ella se guardaban los carruajes de postas. Fue algún tiempo Central de Telégrafos y, tras albergar durante muchos años a la Policía Nacional —cuartel de Zaragoza—, ahora ha pasado a la Comunidad de Madrid. Desgraciadamente, en las obras de restauración se alteró la disposición y forma de las ventanas superiores, que antes eran pareadas y en arco de medio punto.

Esta Casa de Postas también tiene fachada a la calle de la Paz, oasis urbano en el centro de la ciudad, con varios y deliciosos establecimientos de venta de artículos religiosos. Por este paraje se asegura que se firmó el fin de las hostilidades entre los comuneros madrileños y las tropas leales a Carlos I.

La calle de Carretas fue igualmente escenario de la guerra de las Comunidades. El nombre viene precisamente de las carretas, que atravesadas a modo de trincheras, colocaron por esta zona los comuneros para impedir el avance de las tropas del emperador.

Carretas fue la primera calle junto con Montera donde se pusieron aceras de losas, formando escalón, según disposición municipal de 1834. Camino real de Pontejos llamaron a estas modernidades, por ser el alcalde entonces el ya citado don Joaquín Vizcaíno, marqués viudo de Pontejos.


La calle Carretas en 1974

En Carretas se recuerda con nostalgia el viejo café y botillería de Pombo, en la esquina con el callejón de San Ricardo, donde tenía su famosa tertulia —la sagrada cripta del Pombo— el escritor don Ramón Gómez de la Serna, Ramón, inmortalizada en un cuadro de Solana. Hoy, un frío y funcional edificio de la Comunidad, la Consejería de Presidencia, de una fealdad imposible de superar, mancilla la memoria de tan añorado y "sacrosanto" local.

Por aquí también estuvieron el edificio de la Imprenta Real, con la Calcografía Nacional establecida en el primer piso; la Compañía de Filipinas, cuya misión era fomentar el comercio con estas islas; el hotel Castilla, donde se alojaban antiguamente los toreros que venían a lidiar en Madrid; el teatro Romea, especializado en el género de variedades, que fue un pequeño Moulin Rouge a lo castizo, y la Bolsa de Madrid en la esquina con la calle —claro está— de la Bolsa, ya citada anteriormente.


Tertulia del Pombo

En un establecimiento de esta calle de Carretas, el Bazar X, nacido de la reunión de varios comercios en 1878, fue donde primero hubo en Madrid señoras y señoritas —dependientas— que atendían al público. Posteriormente el local fue ocupado por el cine Carretas, con programación de dos películas en sesión continua., igualmente desaparecido.


Antiguo Bazar X

Espectacular era la procesión del Corpus a su paso por Carretas, que se adornaba con tapices, banderas, mantones y colgantes, se alfombraba con flores el suelo y se colocaban toldos a la manera de Toledo.

Hoy la calle es un hervidero comercial, y las tiendas centenarias —muchas de ellas dedicadas a la venta de instrumental médico y ortopédico— van sucumbiendo ante el tremendo empuje de las zapaterías y almacenes de ropa.

La plaza de Jacinto Benavente nos recuerda la figura del escritor madrileño, Premio Novel de Literatura en 1922. Se formó en época reciente por el derribo de algunos inmuebles y la unión de las antiguas plazuelas de la Leña y de la Bolsa. Su más bello edificio, esquina a la calle de Atocha, es la Casa de los Cinco Gremios, asociación de los comerciantes de sedas, paños, lienzos, droguería y joyas, que fue construida en 1791 por José Ballina. Hoy acoge dependencias del Ministerio de Hacienda.


Teatro Calderón

En uno de los ángulos de la plaza se encuentra el teatro Calderón, que antes de su nombre actual tuvo los de Odeón y Centro. Se levantó en parte del solar que dejó el convento de la Santísima Trinidad, construido éste en 1562 por Gaspar Ordóñez. Ocupaba una extensísima manzana entre Relatores, Atocha, Concepción Jerónima, Conde de Romanones y la actual plaza de Tirso de Molina. De allí salieron un día dos frailes trinitarios para rescatar a Miguel de Cervantes, preso en Argel. En 1835, tras la exclaustración, la residencia conventual tuvo destinos diferentes: en 1838, Museo Nacional de Pinturas, con los cuadros requisados en iglesias y conventos; Instituto Español, fundado por el marqués de Senli para la educación de niños y niñas; Conservatorio de Artes, que realizaba numerosas exposiciones, y Ministerio de Fomento. Fue derribado en 1897.

La calle del Doctor Cortezo, que luce una de las fachadas del teatro Calderón, se abrió precisamente en terrenos del antiguo convento, con el primer nombre de calle Nueva de la Trinidad y luego con el del médico y político don Carlos María Cortezo,

En Concepción Jerónima estuvo el convento de ese nombre, fundado en 1509 por doña Beatriz Galindo, La Latina, en terrenos de su marido el general don Francisco Ramírez. Desapareció en 1890. En el Museo Municipal de la calle de Fuencarral se conservan dos extraordinarios cenotafios de alabastro, platerescos, con las figuras de los esposos fundadores talladas posiblemente por Siloe, magníficas muestras del Renacimiento madrileño que pertenecieron a este convento y que nunca llegaron a albergar los cuerpos.


Plaza de Tirso de Molina

La calle del Conde de Romanones, en memoria de don Álvaro de Figueroa y Torres, alcalde de Madrid, ministro, presidente del Congreso y presidente del Consejo de Ministros a finales del siglo XIX, tenía antes el nombre tradicional de Barrionuevo, por ser allí donde se comenzó la construcción de un nuevo núcleo urbano en tierras de don Francisco Ramírez.

Antes de rendir onomástica pleitesía a fray Gabriel Téllez, mercedario y dramaturgo que hizo célebre el seudónimo de Tirso de Molina, estuvo la plaza que nos ocupa dedicada al Progreso.

Se formó en 1836 al ser derribado el convento de la Merced, que ocupaba todo este espacio. El convento, conocido también por el del Remedio (por una veneradísima imagen de la Virgen con esta advocación), había sido fundado en 1564 y era uno de los mejores de Madrid. En él profesó en 1620 nuestro personaje, cuya estatua, en el centro de la plaza sustituyó en 1943 a otra de Mendizábal.

Esta plaza de Tirso de Molina, escenario de ruidosa alegría popular y frecuentada por gente pintoresca, ociosa y marginal, es lugar fronterizo entre dos distintas fisonomías de Madrid. Empieza una ciudad y acaba otra. La plaza viene a ser como la puerta al barrio castizo de Lavapiés y al Rastro.

Entre los abundantes cafés, bares y mesones, un teatro de éxito y los comercios de venta textil al por mayor que van copando los bajos de los edificios, se mantiene incólume la fachada de Herrero, viejo establecimiento dedicado a la venta de bolsas de papel y objetos de papelería.


Plaza de Tirso de Molina en 1933

La calle del Duque de Alba nos recuerda la figura de don Fernando de Silva, tercer duque de Alba, que aquí construyó su palacio en tiempos de Carlos I. Se dice que en esta mansión residió Santa Teresa de Jesús en una de sus visitas a Madrid.

En la calle de San Millán, esquina con la plaza del mismo nombre, estaba la primitiva ermita y después iglesia de San Millán, demolida en 1869. Allí se veneraba la imagen del famosísimo Cristo de las Injurias. Parece ser que esta talla contenía en su interior cenizas de otro Crucifijo que en tiempos de Felipe IV fue maltratado y quemado por unos judíos —falsos conversos— en la calle de las Infantas.

En esta calle de San Millán se encuentra el restaurante Oliveros, durante algún tiempo cerrado y hoy felizmente recuperado, que en su fachada de azulejos recomienda: "Para comer barato, San Millán 4".

La castiza, alegre y pintoresca calle de Toledo toma ese nombre por ser la dirección o camino hacia la ciudad castellano manchega. A mediados del siglo XVI sólo llegaba hasta la plaza de la Cebada, donde se ubicaba uno de los portillos —el de San Millán— de la cerca que mandaron construir los Reyes Católicos. Más allá estaba el campo.


Restaurante Oliveros

En la esquina precisamente con la plaza de la Cebada se levantaban dos fundaciones de doña Beatriz Galindo, La Latina, profesora de latín de Isabel la Católica, de principios del siglo XVI: el monasterio de la Concepción Francisca y el hospital de La Latina. De estilo mudéjar, parece que fueron obra del alarife maestre Hazán. En 1904 se demolió todo y en parte del solar se edificó un pequeño convento con aires neomudéjares.


Antiguo monasterio y hospital de La Latina

Escaleras del antiguo monasterio y hospital de La Latina

Más arriba, hacia la Plaza Mayor, se encuentra el conjunto de la colegiata de San Isidro y el antiguo Colegio Imperial, con fachadas a las calles de Toledo, Colegiata y Estudios.

El templo, el primero de los jesuitas en Madrid, empezado a construir en 1622 y terminado en 1651, es obra de los arquitectos jesuitas Pedro Sánchez y Francisco Bautista. Estuvo dedicado en un principio a San Francisco Javier, pero cuando en el año 1767 fueron expulsados los jesuitas y llevados allí los cuerpos de san Isidro y santa María de la Cabeza, se decidió ponerlo bajo la advocación del Santo Patrón. Pasados los años, al ser creada la diócesis de Madrid-Alcalá en 1885, este templo pasó a ser catedral provisional, y el 18 de abril de 1886, Domingo de Ramos, las gradas de su pórtico fueron escenario del asesinato de su primer obispo, don Narciso Martínez Izquierdo, de manos de un sacerdote enajenado.

En 1936 fue incendiado y sufrió grandes pérdidas. La reconstrucción corrió a cargo de Javier Barroso, que aprovechó para completar las torres que en su día quedaron inacabadas.

El 15 de junio de 1993, Juan Pablo II consagró la catedral de Ntra. Sra. de la Almudena, recuperando el templo de la calle de Toledo el de colegiata.


Colegiata de San Isidro

La planta de San Isidro es de cruz latina. Son armoniosas sus proporciones y hermosa su cúpula, que consta de cuerpo de luces, cascarón y linterna, y fue la primera que se hizo con entramado de madera (encamonada).

Contigua a la colegiata, con fachada a la calle de los Estudios, está la casa que fue Colegio Imperial de la Compañía de Jesús o de los Estudios Reales, hoy Instituto San Isidro. Fue creado en 1545, y obtuvo el título de Imperial en 1603 por el patronato de la emperatriz doña María de Austria. Tras la expulsión de los jesuitas dictada por Carlos III, los religiosos estuvieron bastantes años alejados de esta institución, a la que volvieron en 1815, en tiempos de Fernando VII, y permanecieron en esta etapa hasta el pronunciamiento de Riego, en 1820.

El 7 de noviembre de 1822 se creó allí la Universidad Central, distinta de la Complutense, pero que duraría poco, pues con la llegada del período absolutista de Fernando VII y el nuevo desembarco de los jesuitas quedaría clausurada. Y serían éstos los primeros en sufrir el acoso de la furia popular en la matanza de 1834. Corrió el bulo de que las aguas, determinante de la epidemia de cólera que azotaba a Madrid, habían sido envenenadas por los religiosos, y las turbas, enloquecidas, irrumpieron en los conventos y asesinaron a muchos de sus residentes.


Colegio Imperial

El abandono definitivo de los jesuitas vendría tras la exclaustración de 1835. Ahora, la antigua Casa de Estudios está ocupada por el Instituto San Isidro, fundado en 1845.

Mientras, las Universidad Complutense, fundada en Alcalá en 1508 por el cardenal Cisneros, se trasladó a Madrid en 1836 y en 1842 se alojó en el viejo Noviciado de los jesuitas de la calle de San Bernardo. En 1850 se refundió con la Central.
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BARRIO DE PUERTA CERRADA

La segunda muralla que tuvo Madrid, construida tras la conquista de la ciudad por los cristianos a principios del siglo XII, discurría en parte por este barrio: desde la puerta de Guadalajara, en la calle Mayor, bajaba por la Cava de San Miguel hasta Puerta Cerrada, continuaba por la calle del Almendro y llegaba a Puerta de Moros. Fue por tanto el barrio uno de los primitivos de Madrid, primero asentamiento y arrabal de la almudayna árabe y después núcleo urbano cristiano.


Barrio de Puerta Cerrada

En la plaza de Puerta Cerrada se ubicaba una de las puertas de esta muralla, llamada así porque fue clausurada por el Concejo de la Villa para evitar los problemas de delincuencia que en ella se generaban. Debido a su estrechez y muchos recovecos, los malhechores se apostaban y asaltaban a los viajeros que la cruzaban. Según otra hipótesis, parece ser que el cierre se debió a que los lodos y barros que se formaban a su alrededor la hacían inaccesible. La puerta —lo afirma el maestro López de Hoyos en el siglo XVI— tenía esculpida la figura de una fiera culebra o dragón, que dio pie a que se pensara en el posible origen griego de Madrid y a que después, transformado en grifo, formara parte durante mucho tiempo de nuestro escudo. Se demolió en el año 1569 para facilitar la comunicación con el arrabal de Santa Cruz.

Los vecinos del número 6 de la plaza tienen el orgullo y el honor de convivir con piedras milenarias, ya que la casa está adosada sobre una parte de la muralla cristiana, que llega hasta el tercer piso.

Puerta Cerrada fue durante siglos "estación término" de Madrid, y las Cavas con sus posadas y mesones, el alojamiento de los forasteros, labradores y comerciantes que acudían a ferias y mercados.


Casa Revuelta

Hoy, corazón de la ciudad, donde late el más puro casticismo en sus bares y tabernas, es un continuo hervidero de gentes que van y vienen, de curiosos y turistas —autóctonos y foráneos—, que escudriñan y reviven el histórico pasado.

La cruz que preside la plaza, de mediados del siglo XIX, sustituye a otra, más monumental y de mayor envergadura, que fue la única que se salvó de cuantas se alzaban en calles y plazas madrileñas antes del decreto del alcalde José Marquina, en 1820, que mandó destruirlas.


Cruz de Puerta Cerrada

La fuente, coronada por una farola, reemplazó en 1850 a la primitiva de 1617, obra del escultor toscano Rutelio Gaci, con diecisiete caños y rematada por una escultura de la diosa Diana. Esta escultura fue colocada posteriormente en la cercana fuente de la Cruz Verde, donde permanece.

Curiosidad de esta plaza son sus medianerías de edificios a la vista por derribo de varias casas, que han sido adornadas con grandes murales —algunos lamentablemente ya desaparecidos— alusivos al tipismo y a los orígenes de Madrid.

Durante siglos corrió la leyenda de que en Puerta Cerrada existían peligrosísimas y feísimas brujas, y a los niños para que obedecieran se les amenazaba con la exclamación: "¡Que llamo a las Brujas de Puerta Cerrada!".

Dejando atrás la plaza de Puerta Cerrada, bordeamos Casa Paco, primorosamente pintada de rojo como solía hacerse con las antiguas tabernas, y subimos por la calle de Gómez de Mora, que nos recuerda al más importante arquitecto madrileño, autor, entre otras obras, del convento de la Encarnación, del actual ministerio de Asuntos Exteriores, la Casa de la Villa y la Plaza Mayor. En el número 4 aún quedan restos del lienzo de la muralla cristiana, aunque para poder visitarlos hay que acceder a una propiedad privada construida sobre ellos.


Casa Paco

La siguiente parada es en la plaza del Conde de Barajas, típico rincón madrileño que conserva la casa palaciega de los Zapata, condes de Barajas, que emparentaron con los Cárdenas y Mendozas. Aquí, además de destacados miembros de esa familia, residieron Manuel Fernández Varela, barón de Riperdá y ministro de Felipe V, y el general Espartero tras su triunfo en 1854. Hoy es propiedad de la Iglesia.

La minúscula calle del Maestro Villa, que enlaza la plaza anterior con la Cava de San Miguel, ha sido dedicada al fundador y primer director de la Banda Municipal, don Ricardo Villa, excelente compositor, autor de numerosas piezas y de una ópera: Raimundo Lulio. El 2 de junio de 1909, se realizó la presentación oficial de esta banda en el Teatro Español. En un concierto con motivo de la coronación de Alfonso XIII.

La Cava de San Miguel recibió el nombre por su proximidad a la ya desaparecida iglesia de San Miguel de los Octoes, que ocupaba el solar del hoy remozado mercado de San Miguel.


Mercado de San Miguel

Caminar por esta zona supone hacerlo sobre toneladas y toneladas de relleno. Hace cientos de años se echaron para cubrir las tremendas cavas o fosas excavadas para defensa de la muralla cristiana. Pese a ello, aún es enorme el desnivel con la Plaza Mayor, motivo por el cual los edificios tienen tres plantas más por la parte de la cava. Es sorprendente ver estas casas —hasta principios del siglo XX las más altas de Madrid—, con basamentos de piedra en forma de escarpado talud, que alojan hoy tabernas y mesones de exagerado y dudoso tipismo. Una de ellas, que continúa ostentando el número 11, ha quedado inmortalizada en las páginas de Fortunata y Jacinta, de Galdós, cuyo héroe, Juanito Santacruz, tras atravesar la huevería-portal, pisando plumas y cascarones, quedó asombrado de aquel edificio de aspecto lúgubre y monumental como de castillo de leyenda, y muy especialmente turbado con la moza del entresuelo. Estos inmuebles inauguraron en Madrid un nuevo modelo de vida, una nueva forma de vivir en pisos, como en la actualidad.

En la calle de Cuchilleros se establecieron ya desde antiguo —al principio en zona extramuros— el gremio de los herreros, cuchilleros y cerrajeros, cuya actividad resultaba molesta por sus humos, olores y ruido. Fabricaban instrumentos para tablajerías de las primitivas carnicerías, cuyos puestos estaban situados en la Plaza Mayor, pero también cerrajería, rejas, barandillas, púlpitos, veletas, herrajes de todo tipo, clavazón, candados, tijeras, espadas, cuchillos de monte, moharras de lanza, alabardas, cuchillas de archeros y otras piezas, a veces profusamente decoradas.


Cava de San Miguel y Arco de Cuchilleros

El famoso Arco de Cuchilleros, con sus escalerillas, fue trazado por Gómez de Mora para salvar la diferencia de nivel antes comentado. Allí se encuentra una de las entradas del mesón Cuevas de Luis Candelas.

Jean Botín, cocinero francés, abrió un restaurante en la plaza de Herradores a comienzos del siglo XVII; posteriormente se trasladó a la calle de Cuchilleros, donde regentado por sus herederos, se sigue sirviendo cochinillo y cordero asado, sus especialidades.

Retornamos de nuevo a Puerta Cerrada, lugar donde iniciamos el paseo por el barrio, y antes de adentrarnos en las Cavas, la Alta y la Baja, visitamos el entorno.

Latoneros y Tintoreros son dos pequeñas calles cuyos nombres hacen alusión a antiguos gremios allí establecidos. Junto a ellas se abre la pequeña plazuela de Segovia Nueva, formada por el derribo de una casa que hacía esquina con la calle de Toledo. El nombre se debe a la cercanía de la calle de Segovia.


Restaurante Casa Botín

La calle de Grafal era antes la del Azotado, por un tal Hernán Carnicero que por esa zona vivía y que fue condenado por un pequeño delito a ser azotado delante de sus vecinos. Desesperado por la afrenta recibida, puso en venta la casa, y al no encontrar comprador, la prendió fuego. Fue peor el remedio que la enfermedad: el incendio se llevó por delante las viviendas colindantes y el tal Carnicero acabó con sus huesos en la cárcel. El nombre actual fue puesto en memoria de don Antonio Heredia Bazán, marqués de Grafal, corregidor de la Villa entre 1747 y 1753 y propulsor de grandes reformas urbanísticas.

Y en la de San Bruno (santo fundador de la Orden de los Cartujos) hubo unos corralones propiedad del convento del Paular, de la citada Orden.

Las Cavas, como ya comentamos con la de San Miguel, fueron grandes fosos practicados delante de la muralla cristiana como una primera defensa ante los ataques del enemigo. Algunos cronistas conjeturan con la posibilidad —nada probable— de que fueran minas o conductos subterráneos para poder huir de la ciudad en caso de asedio.


Casa Lucio

A la entrada de la Cava Alta por la calle de Toledo, se formaba antiguamente una plazoleta que se llamaba de la Berenjena, por el berenjenal que había en la contigua casa de don Francisco Ramírez. Este huerto pasaría luego a pertenecer al hospital de La Latina y al convento de la Concepción Francisca, fundaciones del propio Ramírez y de su esposa Beatriz Galindo.

La Cava Baja es una de las calles que mejor conservan el ambiente de siglos anteriores, aunque actualmente van desapareciendo toda la serie de antiguas posadas y artesanos que allí había instalados. No ha mucho tiempo —aún queda alguno— podíamos encontrar latoneros, esparteros, cordeleros, talabarteros, guarnicioneros, toneleros, boteros y otros artífices que construían los mismos objetos que vendían.

Es tristísimo lo que últimamente pasa en Madrid: en muy poco tiempo están desapareciendo todos los antiguos comercios, algunos de exquisita decoración y de una belleza insuperable. Deberían existir leyes que protegieran económicamente estos negocios o que al menos los salvaguardaran de la piqueta como sucede con los edificios. El Ayuntamiento no hace nada y no se ve, por otra parte, que arquitectos e interioristas pongan su granito de arena para conservar las reliquias del pasado. Con un poquito más de sensibilidad, sería fácil adecuar estos locales a nuevos usos, sin apenas dañar sus ornamentos y estructura. Es una pena, y más cuando lo nuevo a veces sólo aporta vulgaridad e incluso fealdad.


Cava Baja

La Cava Baja fue durante mucho tiempo punto de arribo y parada de viajeros modestos, labradores, trajineros, recaderos y artesanos que acudían a Madrid para la venta de sus productos. Numerosos fueron los mesones o posadas: la de las Ánimas, la del Pavo Real, del Agujero, de Vulcano, del Portugués, de la Valenciana, de la Francesa, de la Villa, del Galgo, del Álamo, de la Cruz, de San Isidro, del León de Oro, del Dragón, de la Merced, de los Huevos, de Ocaña, del Segoviano (antes de San Pedro)... Sólo los rótulos de algunos de ellos, dedicados a otros menesteres, permanecen como recuerdo del pasado y testimonio de lo que fue esta calle en siglos anteriores. Ahora abundan, sobre todo, los restaurantes de ambiente castizo: La Posada de la Villa, Esteban, El Chotis, Casa Lucio (insuperables sus patatas con huevos estrellados), La Chata, Viejo Madrid...

En el Mesón del Segoviano se celebró, en 1924, un banquete ofrecido, por iniciativa de Ramón Gómez de la Serna, al embajador de España en Argentina, en el que leyó Antonio Machado un poema suyo después mil veces recordado y repetido: "Madrid, remolino de España, rompeolas —de las cuarenta y nueve provincias españolas...—".

Hubo en esta calle dos edificios importantes: el Alholí de la Villa, o granero municipal, con fachada posterior a la calle del Almendro, y, enfrente, el Peso de la Harina o Alhóndiga


Antigua posada del Dragón

En el número 15 de la Cava Baja, en un edificio restaurado, se puede contemplar la base de un torreón y una parte del lienzo de la antigua muralla cristiana, y en el número 30, el inmueble del Mesón del Segoviano, otra porción y en muy buen estado. A este respecto, alguien con verdadero ingenio —tal vez guasa, tan madrileña—puso en una de estas casas un anuncio que rezaba: "Se vende piso con vistas a la muralla".

Cuando se formó la calle del Almendro, quedó en el centro de la calzada un árbol de este tipo que había pertenecido al jardín de don Rodrigo de Vargas, descendiente de Iván de Vargas, patrón de san Isidro. Así permaneció durante muchos años hasta que el corregidor Antonio de Heredia, marqués de Grafal, ordenó arrancarlo en 1752.

En 1967 se descubrió en un solar de esta calle un lienzo de la muralla cristiana de 16 metros de longitud y 11 de altura, que se puede perfectamente contemplar en un espacio ajardinado. Incluso se ha tenido el buen criterio de plantar allí un almendro.

Poco ha cambiado la calle de aquella que nos describe don Benito Pérez Galdós en El Doctor Centeno: "¡Qué silencio, qué sepulcral quietud la de aquellos lugares!... La tal calle se enroscaba, marcando una vuelta tan brusca que no se veía ni el principio ni el fin de ella. Parecía una trampa armada al descuidado transeúnte; y todo el que entrase en ella... creeríase más en Toledo que en Madrid..."


Calle del Almendro

En el número 6 de la Travesía del Almendro estuvo la casa de Iván de Vargas donde san Isidro, que para éste trabajaba, guardaba los aperos del campo y encerraba los bueyes. En el siglo XIX, los marqueses de Villanueva de la Sagra, propietarios entonces del edificio, instalaron un oratorio en la planta baja, donde estaba el establo, dedicado al Santo.

El Pretil de Santiesteban debe su denominación al palacio de los duques de Santiesteban, título que perteneció al condestable don Álvaro de Luna y que más tarde pasó a la casa ducal de Medinaceli. El piso bajo ha tenido diversos destinos, desde residencia accidental de las monjas de Santa Catalina hasta teatro de aficionados.

En la Costanilla de San Pedro, esquina a la plaza de San Andrés, estuvo una de las casas de Iván de Vargas, donde vivió en la zona reservada a los criados san Isidro. En 1561, con el establecimiento de la capitalidad en Madrid, fue ocupada por el Nuncio del Papa, ya que era una de las mejores residencias de la ciudad. Posteriormente pasó a ser propiedad de los condes de Paredes. Tras la guerra civil de 1936 se cerró definitivamente y fue demolida en 1974. Lo único que se salvó y que forma parte de la actual edificación, el museo de San Isidro, fue el pozo del milagro, donde san Isidro hizo elevar las aguas a la altura del brocal para salvar la vida de su hijo que había caído en él, y la capilla construida en memoria del Santo.


Casa de San Isidro

Por aquí hubo, en el primer tercio del siglo XX, un salón de baile muy popular que ostentó diferentes nombres, a cual más exótico, pero que las gentes de estos barrios y la majeza de Madrid siempre denominó La Costanilla.

Al principio de la costanilla, junto a la calle de Segovia y frente a la iglesia de San Pedro, se encuentra la Casa de Javalquinto, que perteneció a la familia de los Vargas y Sandoval, a los condes de Benavente, a los marqueses de Javalquinto y príncipes de Anglona, al marqués de la Romana y al Ayuntamiento, que ha tenido instalados en ella su Inspección de Alcantarillas y la Sección de Estadística y Empadronamiento. Hoy, restaurada y acondicionada como casa de apartamentos, sus magníficos jardines están abiertos al público.

Todo el entorno de la iglesia de San Pedro el Viejo, incluida la parte trasera a las escalerillas de la Travesía del Nuncio, constituye uno de los parajes más típicos de Madrid. La iglesia, de las primeras que hubo en la Villa, conserva junto con la de San Nicolás una torre auténticamente mudéjar y en muy buen estado.


San Pedro el Viejo

El sacristán de San Pedro gozó de gran popularidad por ser el encargado de tocar una famosa campana a la que atribuían excepcionales poderes para alejar tempestades o nublados.

En una de sus naves se encontraba la imagen del Cristo de la Lluvias, de gran devoción popular y que era sacado en procesión en tiempo de sequía.

Actualmente se venera aquí la no menos popular imagen nazarena de Jesús el Pobre, que desfila durante la Semana Santa por las calles y vericuetos del viejo Madrid.


Jesús el Pobre

Y terminamos nuestro recorrido por el barrio de Puerta Cerrada en la calle del Nuncio, denominada así porque desde el siglo XVII allí estuvo el palacio de la Nunciatura, residencia de los representantes apostólicos del Vaticano, hoy instalada en el paseo de Pío XII. El viejo caserón-palacio de la calle del Nuncio, renovado en el siglo XVIII por Miguel de Moradillo, alberga en la actualidad al Vicariato General Castrense y al Tribunal de la Rota. En origen había pertenecido a la familia de los Vargas, y en él, antes de pasar a la Iglesia, vivió doña Isabel de Vargas tras su matrimonio con don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias y favorito de Felipe III.

Muy cerca, otra casa-palacio restaurada alberga dos organismos afines: la Federación Española de Municipios y Provincias y el Consejo de Municipios y Regiones de Europa.
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BARRIO DE MORERÍA

El barrio de Morería, arrabal extramuros del primer recinto árabe madrileño, fue abarcado completamente por la muralla construida por los cristianos al principio del siglo XII. Al igual que en otras muchas ciudades, ésta fue la zona destinada a albergar y separar la población musulmana que aquí siguió viviendo tras la conquista. Luego, al dulcificarse la presión que soportaban, ya pudieron adquirir posesiones en cualquiera de las otras collaciones de la Villa.


Barrio de Morería

En tiempo de los Reyes Católicos, las leyes dictadas en 1481 para que los judíos vivieran apartados, afectaron de igual manera a estos mudéjares, que se vieron en la necesidad de volver a recluirse en su antigua morería. Tendieron a suavizarse estas leyes represoras en 1482, pasado un año, por lo cual intentaron comerciar en toda la ciudad, con la condición de regresar por la noche a la morería. Pero a partir de 1499, año de inicio de un nuevo endurecimiento de la política de los Reyes Católicos hacia ellos, algunos marcharon y otros se convirtieron o no tuvieron más remedio que hacerlo al cristianismo (moriscos), integrándose con el resto de la ciudadanía, pero siendo muy castigados por la Inquisición. Finalmente, en 1609, Felipe III expulsó a todos aquellos que, más o menos secretamente, mantuvieron sus creencias o sus prácticas religiosas.

Los mudéjares fueron buenos agricultores, laboriosos comerciantes, artesanos y, principalmente, excelentes albañiles, fontaneros y alarifes. El estilo mudéjar, que empleaba los sistemas de construcción románico y gótico con elementos decorativos árabes, se caracterizó por el uso primoroso del ladrillo y el yeso. Y para construcciones modestas, el tapial, a base de tierra mezclada con paja.

El medievalismo del barrio de Morería subsiste en el nombre de sus calles y en la disposición del caserío, con construcciones abigarradas en medio de una red de calles estrechísimas.

Y empezamos el recorrido en la plaza de la Paja, verdadero centro del Madrid medieval, llamada así porque en ella se subastaba la paja que se otorgaba a los canónigos de la vecina capilla del Obispo para el mantenimiento de las mulas que poseían.


Palacio de los Lasso

Todo el costado oeste, entre Mancebos y Redondilla, estaba ocupado por el palacio de los Lasso de Castilla, desaparecido a finales del siglo XIX, y que fue residencia de los Reyes Católicos durante sus estancias en la Villa y del cardenal Cisneros. Luego pasó a ser propiedad de los duques del Infantado.


Plaza de la Paja

En el lado este y sur, formando recodo, se encuentran las casas de los Vargas. La del este, con múltiples transformaciones y renovaciones a lo largo de los años, mantiene, pese a todo, una fachada de estilo renacentista. Allí abrió doña Baldomera, hija de Larra, su especial Banco Popular de Imposiciones por los años 70 del siglo XIX, con el que estafó a mucha gente trabajadora y humilde de todo Madrid.

En la otra casa, frontera a la plaza, se levanta, adosada a la parroquia de San Andrés, la maravillosa capilla de Santa María y San Juan de Letrán (vulgarmente, del Obispo), de estilo gótico renacentista, posiblemente el monumento más extraordinario y de más categoría artística de Madrid. Fue fundada por un consejero de los Reyes Católicos y de Carlos I, don Francisco de Vargas, trabajador minucioso y fiel al que los monarcas encargaban las más complicadas tareas de gobierno y a quien sometían a las más complicadas dudas y preguntas en la confianza de que él las resolvería: "¡Averígüelo, Vargas!".

Las obras de la capilla, iniciadas en 1520, fueron concluidas en 1535 por un hijo de don Francisco, don Gutierre de Vargas y Carvajal, obispo de Plasencia. Y aunque fue destinada a albergar el cuerpo incorrupto de san Isidro, por problemas surgidos con la parroquia de San Andrés, los restos del Santo Patrón sólo pudieron permanecer en esta capilla hasta 1544, por lo que fue destinada posteriormente a panteón familiar.


Capilla del Obispo

Las bellezas son muchas en su interior y exterior: la fachada plateresca, con hermosas labores sobre la escalinata; las puertas, atribuidas a Francisco de Villalpando, pero que probablemente fueron talladas por Cristóbal de Robles. En el interior, de una sola nave, con altas y complicadas nervaduras góticas, destaca el retablo, plateresco, obra de Francisco Giralte, discípulo de Berruguete. En él se representan escenas de la vida de Cristo bajo la mirada del Padre Eterno. A los lados del altar se hallan los sepulcros de los fundadores, don Francisco de Vargas y doña Inés de Carvajal, su esposa, con figuras en alabastro de Giralte. Más rico es el sepulcro del obispo de Plasencia, de excelsa belleza, también de Giralte, conjunto en el que sobresale la figura de don Gutierre orante, arrodillado en riquísimo reclinatorio.


Capilla del Obispo

Dejando atrás la plaza de la Paja, nos llegamos hasta la plaza de San Andrés por la costanilla a este mismo santo dedicada. Toma su nombre de la parroquia aquí ubicada, una de las históricas de la Villa (se cita en el Fuero de Madrid de 1202), que se supone fue fundada sobre una antigua mezquita árabe.

Sí es cierto que los Reyes Católicos, cuando venían a Madrid, se aposentaban en el cercano y desaparecido palacio de los Lasso, en la plaza de la Paja, y desde allí, cruzando la costanilla de San Andrés por un pasadizo elevado que mandaron construir, accedían directamente a la tribuna real de la parroquia.

La iglesia primitiva, de estilo gótico mudéjar, se encontraba orientada a levante, paralela a la plaza de la Paja y a la capilla del Obispo, y el presbiterio, ochavado, con rica bóveda de crucería, estaba en lo que hoy es la casa rectoral adosada al templo.

Lo más importante y fundamental de esta parroquia de San Andrés fue la relación que tuvo con san Isidro, feligrés de ella y luego enterrado en su cementerio de pobres, lo que dio origen después, para albergar el cuerpo incorrupto del Santo, a la construcción en 1535 de la extraordinaria capilla del Obispo y, años más tarde, en 1669, a la no menos extraordinaria capilla de San Isidro, barroca, que quiso ser en su tiempo la octava maravilla del mundo.


Capilla de San Isidro

Las obras para levantar esta última, iniciadas en 1657 bajo la dirección de Pedro de la Torre, y en la que se emplearon piedras de la antigua muralla, supuso también, para que quedara dentro del recinto el antiguo cementerio y tumba de san Isidro, el alargamiento de la primitiva iglesia medieval y el cambio de orientación al oeste, hacia la costanilla de San Andrés, donde se puso un retablo de Alonso Cano con esculturas de Pereira.

Entre las muchas imágenes de mérito que había en esta iglesia podemos citar la de San Isidro, realizada por Carnicero; la de Santa María de la Cabeza, de Juan Pascual de Mena; San Pedro de Alcántara y Santa Teresa de Jesús, ambas de Pereira, y el Cristo de la Injurias, de Juan Ron.

También colgaban cuadros de gran valor en sus muros: una serie de ocho, de Francisco Caro, con escenas de la vida de la Virgen; otra, de Carreño, con pasajes y milagros de san Isidro, y varios óleos de Ricci.

Desgraciadamente, toda esta riqueza tan extraordinaria, toda la decoración, todos los retablos, imágenes y cuadros ardieron en 1936. Sólo quedaron en pie el exterior de la capilla de San Isidro, el muro de la costanilla de San Andrés, la torre adosada y la capilla del Obispo, esta última intacta, por llevar durante mucho tiempo tapiada su comunicación con el templo y ser casi ignorada su existencia.

Tras la guerra civil, la reconstrucción volvió a alterar de nuevo las dimensiones y orientación de San Andrés, ya que se cerró el paso a la arruinada capilla del Santo Patrón, se edificó una casa rectoral en el espacio de la antigua iglesia medieval y se puso el altar mayor ahora al norte. Así permaneció durante muchísimo tiempo, hasta 1991, año en el que Javier Vallés finalizó la reconstrucción —extraordinaria y magnífica— de la capilla de San Isidro, momento en el que se procedió a instalar allí, en el centro, el altar mayor, con lo que el templo —posiblemente sea un caso único en la historia— ha estado orientado a los cuatro puntos cardinales, haciendo realidad y cumpliendo con creces un antiguo dicho popular: "San Andrés, iglesia al revés".


Planos de San Andrés

La capilla-relicario de San Isidro, concebida en 1622 como tumba del Santo Patrón, que acababa de ser canonizado, se ubica anexa a la vieja parroquia medieval de San Andrés. El proceso fue largo. Al concurso convocado en 1639 se desestimaron las propuestas de arquitectos tan prestigiosos como Juan Gómez de Mora, fray Lorenzo de San Nicolás, Francisco Bautista, Cristóbal Colomo y Miguel del Valle, y sí se aceptó el proyecto de Pedro de la Torre. Pero la realización material se fue dilatando hasta la erección definitiva entre los años 1657 y 1669, dirigiendo las obras y variando detalles y alzados José de Villarreal. En 1660 se contrató a Juan de Lobera para la ejecución del baldaquino que alojaría el cuerpo momificado del Santo, siendo él el que concluyó los trabajos por muerte de Villarreal.

El alzado resulta extraño, pues se trata de un cubo macizo, en ladrillo sobre basamento de piedra (se emplearon sillares desmontados de la muralla cristiana del siglo XII), con dos tramos o volúmenes cercados por enormes pilastras de orden compuesto. Su parte superior ostenta un entablamento salpicado de grandes modillones en parejas, cornisa muy volada con antepecho decorado con guirnaldas y pares de agudas pirámides con bolas en las esquinas. El primer volumen, sin portadas, donde tan sólo se abren ventanas con pilastras angulares de piedra, ejercía de antecapilla y de unión con la parroquia. En el segundo, la capilla propiamente dicha, con ventanales y dos portadas, se levanta majestuosa la cúpula, compuesta por enorme y altísimo tambor octogonal, con ventanas y hornacinas, rematada con el casquete encamonado de pizarra sobre zócalo y culminado por la linterna, chapitel, bola y cruz. Las esculturas de los huecos del tambor, dos por cada cara, representan a los doce apóstoles y cuatro evangelistas, tallados por Juan Cantón de Salazar.

Las portadas, que miran a este y oeste, trazadas por Lobera, son de piedra, de tipo retablo, con columnas pareadas de orden compuesto que sustentan una cornisa muy volada, pináculos quebrados y hornacinas. En éstas, las figuras de la Virgen y el Niño, inspiradas en modelos de Alonso Cano, y de san Andrés (mutilada en la actualidad), obra de Pereira. Sobre las puertas se disponen relieves con escenas de la vida de san Isidro: el milagro de la fuente, en la entrada de la costanilla, y el del pozo en la plaza de San Andrés.


Interior de la capilla de San Isidro antes de 1936

El interior de la capilla fue suntuosamente recubierto de mármoles, jaspes y estucos dorados. Numerosos artistas de la época participaron en el enriquecimiento decorativo de la capilla, que se quiso fuera la octava maravilla del mundo y que sí al menos constituyó el primer ejemplar barroco netamente madrileño: Antonio Germano, Gaspar de Olaza y Miguel Tapia, que se encargaron del revestimiento y labrado de piedras y mármoles; Juan de Villegas, que doró pilares y columnas; Erasmo de Norbec, que elaboró piezas, remates y tarjetones de bronce; Carlos Blondel y Francisco de la Viña en labores de escayola y estuco; escultores como Juan Ron, Raimundo Capuz y los ya citados Pereira y Cantón de Salazar, y pintores de la talla de Ricci, Carreño, Francisco Caro y Alonso del Arco.

El efecto de toda esta obra era abigarrado y teatral, con toda la luz de la cúpula cayendo sobre el barroco baldaquino de Juan de Lobera, produciendo un gran efecto escenográfico sobre el arca con las reliquias de san Isidro que se guardaban en su interior.

Algo cambió en 1769 cuando el arca fue trasladada a la antigua iglesia de los jesuitas de la calle de Toledo, hoy colegiata de San Isidro, y su hueco ocupado por una imagen del Santo, tallada por Isidro Carnicero.

Desgraciadamente casi todo se perdió en 1936, librándose del fuego solamente la fábrica exterior y parte de la decoración de la cúpula. La recuperación se presentaba, pues, como una tarea difícil, costosa y complicada.

Muchos esfuerzos han sido necesarios para conseguir en diversas etapas la restauración y renovación. En 1991, Javier Vallés finalizó la de la capilla de San Isidro, que se muestra de nuevo exuberante y grandiosa, y luego se ha ido completando el resto.


Interior de la capilla de San Isidro en la actualidad

Una casa rectoral ocupa parte de la antigua iglesia; a la actual se accede a través de una sencilla portada de piedra por el cuerpo de la antigua antecapilla, que ejerce de tímido crucero. Pilastras cajeadas y marmorizadas, con capitel toscano, soportan una acodada cornisa por toda la nave —tal vez excesivamente decorada—, que se cubre con cubierta plana y rosetones con rosetas, imitando un artesonado de madera.

El presbiterio, de planta ochavada, corresponde a la antigua capilla de San Isidro, y estructura sus paramentos con columnas acanaladas de orden compuesto y un entablamento con decoración de guirnaldas. Sobre éste se sitúan lunetos de medio punto en los que se abren ventanas.

Sobre las pechinas, adornadas con motivos florales y angelotes, se eleva el tambor, rematado con la cúpula y la linterna, altísima, profusamente ornamentado el conjunto con estucos policromados, con predominio de tonalidades en oro, rosas y grisáceas.

A los lados del presbiterio se abren las puertas, antiguos ingresos de la capilla, que repiten el mismo esquema decorativo que el resto.

No posee la iglesia imágenes o cuadros de valor, pues lo antiguo fue destruido. Destaca un Crucifijo, en el altar mayor, de talla moderna, con otras imágenes de San Andrés y la Virgen y el Niño a los lados; figuras de San Isidro y Santa María de la Cabeza y varios cuadros con escenas de la vida del Santo.

En el pavimento, una sencilla lápida recuerda el primitivo sepulcro de san Isidro.

Junto a la parroquia de San Andrés se encuentran una serie de plazas, pegaditas unas a otras y de difícil delimitación.


El pozo del milagro

En la de San Andrés, en parte abierta sobre el antiguo cementerio de la parroquia, se alzaba, esquina a la costanilla de San Pedro, la casa de Iván de Vargas donde vivió san Isidro y sucedió el famoso milagro del pozo. Habiendo a él caído su hijo, Illán, de corta edad, por invocación del Santo las aguas subieron al nivel del brocal y devolvieron salvo y sano al pequeño.

En el cuarto donde vivió san Isidro, la familia de los Vargas mandó erigir una pequeña capilla poco más allá de 1212, año en que fue exhumado su cuerpo incorrupto y el pueblo de Madrid empezó a considerarlo santo.

Esta capilla, varias veces reconstruida, así como una lápida puesta en 1783, han llegado a nuestros días. El resto de la casa no ha tenido la misma suerte, pues, imposible de reparar por su completa ruina, se decidió demolerla a finales del siglo pasado y en su lugar construir una nueva, de aceptables trazas en la fachada pero tal vez demasiado moderna y funcional en el interior. En la actualidad alberga el Museo de San Isidro, que recoge la historia de Madrid desde la prehistoria hasta 1561, año en que se convirtió en la capital de España.

La plaza del Humilladero, igual que la calle del mismo nombre, recuerda a una antigua ermita humilladero que hubo en las inmediaciones, fundada por san Francisco de Asís como primera estación de un Vía Crucis por las calles del Madrid de entonces.

En la de Carros se estacionaban y contrataban esos medios de transporte, con dos o tres mulas, durante todo el siglo XIX y primeros años del XX. Aquí, en unas excavaciones arqueológicas, se descubrió en perfecto estado uno de los primitivos "viajes de agua" árabes, sistema que estuvo en vigor en Madrid hasta bien mediado el siglo XIX, cuando entraron en funcionamiento las instalaciones del Canal de Isabel II.


Plaza de los Carros

En Puerta de Moros estuvo uno de los accesos de la muralla cristiana construida a principios del siglo XII, utilizada por los madrileños de religión musulmana del barrio de Morería. Esta puerta, encarada al sudeste, era muy estrecha, con varias revueltas, y disponía de foso y puente levadizo.

Abandonamos los alrededores de la parroquia de San Andrés y nos introducimos de lleno en la Morería por la calle de los Mancebos, que sigue, en su curva, el trazado de la antigua muralla cristiana, uno de cuyos restos, de siete metros de longitud y cuatro de altura, se puede apreciar en el número 3. Evoca esta calle a dos muchachos que fueron detenidos en Palencia acusados de participar en la muerte de Enrique I en 1217. Refiere la tradición que para juzgarlos se les encerró en la torre del palacio de los Lasso de Castilla, que en esta calle tenía una de sus fachadas, y en ella fueron ajusticiados. Otra leyenda afirma que los pajes o mancebos de los Lasso andaban siempre de broma y con ganas de conversar con los que por allí pasaban, motivo por el que a ellos todos hacían alusión al querer citar la calle.

La calle Angosta de los Mancebos, continuación de la anterior, debe su nombre la su angostura o estrechez.

La calle de la Redondilla, desde Bailén a la plaza de la Paja, fue abierta en 1611 para tener mejor comunicado este barrio. Parece que en sus orígenes fue un paseo con árboles —muchos de ellos, granados— con varias plazoletas ajardinadas, y que en una de ellas —la más grande—, llamada la Redondilla, había tres fuentes encerradas en un laberinto de flores y bancos rústicos donde solían sentarse a descansar las damas. Era el lugar elegido por los elegantes de aquella época para pasear y aliviarse de los calores estivales.

Hay quien asegura que lo de Redondilla viene por una famosa señora que por estos lares ejercía su amor transeúnte, y que por sus agraciadas y bien pronunciadas curvas hasta tuvo el honor de ser musa del mismísimo Quevedo.


Restos de la muralla cristiana en la calle de los Mancebos

En la calle de Yeseros estuvieron asentados los vendedores de este producto de la construcción, aunque hay cronistas que aseguran que sólo era el camino de los carros que provenían de las yeserías de las riberas del Manzanares.

La calle del Granado recuerda a un frutal de este tipo que por aquí quedó y se conservó durante años procedente de los antiguos jardines de la Redondilla; y la plaza del mismo nombre, ligada también por la cercanía a aquellos exuberantes jardines, en mapas antiguos aparece con el nombre de Merlo, que según la tradición corresponde al primer apellido de san Isidro.

Llegamos por fin a la plaza y a la calle de la Morería, ejes de este barrio, que fue refugio y lugar de reclusión de los madrileños de religión musulmana que decidieron no marcharse tras la conquista de la ciudad por los cristianos en el año 1085.

La calle de los Caños Viejos recuerda una antigua fuente, conocida también como pilares de San Pedro, con anteriores emplazamientos en Puerta Cerrada y a espaldas de la iglesia de San Pedro el Viejo, y de la que ya se habla en el Fuero de Madrid de 1202. Y, de este paraje, podemos acceder a la cuesta de Bailén, que rememora, al igual que la calle cercana, el pueblo de Jaén donde el 19 de julio de 1808 el general Castaños venció a las tropas francesas del general Dupont. Se trata de una calle con un especial encanto y tipismo, en escalinata, que arranca en la calle de Segovia junto al edificio que hoy se levanta en el solar de la antigua Casa del Pastor.


Desaparecida Casa del Pastor

La Casa del Pastor, que perteneció a un arcipreste de nombre José, persona muy caritativa con los pobres, tenía una famosa leyenda. Se dice que el buen arcipreste, notando cercana su muerte, comunicó la intención de que la casa pasara a ser propiedad de quien Dios quisiera, dando también la solución material y legal para tal deseo al escribano que redactaba el testamento: la casa se entregaría a quien primero entrara en Madrid al día siguiente de su muerte por la puerta de la Vega. Así se hizo, siendo un pastor el agraciado, que desde ese momento pasó a tener un lugar destacado en la historia de Madrid.

Se decía también que del sótano de esta casa partían pasadizos subterráneos hacia la plaza del Alamillo, que posiblemente fueran anteriores a la construcción de la propiedad del arcipreste José, ya que sí es seguro que aquí hubo primero un depósito de grano o alhóndiga árabe.

Se sabe que esta casa, allá por el siglo XIV, fue utilizada en algún momento como sede de la reunión del Concejo de la Villa, y que de esta época sería el escudo que blasonaba su fachada, el más antiguo de Madrid.

Por desidia municipal se dejó arruinar por completo la edificación. Ahora, un enorme bloque de viviendas modernas se alza en su lugar, con el famoso escudo —todo un despropósito— adornando uno de sus muros.

La plaza del Alamillo es una de las más bellas y evocadoras de esta zona. El nombre, tanto de la plaza como de la calle, se ha atribuido a un álamo que allí permaneció durante muchos años. Otra tradición más noble recuerda que en ese lugar existió un tribunal de justicia (alamud o alamín) en tiempos de los árabes, palabra que luego derivaría en alamillo. Sí parece seguro que la plaza debió ser importante y que en ella se celebraban corridas de toros.


Plaza del Alamillo

Antiguos cronistas afirman que el mismísimo Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, lanceó un toro en la plaza del Alamillo en las fiestas que se organizaron con motivo de la conquista de la ciudad. Otra versión distinta es la que recoge el gran poeta madrileño Nicolás Fernández de Moratín en sus conocidas quintillas de la Fiesta de toros en Madrid, que así empiezan:

Madrid, castillo famoso
Que al rey moro alivia el miedo,
Arde en fiestas en su coso
Por ser el natal dichoso
De Alimenón de Toledo

Aquí todo sucede antes de la conquista, cuando el alcaide Aliatar, para tratar de agradar a la princesa Zaida y conquistar su corazón, organiza una fiesta de toros. En ella, no habiendo podido ningún caballero árabe con la fiereza de uno de los astados, se presentó un jinete castellano que solicitó torearlo. Este bravo caballero, que era el Cid, lanceó y mató al toro, y, naturalmente, dejó enamorada a la bella Zaida.

La calle de Alfonso VI, en homenaje al conquistador de Madrid, nos lleva de nuevo a la plaza de la Paja, punto de partida inicial del recorrido por el barrio de Morería. Antiguamente esta calle era conocida como la del Aguardiente, pues allí estaba el despacho de este producto, que permaneció controlado por los estamentos oficiales hasta 1817.


Calle del Toro

En el número 1 de la calle Alfonso VI se encuentra el colegio de San Ildefonso, que es patronato del Ayuntamiento. De fundación antiquísima —ya hay referencias de él en la Edad Media—, sus colegiales son los encargados de cantar los premios de la Lotería Nacional. Ocupa el colegio el palacio —muy reestructurado en 1880— de don Beltrán de la Cueva, favorito de Enrique IV, que ha pasado a la historia por sus supuestos amores con la reina doña Juana y por su no menos supuesta paternidad de la princesa doña Juana, La Beltraneja.

La calle del Toro, angosta, pintoresca, de breve recorrido y con escalinatas, debe el nombre a un famoso y bravo astado lidiado en unas fiestas reales, posiblemente en la plaza del Alamillo, cuya cabeza, con enorme cornamenta, estuvo expuesta durante muchos años en la puerta de una de las casas de esta calle. Según parece, un muchacho escondido en el interior imitaba todas las tardes el bramido del toro, y las gentes, tremendamente crédulas, corrían angustiadas por creer que era su "espíritu", que venía a vengar la muerte en la plaza.


Corral de la Morería

Terminamos en la calle del Príncipe de Anglona, que une las costanillas de San Andrés y de San Pedro. A ella dan las tapias de los jardines de la casa que fue de don Pedro Téllez de Girón, marqués de Javalquinto y príncipe de Anglona. Coordinó en su persona talentos militares como culturales, pues fue glorioso teniente general en la guerra de la Independencia, segundo director del Museo del Prado y acabó su vida como director de la Real academia de San Fernando.
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CALLE DE BAILÉN

La calle de Bailén, en memoria del pueblo de Jaén donde el 19 de julio de 1808 las tropas españolas del general Castaños vencieron a las francesas del general Dupont, va desde la plaza de España a la de San Francisco.


Palacio de Floridablanca

En su primer tramo, que en el siglo XVIII se llamó calle Nueva que va a Palacio, se encuentra, formando esquina con la plaza de la Marina Española, el palacio del conde de Floridablanca, posterior residencia de Godoy y de Murat, construido en tiempos de Carlos III por Sabatini. En 1826 pasó a ser la sede de los ministerios de Hacienda, Guerra, Justicia y Marina, y, a partir de 1846, sólo de Marina. Después fue Museo del Pueblo Español y, en la actualidad, acoge al Instituto de Estudios Políticos.

En la otra acera se levantaba el enorme edificio de las Caballerizas Reales, lugar hoy ocupado por los jardines Sabatini, trazados con un estilo mixto, entre escurialense y neoclásico, en homenaje a este insigne arquitecto italiano tan unido a la historia de Madrid. Macizos de flores, fuentecillas y pilones de piedra, algunas estatuas de la serie esculpida para la balaustrada de Palacio, arboledas, parterres bien cuidados y sendas enarenadas forman un bello conjunto.

Las Caballerizas Reales fueron edificadas por Sabatini por encargo de Carlos III. Constituían un verdadero pueblo, con varios patios interiores, fuentes de agua potable, habitación para multitud de empleados, enfermería, una capilla dedicada a san Antonio Abad, fraguas, cuadras, cocheras y almacén de aparejos para lacayos, animales y coches. Había sitio suficiente para 179 carruajes y 500 caballos, yeguas o mulas. Con la llegada de la Segunda República, el palacio dejó de ser residencia real y las caballerizas perdieron su utilidad. Fueron derribadas en 1932.

La calle de Bailén continúa y pasa ante Palacio, levantado donde antes se erguía el antiguo Alcázar; ante la Almudena, por fin catedral de Madrid, y deja atrás la plaza de Oriente.


Palacio Real

En los jardines de la parte izquierda, frente a la plaza de la Armería, podemos ver el busto de Mariano José de Larra. En estos terrenos estuvo el palacio de doña Ana de Mendoza, princesa de Éboli.

Era la princesa de una belleza inigualable, a pesar de ser tuerta y llevar siempre tapada la oquedad con un rombo de seda negra o de encaje. El ojo lo perdió de niña cuando se empeñó en practicar el arte o deporte de la esgrima sin máscara ni protección alguna.

Don Ruy Gómez de Silva, su esposo, gentilhombre de cámara con Felipe II y miembro de los Consejos de Estado y de Guerra, la introdujo en la Corte, llegando a ser dama de honor de Isabel de Valois, tercera esposa del rey.

Pero su verdadero protagonismo se puso de manifiesto a partir de 1573, cuando enviuda y, tras permanecer tres años en el convento carmelita de Pastrana, regresa a la Corte y se instala en su antiguo palacio. Aquí empezaría una comedia que iba a acabar en tragedia.

La leyenda presenta a Felipe II loquito por los huesos de la Éboli, pero también su poderoso secretario Antonio Pérez. Con éste, doña Ana participó además en numerosísimas intrigas palaciegas.


Princesa de Éboli

En 1578, Juan Escobedo, secretario de don Juan de Austria, fue muerto a estocadas por sicarios pagados por Antonio Pérez. Antes había sido protegido de la princesa y, al parecer, sabía demasiado de los amores y de los turbios manejos de la pareja e intentó chantajearlos. El escándalo fue tan mayúsculo que provocó la caída de Antonio Pérez y que Felipe II se viera obligado a confinar a doña Ana en la torre de Pinto primero y después en la de Santorcaz, para posteriormente consentir que residiese en su palacio de Pastrana, donde siguió visitándola en secreto.

Mas tarde tomaría medidas más severas, internándola en el torreón oriental de ese palacio, en la sala conocida como "de la reja", a la que sólo se le permitía asomarse una hora al día. Allí permaneció diez años, hasta su muerte en 1592. Está enterrada en la cripta de la colegiata de Pastrana.


El Anciano Rey de los Vinos

Al llegar al cruce con la calle Mayor, no deberíamos olvidar que allí se alzaba la iglesia parroquial de Santa María la Real de la Almudena, lamentablemente desaparecida en 1868 para ampliar la calle. Era la más antigua de la Villa, construida aprovechando muros y cimientos de la mezquita principal del Madrid árabe. En su interior destacaba la capilla adosada de Santa Ana, erigida en 1542 por patrocinio de Juan de Vozmediano, secretario de Carlos I. De estilo renacentista, muy similar a la capilla del Obispo de la plaza de la Paja, tenía una verja con la labor más sobresaliente en forja que había en Madrid. Tres famosos cuadros colgaban de las paredes de esta iglesia: el popularísimo San Antonio el Guindero, que hoy está en Santa Cruz; El milagro del pozo, de Alonso Cano, con la representación de san Isidro sacando de las aguas a su hijo Illán, expuesto en la actualidad en el Museo del Prado, y La Virgen de la Flor de Lis, ahora en la cripta de la Catedral.


Iglesia de Santa María

Sí se mantiene en la otra esquina, igualmente a la izquierda y enfrentado antiguamente a Santa María, el palacio de don Cristóbal Gómez de Sandoval, duque de Uceda e hijo del duque de Lerma, y como su padre valido de Felipe III. Las trazas iniciales debieron ser de Francisco de Mora, que al morir en 1608, fue sustituido por su sobrino Juan Gómez de Mora. El palacio sentó modelo y dio las pautas para la posterior arquitectura palacial, y aunque ha sufrido reformas que empobrecen su aspecto inicial, como la desaparición de las torres angulares (por un incendio en el siglo XVIII) y la sustitución de la cubierta de pizarra por tejas, conserva, sin embargo, intacta, la fachada, muy sencilla y elegante, en ladrillo, con granito en cimientos, dinteles, portadas y aleros. Este palacio fue adquirido por el Estado en 1717, para sede de los Consejos Supremos de Castilla e Indias, Órdenes Militares y de Hacienda, Tesorería General y Contaduría Mayor. Extintos estos departamentos, alberga hoy al Consejo de Estado y a la Capitanía General Militar.


Palacio de Uceda

Viaducto

Sigue la calle de Bailén a través del Viaducto, una de las construcciones más considerables realizadas en Madrid en los últimos siglos y que sirve de unión con el barrio de Morería, y termina en la plaza de San Francisco.
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EL ALCÁZAR DE LOS AUSTRIAS

El antiguo Alcázar de Madrid —Al-cassar—, bastión poderoso del Mayrit musulmán, fue mandado construir por Muhammad I en una fecha incierta entre los años 873 y 876. Ocupaba parte del actual Palacio Real y tanto con los árabes como después con los cristianos desempeñó una importante función militar, estratégica y defensiva.


Dibujo de Madrid en 1562 de Wyngaerde

Parece ser que fue Pedro I el primer monarca castellano que residió en él durante largas temporadas, y que se encargó personalmente de la mejora de todas sus dependencias. En tiempos de su fratricida hermano y sucesor Enrique II, sufrió un incendio —dicen que intencionado—, y en 1389, León V de Armenia, a quien Juan I en un alarde caballeresco nombró Rey y Señor de Madrid, hizo grandes reparaciones y reedificó sus torres. Nuevas torres añadió Enrique III, para guardar en ellas los tesoros de la Corona, y, reinando Juan II, se consagró la capilla el 1 de enero de 1434.

En 1466 sufrió Madrid un terremoto que arruinó parte del Alcázar, daños que fueron recompuestos por Enrique IV, que vivió en él durante sus prolongadas estancias en la Villa y en él murió en 1474

Su eficacia militar quedó demostrada cuando Juana la Beltraneja allí se atrincheró con sus leales y resistió más de dos meses el asedio de los partidarios de Isabel la Católica.

Mayor importancia logró en la guerra de las Comunidades. En esta ocasión lo asaltaron y tomaron los amotinados madrileños bajo el mando de Juan Negrete, que tras la protección de sus muros resistieron aún incluso después de la batalla de Villalar.


Actuación de buratines frente al Alcázar en el siglo XVI

Muy impresionado debió quedar Carlos I del Alcázar, aunque nunca vivió en él, pero sí lo designó para ser la residencia de su hijo Felipe, cuando éste como heredero fue nombrado Príncipe de Asturias, y decidió su reedificación y ampliación.

Las obras, que comenzaron posiblemente por el año 1526, fueron dirigidas hasta 1537 por dos de los maestros mas prestigiosos que trabajaban en Castilla, Alonso de Covarrubias y Luis de Vega, quien continuó sólo hasta 1562, ya durante el reinado de Felipe II.

Resulta difícil precisar —las noticias son escasas, confusas y a veces contradictorias— cómo era el Alcázar antes y después de estas transformaciones. Por grabados antiguos se puede intuir su planta rectangular (los lados mayores a levante y poniente) de un solo patio, y se distinguen tres torreones semicirculares en el costado oeste, dos torres cuadradas en las esquinas del fondo norte, y otras tres en la fachada principal, que miraba al sur: la del Bastimento a la derecha, la del Homenaje en el centro y la famosa Torre Dorada del Rey —posiblemente sustituyó a otra anterior— a la izquierda, comenzada en tiempos de Carlos I y acabada en los de su hijo.

El nombre de torre dorada se dice que era motivado por la gran refulgencia de los rayos del sol al incidir sobre el bronce o latón de la bola de remate del chapitel, herrajes de ventanas y balaustres de balcones.


El Alcázar según el plano de Texeira de 1656

Por esta época se renovó la capilla de Juan II, se construyeron el patio y la escalera principal, se restauraron y habilitaron salones y estancias y se levantó una nueva portada emblemática rematada por las armas del emperador, obra de Covarrubias y Gregorio Pardo.

Pero el mayor cambio se produjo a partir de 1551, cuando por impulso del príncipe Felipe —las obras hasta entonces habían ido muy lentas— el patio central quedó dividido en dos por una crujía y se añadió otra ala, con su correspondiente patio, en el lado este. Quedó así la capilla y la escalera principal en el centro.

En 1561, ya con la Corte en Madrid, Felipe II se reservó para su uso privado las estancias del lateral izquierdo, al oeste, que miraban a la Casa de Campo y a la sierra, y destinó las nuevas de la derecha a la reina, incluida la torre del Bastimento, aunque posteriormente empezó a construirse otra torre dorada en la esquina de ese lado, que fue ampliada por Felipe III para la reina Margarita y remodelada durante el reinado de Carlos II.

También se diseñó un jardín para la ladera conocida como el Campo del Moro y se compraron solares en los alrededores para hacer plazas y edificios anejos: las Caballerizas, las Cocinas Nuevas (antes estaban instaladas en el patio de los aposentos de la reina y producían humos y malos olores) y la Casa Real del Tesoro, cuyos restos han sido encontrados en las excavaciones realizadas en la plaza de Oriente.


Plano del Alcázar

Todas estas reformas convirtieron el Alcázar en un palacio renacentista, con estancias nuevas — 500 tenía con Felipe II— y una superficie doblada capaz de alojar cómodamente la Corte, pero sin perder aquel aire de vieja fortaleza medieval que había sido su origen, una especie de síntesis arquitectónica entre la tradición hispano-mudéjar y la renovación plateresca, solución que será muy común por esos años en toda Castilla.

El Alcázar era en realidad un batiburrillo, con fachadas de cantería, ladrillo, argamasa y tierra, sin orden ni concierto en los huecos, pisos y tejados, luego solucionado poco a poco con intervenciones posteriores de arquitectos tan prestigiosos como Juan Bautista de Toledo, Juan de Herrera, Francisco de Mora y, sobre todo, Juan Gómez de Mora, que modificó por completo la fachada sur por orden de Felipe III. En reinados posteriores siguió ornándose con nuevas obras, llegando a los extremos de belleza con que se refieren a él los cronistas de la época y cuantos viajeros de otros países lo visitaron

Pero el interés artístico del Alcázar estaba más en la colección de cuadros y tapices que albergaba que en su aspecto exterior. Los Trastámaras y Carlos I reunieron una gran cantidad de tapices, unos doscientos, y Felipe II y sus sucesores crearon una enorme pinacoteca con unos trescientos cuadros de grandes pintores como Durero, Tiziano, Velázquez, Carreño, Rubens, Van Dyck, Sánchez Coello...


Maqueta del Alcázar

Desgraciadamente, en la Nochebuena de 1734, reinando Felipe V, el primer monarca de la Casa de Borbón, el palacio sufrió un incendio que lo redujo a cenizas. ardiendo con él muchas de las obras de arte que atesoraba. Además de los cuadros y tapices había muebles, armas, relojes, documentos... Había, sobre todo, historia, años y años de historia, y recuerdos.
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EL PALACIO REAL

Tras el incendio del Alcázar, Felipe V desea construir un nuevo palacio, digno de su majestad de la nueva dinastía borbónica, y llama para ello al arquitecto más importante de la época, el italiano Filippo Juvara, que imagina un palacio mastodóntico, de 480 metros de largo, 28 de altura, 34 puertas de ingreso y 3000 ventanas, que no cabe en el espacio del antiguo Alcázar y que intenta situar entre la Montaña del Príncipe Pío y la calle Mayor, luego de ser rellenada la Cuesta de San Vicente. Pero Juvara fallece de una pulmonía, y es su discípulo Giovanni Battista Sacchetti quien se encarga de preparar otro proyecto de menores proporciones, aunque utilizando en parte los planos de Juvara. Es el palacio que conocemos, con un estilo entre barroco y neoclásico. En él intervinieron otros arquitectos, como Baltasar de Elgueta, Ventura Rodríguez, cuya mano se advierte en el diseño de las elegantísimas fachadas, y el italiano Sabatini.


Proyecto de Juvara para el Palacio Real

El 7 de abril de 1738, el marqués de Villena, en nombre del rey, coloca la primera piedra, y desde ese año hasta 1764, que empieza a servir de alojamiento a Carlos III aún sin estar terminado, pasan 26 años de trabajos y hay un gasto de 300 millones de reales, cifra enorme para aquellos tiempos. Mientras, habían muerto Felipe V, Luis I y Fernando VI.

El palacio es de planta rectangular, con un gran patio central y cuatro fachadas hacia los cuatro puntos cardinales. En la construcción se empleó masivamente la piedra, para evitar los incendios, combinándose en las fachadas el granito de Guadarrama en basamentos y muros lisos, piedra blanca de Colmenar en columnas, pilastras, antepechos, cornisas..., y mármol para relieves y detalles.


Plano del Palacio Real

El edificio, con soberbio pedestal en talud en los lados que dan a los jardines de Sabatini y del Campo del Moro, para salvar los tremendos desniveles, se apoya en un basamento almohadillado a la manera de un gran zócalo, en él se abren las ventanas del piso bajo. Sobre él va un entresuelo, con ventanas también. A continuación, un cuerpo —la planta noble—, con columnas jónicas en los ángulos y pilastras dóricas en los paños intermedios. Entre estas columnas y pilastras se abren los balcones de las estancias principales. Un nuevo entrepiso después y, finalmente, el último piso con ventanas. Se remata el conjunto con una cornisa muy saliente, un ático de ventanas y balaustrada de piedra blanca. En ella se quiso colocar una rica y compleja galería de estatuas de todos los reyes de España, y así se hizo. En 1749 se encargó al religioso benedictino P. Martín Sarmiento la confección de la lista de reyes, con estudio minucioso de cómo habría de hacerse cada figura. Las esculpieron Salcillo, Carmona, Manuel Álvarez, Olivieri, Felipe de Castro y Alejandro Carnicero. Pero por miedo a su excesivo peso fueron retiradas y se hallan esparcidas por jardines de Madrid y otras ciudades. En los mentideros de la Villa se chismorreó que esta decisión se tomó para calmar el desasosiego de la reina Isabel de Farnesio, esposa de Felipe V, que soñó repetidamente que sus ilustres antecesores en piedra se derrumbaban y caían sobre ella mientras dormía a causa de un terremoto. Actualmente se han repuesto algunas de estas estatuas al lugar primitivamente destinado.


Antiguo grabado del Palacio Real

La fachada principal es la del sur, ante la plaza de la Armería. En el frente, sobre el ático, hay una especie de frontón, con un gran reloj y, a ambos lados, relieves que representan al Sol en su recorrido por el Zodiaco. Una representación de España en el balcón central y, en los laterales, relieves de diversos temas. Por su triple portada se accede al vestíbulo, en cuyo flanco derecho se abre la escalera de honor, obra de Sabatini, de estilo imperial y tres ramales de peldaños de una sola pieza cada uno.


Plaza de la Armería

En la decoración del interior trabajaron los mejores pintores europeos. En tiempos de Carlos III coinciden en Madrid Antón Rafael Mengs, Giambattista Tiépolo, que pintan las primeras bóvedas importantes, y Corrado Giaquinto, que decora la capilla. Esta labor la prosiguieron otros fresquistas como Antonio González Velázquez, Francisco Bayeu, Salvador Maella y, ya en el siglo XIX, Vicente López. Entre los escultores destaca el trabajo de Giandoménico Olivieri, José Ginés, Felipe de Castro y Roberto Michel.

La mayor parte de los salones tienen nombres significativos: de Alabarderos, de las Columnas, Gasparini, de Porcelana, Pieza Amarilla, Comedor de Gala, de los Espejos, de Armas, del Trono, Cuarto de la Reina... Todos ellos contienen innumerables riquezas: sillerías de distintos estilos, vajillas de las mejores fábricas, tapices, relojes, miniaturas, cornucopias, candelabros, lámparas..., y una importante pinacoteca con lienzos de Velázquez, Tiépolo, Goya, Maella, Vicente López...


Salón del Trono

Alfonso XIII fue el último rey en habitarlo, hoy sólo se emplea para celebraciones protocolarias.
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CATEDRAL DE LA ALMUDENA

El proyecto de edificar una catedral en Madrid viene de antiguo. Durante los reinados de Carlos I y Felipe III se promulgaron bulas papales a tal efecto, pero nunca llegó a construirse porque a ello se opuso siempre el arzobispado de Toledo, a cuya diócesis pertenecíamos.

En un nuevo impulso, Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, hizo donación de 60.000 ducados, que se unieron a los 150.000 que reunió la Villa, e incluso se colocó la primera piedra el 15 de noviembre de 1626, mas... no se añadió la segunda.

En el plan de Sacchetti para los alrededores del palacio Real, se incluía una catedral, que no pasó más allá de los planos.


Proyecto neogótico del Marqués de Cubas para la catedral de la Almudena

Sólo a partir de 1869, al ser derribada la antigua iglesia de Santa María la Real de la Almudena (en la calle Mayor, frente a Capitanía General) es cuando se plantea seriamente la erección de una gran basílica dedicada a Nuestra Señora. Y tras la vuelta al trono de la Casa de Borbón en la persona de Alfonso XII, son el propio rey y su esposa María de las Mercedes los principales promotores. La pronta muerte de la soberana hizo que el rey pensase en el templo como posible mausoleo de su esposa, voluntad que no se cumplió hasta el 8 de noviembre de 2000, 112 años después.

El 4 de abril de 1883 se colocaba la primera piedra, y apenas iniciados los trabajos, el papa León XIII otorgó una bula creando el obispado de Madrid-Alcalá y ordenando que la proyectada iglesia de La Almudena se convirtiera en la tan ansiada catedral de la capital de España.

El lugar elegido fue el ideal: frente a Palacio y junto a la Cuesta de la Vega, paraje donde la tradición sitúa la aparición milagrosa de la Virgen. Y los planes del arquitecto don Francisco de Cubas, marqués de Cubas, contemplaban la construcción de un majestuoso templo neogótico, con ventanales, triforios, chapiteles y afiladas agujas de piedra apuntando al cielo de Madrid. La filigrana se elevaba 100 metros desde el suelo frente a los 79 de la de Burgos. Seguía la moda que preconizaba entonces como un revival el gran maestro francés Viollet-Le Duc, restaurador de grandes monumentos medievales.


Maqueta de proyecto neogótico del Marqués de Cubas para la catedral de la Almudena

Las obras, que avanzaban muy lentamente, se fueron prolongando en el tiempo, y a la muerte de Cubas, en 1899, siguieron otros arquitectos: Miguel Olavarría, Enrique Repullés, Juan Moya. El 31 de mayo de 1911 se abrió al culto como parroquia la cripta, que tiene su entrada al final de la calle Mayor, junto a la Cuesta de la Vega. Entre 1936 y 1939 se suspendieron los trabajos, luego reanudados bajo la dirección de Luis Mosteiro, pero con escasos recursos económicos. Por esas fechas surgió la polémica sobre el diseño de la catedral: se pensó que el gótico no era propio de la época, no armonizaba para nada con el inmediato Palacio Real y suponía un coste casi imposible de satisfacer. En concurso ganado por los arquitectos Carlos Sidro y Fernando Chueca Goitia, se adoptó otra solución, que respetaba lo construido, pero que revestía el exterior con un estilo neoclásico más acorde con el entorno, además de aportar algunos elementos localistas postherrerianos del llamado Madrid de los Austrias. En 1949 se inició el nuevo plan, con períodos de más o menos actividad, y el 15 de junio de 1993, por fin, aun sin estar totalmente acabada, fue consagrada por Juan Pablo II.

Lo más bello del proyecto de Chueca Goitia es la cúpula sobre el crucero, con su tambor octogonal que capta la luz del sol por medio de cuatro grandes ventanales termales.

La fachada principal, al norte, frente a la plaza de la Armería, consta de un cuerpo central sustentado por columnas dóricas, que sostienen una galería; a los lados, dos altas torres rematadas por chapiteles madrileños. La de la calle Bailén, de porte clasista, se compone de dos cuerpos rematados por un ático con frontón triangular. Muy similar es la del lado de los jardines del Campo del Moro, En la del sur se contempla el ábside y la entrada a la cripta, ésta con tres arcos con arquivoltas de estilo románico y ventanales con coloristas vidrieras.


Catedral de la Almudena

La cripta, con estructura y decoración inspiradas en modelos mediavalistas, especialmente románicos, es lugar de enterramiento de grandes familias de la nobleza y de la burguesía. Está constituida por tres naves, crucero, capillas por todos los lados, girola y deambulatorio. Se cubre por medio bóveda de cañón sostenida por arcos fajones en la nave central y de aristas en capillas y naves laterales. Repullés ideo los magníficos capiteles neorrománicos de las columnas y la mayor parte de los monumentos funerarios que adornan las capillas. Entre éstas, sobresalen la tercera de la nave de la derecha, de los condes de Santa María de la Sisla, con decoración de Mariano Benlliure y dedicada a la Sagrada Familia, y la situada en el brazo izquierdo del crucero, dedicada a la Virgen de la Flor de Lis, representada en una pintura del siglo XIII. Impresiona la cripta por su oscuridad, por los techos tan bajos y por los sepulcros.


Cripta de la Almudena

El interior del templo catedralicio, con tres naves con sus correspondientes capillas, prolongado crucero y ábside con girola y capillas radiales, desarrolla el modelo gótico más complejo, pero rebajado en altura al proyecto inicial de Cubas, con unas columnas labradas y otras no, y sustituyendo la bóveda de crucería por unas formas moldeadas y autoportantes de hormigón, sostenidas sobre arcos fajones transversales, y policromadas con dibujos diseñados por Chueca Goitia de estilo bizantino. Las vidrieras están inspiradas en Mondrian, y el pavimento es de mármol de Macael, con piezas amarillas y verdes contrapeadas. Los bancos fueron construidos por los monjes del Paular, y las puertas se hicieron con madera especial de derribos en Estados Unidos.

En el presbiterio, presidiendo el templo, destaca la figura del Cristo de Juan de Mesa, del siglo XVII, que procede de la colegiata de San Isidro. La cátedra del Obispo es un sitial del siglo XIX. A ambos lados, la sillería de canónigos, renacentista, en madera de nogal. Al fondo, a los lados, un enorme cuadro de Francisco de Ricci, El expolio de Cristo, del siglo XVII, que se encontraba en el Museo del Prado, y un grupo escultórico de Juan de Ávalos que representa al Crucificado en el Calvario. El suelo se cubre con una impresionante alfombra antigua de 40 metros cuadrados.


Catedral de la Almudena

En la capilla del Santísimo, a la derecha del presbiterio, su túmulo ondulante, diseñado también por Chueca Goitia en mármol tostado granadino, sostiene un fanal donde se guarda una custodia de plata labrada de tiempos de Carlos II.

El empinado altar de Ntra. Sra. de la Almudena, en la capilla del brazo derecho del crucero, cuenta con un retablo de Juan de Borgoña, del siglo XIV, trasladado desde el palacio arzobispal. La imagen de la Virgen, que no es la primitiva (ésta parece que se incendió en tiempo de Enrique IV) es una talla en madera de pino de finales del siglo XV o principios del XVI.


Virgen de la Almudena

Otras joyas artísticas adornan la catedral: la magnífica talla de Jesús atado a la columna, de Giacomo Colombo, de 1698, antes en la iglesia de San Ginés, que se venera en la primera capilla a los pies, en el lado izquierdo; enfrente, la imagen de San Juan Bautista, de Roberto Michel, realizada para la capilla de Santa Teresa en la iglesia de San José; un Cristo yacente, de Juan de Ávalos, y excelentes pinturas como La Anunciación, de Jiménez Donoso y la Sagrada Familia, de Carreño. Lo más antiguo en la catedral es un arca del siglo XIII, construida en madera de pino y revestida de cuero repujado, que regaló el rey Alfonso VIII para que en ella fueran introducidos los restos de san Isidro.

La catedral de la Almudena tiene también dos edificios adosados que alargan la fachada principal y forman un conjunto arquitectónico: el perteneciente a dependencias del Obispado, con fachada asimismo a Bailén, y el perteneciente a Patrimonio Nacional, en el lado derecho.
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EL VIADUCTO

La idea de construir un puente sobre la hondonada de la calle de Segovia, prolongando así Bailén hasta la plaza de San Francisco, es antigua, y ya Sacchetti y luego Sabatini realizaron proyectos a tal fin, con arcos monumentales que continuaban la obras de Palacio. Silvestre Pérez, con José Bonaparte, también lo intentó con dimensiones casi megalómanas, pero no hubo tiempo para ello.


Proyecto Sachetti para la calle de Bailén

Proyecto Silvestre Pérez para la calle de Bailén

En 1860, siendo gobernador de Madrid el marqués de Vega de Armijo y alcalde el duque de Sesto, se retomó de nuevo la propuesta del puente, pero es el Ayuntamiento revolucionario de 1868, y por iniciativa de Fernández de los Ríos, el que seriamente se plantea el tema e inicia rápidamente los derribos de las casas que impedían la cimentación, incluida la iglesia de Santa María (en la calle Mayor, frente a Capitanía General), que estorbaba para aumentar el ancho de la calle de Bailén. El 31 de enero de 1872, siendo alcalde de Madrid don Manuel María José de Galdo, dio comienzo propiamente la construcción. Los planos eran del arquitecto municipal don Eugenio Barón, que se preocupó más de la seguridad que de la estética, y diseñó un viaducto de cantería y estructura metálica de 130 metros de longitud, 23 de altura y un ancho de 13 metros. Costaba de tres tramos de hierro, de 50 metros el central, y de 40 los laterales, apoyados en estribos de fábrica en los extremos y con dos pilares de hierro en el intermedio que descansaban en basamentos de sillería. Todas las partes metálicas se trajeron desde Inglaterra.


Antiguo viaducto

Para los madrileños fue un orgullo aquella obra producto de la más vanguardista tecnología del momento. Éste era el comentario tan poético aparecido con motivo de su inauguración, el 13 de octubre de 1874, en la Ilustración Española y Americana, nº XXXIX: "Aquella colosal mole de hierro que evidencia una vez más el poder de la mecánica; aquel monstruo de metal que para asentarse ha derribado con su irresistible fuerza cuanto halló a su paso, no amedrenta a pesar de su enorme masa, ni espanta a pesar de su amenazadora pesadumbre. Y es porque aquel Hércules tremendo está sujeto y sumiso a la Onfala de la ciencia, y sólidamente afianzado en sus piernas de labrada roca, doblegada mansamente la espalda para que por ella crucen y caminen cuantos quieran".


Antiguo viaducto

Ese día del estreno se quiso de alguna manera destacar con el paso de una comitiva notable, el traslado de los restos de Calderón de la Barca desde San Francisco el Grande hasta el cementerio de San Nicolás, situado entonces cerca de la estación de Atocha.

Su enorme altura no tardó en convertirlo en lugar elegido por los suicidas. Fue preciso instalar unos alambres para impedir el salto, subir las barandillas y poner un servicio de guardia permanente. El primer intento lo protagonizó una joven a la que sus padres impedían el casamiento. Afortunadamente le salió mal, que aquellas enaguas y faldas de antaño hicieron de paracaídas, y sólo sufrió pequeñas magulladuras. Los cronistas cuentan que los padres por fin consintieron, y que la muchacha tuvo 14 hijos en su feliz matrimonio.


Antiguo viaducto

La picaresca madrileña es tan aguda que algunos realizaban muy teatralmente el amago de arrojarse al vacío, sólo con la intención de llamar la atención y que los guardias los llevaran al cuartelillo, que allí, aunque con unos cuantos "guantazos", podrían al menos comer caliente y dormir en un jergón.


Obras del nuevo viaducto

Aquel viaducto de hierro envejeció pronto, aunque prestó servicios casi durante sesenta años. Ya en 1921 empezaron a aparecer serios problemas que mermaban su seguridad, y en 1932 se decidió convocar un concurso para la realización de uno nuevo, ganado por el arquitecto Francisco Javier Ferrero y los ingenieros Luis Aldaz Muguiro y José de Juan-Aracil. También presentaron proyectos, entre otros, Eduardo Torroja y Secundino Zuazo.

Cuando comenzó la guerra civil de 1936 las obras llevaban tiempo paralizadas por efecto de una huelga. Después fue necesario arreglar los desperfectos en lo ya construido y continuar los trabajos. Por fin, el 28 de marzo de 1942, se inauguraba el nuevo viaducto —el actual—, estéticamente superior al anterior y de mayores dimensiones: 200 metros de largo, 20 de ancho y 25 de altura. Su coste se elevó a 5.602.661 pesetas de las de entonces (33.672,67 €). Está construido en hormigón armado y cimentado directamente sobre la vaguada de la calle de Segovia. Consta de tres arcadas de 37 metros de luz y 17 de flecha, con 4 arcos en paralelo cada una, que soportan mediante pendolones el tablero superior. Los planos incluían ascensores desde la calle de Segovia que nunca llegaron a instalarse. Es de los pocos restos de arquitectura racionalista que conserva la Villa.


Viaducto actual

También el nuevo viaducto sufre los efectos del paso del tiempo, e incluso se pensó en derribarlo, pero obras de consolidificación y la sustitución del tablero en 1978 aún lo mantienen vivito y coleando.

En 1998, para evitar los viejos problemas y disuadir a todos aquellos infelices que quieren quitarse la vida, se colocaron mamparas de cristal que se elevan a poco más de 2 metros desde el suelo. Quizá cumplan con su cometido pero estéticamente son desafortunadas y armonizan escasamente con el entorno.
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PLAZA DE ORIENTE

Esta monumental plaza, uno de los parajes más interesantes de Madrid, se extiende entre el Palacio y el teatro Real, y de ellos adquiere su personalidad.

Ya en el siglo XVIII Sachetti había proyectado en este lugar una plaza ajardinada, pero fue durante el reinado de José Bonaparte cuando se produjeron los primeros derribos de manzanas como parte de una estrategia urbana destinada a construir un gran bulevar que, utilizando la calle del Arenal y abatiendo callejas y vetustos edificios, permitiese ver el Palacio desde la Puerta del Sol, e incluso llegase hasta la Puerta de Alcalá. Formaban esta zona la plaza de San Gil y las calles del Tesoro, de la Parra, del Carnero, del Buey, del Juego de la Pelota, de Santa Catalina la Vieja, de San Bartolomé, del Recodo, partes de la del Espejo y de Santa Clara, y el jardín de la Priora.

Desapareció con ellas, el convento franciscano de San Gil, fundado en 1606 por Felipe III y conocido cariñosamente como el de “los Gilitos”. Su iglesia era la de la antigua parroquia de San Gil, sucesora a su vez de la de San Miguel de la Sagra, una de las once históricas que se citan en el Fuero de Madrid de 1202.

Y la Casa del Tesoro, primitivo Ministerio de Hacienda con los Austrias, que había sido construida ligeramente separada del Alcázar a partir de 1568, y luego unida a él cuando se adquirieron los solares intermedios para otra serie de dependencias. Logro salvarse en el incendio del Alcázar de 1734 y Felipe V mandó remodelarla para instalar en su interior la Biblioteca Real, antecedente de la Biblioteca Nacional.

E igualmente, en los alrededores, el convento de Santa Clara y las iglesias de San Juan y de Santiago (esta última fue de nuevo levantada en 1811, pero con dimensiones más reducidas).


Planos de la zona

La brevedad del período napoleónico y las penurias económicas de los años siguientes hicieron imposible el proyecto. En 1818, con Fernando VII, se procedió al nivelado del terreno que dejaron los derribos, se inició la edificación del teatro Real en el solar del antiguo coliseo de los Caños del Peral y se comenzó asimismo la construcción de la plaza según diseño de Isidro González Velázquez. Consistía en una gran galería semicircular, con arcos de medio punto de granito, columnas dóricas y adornos en piedra blanca de Colmenar, pero no llego a materializarse por completo y lo construido se derribó en 1836.

Es en 1841, con Isabel II, en tiempos de la regencia de Espartero, cuando surge verdaderamente la iniciativa de la gran plaza ante Palacio. La idea es de Agustín Argüelles, tutor de la reina, y de Martín de los Heros, intendente de la Casa Real. Fue entonces cuando Narciso Pascual Colomer diseñó su trazado circular y los jardines, franqueados éstos por las estatuas en piedra de los reyes de España que habían sido concebidas en principio para la balaustrada superior de Palacio.


Obras en la plaza de Oriente

En el centro se colocó sobre pedestal la famosa estatua ecuestre de Felipe IV, del escultor italiano Piero Tacca.

Otros dos monumento han sido erigidos posteriormente en la plaza: uno al cabo Luis Nogal, heroico soldado muerto en la campaña africana de 1909, y el otro al capitán Ángel Melgar, caído aquel mismo año en el barranco del Lobo, en Melilla. El primer monumento es de Mariano Benlliure, y el segundo, de González Pola.


Plaza de Oriente

Por la plaza de Oriente discurrían las dos murallas históricas de la ciudad, la árabe y la cristiana. La primera descendía suavemente desde la calle de Rebeque y en impreciso recorrido llegaba al castillo moro, luego Alcázar de los Austrias en el mismo solar del actual Palacio Real. En un sitio desconocido se abría la puerta de la Sagra, de la que apenas se sabe nada.

La muralla cristiana cruzaba completamente la plaza en dirección este-oeste. Se asegura que una de sus puertas, la de Valnadú, estaba situada precisamente a la altura de la famosa lámpara central del teatro Real.


Trazado de las murallas

La última y discutible reforma de la plaza se desarrolló entre 1994 y 1997, y consistió en enterrar el tráfico mediante un túnel por la calle de Bailén, dejar todo el espacio para los peatones y construir un enorme aparcamiento de coches de tres plantas en el subsuelo. En las excavaciones arqueológicas previas se desató la polémica porque tal vez no se hicieron con la debida seriedad, e incomprensiblemente no se encontraron restos de las antiguas murallas; sí numerosos objetos y piezas cerámicas —cerca de 20.000— de épocas diversas, parte de una torre atalaya islámica conservada in situ (integrada en la planta segunda) y numerosas dependencias de la Casa del Tesoro, que no fueron respetadas.
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ESTATUA ECUESTRE DE FELIPE IV

En el centro de la plaza de Oriente, casi presidiendo el bello escenario, se encuentra la magnífica estatua ecuestre de Felipe IV. Fue un encargo del propio rey, a través de la duquesa de Toscana, Cristina de Lorena, al escultor florentino Piero Tacca, que ya antes había concluido otra de su padre, Felipe III, por muerte de Juan de Bolonia, que fue quien la inició (la podemos ver actualmente en el centro de la Plaza Mayor).

Además de Piero Tacca, otros tres genios intervinieron en la estatua de Felipe IV: Velázquez, que realizó los bocetos previos con dos retratos del rey, uno de medio cuerpo y otro montado en un caballo en arriesgada corveta; Martínez Montañés, que hizo una maqueta escultórica, y nada menos que el científico y humanista Galileo Galilei, que consultado sobre la difícil y forzada postura del caballo y sus problemas de estabilidad apoyado sólo sobre sus dos patas traseras, sugirió dejar hueca la parte delantera y maciza la de atrás, para que todo el peso recayera sobre la grupa del caballo, pese a lo cual sigue siendo un prodigio de equilibrio.


Estatua de Felipe IV

La estatua, concluida en 1640, ha tenido varios emplazamientos: al año siguiente fue colocada en uno de los patios del palacio del Buen Retiro por iniciativa del conde duque de Olivares. Se sabe que luego fue trasladada al frontispicio del antiguo Alcázar, y que allí estuvo hasta que durante la minoría de edad de Carlos II, en tiempos del gobierno de don Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV, se volvió a situar en el Retiro, con cuyo motivo y viéndose el pueblo defraudado en sus expectativas de mejoras económicas prometidas, aparecieron los siguientes pasquines:

"¿A qué vino el señor don Juan?
A bajar el caballo y subir el pan."

"Pan y carne a quince y once,
como fue el año pasado;
con que nada se ha bajado
sino el caballo de bronce."

En 1843, Isabel II la mandó colocar en su emplazamiento actual, en un alto pedestal rectangular decorado con dos bajorrelieves en los laterales, uno que representa a Felipe IV condecorando a Velázquez con la insignia de Santiago, y otro que es una alegoría sobre la protección que el monarca dispensó a las artes y a las letras. En los frentes del monumento se situaron dos fuentes en forma de concha, sobre las que un río (representado por un anciano) vierte agua en una urna. Un león de bronce en cada una de las esquinas completan todo el conjunto, que realizaron los escultores Francisco Elías y José Tomás.
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LAS ESTATUAS DE LOS REYES DE ESPAÑA

Repartidas por la plaza de Oriente se encuentran unas cuantas estatuas en piedra de reyes y reinas de España. Pertenecen a la serie que se labró para coronar la balaustrada superior de Palacio. En 1749 se encargó al religioso benedictino padre Martín Sarmiento la confección de la lista de reyes, con estudio minucioso de cómo habría de hacerse cada figura. Las esculpieron artistas tan conocidos como Salzillo, Luis Salvador Carmona, Manuel Álvarez, Domingo Olivieri, Felipe de Castro y Alejandro Carnicero. Así se hizo, pero su excesivo peso aconsejó que fuesen descendidas y esparcidas por diversos lugares de Madrid y de otras ciudades. En los mentideros de la Villa se chismorreó que esta decisión se tomó en tiempos de Carlos III para calmar el desasosiego de la reina madre Isabel de Farnesio, que soñó repetidamente que sus ilustres antecesores en piedra se derrumbaban y caían sobre ella mientras dormía a causa de un terremoto. En la plaza de Oriente se encuentran, entre otras, las de Ataulfo, Theodorico, Enrico, Leovigildo, Suintila, Wamba, don Pelayo, Iñigo Arista, Ordoño II, doña Urraca, Ramiro II, Alfonso VII, Sancho IV, Fernán González, primer conde de Castilla...


Estatuas de la Plaza de Oriente

Las estatuas, destinadas en principio a contemplarse a larga distancia, en las alturas, sobre el suelo resultan de un tamaño excesivo, bastante toscas y, como decía Fernández de los Ríos en 1876, en su Guía de Madrid, "representan los personajes en posturas que por lo violentas parecen casi ridículas, y la caracterización es tan deficiente en traje y fisonomía, que si los letreros que cada uno tiene al pie acabaran de borrarse, sería muy difícil el reconocimiento".

Actualmente se han repuesto algunas estatuas al lugar primitivamente destinado, el coronamiento del Palacio Real, entre ellas, las únicas que representan a dos monarcas de las Indias occidentales anteriores al descubrimiento: Atahualpa, emperador del Perú, y Moctezuma, de Méjico. Dado que estas estatuas se hicieron en el siglo XVIII, seguramente son las más antiguas de americanos labradas en Europa.
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COLISEO DE LOS CAÑOS DEL PERAL

Por la actual calle de los Caños del Peral, que va a dar a la plaza de Isabel II (Ópera), y antes de urbanizarse toda esta zona, surgía una corriente de agua subterránea que regaba las huertas colindantes y alimentaba unos baños públicos, fuentes u hontanillas —los Caños del Peral—, abrevaderos y un lavadero público con 57 pilas. Este paraje —barranco de las Hontanillas— tuvo que ser rellenado en algunos lugares hasta con 8 metros de tierra para poder salvar los grandes desniveles. Algo de ello se puede apreciar en la calle de la Escalinata.

Sobre este espacio, surgió, en 1708, el coliseo de los Caños del Peral, al principio en una barraca instalada por una compañía lírico-dramática dirigida por el actor italiano Francesco Bartolli. Más adelante, en 1737, esta barraca fue derribada y se construyó en su lugar, por orden de Felipe V, un teatro, más grande y capaz, ya en plan estable, bajo la dirección de los arquitectos Virgilio Rabaglio y Santiago Bonavia. Parece ser que las obras se llevaron a cabo por el mecenazgo de un tal Francisco Palomares.


Teatro de los Caños del Peral

El nuevo teatro, a cargo del cantante Farinelli y con la dirección del marqués de Scotti, abrió sus puertas el domingo de carnaval de 1738 con la ópera Demetrio, de Metastasio.

En este coliseo se representó en escena principalmente ópera italiana, zarzuela y obras clásicas de nuestros autores del Siglo de Oro.

Dañado durante la invasión francesa, fue cerrado en 1810 ante la amenaza de ruina, aunque en años posteriores fue abierto para la celebración de bailes de máscaras. Fue demolido el 30 de septiembre de 1817, y su solar lo ocupa hoy parte de la plaza de Isabel II y parte del teatro Real.
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EL TEATRO REAL

Su origen está ligado al largo proceso de formación que tuvo la plaza de Oriente. La creación de este espacio se inició en el breve reinado de José Bonaparte con los derribos de las manzanas de casas que impedían la visión del Palacio Real. En 1817, reinando Fernando VII, se encargó al arquitecto Isidro González Velázquez la nivelación y ordenación de la nueva plaza, se demolió el viejo teatro o coliseo de los Caños del Peral y, un año después, en 1818, casi en el mismo solar se iniciaba la construcción del teatro Real bajo la dirección del arquitecto Manuel Gómez Aguado.

La accidentada construcción del nuevo teatro —se prolongó a lo largo de 32 años— empezó con buen ritmo, pero no tardó en interrumpirse por motivos económicos y políticos, una interrupción que duró ocho años. Luego, un nuevo impulso, y una nueva paralización, esta vez de trece años.

Mientras tanto, como parte del edificio estaba terminado, se utilizó para diversos fines: es salón de baile, depósito de pólvora, cuartel de la Guardia Civil y salón de sesiones de los señores diputados.


Teatro Real

En 1850, y gracias a la decisiva intervención de Isabel II, gran amante de la música, se reanudaron las obras y por fin se inauguró el 19 de noviembre de ese mismo año con una representación de la ópera La favorita de Donicetti, cantada por Marietta Alboni, Italo Gardoni, Paolo Barrilhet y Carlos Fornos.

El teatro, en el que intervinieron también en sus distintas fases los arquitectos Custodio Teodoro Moreno y Francisco Cabezudo, tuvo un presupuesto total de 42 millones de reales, el más costoso del universo en palabras del cronista Fernández de los Ríos. El edificio está asentado sobre una planta hexagonal irregular de 72.892 pies cuadrados, con la fachada más breve a la plaza de Oriente, entonces con vestíbulo de carruajes y salón para descanso de las personas reales, luego modificado en 1891. Más elegante es la que da a la plaza de Isabel II, adornada con columnas de granito y cinco arcos de entrada.

Las sala, verdaderamente elegante y suntuosa, tenía un aforo entonces de 2.800 personas, contando con los espectadores de las cuatro galerías de palcos, algunas más disimuladas en forma de ventanas y el famoso y anchuroso paraíso. El techo fue pintado por Eugenio Lucas y por el Francés Philastre.

Contaba el teatro con un tocador de señoras, servido por dos modistas; tiendas de flores, guantera, café, confitería, local de venta y alquiler de anteojos, salas de fumadores y un salón de baile, aunque al poco tiempo parte de estas dependencias se convirtieron en la sede de la Escuela Nacional de Música y Declamación.


 cartel antiguo del Teatro Real

Se representaron obras de los más grandes compositores del momento: El trovador (1854), Rigoletto (1856), La traviatta (1857) y la Forza del destino (1863), de Verdi; Guillermo Tell (1869), de Rossini; Lohengrin (1889) y Tannhauser 1890), de Wagner, interpretadas por Julián Gallarre, y muchas más. También se produjeron actuaciones destacadas como las protagonizadas por el bailarín Nijinky y por Stravinski dirigiendo su Petraschka.

Alternó temporadas de éxito con otras más mediocres hasta 1925. El 5 de abril de ese año, La boheme de Puccini, cantada por Miguel Fleta, fue la última obra representada. Enormes grietas en la fachada de la calle de Vergara y abundantes daños interiores provocaron el cierre inmediato por peligro de hundimiento.

Tras algunas reformas en 1925 para tratar de salvar su estructura, a cargo de Antonio Florez Urdapilleta, en ese estado calamitoso pasó la guerra civil, convertido en polvorín. Hubo después varios intentos de obras, paralizaciones y vacilaciones incluidas, a cargo de los arquitectos Pedro Muguruza, Diego Méndez, Luis Moya y, posteriormente, José Manuel González, que por fin consiguió la rehabilitación del teatro para que de nuevo abriera el 1 de octubre de 1966, pero sólo dedicado a sala de conciertos. La inauguración estuvo a cargo de la Orquesta Nacional y el Orfeón Donostiarra dirigidos por Rafael Frübeck de Burgos, que interpretaron una página de Falla y la Novena Sinfonía de Beethoven.

También pasó a ser sede el teatro del Real Conservatorio de Música, la Escuela Superior de Arte Dramático y el Museo de la Música.


Teatro Real

En 1895 se procedió a una renovación total del Real, para dedicarlo únicamente a su antigua y original función como teatro de la ópera. Las obras, no exentas de polémica, supusieron un gasto de 21.000 millones de las antiguas pesetas frente a los 6.000 previstos. El 11 de octubre de 1997 fue el estreno, con un programa integral dedicado a Manuel de Falla y que reunía sus dos piezas más emblemáticas, el ballet El sombrero de tres picos y la ópera La vida breve, de nuevo con la Orquesta Nacional y el Orfeón Donostiarra bajo la batuta de García Navarro y con dirección escénica de Francisco Nieva.

El infortunio acompañó a las obras hasta el final. Manuel González Varcárcel, que volvió a repetir como arquitecto en esta restauración, murió a pie de obra en 1992. La gran lámpara de araña de la Real Fábrica, que pesa casi tres toneladas, se desplomó cuando todo parecía ya concluido. Han sido muchas las contradicciones y las reyertas sobre el teatro que han enfrentado a arquitectos, políticos, artistas, escenógrafos...
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LOS BARRIOS CASTIZOS

En Las Vistillas, en la Paloma y en Lavapiés, pasando por el Rastro, está el alma de los "Madriles", del Madrid de los barrios bajos, del Madrid jaranero y costumbrista, el del chotis, aromado con perfumes de fritanga, churros y gallinejas.

Y ese espíritu del madrileñismo más puro se viste de chulapón en las fiestas de san Cayetano, san Lorenzo y la Paloma, y se hace carne castiza en los personajes de zarzuela. Todavía algún don Hilarión saca de "bureo" a la Casta y a la Susana para que cualquier Julián se muera de achares.

"Una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid"
Las Vistillas

Entre la calle de Bailén, llegando a la Gran Vía de San Francisco, y asentado sobre la cornisa que da al Manzanares, comienza el barrio de Las Vistillas, que tiene grandioso templo, San Francisco el Grande (1781), construido sobre el solar de la derribada iglesia del convento de los Franciscanos, que vinieron y se asentaron en los arrabales entonces de Madrid, con el propio san Francisco de Asís a la cabeza, en el año 1224. También tiene otra iglesia, mucho más pequeña y adosada a la anterior, la capilla de la Venerable Orden Tercera, "San Francisquín para los castizos", que es una joya del barroco madrileño. Completan los edificios característicos del barrio la capilla del Hospital de la citada venerable Orden Tercera y el Seminario, en la calle de San Buenaventura, en estilo neomudéjar.


Las Vistillas

En San Francisco el Grande, de estilo neoclásico según diseño de Francisco Cabezas desarrollado por Antonio Pló y finalizado por Sabatini, destaca su cúpula, considerada como la tercera de planta circular de mayor diámetro de la cristiandad; la maravillosa fachada neoclásica, su suntuosa decoración interior, su espectacular rotonda circular central con las seis capillas laterales, las esculturas marmóreas de los doce apóstoles y su pinacoteca, representativa de la pintura española de los siglos XVII a XIX, con cuadros de Zurbarán y Goya.


San Francisco el Grande

Las Vistillas toma el nombre de la fabulosa panorámica que desde la plaza de Gabriel Miro, más conocida como de las Vistillas, permite contemplar a un golpe de vista la Casa de Campo, el Parque del Moro, la Catedral de la Almudena y, al fondo, los Carabancheles. En verano sus terrazas están abarrotadas de gente que aprovecha la brisa que suele hacer por esta zona para refrescarse y charlar animadamente.


Panorámica desde Las Vistillas

Una de sus calles mas características del barrio es la de Don Pedro que conserva algunos trozos restaurados de la antigua muralla cristiana.


Cuesta de los Ciegos. Años 40

En Las Vistillas se continúan celebrando las tradicionales verbenas y algunos patios de vecindad se siguen adornando con farolillos de papel. Y, al compás de un viejo organillo, se pueden lucir las habilidades con el chotis, sin salirse del ladrillo, como está "mandao". Y para mitigar el sofoco del "bailoteo", nada mejor que la "limoná" o la tradicional agua con azucarillo y aguardiente.

La Paloma

Separado de Las Vistillas por la Gran Vía de San Francisco, se encuentra el barrio de la Paloma, con la iglesia de San Pedro el Real, y en ella el venerado lienzo de Ntra. Sra. de la Paloma, cuya festividad se celebra el 15 de agosto. Allí acuden los madrileños para venerarla, presentarle a sus hijos recién nacidos y darse un "garbeo" por su famosa verbena.


Barrio de la Paloma

Si Nuestra Señora de la Almudena fue nombrada oficialmente patrona de la Villa y la de Atocha recibió el título de patrona de la Corte, la Virgen de La Paloma, de mucha menos antigüedad que las anteriores, fue elegida oficiosamente por el pueblo de Madrid como su patrona.


Virgen de la Paloma

La devoción parte de finales del siglo XVIII. El lienzo que representa a la Virgen de la Paloma fue encontrado en una corrala entre un montón de leña por unos niños que después lo vendieron a Isabel Tintero. La buena mujer lo colocó en el portal de su casa y pronto la imagen conquistó el corazón de todos los vecinos.


Taberna Osorio

La Verbena cobró importancia a partir del último cuarto del siglo XIX. Prueba de la fama que llegaron alcanzar los festejos del barrio fue su elección como escenario de una de las más famosas zarzuelas, obra del compositor Tomás Bretón y del libretista Ricardo de la Vega, La Verbena de la Paloma.


Fuentecilla de la calle de Toledo

Conserva el barrio todo el sabor popular del viejo Madrid. Un Madrid galdosiano y barojiano con historias de Fortunatas y Jacintas, con recuerdos del trajín de los aguadores repostados en la Fuentecilla de la calle de Toledo. Un Madrid entrañable que no deberíamos dejar que desapareciera.


Teatro Novedades tras el incendio

El teatro Novedades, situado en la calle Toledo, frente al mercado de la Cebada y con vuelta a la calle de las Velas —hoy López Silva—, fue inaugurado el 13 de septiembre de 1857. Se trataba de un teatro de buenas proporciones con una capacidad para 1.500 espectadores, aunque con una pésima comunicación con el exterior a base de corredores estrechos y sin salida de emergencia. Después de una larga andadura de cerca de 70 años, en la que no faltaron conocidos estrenos del género chico, el 23 de septiembre de 1928, mientras se representaba la zarzuela "La mejor del puerto", se produjo un espectacular incendio en el que murieron 80 personas y hubo muchos heridos. El teatro quedó totalmente destruido y no se volvió a reconstruir.


Puerta de Toledo

Al final, y junto al que fue antiguo mercado de pescados, está la Puerta de Toledo, iniciada por José Bonaparte y concluida por Fernando VII en 1827.

El Rastro

Empezando en la plaza de Cascorro y desparramado por todas las calles de la pendiente de bajada a la Ronda de Toledo, está el Rastro, el más antiguo y típico mercado al aire libre de Madrid.

Nada mejor para conocer la quintaesencia de lo madrileño que dedicar una mañana de domingo a curiosear entre las estrecheces del Rastro.


El Rastro

Tiendas fijas de almoneda y antigüedades, puestos ambulantes de ropa nueva y usada, de artesanía, de plantas, de herramientas de todo tipo, cuadros, juguetes, libros y revistas, tebeos, cromos, discos, relojes, muebles, lámparas, zapatos, telas, cueros y plásticos, medias y lencería, todo tipo de utensilios y cachivaches, cazos y sartenes, productos de la industria sumergida, "antigüedades" de hace dos días, pócimas y ungüentos maravillosos, menudencias y trastos viejos, quincalla, desechos, artilugios sorprendentes, estampas y estatuillas de san Pancracio y santa Gema, expolios de iglesias, animales de compañía, don Nicanor tocando al tambor, rosquillas tontas y listas de San Isidro y de la Tía Javiera... Todo esto y muchas cosas más se encuentran en el Rastro.

Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro, desde su atalaya, domina la panorámica del Rastro y es testigo mudo de todo el tráfago humano: compradores a !"tiro fijo", curiosos y mirones, rebuscadores de antiguallas, coleccionistas de viejo, guiris, japoneses cámara en ristre, isidros, chulos, castizos, personajes de sainete y de zarzuela, descuideros que nos pueden aliviar el peso de la cartera, embaucadores, trileros, hacedores de ripios, despistados, falsos predicadores, algún desdichado en busca imposible de sus propiedades hurtadas...


El Rastro

Conversaciones en las que el leguaje chispeante se llena de alegorías y sobreentendidos; escenarios en los que se representa una comedia de género siempre renovada por la improvisación y el ingenio. Esto también es el Rastro.

Con un poquito de suerte se puede incluso presenciar uno de los magistrales regateos para la compra. Que nadie crea que es fácil convencer a un vendedor: todos los gestos, las frases, todo el ritual del cambalache y la compra-venta exigen un entrenamiento y la soltura de quien se considera a sí mismo como un experto tasador.

Lavapiés

En el barrio de Lavapiés estuvo la antigua judería, con la sinagoga en el solar donde se levanta la parroquia de San Lorenzo.


Barrio de Lavapies

Al ser expulsados los judíos en 1942 por los Reyes Católicos, muchos de ellos se convirtieron al cristianismo y siguieron viviendo en la misma zona. Y para hacer profesión de fe, tan puesta en entredicho por aquella época, tenían por costumbre poner el nombre de Manuel (Dios con nosotros) a todos los primogénitos varones. De ahí vino el llamar 2manolos" y "manolas" a todos los habitantes del barrio, apelativo que se aplicó después a todos los madrileños engalanados con los trajes típicos.


Cine Olimpia

La Corrala de Mesón de Paredes en 1934

De este barrio, de sus calles, de sus patios de vecindad y de sus gentes se sacaron no pocos escenarios para multitud de obras del llamado "género chico". Tomaron de aquí, no sólo la gracia chispeante, el donaire, la ocurrencia y el chiste oportuno, sino también el alma y el carácter de Lavapiés.


El Molino Rojo

Milagrosamente se han salvado de la piqueta algunas de sus viejas corralas, siendo la más popular la que hace esquina entre las calles de Mesón de Paredes y Sombrerete. No ocurrió lo mismo con el cine Olimpia, luego sala teatral, en la plaza de Lavapiés, sustituido por el teatro Valle-Inclán. Ni con la sala de fiestas El Molino Rojo, en la calle Tribulete, escenario canalla de las noches madrileñas. Así decía un anuncio radiofónico de los años 50:

—Felipe... ¿ande te metes?
—en la ca del Tribulete.
—¿Es que te vas con la panda?
—¡Amos, anda! ¡Ojo!, que voy al Molino Rojo.

Y por poner un ejemplo, también desapareció en la calle del Ave María La Campana, buen lugar para degustar los vinos y licores malagueños y refugio de borrachines.


Taberna de Antonio Sánchez

Hay que recorrer a fondo toda la calle de Mesón de Paredes y empaparse en su casticismo: los edificios, muestra de la tradicional arquitectura madrileña; la taberna de Antonio Sánchez, torero y pintor; los bares con fritanga de gallinejas, negras y entresijos; las viejas boticas con olor a eucalipto y la plaza de Agustín Lara, compositor de chotis Madrid, que nos propuso coronar emperatrices en Lavapiés y luego celebrar la fiesta con un agasajo postinero en Chicote con la crema de la intelectualidad, y en donde se conservan las ruinas del templo y colegio de las Escuelas Pías, restauradas y acondicionadas como sede de la UNED.


Plaza de Agustín Lara

Todo el barrio lucha por conservar lo más puro de las tradiciones madrileñas. La plaza de Lavapiés era e intenta mantenerse como lugar para la cita dominguera a la hora del vermut, para la charla distendida, sin prisas ni agobios. Pero hoy la emigración ha desembarcado de lleno, de tal manera que lo ocupan casi todo, situación que resulta agobiante por la costumbre de estas gentes de estar a todas horas en la calle, debido en parte a la precariedad y hacinación en las viviendas. Parece como si no estuviéramos en Madrid.


Lavapies multiétnico

Fue a principios de los 90 cuando Lavapiés empezó a concentrar a población inmigrante. Los pisos, viejos y destartalados, pero baratos, fueron todo un reclamo. Primero llegaron los magrebíes, luego los latinoamericanos, más tarde los subsaharianos, los bengalíes, los paquistaníes... y, en los últimos tiempos, los chinos. "Ve a Lavapiés, allí hay amigos", es la voz que más ha corrido, y aún corre, entre los recién llegados.


Iglesia de San Cayetano

En la calle de Embajadores se encuentran sus dos edificios más emblemáticos: la casticísima iglesia de San Cayetano, cuya traza se debe a José de Churriguera y la fachada a Pedro de Ribera, y la antigua Fábrica de Tabacos, cuyas obreras —siempre peleonas y consideradas de rompe y rasga— iniciaron los primeros movimientos de protesta sindical.

Gallinejas

Las gallinejas son tripas de cordero lechal fritas con el propio sebo del animal. Antes se freían y se despachaban en quioscos que las autoridades asignaban como los estancos y las loterías. En 1920 eran más de cien estas expendedurías, en 1950 habían bajado a setenta y cinco y hoy casi han desaparecido.

Las gallinejas son bocado típico y exclusivo de algunos barrios madrileños: Lavapiés, Embajadores, Tetuán, Vallecas y Ventas.


Gallinejas

Parientes pobres o no tan pobres pero también muy ricos y sabrosos de las gallinejas son el entresijo o mesenterio, o sea la parte que las rodea, vamos, el epiplón, los dos epiplones, el mayor y el menor; la molleja negra o bazo o pajarilla; la molleja fina o páncreas; las tiras, que son recortes de gallinejas; los canutos, que son las tripas más gordas y que muy fritas y socarradas quedan tan churruscantes como las cortezas y crujen en la boca; los chicharrones son las felpas de los entresijos y sueltan mucho sebo al freírlos; los botones son mollejas separadas de los entresijos, y los chorrillos son las mollejas alargadas que están junto al bazo. La ubre es lo único que se vende en estos establecimientos que no viene del cordero; es la teta de la vaca, que se fríe después de cocerla mucho.

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CALLE DE ATOCHA

Se inicia la calle de Atocha en la plaza de Santa Cruz con la nueva iglesia de este mismo nombre, construida en 1902 para sustituir a una antigua situada en plena plaza y derribada en 1869. El solar empleado para la nueva fue el que dejó el convento y colegio dominico de Santo Tomás de Aquino, desaparecido tras un incendio en 1872. Ya antes, tras la exclaustración de 1835, mientras el templo siguió abierto al público, las dependencias conventuales se habían destinado a Supremo Tribunal de Guerra y Marina y a cuartel de la Milicia Nacional.


Patio interior de Santo Tomás

La calle de Atocha ha sido uno de los ejes fundamentales de Madrid a lo largo de su historia. Su origen está en el camino que, desde la pequeña villa recién conquistada a los árabes, llevaba a la entonces ermita de la Virgen de Atocha, de gran devoción entre los madrileños.

Esquina a la plaza de Jacinto Benavente se encuentra la que fue Casa de los Cinco Gremios (mercaderes de sedas, paños, lienzos, especiería o droguería y quincallería o joyería), hoy dependencias del Ministerio de Hacienda, construido en 1791 por el arquitecto José Ballina en estilo neoclásico.


Casa de los Cinco Gremios

En la misma plaza se levanta el antiguo teatro Calderón, que ocupa parte del inmenso solar que dejó el convento de la Santísima Trinidad, creado en 1562 por Felipe II. De allí salían los frailes que se encaminaban a Argel para la redención de cautivos, y de allí partieron un día de mayo de 1580 fray Juan Gil y fray Antonio de la Bella, que redimieron a Cervantes. Después de la exclaustración del convento, en 1838 quedó en él formado el Museo Nacional de Pintura con cuadros requisados procedentes de iglesias y conventos. También fue Conservatorio de Arte y Ministerio de Fomento antes de derribarse.


Teatro Calderón

En la calle de la Magdalena, que hace cuña con la de Atocha, estuvo el teatro Variedades, importante para la historia de la zarzuela, que se quemó el 18 de enero de 1888. Y de sus pasadas glorias de palacios sólo queda el de los marqueses de Perales.


Incendio del Teatro Variedades

En la calle Cañizares, transversal, está el oratorio del Cristo del Olivar, que fue antigua ermita entre las muchas que jalonaban la zona hasta llegar a la de la Virgen de Atocha. Estaban además la de San Juan, Santa Catalina, Santa Polonia, Santa Colomba, Santa María Magdalena, San Sebastián y San Blas.

En la primera esquina que forman las calles de Atocha y San Sebastián se alza el palacio de Tepa, concluido en 1808 y obra del arquitecto Jorge Durán.


Iglesia de San Sebastián

Y en la otra esquina, la parroquia de San Sebastián, fundada en 1541 sobre una ermita anterior. En 1554 comenzó a edificarse el templo actual bajo la dirección de Antonio Sillero, acabándose en 1575. No obstante, no es hasta el siglo XVII cuando se puede dar por acabado el templo, ya que paulatinamente se fue ampliando con la construcción de la torre y de, sobre todo, una serie de capillas anejas que pronto alcanzaron gran relevancia en la Corte, destacando la capilla de Nuestra Señora de Belén, adoptada por los arquitectos madrileños para su devoción y sepultura, y la capilla de Nuestra Señora de la Novena, patrona de los cómicos. Saqueada durante los primeros días de la Guerra Civil, el templo fue totalmente destruido por una bomba lanzada desde un avión del ejército nacional en la noche del 19 al 20 de noviembre de 1936, siendo reconstruida entre 1943 y 1959 por el arquitecto Francisco Iñiguez Almech, quien cambió la orientación del edificio. Es así, que dos caras tiene la iglesia de San Sebastián, una que mira a los barrios bajos enfilándolos por la calle de Cañizares y otra al señorío de la plaza del Ángel.

A partir de la segunda mitad del siglo XVI y durante todo el siglo XVII, mientras en la parte alta de la calle de Atocha se erigían iglesias y conventos, en la baja proliferarían los hospitales de nueva fundación o el traslado de los antiguos: en 1552, el hospital del Amor de Dios, fundado por Antón Martín para el cuidado de enfermos de larga duración en la plaza que lleva su nombre; en 1606, el Hospital General, que había sido fundado por Felipe II y estuvo primero en la calle de Santa Catalina; en 1616, el de Montserrat; en 1636, el traslado del hospital de la Pasión, y en 1638, el de Niños Desamparados. Todos se agruparían posteriormente en el Hospital General, totalmente remodelado en la época de Carlos III, y para el que se construyó un nuevo edificio según proyecto incompleto de Sabatini. Hoy, la inmensa mole de este antiguo hospital, en la plaza del Emperador Carlos V y calle de Santa Isabel, acoge el Museo Reina Sofía.


Museo Reina Sofía

En Antón Martín se encuentra el que fue Monumental Cinema, convertido hoy en sala de conciertos de la Orquesta y Coro de Radio Televisión Española. Y frente a él, el monumento a los abogados laboralistas de Atocha asesinados por la ultraderecha el 24 de enero de 1977, de Juan Genovés. La estatua se inspira en el cuadro "El abrazo" del mismo autor.

Esta pequeña plaza fue el centro inicial del llamado Motín de Esquilache, entre los días 23 y 26 de marzo de 1766, siendo rey Carlos III, en el que se calcula que participaron alrededor de 40.000 personas y que cerca estuvo de poner en peligro a la figura real. Aunque el detonante de la revuelta fue la publicación de una norma municipal que regulaba la vestimenta de los madrileños, habría que buscar las causas verdaderas en el hambre, las constantes subidas de precio de los productos de primera necesidad y el recelo de los españoles a los ministros extranjeros traídos por Carlos III. Finalmente, el motín se saldó con el exilio forzado del marqués de Esquilache, secretario de Hacienda e inspirador del edicto.

Al principio de la calle de Santa Isabel permanece el cine Doré, construido por Críspulo Moro en 1923 donde antes hubo una barraca que ofrecía las primeras muestras del arte de los hermanos Lumière. Hoy es sede de la Filmoteca Española y cuenta con tres salas de proyecciones.


Cine Doré

Más abajo, el convento, iglesia y colegio de Santa Isabel, fundado por Felipe II en 1595 para honrar a su hija Isabel Clara Eugenia, ampliado en 1665 con la iglesia y convento de agustinianas.

Retornando a la calle de Atocha, en el número 85 una lápida recuerda que allí, en la imprenta de don Juan de la Cuesta, se imprimió la primera parte del Quijote por la que Cervantes cobró 1600 reales. Consiste en un bello relieve de los dos importantes personajes, don Quijote y Sancho, obra del escultor Coullant Valera.


Antigua Facultad de Medicina y Hospital de San Carlos

Y casi al final de la calle, la antigua facultad de Medicina y Hospital de San Carlos, construido hacia 1820 por Tiburcio Pérez Cuervo. Su primer director y organizador fue don Antonio Gimbernat, al que Carlos III honró y Fernando VII privó de su cátedra, cuando depuró al claustro entero por haber aceptado la Constitución de Cádiz. La facultad de San Carlos fue el motor de la medicina española y por sus aulas pasaron primero como alumnos y después como profesores grandes figuras médicas, como Santiago Ramón y Cajal, que en ella enseñó —se conserva el aula tal y como estaba en su día— durante treinta años, hasta el día de su jubilación. Hoy tienen su sede allí dependencias gubernativas, el Colegio Oficial de Médicos y el Conservatorio Superior de Música.


Scalextric de Atocha

Cruzando la plaza de Carlos V, antes de Atocha y así popularmente conocida, y que perdió afortunadamente en 1992 el horrendo scalextric que en 1968 plantaron para hacer más fluido el tráfico, nos encontramos en el paseo de Infanta Isabel con el Ministerio de Agricultura, que entre 1893 y 1897 levantara Ricardo Velásquez Bosco para sede inicialmente del Ministerio de Fomento y aprovechando los cimientos que ya existían desde 1886 de una Escuela de Artes y Oficios que no llegó a prosperar. Lo más destacado del edificio es el cuerpo central de la fachada, compuesto por un pórtico central de igual altura que la planta baja, que sirve, al mismo tiempo, de basamento a cuatro pares de columnas gigantes de orden corintio que soportan un arquitrabe y un ático de notables proporciones. También destacan las decoraciones de azulejos y esmaltes de Daniel Zuloaga, las pinturas de Ferrant, las cariátides del pórtico de entrada que representan a la industria y al comercio, y las colosales esculturas del ático que realizó Agustín Querol en piedra, y que luego fueron sustituidas por otras idénticas en bronce.


Virgen de Atocha

Y más allá, dejando a un lado la estación de RENFE de Atocha, la basílica de Ntra. Sra. de Atocha en la Avenida de la Ciudad de Barcelona 3. Está situada sobre el antiguo convento de dominicos que albergaba a su vez la primitiva ermita – santuario que daba culto a la Virgen. Durante la ocupación francesa quedó todo muy derruido, pero no es hasta 1891 cuando se inicia la construcción de un nuevo convento bajo la dirección de Fernando Rabos, que proyectó una basílica estilo neobizantino con un campanil y un Panteón de Hombres Ilustres adosado a ella. Pero por problemas económicos sólo se llevó a cabo el campanil y el panteón. El resto se completó en 1924 sin seguir el proyecto inicial. Durante la Guerra Civil la iglesia fue incendiada. La actual es de 1951.
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PUERTA DEL SOL

La Puerta del Sol fue en sus orígenes uno de los accesos de la cerca que rodeaba Madrid en el siglo XV. Esta cerca recogía en su perímetro los arrabales medievales que habían ido creciendo extramuros, en torno a la muralla cristiana del siglo XII. El nombre de la puerta proviene de un sol que adornaba la entrada, colocado ahí por estar orientada la puerta hacia levante.

En sus alrededores confluían los arroyos que corrían por las actuales calles de Carretas y Preciados y los caminos a Fuencarral, Hortaleza, Alcalá y al monasterio de los Jerónimos, en el Prado. También por allí cerca se encontraba la llamada Casa de la Putería, una mancebía en la que las putas madrileñas de entonces aliviaban a los que requerían sus servicios.

La puerta del Sol fue modificada en tiempos de la guerra de las Comunidades, durante el reinado de Carlos I: se añadió un foso con puente levadizo y un pequeño baluarte rematado con seis almenas, para que así tuviera un carácter más defensivo. Desapareció poco después de establecerse la Corte en Madrid en 1561, pues al aumentar considerablemente la extensión de la villa, nuevamente se tuvo que ampliar la cerca.


Iglesia del Buen Suceso

En el año 1438, una epidemia de peste mató a casi cinco mil de los veinte mil madrileños de entonces. Para recoger a los apestados se creó un lazareto-hospital en el arrabal. Ocupaba aproximadamente el solar del edificio esquinero entre la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo. Luego Carlos I instaló allí el Hospital Real de Corte, en cuya iglesia se veneraba la imagen de la Virgen del Buen Suceso, que daba nombre popular a todo el complejo. En el año 1867 fue trasladado a la calle de la Princesa, y actualmente sólo subsiste la iglesia, renovada en 1975.


Kilómetro 0

La Puerta del Sol es uno de los lugares más conocidos, concurridos, alegres y animados de Madrid. Público solarium donde haraganean vecinos y forasteros, y donde pululan los amigos de lo ajeno que nos pueden aliviar el peso de la cartera. Centro neurálgico cercano a cualquier sitio, punto de encuentro y puerta ayer y hoy de la ciudad. Aquí se encuentra el kilómetro cero de las carreteras radiales españolas —una placa en el suelo así lo atestigua— y el reloj de la Casa de Correos, que fue construido y donado en el siglo XIX por José Rodríguez de Losada, y cuyas campanadas a las 12 de la noche el 31 de diciembre marcan la tradicional toma de las 12 uvas a la gran mayoría de los españoles.


Casa de Correos

La Casa de Correos fue construida por el francés Jaime Marquet entre 1766 y 1768 donde antes había un amasijo de casuchas, en número de treinta o cuarenta. Según las crónicas antiguas, dicen que el arquitecto olvidó proyectar la escalera, a la que hubo que buscar finalmente hueco. Posteriormente el edificio fue Ministerio de la Gobernación a partir de 1847 y Dirección General de Seguridad del Estado durante la dictadura franquista, con la temida Brigada Político-social ejerciendo la terrible represión contra los opositores. En sus antiguos y sombríos calabozos sufrieron amargo cautiverio muchos partidarios de la libertad. Actualmente es sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid.


la Puerta del Sol en 1853

Y fue esta Casa de Correos la que empezó a sentar las bases urbanísticas de lo que hoy es la Puerta del Sol cuando, al ser convertida en sede del Ministerio de Gobernación, se decidió derribar algunas casas de la zona para realzar el edificio y darle seguridad, incluidos los conventos de San Felipe, que comenzaba en la ahora calle del Correo y en cuyo solar se levantó la Casa del Cordero (el Estado no tenía dinero para pagar el primer premio gordo de la Lotería y entregó, a cambio ese terreno al ganador, Santiago Alonso Cordero), y Nuestra Señora de las Victorias, a la entrada de la Carrera de San Jerónimo, en donde se veneraba en una capilla adosada a la Virgen de la Soledad, obra de Gaspar Becerra, que salía en las procesiones de Semana Santa y que se perdió en 1936 en el incendio de la colegiata de San Isidro, donde había sido trasladada. El resultado de todos estas demoliciones sería la creación de una gran plaza con la fisonomía actual: la Casa de Correos en uno de los lados y edificios de viviendas con fachadas uniformes definiendo un espacio de forma semicircular.


La Puerta del Sol en 1857

En 1959 es reformada de nuevo, incorporando en su centro una zona ajardinada y las fuentes; en 1986 se aumenta la zona peatonal y se instalan unas farolas, apodadas popularmente como los "supositorios", que provocaron una gran polémica debido a su diseño moderno y tuvieron que ser sustituidas por otras de estilo fernandino, y la última remodelación es debida a la construcción de una estación de cercanías subterránea de RENFE, en cuyo recinto se pueden contemplar restos de los cimientos de la iglesia del Buen Suceso encontrados en las excavaciones.


La Puerta del Sol en 1877

La Puerta del Sol ha sido el lugar elegido por los habitantes de la urbe para dirimir sus contiendas; plaza de armas y de motines, lugar de conjuras, Aquí se recibía en triunfo a los monarcas o se les despedía entre amenazadores abucheos. Su historia está plagada de acontecimientos señalados, entre los que se encuentran la lucha desigual del pueblo madrileño con las tropas de Napoleón —mamelucos, polacos y Guardia Imperial— el 2 de Mayo de 1808; los fusilamientos esa misma tarde y al día siguiente en el claustro y en el interior del Buen Suceso; la aclamación de la Constitución de 1812, la famosa "Pepa", y luego su quema pública al regresar el felón Fernando VII; las algaradas, proclamas y enfrentamientos de la segunda cincuentena del turbulento siglo XIX; el asesinato del presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas, en 1912, o la proclamación de la Segunda República en 1931.


La Puerta del Sol en 1930

Adornan la puerta del Sol las estatuas de la Mariblanca, reproducción de una antigua y popular escultura de Diana a la que el zumbón vecindario bautizó con ese nombre, que hermoseaba la fuente que en tiempos aquí existía; la de Carlos III, la del Oso y el Madroño, y el cartel publicitario de neón de "Tío Pepe", último superviviente de los numerosos anuncios que en otros tiempos había en la plaza.


Proclamación de la República en 1931

Puerta del Sol en 2000

Los comercios tradicionales que había en la Puerta del Sol han ido desapareciendo, Sí permanece la cafetería-pastelería La Mallorquina, situada en el testero entre las calles Mayor y Arenal, y también lugar donde tradicionalmente se colocan las loteras de reventa.


La Puerta del Sol

Y también desaparecieron sus míticos hoteles, los mejores de la época: el Paix, París, Londres. Y sus múltiples cafés: Correos, Comercio (luego Lisboa), de las Columnas (antiguo Lorenzini), de la Montaña, Puerto Rico, Levante, Imperial, Oriental, Universal.


Café de Levante

Antigua marquesina del Metro

En la Puerta del Sol se puso el primer foco eléctrico en 1875, por ella pasó el primer tranvía de tracción eléctrica en 1897, y se inauguró la primera línea de metro en 1919, entre Sol y Cuatro Caminos, para la que se construyó, por el arquitecto Palacios, una bella marquesina de acceso en el centro de la plaza, desaparecida luego para dar paso a la circulación rodada.
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BARRIO DE LAS LETRAS

Debe su nombre a la intensa actividad literaria desarrollada a lo largo de los siglos XVI y XVII. En esta zona fijaron su residencia algunos de los literatos más destacados del Siglo de Oro español, como Cervantes, Lope de Vega, Quevedo o Góngora.


Barrio de las Letras

En la recta final de su vida, Cervantes vivió en la calle Huertas y luego en la de Francos —ahora llamada calle Cervantes—, y muy cerca de su enemigo, Lope de Vega, del que se conserva la casa que habitó en el número 11, muy esmeradamente reconstruida y convertida en museo.


Casa de Lope de Vega

Entre ambos mediaron diferencias nada desdeñables. Era público que se intercambiaban puyas y mal intencionadas muestras de respeto en sus escritos. Ambos formaban las dos caras de una moneda. Lope era un dramaturgo de éxito, adinerado, amado por el pueblo y por las mujeres. Cervantes era un novelista poco reconocido y sin dinero.

En la iglesia del cercano convento de las Trinitarias descalzas, fundado por Felipe III en 1612 en la calle Lope de Vega, antes de Cantarranas, fue enterrado Cervantes, sin que se sepa el lugar exacto. Una hija natural suya, Isabel, profesó en este convento, al igual que otra de Lope, sor Margarita de San Félix. Y también cercana está la parroquia de San Sebastián, en la calle de Atocha en la que fue enterrado Lope y en la que una noche lúgubre y desquiciada el poeta José Cadalso desenterró a su rubia y añorada amante para prolongar contra natura su interrumpido idilio. En una de las capillas se venera a la Virgen de la Novena, mediadora habilísima en contratos escénicos y éxitos teatrales.


Convento de las Trinitarias

En la misma calle de Atocha, en el número 85, una lápida recuerda que allí, en la imprenta de don Juan de la Cuesta, se imprimió la primera parte del Quijote.


Imprenta de Juan de la Cuesta, donde se imprimió la primera parte del Quijote

En la pequeña calle de Quevedo entonces llamada del Buen Pastor y del Niño, vivió Góngora ("He alquilado una casa que, en el tamaño es dedal y, en el precio, de plata"). La casa luego la compró Quevedo, que aprovechó para echar sin miramientos al sevillano, razón por la que aumento la enemistad que entre ambos se tenían.

Nos encontramos también aquí con dos hombres opuestos. Quevedo tenía una gran personalidad, era asiduo a los prostíbulos y a los ambientes marginales de la época, y muy querido por ser un hombre cercano al pueblo. Góngora, por su parte, generaba antipatía en la gente de su alrededor.


Corral de la Pacheca

Entre los vecinos de esta zona se encontraba María Pacheco, muy popular tras ceder en 1561 su corral de gallinas para pequeñas representaciones teatrales. El Corral de la Pacheca, que en 1583 se convertiría en el Corral del Príncipe, fue el lugar de esparcimiento de los madrileños, que acudían cada vez en mayor número a ver las obras de Calderón de la Barca y, posteriormente, de Lope de Vega. En la actualidad siguen interpretándose obras clásicas en el mismo enclave, transformado en 1849 en el Teatro Español, obra del arquitecto Juan de Villanueva, ubicado frente a la plaza de Santa Ana.


Corral del Príncipe

Teatro Español

Muy cerca, en la confluencia de las calles de la Cruz y Núñez de Arce, estaba situado el Corral de la Cruz, que inició su andadura en 1584 y fue demolido en 1856. Fue el lugar en el que más le gustaba representar sus obras a Lope de Vega.

Los corrales eran patios al descubierto con el escenario en la cabecera. En la trasera se ubicaba a las mujeres; en el patio, sobre el suelo, los asientos para la gente de condición humilde y un espacio para los que no pudiendo pagar el asiento, tuvieran la posibilidad de verlo de pie, y a los lados, en pisos superiores, los anfiteatros para gente noble.

Las horas que duraba el espectáculo eran cuatro o cinco, con entremeses, farsas breves, entreactos y piezas pequeñas, que se escenificaban antes o después de la obra principal.


Corral de la Cruz

Existió en el barrio el famoso Mentidero de Representantes, lugar de reunión al que acudían autores, artistas y todo el mundillo relacionado con el teatro. Estaba en la calle del León, en una especie de plazoleta, y allí se contrataban las compañías teatrales y comentaban éxitos, fracasos, lujos y bellezas de las artistas, envidias y demás chismes.

Pasados los años, cobraron gran importancia dentro del mundillo literario que se movía y se mueve por el barrio las tertulias literarias en los distintos cafés. Preludio de todas ellas fue la que a finales del siglo XVIII se originó en el café y fonda de San Sebastián, en la plaza del Ángel, frecuentada por los Moratines, Iriarte, Cadalso, Jovellanos, Meléndez Valdés, Iriarte o Pérez de Ayala. Luego vendrían la del Café del Príncipe, en los bajos del Teatro Español, con la tertulia romántica de El Parnasillo, en la que participaron personajes tan distinguidos dentro del mundo literario como lo fueron Larra, Espronceda, Bretón de los Herreros y Ventura de la Vega; la del Café del Ángel; La Fontana de Oro, en la calle de la Victoria; la del Sólito, el Venecia, la del Prado, El Dorado, el Iberia, todos en la calle del Prado; El Suizo, donde se pudo ver a Baroja, Cajal y Lagartijo; El Gato Negro, en la calle del Príncipe, donde tenía su tertulia D. Jacinto Benavente; las de los cafés de Francia y París en Pasaje Matéu, y tantos otros por la zona ya más cercanos en el tiempo.


Cuevas de Sésamo

Mención especial a Cuevas de Sésamo, en la calle del Príncipe. Aunque ahora sea uno de los lugares obligatorios para que los guiris se tomen una sangría, en origen era un lugar de encuentro para las tertulias literarias. Su historia se remonta a mayo de 1951 y muy pronto se convirtió en uno de los sitios preferentes de literatos y artistas. Autores como Luis Goytisolo, Juan Marsé y Alfonso Grosso se dieron a conocer a raíz de la obtención del premio Sésamo. Camilo José Cela, González Ruano, Buero Vallejo, Dámaso Alonso, Adolfo Marsillach, Alvaro de la Iglesia, Edgar Neville, Luis Escobar, José Tamayo y otras gentes del teatro y las letras eran vistos en Sésamo con frecuencia. Hemingway también paso por Sésamo.

A esta intensa actividad relacionada con las letras y la cultura se une el Teatro de la Comedia, inaugurado en 1875 en la calle del Príncipe; la Real Academia de la Historia, con sede en el caserón llamado "Nuevo Rezado" en la calle del León, y el Ateneo, fundado en 1829 y que desde 1884 ocupa el edificio de la calle del Prado, y que tiene por lema "la formación de una sociedad patriótica y literaria para la comunicación de ideas, el cultivo de las letras y de las artes, el estudio de las ciencias exactas, morales y políticas y contribuir, en cuanto esté a su alcance, a propagar las luces entre los ciudadanos".


Teatro de la Comedia

En otro orden, y además de los edificios ya citados, merece destacarse el palacio de Ugena, en la calle del Príncipe, construido por Pedro de Rivera entre 1730 y 1734 y sede actual de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid.


Fachada del Ateneo

El edificio Simeón, en la plaza de Santa Ana, frente al Teatro Español, construido entre 1919 y 1923 por Jesús Carrasco y Encina en el solar que dejó el palacio de los condes de Montijo del arquitecto Silvestre Pérez. La fachada presenta grandes miradores de hierro entre pilastras gigantes que abarcan los tres pisos, dos de los cuales se dedicaron a locales comerciales (Almacenes y Banco Simeón), mientras que el más alto estaba ocupado por el Hotel Victoria, lugar de reunión y hospedaje de los toreros que venían a Madrid, dando un ambiente muy especial a la plaza. Hoy todo se ha transformado en el Hotel Sol Melía Reina Victoria.


Edificio Simeón. Hoy Hotel Sol Melía Reina Victoria

El edificio Pérez Villaamil en la plaza de Matute, una de las obras más importantes del modernismo madrileño, construido entre 1906 y 1908 por el arquitecto Eduardo Reynals para viviendas. Destaca la decoración exterior a base de molduras, ménsulas, cornisas y hierro forjado en los balcones, donde las composiciones a base de curvas y contra curvas tienden a simular tallos y formas vegetales.

La iglesia de Jesús de Medinaceli y convento de padres capuchinos (hasta la desamortización de Mendizábal, de trinitarios), fundado en 1606 por Francisco Gómez de Sandoval, duque de Lerma, aunque posteriormente se hicieron con su patronato los duques de Medinaceli. La edificación actual es de 1930. En él se venera la imagen del Nazareno que los madrileños, todos los viernes, especialmente los de Cuaresma, acuden en masa a venerar. Y Jesús de Medinaceli devuelve la visita todos los Viernes Santo en una emocionada e impresionante procesión que presencia medio millón de personas.


Iglesia de Jesús de Medinaceli

El Palacio del Hielo en la calle del Duque de Medinaceli. Destinado en principio al ocio y a modernos establecimientos comerciales, se erigió entre 1920 y 1922 con obras dirigidas por los arquitectos Gabriel Abreu y Fernando García Mercadal. Disponía en la planta baja de una pista de patinaje sobre hielo, salón estilo Luis XIV para bailar y tiendas; en el entresuelo, gradas y galerías que daban a la pista de hielo, restaurante y sala de fumadores; en el último piso había un establecimiento con exposición y venta de automóviles. Fue un fracaso y cerró. En 1928 lo adquirió el Estado para diversas dependencias y hubo de realizarse una remodelación profunda dirigida por Pedro Muguruza Otaño.

Y han desaparecido las Platerías de Martínez, al final de la calle de Moratín, creadas como fábrica y escuela de platería por Antonio Martínez, bajo la protección de Carlos III. El edificio, construido en trazas clásicas por el arquitecto Carlos Bargas, tenía una fachada principal encolumnada de orden dórico y en el ático un grupo escultórico que representaba a Minerva premiando a las artes. Tras desaparecer como platería a mediados del siglo XIX, fue destinado a diversos usos entre los que destaca la Junta de Pensiones Civiles. Posteriormente fue derribado.


Platerías de Martínez

El palacio de Medinaceli, donde se levanta el Hotel Palace.

El palacio de Xifre, curiosa construcción de estilo árabe derribada en los años cuarenta para edificar la Casa Sindical (hoy Ministerio de Sanidad). En la parte trasera estuvieron las instalaciones del diario Pueblo.

El oratorio y convento de San Felipe Neri. Los Filipenses permanecieron aquí hasta que, al ser expulsados los jesuitas en tiempos de Carlos III, pasaron a la casa de éstos en la plaza de Herradores. Con el derribo se amplió la plaza del Ángel.


Palacio Xifre

Desapareció Los Gabrieles, en la calle de Echegaray, antiguo local de prostitutas y luego bar convencional y de copas, con 106 años de vida. Los azulejos cubrían las paredes con coloridas escenas, sobre todo de anuncios de vinos de Jerez y otros caldos. Algunas composiciones eran reproducciones de cuadros de Velázquez y de Goya, e incluso una escena del Quijote

Llegó a ser el local favorito de los toreros, los cantaores, los artistas y los aristócratas. Su interior conservaba el aroma de tantas noches de flamenco, juerga, alcohol y lo que se terciara. Los ricos clientes disfrutaban de fiestas que duraban hasta el amanecer y pagaban a algunos de los principales cantantes de flamenco de la época, como Antonio Chacón y La Niña de los Peines, para que actuaran ante ellos.

En el sótano del establecimiento había una serie de cuartos tipo cueva, todos cubiertos de azulejos pintados, lugares donde la gente de bien se reunía para beber, divertirse y pasar a mayores.


Los Gabrieles

La segunda planta estaba igualmente plagada de azulejos, con una barra antigua de madera, un retablo de la Macarena y dibujos con motivos de todas las ciudades de España.

Pero el edificio se remodeló por completo y el local tuvo que cerrar, pero —eso sí—, por ser espacio protegido, eran intocables los azulejos, que han sido restaurados.

Y también desapareció en 1810, durante el reinado de José Bonaparte, el convento de carmelitas de Santa Ana, fundado por san Juan de la Cruz en 1586. En el solar que ocupaba se formó la plaza de Santa Ana, que cuenta con las estatuas de Calderón de la Barca y de Federico García Lorca.


Plaza de Santa Ana y Huertas

En la Plaza de Santa Ana, la calle de Huertas y alrededores se encuentra una de las mayores concentraciones de bares, tascas, cervecerías, discotecas y pubs de Madrid. Destacamos por su antigüedad o prestigio: la Cervecería Alemana, fundada en 1904, la Cafetería La Suiza, de 1858, la muy taurina Taberna Viña y la antigua Villa Rosa, con bella decoración de azulejos, en la plaza de Santa Ana; el Café Central, famoso por sus conciertos de jazz, en la plaza del Ángel; La Trucha y Viva Madrid, en Manuel Fernández González; La Venencia y Sol y Sombra, en Echegaray; Casa Alberto y Café Concierto Fídula, en Huertas; O´Connell´s (un irlandés), en Espoz y Mina; El Parnaso, en Moratín; La Dolores y Los Gatos, en la calle de Jesús.

En la parte cercana a Sol, el convento e iglesia de San francisco de Paúl, más conocido como de la Victoria, comprendía el espacio limitado por la carrera de San Jerónimo y las calles de la Victoria, Cruz, Cádiz Carretas y la Puerta del Sol. Derribado en 1838, sobre su solar se abrió el primer tramo de Espoz y Mina y más tarde el pasaje Mathéu que se proyectó inicialmente como pasaje comercial como los entonces de moda en Europa, con enormes tiendas de lujo y bazares. La galería o calle central estaba cubierta por una armadura de hierro y cristal, y sus entradas estaban formadas por cuerpos salientes rematados con esculturas de Francisco Pérez que personificaban el comercio y el lujo. Fue un fracaso para su propietario Manuel Matéu, que se arruinó. Hoy la cubierta y arcos de entrada han desaparecido y las tiendas han sido sustituidas por bares y restaurantes que extienden sus mesas al aire libre al menor indicio de buen tiempo.


Iglesia y convento de la Victoria

Por toda esta zona, calles de Cádiz, Barcelona, Espoz y Mina, Cruz, Pozo, pasaje Mathéu, Álvarez Gato, la Victoria o Núñez de Arce, proliferan igualmente las pensiones, tabernas y restaurantes. Difícil es concebir el "chato" de vino o la "caña" de cerveza sin su correspondiente "tapa". Cualquier oportunidad es buena para transgredir las incómodas normas de la dietética y degustar los más indigestos y deliciosos manjares: los calamares, las gambas, los mejillones, los callos, la tortilla, el escabeche en grandes trozos, las aceitunas aliñadas, los caracoles y muchas otras preparaciones esperan tentadoras en los mostradores. Imprescindible visitar La Ría, en el pasaje, con los mejillones al limón y picantes; La Casa del Abuelo, en la calle de la Victoria, con su vino embocado y sus cazuelillas de gambas a la plancha o al ajillo; Las Bravas, en Álvarez Gato (el callejón del Gato), con tres especialidades: las patatas bravas (las mejores y auténticas), la tortilla y el pulpo, y con unos espejos mágicos, cóncavos y convexos, que hacen propaganda a los productos de la casa y reflejan las imágenes de los clientes: extremada delgadez a la entrada y obesidad desbordante a la salida. No son los espejos que viera Valle-Inclán en una antigua y desaparecida ferretería, pero, sin embargo, evocan su recuerdo. Las figuras grotescas y deformes que reflejaban a quien en ellos se contemplaba, causa de incesante peregrinación jocosa de los madrileños, fueron utilizados por Valle-Inclán para explicar el concepto de "esperpento" en su obra Luces de bohemia.


Chatear por la zona de la Victoria

Y tampoco podemos dejar de acercarnos a la Pastelería del Pozo, en la calle —claro— del Pozo, fundada en 1830, y que presenta la estética de los comercios tradicionales, con una fachada compuesta por cuarterones de madera y paños de cristal en las puertas y el escaparate. El interior conserva el sabor de los antiguos obradores, de hecho se siguen elaborando de forma artesanal unos magníficos hojaldres que han dado fama al establecimiento.
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LA CARRERA DE SAN JERÓNIMO

Desde la Puerta del Sol, cruzando la plaza de Canalejas, y hasta la de las Cortes, que prolonga la vía hasta la de Neptuno, va esta calle, una de las más animadas de Madrid.

En tiempos, desde la Puerta del Sol partían hacia el Prado varios senderos; uno de estos, al construirse el monasterio de San Jerónimo en 1503, aumentó su trasiego y se especializó en carrera (vía para carros) para ese destino concreto y cercano. Fue el origen de la Carrera de San Jerónimo. Y su importancia aumento al usar los Austrias el Buen Retiro como centro cuaresmal y de festejos, y cuando se incendió el Alcázar como palacio de la Corte de los primeros Borbones.

En el siglo XVI comenzaron las edificaciones, y pronto palacios y conventos inundaron la calle. Aquí estuvo, esquina con la Puerta del Sol, a la derecha, la iglesia y convento de mínimos de San Francisco de Paula, llamado de la Victoria, fundado en 1561y abatido en tiempos de la desamortización de Mendizábal.

En el chaflán con Espoz y Mina estuvo la librería de Fernando Fe, especie de parnasillo donde hacían tertulia escritores y poetas de finales del XIX. Luego pasó a la Puerta del Sol y también ha desaparecido.


Iglesia del Buen Suceso y a la derecha el convento de la Victoria

En la esquina con la calle de la Victoria se encontraba la fonda y café de La Fontana de Oro, con tertulia política en tiempos de Fernando VII, donde atronaba apocalíptica la voz de Alcalá Galiano entre los más exaltados oradores. Galdós ambientó su novela La Fontana de Oro, sobre el trienio liberal (1820-1823) en este famoso café. Hoy se ha abierto un local con el mismo nombre en la calle de la Victoria y esquina con la del Pozo.


Lhardy

Sí permanece Lhardy, inaugurada en 1839 como pastelería y que poco después se convirtió en restaurante. Su aspecto exterior e interior casi no ha cambiado desde entonces. Si a media mañana apetece renovar fuerzas, hay que entrar y pedir un caldo, unas croquetas, unos hojaldritos o las célebres barquitas de ensaladilla o riñones como aperitivo. Y si lo que se tiene es ganas de algo más contundente, un cocido madrileño, la especialidad de la casa, en el restaurante interior.

De la misma época y estilo que el Lhardy, y situado poco más arriba, era el Prosper, que fracasó y hubo de cerrar.

En la otra acera estuvo hasta 1856 el muro del hospital e iglesia del Buen Suceso, con portada por la Puerta del Sol, fundado por Carlos I sobre un antiguo lazareto.

En el número 11 de la calle hubo un pasaje comercial, el Iris, que comunicaba con Alcalá, inaugurado en 1847 con una decoración fastuosa y sorprendente a base de espejos, y en él el café Iris, que luego pasó a denominarse Madrid, y que era de los más animados. Pero el fracaso comercial de los demás establecimientos obligó al cierre a finales de los años 60 del siglo XIX.

La plaza de Canalejas empezó a formarse en las primeras décadas del pasado siglo donde antes era una simple encrucijada conocida popularmente como "las Cuatro calles". Varios edificios la hermosean: la antigua sede del extinguido Banco Hispano Americano, en el número 1, construido por el arquitecto Eduardo Adaro entre 1902 y 1905. La fachada contiene elementos clásicos y dos esculturas en el primer piso, flanqueando los ángulos superiores de la puerta principal.


Banco Hispano Americano

El edificio Meneses, en el 4, con vuelta por la calle del Príncipe, levantada en 1914 por los arquitectos José María Mendoza y Ussía y José de Aragón para la viuda del financiero Meneses. A pesar de los pocos metros de fachada, su perspectiva vertical quedó muy bien remarcada por la disposición de semicolumnas gigantes entrelazadas con miradores de hierro y cristal, y con el templete circular de la esquina.

La casa Allende, en el 3, promovida por Tomás Allende para viviendas y edificada entre 1916 y 1920 según un proyecto de Leonardo Rucabado. Es típica representación del llamado estilo español historicista.


La Violeta

En la plaza de Canalejas no podemos dejar de entrar en La Violeta, un pequeño y elegante establecimiento que desde 1915 vende unos caramelos con esencia de violetas y las delicadas violetas escarchadas elaboradas con pétalos de esa flor.

En el número 24 de la Carrera de San Jerónimo se encuentra el teatro Reina Victoria, inaugurado en 1916 y obra de José Espelíus, encuadrado arquitectónicamente en un modelo claramente historicista. Allí antes estuvo el palacio de la marquesa de Valdegena, en cuya planta baja se abría la botillería de Canosa y luego la Cervecería Inglesa.


Teatro Reina Victoria

Y enfrente, el Café de la Iberia uno de los más populares en el Madrid decimonónico, y posteriormente Las Candelas, de traza andaluza, lugar de reunión de comediantes, autores y periodistas. Y casi al lado, Los Italianos, también centro de reunión de gentes de teatro y de letras. Todo ha desaparecido.

Sí podemos admirar, antes de llegar a Cedaceros, el palacio de Miraflores, construido entre 1731 y 1732 para el conde de Villapaterna, con fachada atribuida a Rivera.


Palacio de Miraflores

De la calle de Cedaceros partía y tenía su final una línea de tranvías de vía estrecha inaugurada en 1902, llamados primitivamente "cangrejos" por estar pintados de rojo

En la esquina con esa calle y vuelta a la antigua del Sordo (hoy de Zorrilla), en terrenos hoy de la ampliación del Congreso de los Diputados, se fundó a fines del siglo XVI el hospital de San Pedro y San Pablo para italianos.

En el número 30 de la Carrera está Casa Mira, la turronería que en 1885 aquí estableció Luis Mira, un labrador de Jijona (Alicante) que elaboraba artesanalmente el turrón como tantos de sus convecinos.


Casa Mira

Donde estuvo el Hotel Rusia, en la esquina de la calle de Ventura de la Vega, una lápida recuerda que allí se efectuó, el 15 de mayo de 1896, la primera proyección de cinematógrafo en Madrid.

Y poco mas allá, antes de llegar a la calle de Santa Catalina, se levantaba el convento de la Concepción de monjas bernardas, más conocido como el de las monjas de Pinto por haber sido fundado en 1529 en ese pueblo y aquí trasladadas en 1588.

En la parte izquierda del declive hacia Neptuno se estableció en 1599 el convento de Espíritu Santo, de Padres Clérigos Menores, que quedó vació tras un violento incendio ocurrido en 1823 —dicen que intencionadamente— mientras asistía a un acto religioso el duque de Angulema (el de los cien mil hijos de San Luis), y ya no se rehizo. En 1834 se habilitó la iglesia para acoger la reunión de las Cortes Generales hasta 1841, año en el que fue demolido y construido en su solar el nuevo y actual edificio del Congreso de los Diputados, obra del arquitecto Pascual y Colomer e inaugurado en 1850. Se trata de un edificio de trazas clásicas, articulado en torno a una planta rectangular sobre la que se distribuyen sus dependencias: un salón de sesiones semicircular, sala de conferencias, gabinete de ministros, salas de la presidencia, secciones y comisiones, además de archivo y biblioteca. En el exterior, destaca su fachada principal a la Carrera de San Jerónimo, con un pórtico de acceso corintio de seis columnas, rematado por un frontón con relieves de Ponciano Ponzano, que representan a España abrazando la Constitución. Los leones que flanquean la escalinata de acceso se añadieron en abril de 1872, siendo construidos por Ponzano con el bronce de unos cañones tomados al enemigo después de la Guerra de África de 1859-1860. Durante los años 80 del pasado siglo hubo de ser ampliado para habilitar despachos de los diputados, salas de prensa y de conferencias.


Convento del Espíritu Santo

Congreso de los Diputados

A espaldas del edificio del Congreso, hay que destacar que en la calle de Jovellanos se halla el teatro de la Zarzuela, inaugurado en 1856, destruido por un incendio en 1909 (se conservo intacta la fachada) y nuevamente reconstruido. En la calle del marqués de Cubas, antes del Turco, fue asesinado el general Prim el 30 de diciembre de 1870 cuando era presidente del Consejo de ministros. Y la calle del marqués de Casa Riera fue abierta en parte del solar que dejó el palacio del Marqués de Casa Riera, que a su vez lo había hecho sobre el del convento de la Natividad de Nuestra Señora y San José, de carmelitas recoletas calzadas, vulgarmente llamado de "Las Baronesas", fundado en 1650 y demolido en 1836.


Teatro de la Zarzuela

Frente al Congreso de los Diputados, la plaza de Cervantes se abrió en parte del solar del convento de dominicas de Santa Catalina de Siena, fundado en 1510 para el cuidado y educación de hijas de familias nobles, y que aquí tuvo una de sus varias ubicaciones entre 1610 y 1810.

Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En lo más bajo de la calle se veía el palacio del duque de Villahermosa, esquina al paseo del Prado, sede actual del Museo Thyseen, y, enfrente, la vasta fachada del palacio de Medinaceli con sus innumerables ventanas y el jardín a un lado, inmenso terreno donde el 12 de octubre de 1912 Alfonso XIII inauguró el Hotel Palace.


Palacio de Medinaceli

Cruzando el paseo del Prado y continuando por la calle de Felipe IV, mientras dejamos a un lado y a otro el Hotel Ritz, construido entre 1908 y 1910 para alojar a las personalidades asistentes a la boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg, y el Museo del Prado, con la colección de pintura española más completa de los siglos XI al XVIII, y muchas de las obras maestras de grandes pintores de importancia universal, como El Greco, Velázquez, Goya, El Bosco, Tiziano, Van Dyck o Rembrandt, llegamos a la iglesia de San Jerónimo, que es lo único que queda del antiguo monasterio.

Fue fundado por Enrique IV en 1460 junto al camino de El Pardo, y luego trasladado por los reyes Católicos, en 1503, al alto del llamado entonces Prado Viejo, su lugar actual. Felipe II mandó levantar, adosado a la parte oriental de la iglesia, un cuarto o aposento de retiro para sus oraciones. Más tarde, esta estancia habría de ser origen y dar nombre al palacio del Buen Retiro.

Los estragos a causa de la guerra contra los franceses fueron tremendos: del palacio quedó en pie únicamente el llamado “Salón del Reino”, en la calle de Méndez Núñez, y el “Salón de Baile” (Casón del Buen Retiro), en la calle de Alfonso XII, con vuelta a la de Felipe IV. Del monasterio sólo se salvaron los muros y cubierta de la iglesia. Se arreglo todo de forma precaria, pero los monjes jerónimos tuvieron que abandonarlo cuando llegó la época de la desamortización.


Iglesia de San Jerónimo

Ruinoso y abandonado, la iglesia fue objeto de dos obras de restauración durante la segunda mitad del siglo XIX, una primera realizada por el arquitecto Narciso Pascual y Colomer entre 1848 y 1859, y otra en 1879 por Enrique María Repullés y Vargas.

En el antiguo claustro, el arquitecto Rafael Moneo ha levantado un edificio para ampliar las salas del Museo del Prado.

La Real Academia de la Lengua con entrada principal en la calle de Ruiz de Alarcón, es otro de los edificios cercano a los Jerónimos. La Institución fue creada en 1713 con la misión de cultivar y fijar la pureza y la elegancia de nuestro idioma. Su sede actual, obra del arquitecto Miguel Aguado de la Sierra, fue inaugurada en 1894.
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CALLE DE ALCALÁ

La calle Alcalá es una de las más populares y representativas de Madrid, y se extiende 10,5 Km desde la Puerta del Sol hasta la avenida de la Hispanidad, en el límite noroeste de la ciudad.


La calle de Alcalá en 1841

Para sentir de verdad el latido entrañable del madrileñismo, de lo señorial, mezclado con el gusto por lo castizo y popular, hay que pasear por las aceras de la calle de Alcalá, y principalmente en la parte más antigua, de Sol a la Cibeles.

Por la calle de Alcalá... Por la calle de Alcalá,
con la falda almidoná
y los nardos apoyaos en la cadera,
la florista viene y va
y sonríe descará
por la acera de la calle de Alcalá.
El buen mozo que la ve
va y le dice: "venga usted
a ponerme en la solapa lo que quiera,
que la flor que usted me da
con envidia la verá
todo el mundo por la calle de Alcalá..."

Su trazado surge a comienzos del siglo XV de un antiguo camino que conducía hacia Alcalá de Henares y hasta Aragón, y se llamó en un principio de los Olivares, por dos muy frondosos que, con un repecho y una fuentecilla, constituían los "Caños de Alcalá".


Casa del marqués de Torrecilla

La calle nació, pues, viaria y carreteril, con mesones, herreros y alquiladores de coches y mulas, y hasta fue arranque de las Diligencias Peninsulares, con acomodada fonda en la casona del marqués de Torrecilla, junto al Ministerio de Hacienda, construida por Pedro de Ribera y hundida por bombardeo durante la Guerra Civil. A la marquesa, a quien acompañaba siempre un eunuco, la cortejaba el marqués de la Ensenada, y por ese motivo alguien puso un letrero en la puerta: "Por aquí pasó don Cenón, la marquesa y un campón"

A raíz del nombramiento de Madrid como capital de España en el siglo XVI, y a medida que la población de la ciudad crecía, las aceras de la calle de Alcalá se fueron poblando de mansiones de la aristocracia y de conventos, convirtiendo el antiguo camino en parte de la ciudad.

Al inicio, a la derecha, con portada por la Puerta del Sol, estuvo hasta 1856 la iglesia y hospital del Buen Suceso, fundado por Carlos I sobre un antiguo lazareto. Luego, el Hotel París, el más elegante entonces de Madrid, y en los bajos el Café de la Montaña, que tenía también entrada por la Puerta del Sol. En él perdió su brazo Ramón de Valle-Inclán de resultas de la agresión del periodista Manuel Bueno cuando los dos se enzarzaron en una violenta discusión.


Café de la Montaña

Poco más allá, el Salón de Actualidades, galante, con actuación de cupletistas.

A continuación, el pasaje comercial Iris, abierto en 1847, que comunicaba con la Carrera de San Jerónimo, y en él el café Iris. El fracaso económico obligó al cierre a finales de los años 60 del siglo XIX.

Y el edificio de La Equitativa con fachada también a la calle de Sevilla, construido entre 1882 y 1891 siguiendo un proyecto del arquitecto José Grases Riera en un estilo ecléctico muy original. Destacan en su fachada las ménsulas en forma de cabeza de elefante que sustentan el balcón del primer piso, y el cuerpo semicircular del ángulo esquinero, coronado por una torrecilla con reloj y templete. En 1920 el Banco Español de Crédito adquirió el edificio a la sociedad de seguros.


Edificio de la Equitativa

Si iniciáramos el recorrido por la acera de la izquierda, podríamos en tiempos pasados haber entrado en dos cafés: el Colonial y el Madrid. O en la Horchatería Candela, atendida por camareras.


Interior del Café Madrid

Sigue la calle con el Ministerio de Hacienda, antigua Casa de la Aduana, que sí permanece, construido en tiempos de Carlos III por Sabatini, y en cuya ampliación de 1944 se aprovechó la portada barroca de la desaparecida y antes referida casa del marqués de la Torrecilla

Contiguo queda el edificio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, construido entre 1724 y 1725 por el arquitecto José Benito Churriguera como casa-palacio de Francisco Miguel de Goyeneche, conde de Saceda, y renovado más tarde por Diego de Villanueva. Mas de mil cuadros atesora, entre los que destacan la obra de Goya: Autorretrato, La Tirana, El entierro de la Sardina, Penitentes de la Inquisición, Toros en un pueblo, La casa de los locos y el Príncipe de la Paz, maravilloso retrato que hizo a Godoy.

Otra construcción noble ocupa el Casino de Madrid, en el solar que dejó el palacio de Villarroel. Vale la pena visitar su interior, la suntuosa escalera, los grandes salones con espejos, arañas, tapices y toda clase de servicios. Se construyó entre 1905 y 1910 con obras dirigidas por José López Salaberry según planos de la familia de arquitectos Farge. En el exterior destaca el balcón corrido del primer piso.


Escalera del Casino de Madrid

Esquina a Peligros estuvo el convento de Nuestra Señora de la Piedad, de monjas bernardas, vulgarmente llamado de las Vallecas, fundado en 1473 en el entonces pueblo de Vallecas y trasladado a Madrid en 1522. Fue la primera construcción que se hizo por aquellos parajes. Desapareció en tiempos de la desamortización de Mendizábal. Allí se veneraba una talla de Nuestra Señora, de origen africano, conocida como Virgen de los Peligros.

El solar de las Vallecas fue ocupado sucesivamente por la Bolsa de Comercio (una de las varias ubicaciones que ha tenido antes de recalar definitivamente en la plaza de la Lealtad); por un teatro, el del Museo; por un conocidísimo café, el Fornos, y por el edificio del Banco Vitalicio.

El Fornos, uno de los locales de más animada vida del Madrid alfonsino, llenó todo un capítulo en la historia amable de nuestra villa. El café, que permanecía abierto toda la noche, era local para juergas galantes y sede de tertulias de comediantes, escritores, políticos, artistas, aristócratas, financieros o toreros. Famosas eran sus cenas baratas a la salida de la "cuarta" del Apolo, la última sesión (de una a dos de la noche) en el cercano y desaparecido Teatro Apolo.


Café de Fornos

Al lado, cruzando la calle de Peligros, la elegante iglesia de las Calatravas, que perteneció al Monasterio Real de la Concepción, derribado en 1872 y que aquí se estableció a finales del siglo XVII. En el interior destaca el soberbio retablo de la capilla mayor, realizado por José Benito de Churriguera entre 1720 y 1724, con esculturas de Pablo González Velázquez.

En ese tramo, desapareció el elegante Café Aquarium, donde tuvieron tertulia Antonio Díaz-Cañabate y José María de Cossío.

Desde las Calatravas a Cibeles había plantados en la segunda mitad del siglo XIX, dos filas de pinos, formando un paseo, que con guasa se llamó "El pinar de las de Gómez", frecuentado por las más cursis a la salida de la misa dominical para lucirse y buscar novio.


La calle de Alcalá en 1900, con las Calatravas y el pinar de las de Gómez

En la esquina con vuelta a Caballero de Gracia, e inicio de la Gran Vía, el palacete de estilo francés de la Unión y el Fénix, iniciado por los arquitectos Jules y Raymond Fevrier y terminado en 1910 por el español Luis Esteve. Su cúpula estuvo coronada en un principio por un ave fénix que simbolizaba la antigua compañía, pero en 1975, cuando se hizo cargo del edificio la Compañía Metrópolis, fue sustituido por una victoria alada obra de Federico Coullaut Valera.


 El edificio Metrópolis y la calle de Alcalá en 1900

Tras cruzar la Gran Vía y la calle del Marqués de Valdeiglesias, encontramos la Casa del Párroco, primer edificio que se construyó, entre 1910 y 1912, como parte de las obras de la Gran Vía. Entre las viviendas de este edificio —considerado como prototipo del neobarroco madrileño— se encontraba la del párroco de la vecina San José.

La iglesia barroca de San José, que escapo de milagro a los derribos por la construcción de la Gran Vía, perteneció al convento de San Hermenegildo, fundado en 1586 y abatido en tiempos de la desamortización, y más conocido con el nombre del Carmen Descalzo por estar habitado por religiosos de dicha orden.


Iglesia de San José en 1905

En el solar del convento estuvo el Teatro Apolo, durante muchos años considerado "catedral del género chico". Tenía un aforo de 2.500 personas y fue inaugurado en 1873. A pesar del excesivo precio de sus entradas (18 reales), se convirtió en uno de los teatros más emblemáticos del Madrid de la Restauración. Allí se estrenaron algunas de las zarzuelas más conocidas, como La verbena de la Paloma (1894), La Revoltosa (1898), o Doña Francisquita (1923). Cerró sus puertas en 1929, al ser comprado por el Banco de Vizcaya para su sede en Madrid.


Teatro Apolo

Si retomamos el paseo por la acera derecha, tras el cruce de la calle de Sevilla, lo primero que contemplamos es el edificio que para el Banco de Bilbao construyó Ricardo Bastida entre 1920 y 1923. Destacan en él las vidrieras y murales de su rotonda central, las esculturas de la fachada y, sobre todo, las dos cuadrigas monumentales que coronan ambos torreones del edificio, realizadas en bronce por Higinio de Basterra.

Antes estuvo allí el Salón Japonés, donde se dio a conocer La Fornarina interpretando "El pachá Bum-bum y su harén", provocando un gran escándalo al aparecer en escena desnuda encima de una bandeja de aparente plata, que desembocó en el cierre del teatro. Y también el Café Suizo, centro de conspiraciones y parnasillo literario de la generación del 98. Y mucho antes una hospedería de cartujos con una alabada imagen de San Bruno.


Banco de Bilbao

Sigue el Teatro Alcázar, construido en 1921 por Eduardo Sánchez Eznarriaga. Inicialmente se le conoció como Palacio de los Recreos por albergar un teatro, una sala de fiestas y salones para tertulia. Pero antes abría allí sus puertas El Trianón Palace, considerado la "catedral del género cupletista y sicalíptico", que había sido inaugurado en 1911.

Al lado también estaba el Café Lyon d´Or, con tertulia de gentes del teatro y de las letras. Y esquina a Cedaceros, el Café Marfil, donde pasó Jacinto Benavente sus últimos días como tertuliano

La sede del Ministerio de Educación, del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, se inauguró en 1929 y dispone de un hermoso salón de Goya y de una completa galería de retratos de todos los titulares. En ese solar, entre 1790 y 1920, estuvo la Casa de los Heros, que fue palacio presidencial en la primera República y más tarde sede de la Presidencia del Consejo de Ministros.

El edificio siguiente, donde antes había estado establecida la fonda de la Cruz de Malta, fue levantado por el arquitecto Manuel Martín Rodríguez en 1802 como sede de la Dirección Hidrográfica, para conservar todos los fondos, cartas y estudios oceanográficos. En la actualidad forma parte del contiguo Ministerio de Educación.


Ministerio de Educación

Por allí estuvo el convento de la Natividad de Nuestra Señora y San José, de carmelitas recoletas calzadas, vulgarmente llamado de las Baronesas, fundado en 1650 y demolido en 1836. Su solar fue ocupado por los jardines y palacio del marqués de Casa Riera, también desaparecido, y luego se abrió la calle del Marqués de Casa Riera y se alza parte del Círculo de Bellas Artes.

El Círculo de Bellas Artes inició su andadura en 1879, cuando una veintena de pintores, encabezados por Plácido Francés, se juntaron para formar una asociación de artistas, que poco a poco fue creciendo en número de socios. Después de varias sedes provisionales, Antonio Palacios construyó entre 1921 y 1926 el edificio de la calle de Alcalá. Del interior destaca la escalera barroca de doble tiro que va uniendo las distintas plantas del edificio, que, a su vez, se estructuran en tres partes diferentes según los diversos usos. El exterior se encuentra decorado con esculturas de Capuz y Adsuara y coronado por una Minerva de Juan Luis Vasallo. Dispone el Círculo, además, de un teatro, un cine estudio y un restaurante-cafetería. De entre las tradiciones de la institución destaca el baile de máscaras que se celebra todos los años durante las fiestas de carnaval.


Círculo de Bellas Artes

Lindando con el Círculo de Bellas Artes, otros dos cafés lujosos y con tertulia desaparecidos: La Granja del Henar y Negresco.


Café Negresco

En el último tramo antes de llegar a Cibeles encontramos a la derecha el Banco de España, grandioso edificio construido entre 1882 y 1891 donde antes tuvo su palacio el marques de Alcañices, duque de Sesto. Las obras se realizaron siguiendo el proyecto de Eduardo Adaro y Severiano Sainz de la Lastra. La ultima ampliación que ha tenido —la esquina con Marqués de Cubas—, obra de Rafael Moneo, concluyo en 2006. El Banco de España fue fundado en 1846 para aunar instituciones anteriores, como el Banco de San Carlos, el de San Fernando o el de Isabel II.


Banco de España

A la izquierda, en el chaflán con la calle del Barquillo, donde antes estuvo el palacio del marqués de Casa Irujo, ahora nos miran las enormes cariátides del Instituto Cervantes, organismo cultural público para la promoción y enseñanza de la lengua española. El edificio fue construido por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi entre 1910 y 1918 para el antiguo Banco del Río de la Plata, fusionado luego con el Banco Central.

Y a continuación, la verja del amplio jardín del palacio de Buenavista en la antigua huerta de Juan Fernández. Se inicio su construcción en 1.769 para los duques de Alba, que no llegaron a ocuparlo, con proyecto en principio de Ventura Rodríguez, sustituido después por el de Pedro Arnal. Quien sí habitó una parte del palacio fue la nieta de los anteriores, la celebre duquesa de Alba que inmortalizara Goya, María Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo. En 1.807, el Ayuntamiento de Madrid compró el palacio para regalarlo al favorito Manuel Godoy, pero las tragedias de 1808 frustraron el propósito, incautándose el Estado del edificio en 1816. Tras diversos usos, incluso residencia de Baldomero Espartero cuando ejerció la Regencia, en 1848 se convirtió en sede del Ministerio de la Guerra. Actualmente alberga el Cuartel General del Ejército de Tierra.


Instituto Cervantes

Llegamos a la emblemática plaza de Cibeles, trazada en tiempos de Carlos III, con la fuente que le da nombre, diseñada por Ventura Rodríguez y esculpida la estatua por Francisco Gutiérrez y los leones por Roberto Michel, agregándose a comienzos de este siglo los angelitos que hay detrás. Y al fondo, la bella perspectiva de la Puerta de Alcalá, algo afeada por la Torre de Valencia, justo detrás, que empequeñeció y quitó protagonismo a esta hermosa construcción.

En los otros dos chaflanes de la plaza, al fondo, flanquean el Palacio de Linares, hoy Casa de América, a la izquierda, y el palacio de Comunicaciones, hoy sede del Ayuntamiento, a la derecha.

El Palacio de Linares fue construido para el financiero José Murga, marqués de Linares, por el arquitecto Carlos Colubí en 1873. Destaca el chaflán cilíndrico de la fachada principal, los bajorrelieves de los frontones de las ventanas y frisos, y la lujosa decoración del interior. Estuvo mucho tiempo deshabitado y dio lugar a leyendas de aparecidos, fantasmas y psicofonias de las que se escribió largo y tendido. Actualmente es la Casa de América.

El palacio de Comunicaciones (Central de correos y telégrafos) se construyó de 1.905 a 1.918 y es obra de Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, en un estilo inspirado en el gótico, lo que le da un aire de catedral.


Plaza de la Cibeles

Subiendo, en la acera izquierda abrían dos emblemáticos locales, lamentablemente cerrados en su día y hoy nuevamente abiertos, pero con distinto... encanto: la Cervecería de Correos, que tuvo peña de Federico García Lorca, y el Café Lión, con su famosa cripta —La Ballena Alegre— decorada con pinturas al fresco, y en el que hubo varias tertulias frecuentadas entre otros por Valle-Inclán, Penagos, Bergamín y Francisco Ayala; personajes tan dispares políticamente como Azaña, Calvo Sotelo o José Antonio Primo de Rivera, y, tras la Guerra Civil, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre...

Pero antes de todo esto, este tramo de la calle, hasta la Puerta de Alcalá, estaba dominado a la izquierda por El Pósito o Alhóndiga, almacén de trigo creado a partir de 1679 para regular su mercado, como reserva para tiempos de escasez y para asegurar el precio justo del pan. Formaba un complejo con almacenes de grano, que llegaron en tiempos de Carlos III a tener una capacidad de un millón de fanegas, hornos, casa para los empleados y hasta una capilla dedicada a la Virgen del Sagrario. Luego fue ocupado por instalaciones militares.

Y en la derecha, los jardines del Buen Retiro (no el parque del Retiro), en terrenos de la llamada huerta del Rey o de San Juan, por la ermita allí existente. También hubo un palacete del infante don Francisco de Paula, hijo de Carlos IV. Tras la revolución de 1868 se abrieron al público y se arrendaron a una empresa privada. Disponía de paseos, quioscos de helados, un templete para bandas de música y un teatro al aire libre. Contiguo también hubo otro teatro, el Felipe, amplio barracón de madera inaugurado en 1885 por un empresario muy popular, simpático y desvergonzado de entonces, Felipe Ducazal (también tenía en arriendo el anterior), y en el que se estreno en 1886 la zarzuela Gran Vía, de Chueca.


Pósito y huerta del Rey

Calle de Alcalá y cibeles antes de 1891

Llegados a la plaza de la Independencia, hay que hablar de la Puerta de Alcalá.

"De pronto me paro, alguien me observa,
levanto la vista y me encuentro con ella.
Y ahí está, ahí está.
Ahí está, viendo pasar el tiempo,
la Puerta de Alcalá..."

Erigida en 1778, en tiempos de Carlos III, fue diseñada por Sabatini. Consta de tres arcos de medio punto y dos puertas cuadradas, sobre las que se alza un gran friso, rematado por diversos símbolos militares. Y era una puerta auténtica, debido a que ambos lados aún existía la cerca delimitadora de la ciudad.


La Puerta de Alcalá

Antes hubo otra puerta, construida con ladrillos, que se ubicaba un poco más al oeste, construida en 1599 con motivo de la llegada a la ciudad de Margarita de Austria, esposa de Felipe III. Tenía un arco central y dos más pequeños en cada lado.

A la entrada de lo que hoy es calle de Serrano, enclave que en tiempos fue lugar de ejecución de las sentencias del Santo Oficio, estuvo la primitiva plaza de toros de Madrid, edificada en 1799. Fue el ruedo de los grandes éxitos de Pepe-Hillo, que en ella murió el 11 de mayo de 1801, corneado por el toro Barbudo, imagen inmortalizada en el último grabado de la serie La tauromaquia de Goya.


La antigua plaza de toros junto a la Puerta de Alcalá

Pocos pueden imaginarse actualmente un Madrid con actividad ganadera, pero en tiempos estaba en el camino de la Mesta, el que recorrían los rebaños de ovejas trashumantes buscando nuevos lugares para apacentar según la temporada del año. Y concretamente la calle de Alcalá era parte de una de las variantes de la Cañada Real Segoviana, cuyo recuerdo queda hecho piedra en esta plaza de la Independencia, junto a la Puerta de Alcalá, con un mojón de granito guadarrameño que curiosamente ha aguantado el paso de los años.

Aquí terminaba el antiguo Madrid por esta zona y partía el camino real de Aragón. Hoy continúa la calle de Alcalá, que ha ido aumentando tal y como lo hacía la ciudad.

Por allí había varios mesones: el de San José, con taberna, herrería, carretería y establos; el de Salas, amplio y confortable, y el de Muñoz, además de otras casas donde se despachaba vino y comida.

Y estuvieron los Campos Elíseos, el primer gran parque de atracciones que abrió en Madrid, inaugurado en 1864 entre la calle de Alcalá y las actuales de Claudio Coello, Hermosilla y Príncipe de Vergara. Disponía de amplio y lujoso teatro, plaza de toros, ría navegable para barcas y un vapor, quiosco de música, cafés, jardines y paseos, casa de baños, fonda, montaña rusa, columpios, carrusel, pistas de tiro, salón de baile, explanada para fuegos artificiales y otros muchos ingenios. Frecuentado por la alta sociedad, desapareció en 1881 al construirse el barrio de Salamanca.


Campos Elíseos

Ahora, dejando a la derecha la verja del Retiro, lo más destacable es la iglesia de San Manuel y San Benito, de traza neobizantina, con una esbelta cúpula y airoso campanile, construida en 1911 por Fernando Arbox. En el ángulo con O´Donnell, la estatua del general Espartero, erigida en 1886 y obra del escultor Pablo Gibert. Pero la estatua tiene una peculiaridad: el tamaño superlativo de los testículos del caballo. Tanto es así que se han hecho famosos y han sido el origen del dicho "Tiene los cojones más grandes que el caballo de Espartero", que se usa para aludir a la valentía o bravura de alguien en alguna situación complicada.


Estatua de Baldomero Espartero

Unos metros más adelante, la Escuelas Aguirre, de estilo neomudéjar, obra del arquitecto Emilio Rodríguez Ayuso y por iniciativa de don Lucas Aguirre y Juárez, filántropo conquense que a su muerte legó gran parte de su fortuna para el sostenimiento de establecimientos educativos. Hoy alberga departamentos oficiales del Ayuntamiento.

Precisamente aquí estaba, y hasta bien entrado el siglo XX, el límite municipal de Madrid y el comienzo del de Vicálvaro.

Hasta llegar a la plaza de Manuel Becerra, nombre que ha recuperado tras perderlo (sólo oficialmente) durante el franquismo, y que antes tuvo el de la Alegría, nada hay que destacar, salvo la iglesia de Covadonga en la misma plaza, en cuyo altar mayor se venera una imagen de la Virgen con esa advocación que perteneció al convento de San Plácido de la calle del Pez.


Mesón de la calle de Alcalá

Hasta finales del XIX todo era casi descampado, con pocas casas aisladas, predominio de huertas y tierras de labor y un barracón, acreditado merendero de La Alegría, en terrenos de la plaza. También un fielato, que luego fue trasladado a la zona de Ventas. Luego fueron surgiendo otras casas de "recreo", con bailes y juegos de azar, de tal manera que se convirtió en un enclave periférico de diversión.


Merendero de la calle de Alcalá

La historia del siguiente tramo de calle se reduce a que fue camino que conducía a la ermita y a la Venta del Espíritu Santo, además de a otros destartalados y sucios merenderos. Y que a principios del siglo XX, aparte de aumentar en número los garitos, bailes y tabernas, que atraían a gentes ávidas de fiesta y jolgorio, empezaron a construirse, sin ninguna planificación previa, modestas viviendas de una creciente población obrera.


Las Ventas del Espíritu Santo

La plaza Monumental de Las Ventas, que tuvo dos antecesoras, una junto a la Puerta de Alcalá y otra donde ahora se levanta el Palacio de los Deportes, fue construida en estilo neomudéjar por Manuel Muñoz Monasterio y José Espeliú, e inaugurada en 1931.


Plaza de la Ventas

A su alrededor, multitud de tabernas: La Tienta, La Divisa, La Monumental, Los Timbales, El Albero, Los Tarantos... Los días que hay corrida, y sobre todo en las fiestas de San Isidro, se convierten en foros espontáneos de discusión taurina.


Los Timbales

Y la calle de Alcalá, sigue y sigue, cruza la M-30, atraviesa los distritos de Ciudad Lineal y San Blas y termina, corriendo paralela a la avenida de América, en el Nudo Eisenhower, donde se cruzan la A-2 (carretera de Barcelona) y la M-14 (también llamada avenida de la Hispanidad o carretera del Aeropuerto).
INDICE

LA GRAN VÍA

Ya desde mediados del siglo XIX se venía pensando en la apertura de una vía que comunicara el noroeste y el centro de la ciudad y facilitara el tránsito por el entramado de callejuelas que conformaban el centro histórico.

Un primer proyecto, en 1882, pretendía prolongar la calle de Preciados, desde Callao, hasta la calle de Alcalá.

A éste le siguió en 1886 el concebido por Carlos Velasco como un pasillo de notables proporciones que conectaba la calle de Alcalá con la plaza de España (entonces de San Marcial), ligeramente por encima del trazado actual, de tal manera que atravesaba la Corredera de San Pablo a la altura de la iglesia de San Antonio de los Alemanes. El proyecto no se llevó a cabo por la oposición de los vecinos y la falta de presupuesto.


Cartel de la zarzuela Gran Vía

Pero la idea de que Madrid tuviera una gran avenida interior quedó fijada en la imaginación de los madrileños, e incluso fue recogida por el teatro popular en la zarzuela La Gran Vía, estrenada en el Teatro Felipe (junto a la plaza de la Cibeles) el 2 de enero de 1886, con letra de Felipe Pérez y música del maestro Chueca. Los cantables de la "Menegilda" con el "pobres chicas, las que tienen que servir..."; lo de "Caballero de Gracia me llaman...", o el "te espero en el Eslava, tomando café", se hicieron pronto populares.

Por fin, en 1897, los arquitectos municipales José López Sallaberry y Francisco Octavio Palacios fueron encargados de hacer un nuevo proyecto, aprobado en 1904, aunque los trabajos no comenzaron hasta 1910 cuando Alfonso XIII dio unos golpecitos con una piqueta de plata en la ventana de la casa del cura de la iglesia de San José, que iniciaban simbólicamente los derribos.


Alfonso XIII firmando el comienzo de las obras

Con una longitud total de 1.316 metros, constituyó la operación de cirugía urbana más importante que se había realizado en España hasta ese momento. Afectó a una superficie total de 141.510 metros cuadrados, de los cuales 101.409 correspondían a expropiaciones (315 casas y 43 solares), y supuso la demolición de gran cantidad de caserío, la desaparición total de 14 calles y la transformación de otras 34.

La construcción se llevó a cabo en tres etapas, por eso cada uno de los tramos de la Gran Vía ofrece distintos aspectos, incluso recibieron al principio nombres distintos.



El primero, entre Alcalá y Montera, en paralelo a la calle del Caballero de Gracia y siguiendo el trazado de la antigua de San Miguel, se realizó entre 1910 y 1917. Recibió el nombre de calle del Conde de Peñalver en homenaje al alcalde que firmó el comienzo de las obras (hoy esta denominación corresponde a otra calle de la ciudad).


Primer tramo de la Gran Vía

Se demolieron importantes edificios, como el colegio de Nuestra Señora de la Presentación, conocido popularmente como "de las Niñas de Leganés" en honor a su fundador, el general Espínola, marqués de Leganés, y que estaba en la calle de la Reina; el palacio Masserano, lugar donde vivó Víctor Hugo niño, que luego albergó la famosa fonda Geneys y posteriormente la sede del El Heraldo de Madrid, en la calle de la Reina también; el palacio de los condes de Santa Coloma, esquina con Hortaleza, famoso por el olor de sus cocinas, del que se decía que alimentaba a muchos que pasaban exclusivamente por allí para deleitarse con tan sustanciosos aromas; el palacio de la duquesa de Sevillano, en la desaparecida calle de San Miguel, esquina a la calle del Marqués de Valdeiglesias, o la llamada por su estrechez Casa del Ataúd, en la esquina con Alcalá, donde hoy está el edificio Metrópolis. Sí se mantuvo la iglesia oratorio del Caballero de Gracia, joya neoclásica de Madrid, de Juan de Villanueva, con entrada principal en la calle de ese nombre, cuyo ábside quedó al descubierto al ser derruida la casa que lo ocultaba.


Obras en el primer tramo de la Gran Vía

Los nuevos edificios que se levantaron en el primer tramo, la mayoría de estilo historicista y otros de estilo francés, con la planta baja dedicada a establecimientos y oficinas, y en algunos la mayor parte de los pisos y hasta la casa entera, vinieron a enfatizar la modernización de la ciudad, de sus gentes y de sus actividades económicas. Muchos fueron los comercios de lujo. Cabe destacar tiendas de moda como Samaral o Sánchez-Rubio; joyerías como Aldao, Brooking, Grassy, Perera o Sanz; concesionarios de automóviles como Chenard-Walker, Fiat, Ford o Hispano-Suiza; cafés como el Abra, Chicote, Pidoux o Molinero; compañías de seguros como La Unión y el Fénix o Seguros La Estrella; y hoteles, como el de Roma. Aunque todavía perdura alguna firma de prestigio, a partir de los años sesenta del pasado siglo este uso comenzó a decaer, dando paso a otros establecimientos menos especializados. También se instalaron en esta zona varios casinos, los centros de reunión de la alta burguesía de principios del siglo XX.

Y entre los edificios a distinguir:

Edificio Metrópolis, de inconfundible inspiración francesa, obra de los arquitectos Jules y Raymond Février. No pertenece a esta calle, ya que es el número 39 de la de Alcalá, pero, subiendo desde la plaza de Cibeles, sirve de presentación de la Gran Vía.

Gran Vía 1, de Eladio Laredo y Carranza, en el chaflán con Caballero de Gracia. De estilo ecléctico con relieves y azulejos modernistas. A lo largo de su historia ha estado ocupado por el café Molinero, el restaurante Sicilia-Molinero o la joyería Grassy.


Primer tramo de la Gran Vía

Edificio de La Gran Peña, en el número 2, de Eduardo Gambra Sanz y Antonio de Zumárraga. La fachada presenta aspecto lujoso, pero sobrio y discreto, con el chaflán en curva, una constante en la Gran Vía, y un segundo piso totalmente acristalado.

Edificio de Seguros La Estrella, en el 7, de Pedro Mathet, con enormes aleros de estilo montañés y adornos de cerámica. Aquí estuvo el Pidoux American Bar.

Gran Vía 8, de Francisco Pérez de los Ríos. La primera casa que se terminó de construir en la nueva avenida. Aquí se abría el Salón de Té de don Aquiles Caseta, que cobraba seis reales por un servicio completo de té.

Gran Vía 10, también para Seguros La Estrella, de Pedro Mathet.

Gran Vía 12, de Eduardo Reynals, en estilo neoplateresco. En 1932 se abrió en sus bajos el Bar Chicote.

Casino Militar, en el 13, de Eduardo Sánchez Eznarriaga. Con influencia barrocas y uno de los más bellos de la Gran Vía.


Casino Militar

Oratorio del Caballero de Gracia, en el 17. Desde la Gran Vía sólo se observa el ábside de esta iglesia, obra de Juan de Villanueva. Carlos de Luque diseñó una nueva fachada alineada con el resto de los edificios, y en los años setenta del pasado siglo, Javier Feduchi Benlliure dejó a la vista el ábside practicando un gran arco en la fachada.

Gran Vía 18, antiguo Hotel Roma, de Eduardo Reynals. Otro ejemplo de buen gusto.

Círculo de la Unión Mercantil e Industrial, en el 24, de Joaquín y Luis Sainz de los Terreros. Impresiona su enorme tamaño y su poderosa torre redonda del chaflán. Albergó en sus bajos las renombradas “Pañerías y Sederías Red de San Luis”,


Almacenes Rodríguez

Y desaparecieron, en el número 3, un edificio de estilo renacimiento construido en 1917 por Javier y Luis Ferrero, con adornos de forja y de cerámica, sustituido por otro impersonal. Y en el 19, los populares Almacenes Rodríguez. Hoy, reformado totalmente el edificio, acoge al Juzgado Contencioso y Administrativo



El segundo, entre la Red de San Luis y Callao, siguiendo aproximadamente el antiguo trazado de Jacometrezo, una calle sórdida y estrecha, abundante en casas hospitalarias de toda especie y cafetuchos de baja galantería, se realizó entre 1917 y 1922. Antes de finalizar las obras, se constató que el bulevar arbolado del proyecto original dificultaría el tráfico rodado, por lo que se decidió suprimirlo Se denominó avenida de Pi y Margall en recuerdo del que fuera presidente de la Primera República Española.


Segundo tramo de la Gran Vía

La apertura de la estación de Metro de la Gran Vía en 1919, correspondiente a la Línea 1, fue la principal causa del continuo trasiego que acompañó a este tramo desde el momento mismo de su inauguración, convirtiéndose en el mejor escaparate de los locos años 20 madrileños. Y precisamente lo concurrido de la zona propició su elección como lugar idóneo para establecer los primeros grandes almacenes de la ciudad. Al ya citado Almacenes Rodríguez siguió Almacenes Madrid-Paris, abiertos en 1934 y dedicados a la venta de toda clase de artículos de comercio, desde tejidos y confecciones, zapatería y juguetes, hasta comestibles. Pero no tuvieron el éxito esperado y cerraron. En el edificio se instaló en 1925 una veterana emisora —la SER actual, que antes fue Unión Radio y Radio Madrid—, y en los bajos, desde 1934 a 2002, SEPU (Sociedad Española de Precios Únicos), que basó su éxito en la venta de un surtido de artículos reducido, de fácil manejo, susceptible de venderse en grandes cantidades y con un precio de venta al público al alcance de prácticamente todos los bolsillos ("Quien calcula compre en SEPU", decía su eslogan publicitario).


Almacenes Madrid-París

Almacenes SEPU

Y en la época del llamado desarrollismo, en el decenio de los sesenta del siglo XX, cuando España comenzó a dar los primeros pasos por la senda de la recuperación económica, en los alrededores de la plaza del Callao ya se ubicaban los dos símbolos emblemáticos de la sociedad de consumo: Galerías Preciados (ya desaparecido) y El Corte Inglés.

Otros establecimientos interesantes y asombrosos para las gentes que llegaban a la ciudad eran, por ejemplo, las agencias de viajes, que ofrecían destinos a países exóticos, como Viajes Carco, que estuvo situado en la planta baja del edificio de la SER, o la tienda de discos Rekord, con las novedades discográficas llegadas de Estados Unidos. También numerosas compañías de seguros, la mayoría propietarias de los edificios en que se ubicaban.


Discos Rekord

A partir de los años cincuenta, con el auge del turismo, numerosos hoteles y cafeterías como Miami, Zahara o Fuyma, frente al Palacio de la Prensa, esquina a Miguel Moya, con una decoración antigua que se mantuvo hasta los últimos días.

Y salas de fiestas, night-clubs o boites como Flamingo, el mítico Pasapoga, Royal Bus, Top Jat y la no menos mítica Discoteca J.J. en los bajos del Palacio de la Prensa. Y también, en el tramo que nos acerca a la plaza de España: J´Hay, York Club o Elefante Blanco. Y cercana al inicio de Alcalá, Casablanca, en la Plaza del Rey, que fue el primer local madrileño que utilizó el innovador neón en el cartel publicitario.

Sin olvidar a la lotera doña Manolita, en el número 31, que ya forma parte de la historia de Madrid.


Doña Manolita

Ni por supuesto a las salas de cine. Hubo en la Gran Vía, desde la Red de San Luis a la Plaza de España, catorce cines: el Imperial, el Palacio de la Música, el Avenida, Callao (retranqueado en la plaza del mismo nombre), Palacio de la Prensa, Capitol, Rex, Actualidades, Rialto, Lope de Vega, Gran Vía, Pompeya, Azul y Coliseum, Y aún habría que añadir otros dos por su cercanía: el Montera, al final de la calle de ese nombre, y el Torre de Madrid, al inicio de Princesa. De todo ellos sólo permanecen el Callao, Palacio de la Prensa y Capitol. Los demás han desaparecido o se han convertido en teatros, como es el caso del Rialto, Gran Vía, Lope de Vega y Coliseum.

Ni a los teatros que desaparecieron: el Fontalva, el Club y el café teatro King. Y mucho antes, en 1922, uno con el nombre de Gran Vía que se montó en la plaza de Callao, en terrenos cedidos por el Ayuntamiento hasta que las obras de la calle llegaron a ese enclave.


Teatro Fontalba

Unos y otros hicieron de la Gran Vía el "Broadway" madrileño. Toda la ciudad allí acudía, sobre todo los domingos, y eran frecuentes las colas en las taquillas en las décadas de los 40-70 del pasado siglo, época dorada del cine.

Los edificios del segundo tramo de la Gran Vía son de estilo más afrancesado y algunos de estilo americano. Entre los más destacados:

Gran Vía 23, de Vicente Agustí Elguero y José Espelius Anduaga. En estilo ecléctico con casi toda la fachada a la calle de la Montera. En la esquina abría la lujosa joyería Aleixandre, transformada en hamburguesería en la década de los 70.

Hotel Gran Vía, en el 25, de Modesto López Otero, con influencias de estilo americanista. Aquí estuvo la emblemática cadena de venta de discos Madrid Rock, abierta por los años 80. Y al lado, apostados a la altura de donde estuvo esta tienda, muchos habrán visto dos rockeros heavies de pelo gris, pantalones de pitillo y brazos tatuados: los gemelos Emilio y José Alcázar, que protestaron en su día por el cierre y ahí se mantienen todas las tardes, rodeados de muchachas y muchachos "góticos" que quedan en ese cruce ("nos vemos donde los heavies") como igual pudieran quedar en Sol junto a la estatua del Oso y el Madroño.


Los rockeros de la Gran Vía

Casa Matesanz, en el 27, de Antonio Palacios, un edificio de uso comercial "a la americana" con influencia de la escuela arquitectónica de Chicago.

La Telefónica, en el número 28, de Ignacio de Cárdenas sobre planos de Louis S. Weeks. En un edificio de concepción art-decó, la parte alta se decora con pináculos a manera de una catedral gótica y la fachada con adornos neobarrocos. Fue el primer rascacielos de la ciudad al estilo americano


La Telefónica

Casa del Libro, en el 29, de José Yarnoz Larrosa, para la editorial Espasa-Calpe. Inspirada en el barroco madrileño.

Edificio del antiguo Teatro Fontalba, en el 30, de Salaberry y Teodoro Anasagasti. Sólo quedan los dos bloques gemelos que flanqueaban al teatro, desaparecido en 1954. Era éste más bajo, con entrada clásica de tres arcos y coronado con un grupo escultórico. Sobre él se construyó un altísimo edificio, revestido de cristales, de dudoso gusto.

Gran Vía 31, de José Miguel de la Quadra Salcedo. De estilo francés. En sus bajos está la cafetería Zahara.


Segundo tramo de la Gran Vía

Edificio Madrid-París, en el número 32, de Sallabarry y Anasagasti. Se le añadieron cinco plantas a los pocos años de ser inaugurado y entonces fue el edificio más alto hasta 1929, en que fue superado por el de la Telefónica. Construido para los almacenes que han dado nombre perdurable al edificio, luego pasó a propiedad de la cadena SER. En los bajos estuvo SEPU y el cine Imperial (antes Madrid-París).

Palacio de la Música, en el número 35, de Secundino Zuazo Ugalde, quien lo concibió como un edificio multifuncional compuesto por sala de cine y conciertos con un aforo de unas 2000 butacas, sala de fiestas bajo el patio de butacas o teatro (el Club), y un cine de verano al aire libre en la azotea, que no llego a realizarse. En el exterior destaca la fachada, de concepción claramente clasicista, mientras que en el interior es interesante su decoración barroca. Sufrió una reforma para convertirlo en multicines, y otra en 2009 para convertirlo en sala de conciertos de la Fundación Caja Madrid.


Cine Palacio de la Música

Cine Avenida, en el número 37, de José Miguel de la Quadra Salcedo a imitación del contiguo palacio de la Música. Desapareció el cine y desapareció en los bajos la sala de fiestas Pasapoga, decorada con un fausto y una suntuosidad extraordinaria. Fue lugar de moda y de alterne durante varias décadas.

Seguros la Adriática, en el número 39, esquina a Callao, obra de Luis Sáinz de los Terreros. La esquina se remata con un potente templete circular y las esculturas de la fachada son de estilo art-decó.

Palacio de la Prensa, en el número 46, de Pedro Muguruza Otaño, para sede social de la Asociación de la Prensa de Madrid. En ladrillo muy cocido, fue diseñado como un edificio multifuncional de tipo norteamericano, ya que además de la sede administrativa de la Asociación, albergaba un café concierto, viviendas de alquiler y oficinas, y el cine, que ha sufrido varias reformas. Magnífica su torre.


Plaza de Callao

Cine Callao, situado en la plaza del mismo nombre y construido por Luis Gutiérrez Soto. Esta compuesto de dos bloques: en el primero está el cine, con fachada rematada con un torreón esquinero y una decoración interior abigarrada y profusa en dorados, en clara aproximación al art-déco; en el segundo, con entrada por Jacometrezo y destinado a oficinas, hubo un cine de verano en la terraza.


Antiguo templete del Metro en la Red de San Luis

Y desapareció de este tramo el laureado templete de entrada a la boca de Metro en la Red de San Luis, icono de la ciudad durante decenios y obra de Antonio Palacios, desmontado en 1972 y trasladado a Porriño (Pontevedra), localidad natal del arquitecto. Por él se accedía a la estación, bien por unas larguísimas escaleras o más cómodamente por unos ascensores, uso éste que incrementaba el billete en una perra gorda.



El tercer tramo, entre las plazas de Callao y de España, fue construido entre 1925 y 1931, aunque algunos edificios no se concluirían hasta después de la Guerra Civil. Se denominó calle Eduardo Dato, en homenaje al que fuera presidente del Gobierno. Fue el de más difícil construcción de los tres, ya que al contrario de lo que ocurrió con los dos primeros, en éste último no había ninguna vía que sirviera de guía, por lo que hubo que hacer numerosos desmontes y derribar muchas manzanas.


Tercer tramo de la Gran Vía

Obras en Callao

Obras en el tercer tramo de la Gran Vía

Uno de los principales problemas surgió por la necesaria demolición de la Casa Profesa de la Compañía de Jesús, recién abierta hacía unos años, a finales del siglo XIX, en la calle de la Flor (la Gran Vía la dividió en dos: Flor Alta y Flor Baja), a lo que los jesuitas se negaron y recurrieron judicialmente. Todo acabó cuando el 1 de mayo de 1931 un grupo de personas la prendió fuego. Esto, sumado a la disolución de la Compañía de Jesús a comienzos del siguiente año por el gobierno de la República, hizo que se archivara el caso y se continuasen las obras.

En ese solar de los jesuitas hubo antes un convento de religiosas capuchinas que más tarde pasaría a ser de dominicos, y tras la exclaustración, un teatro y el popular barracón de proyecciones cinematográficas Flor.


Quema de la Casa Profesa de los jesuitas

Desapareció también el antiguo mercado de los Mostenses (ahora hay uno nuevo cercano al lugar). Se alzaba en parte del actual edificio rotulado con el número74, donde estuvo el cine Azul. Era muy similar al antiguo de la Cebada, con estructura de hierro, aunque de menor tamaño, y a su vez construido en 1876 sobre el solar que dejó el derribo de la iglesia de San Nomberto, de los premostratenses.


Mercado de los Mostenses

Este tercer tramo albergó desde el principio espacios destinados al ocio, como cines, teatros, salas de fiestas y cafeterías; librerías y tiendas de tejidos, entre otros comercios, y edificios dedicados completamente a oficinas. Durante la Guerra Civil, por su proximidad al frente situado en la Ciudad Universitaria y en la Casa de Campo, esta zona de la Gran Vía fue la que más se resintió, sufriendo un parón estrepitoso en su actividad. Incluso obligó a algunos comerciantes a tapiar los escaparates de sus establecimientos.


Comercio de la Gran Vía en la Guerra Civil

Se construyeron edificios más modernos, de estilo racionalista, aunque también hay algunos en los que perdura el art-decó y el eclecticismo anteriores. A destacar:

Edificio Carrión, en el número 41, de Luis Martínez Feduchi y Vicente Eced y Eced. Quizá el más llamativo, audaz, moderno e impresionante de la Gran Vía. Una especie de barco o de transatlántico varado en la ciudad con la proa desafiante como icono de Madrid. En él se abre el cine Capitol.


Edificio Capitol

Gran Vía 43, de Luis Gutiérrez Soto, que se inspiró en la Casita del Príncipe de Aranjuez. Albergó el cine Rex.

Gran Vía 49, de Eugenio Fernández Quintanilla y José Osuna Fajardo, de estilo racionalista. Desapareció la cafetería California, y luego la Mórrison, con una fantástica decoración.

Gran Vía 52, de Luis Díaz de Tolosa. Obra maestra en art-decó con influencias egipcias. En él estuvo el Café Iruña.


Cine Rex

Edificio Lope de Vega, que ocupa los números 53, 55, 57 y 59, de los hermanos Joaquín y Julián Otamendi. Aquí estuvo en parte la Casa Profesa de los jesuitas. Ahora alberga el hotel Emperador, con piscina en la terraza, y el teatro Lope de Vega, que ha recuperado su primera función después de ser muchos años sala cinematográfica, y que fue inaugurado en 1949 con el espectáculo Tonadilla de Concha Piquer. Y albergó un gran centro comercial subterráneo, Los Sótanos, pionero de todas las modernidades de la urbe, con multitud de locales, entre ellos la mítica Discoplay, tienda de venta de discos por correo, y el salón de juegos electrónicos y automáticos, el primero instalado en Madrid, imán para todos los niños y jóvenes madrileños de la época.

Edificio del cine Rialto, convertido ahora en teatro, en el número 54, de José Aragón y José María Mendoza. El cine se inauguró en 1930 con Variedades sonoras de la Paramount. El 6 de mayo de 1957 se estrenó aquí El último cuplé, el éxito arrollador de Sara Montiel. Y aquí estuvo la Sociedad Española de Librería, nombre que su dueño cambió posteriormente por el de Librería Franco Española de acuerdo con los tiempos que corrían.


Tercer tramo de la Gran Vía

Edificio del Banco Hispano de Edificación, en el 60, de Emilio Ortiz de Villajos. Está rematado por una escultura de Victorio Macho.

Edificio del cine Gran Vía, ahora teatro, en el número 66, de Germán Álvarez Sotomayor.

Gran Vía 70, de Juan Panda Torre, en la línea tradicionalista de posguerra. Albergó el cine Pompeya.

Gran Vía 72, de Enrique Colás Fontán. Fue el último edificio construido en la Gran Vía.

Edificio del Hotel Menfis, en el 74, de los hermanos Manuel y Cayetano Cabanyes. Albergó el cine Azul, que antes fue Velussia.

Edificio Coliseum, en el 78, de Casto Fernández-Shaw y Pedro Muguruza. Fue encargado por el compositor Jacinto Guerrero. Su sala de cine, ahora teatro, que también podía ser transformada en sala de conciertos, fue inaugurada el 10 de diciembre de 1932 con la película Champ, de King Vidor.


Paseando por la Gran Vía

En el número 48, esquina a Tudescos, desapareció a principio de los años 60 el edificio Actualidades, obra de Muñoz Casajús, de fortísima influencia holandesa, en cuyos bajos estaba el cine del mismo nombre. En su lugar se edificó otro de José Manuel Fernández Plaza, que han hecho bien en derribar para edificar de nuevo uno de Rafael de la Hoz.



A lo largo de su historia, la Gran Vía ha tenido diversos nombres oficiales, y también otros populares. Además de los citados, tres meses antes de comenzar la Guerra Civil, los dos primeros tramos pasaron a denominarse avenida de la CNT. Ya en tiempos de la Guerra, serían conocidos como avenida de Rusia, y poco más tarde por el de avenida de la Unión Soviética.

Durante este período de guerra también tuvo otros nombres populares como "avenida de los obuses" o "avenida del quince y medio", en referencia a los proyectiles que el ejército franquista lanzaba sobre los pisos superiores del edificio de la Telefónica, que era usado por su altura como observatorio militar. En 1937 el tramo tercero, llamado Eduardo Dato, recibió el nombre de avenida de México.


Avenida de los obuses

Al finalizar la Guerra Civil, toda la calle pasó a llamarse avenida de José Antonio, aunque la inmensa mayoría la llamaban Gran Vía, su nombre popular de siempre.

En 1981, siendo alcalde de Madrid Enrique Tierno Galván, el Ayuntamiento cambió el nombre de veintisiete calles, entre ellas el de la avenida de José Antonio, que desde entonces se denomina simplemente Gran Vía.

La Gran Vía, en fin, nació como un hito de modernidad, fue lugar de reunión de intelectuales y espacio donde se aglutinaban los corresponsales de prensa en la Guerra Civil. Su arquitectura aúna los más importantes estilos de la primera mitad del siglo pasado. Ahí tenemos los edificios majestuosos que se apostan a los lados, y entre ellos el Metrópolis, el de la Telefónica y el Capitol, los colosos que custodian cada uno de los tramos.

Ejemplo de ser espacio para la innovación y la modernidad fue la instalación del primer semáforo que se colocaba en Madrid, en la esquina de la Gran Vía con Alcalá, en 1926; aunque los madrileños no entrábamos por el aro en eso de respetar los colores de aquel llamativo artilugio. Ni aún con coplillas alusivas:

El primer semáforo Detente si luce el rojo
porque quiere decir ¡ojo!
Cuando sale el amarillo
te esperan un momentillo.
Y si el verde ves brillar
te decides a cruzar.
Si luce el intermitente
cruzar muy prudentemente.

Por la Gran Vía pasearon todo tipo de personajes de la escena nacional e internacional, astronautas, actores de Hollywood, políticos, tiranos, desfiles reales, desfiles del Orgullo Gay, ¡hasta los Reyes Magos!, y miles de ciudadanos anónimos que seguimos paseando todos los días, del foro y venidos de fuera. Un desfile permanente que tiene en las terrazas, con las sillas desplegadas en plena acera, el palco adecuado para contemplar escenario tan sorprendente.


El Pasapoga y Chicote

Hoy sigue siendo una de las principales arterias de Madrid, pese a que ya perdió parte de su glamour antiguo, cuando toda ella era una fiesta en los estrenos de sus catorce cines. Una Gran Vía que se caracterizó por el lujo y los excesos, cuando todo estaba abierto hasta las tantas. Aquí se localizaban las tiendas de las grandes marcas y los locales con las prostitutas de altos vuelos más famosas. El Pasapoga era el local de moda del momento, donde ir a bailar y pasarlo bien; el Chicote, un bar en el que estar si querías ser alguien socialmente y el Abra, lleno de "pilinguis", un sitio de puterío fino para el galanteo amable o para lo que se terciara.
INDICE

BARQUILLO-CHUECA-SALESAS

El sector de Barquillo, con la calle del mismo nombre como eje fundamental y aglutinador de la zona, podría estar comprendido entre la Gran Vía, las calles de Hortaleza, Fernando VI y Bárbara de Braganza, y el Paseo del Prado.


Barquillo-Chueca-Salesas

Es en el siglo XVIII cuando la calle de Barquillo adquiere importancia, de modo especial por la edificación del palacio de Buenavista para los duques de Alba, obra de Ventura Rodríguez, sustituido después por Pedro Arnal. Actualmente alberga el Cuartel General del Ejército de Tierra.


Palacio de Buenavista

A la calle de Barquillo daba la huerta del desaparecido convento de San Hermenegildo, de carmelitas descalzos, cuyo templo —San José— tiene la entrada por la calle de Alcalá. En parte de los derribos efectuados se abrió la plaza del Rey. Y en esta plaza permanece en uno de sus lados la Casa de las Siete Chimeneas, construida entre 1574 y 1577 por el arquitecto Antonio Sillero para Pedro de Ledesma, secretario de Antonio Pérez, y en la que se funden leyenda e historia, tal como que la casa sirvió de reclusión a una hija ilegítima de Felipe II y que después de muerta todavía habitaba en ella su fantasma. Durante algún tiempo fue residencia del Marqués de Esquilache, contra quien el pueblo madrileño se amotinó en 1766 dejando las huellas de su descontento en la casa. En la actualidad es sede del Ministerio de Cultura


Casa de las Siete Chimeneas

Sí desapareció de la plaza el Teatro del Circo, en el que se realizaron muchas temporadas de ópera, incendiado en 1874 y reconstruido nuevamente para sede del Teatro Circo Price (antes había estado en el Paseo de Recoletos), de añorado recuerdo, con espectáculos de todo tipo, y que sucumbió también a la piqueta en 1970


Circo Price

Al lado, en la confluencia con la calle de San Marcos, estuvo a mediados del siglo XIX el Circo de Paul, uno de los lugares más animados del Madrid decimonónico, que también sirvió como pista de patinaje, salón de baile (rivalizando con otro famoso de la calle de Capellanes) y tablao flamenco.

No me lleves a Paul
que me verá papá.
Llévame a Capellanes,
que estoy segura
que allí no irá.

Donde está el Teatro Infanta Isabel hubo un barracón para proyecciones cinematográficas.

Y al final, en el esquinazo con la calle de Belén, estuvo la Casa de Tócame-Roque, una corrala con más de setenta familias y buenos talleres de fragua y herrería en los bajos, los famosos y castizos "chisperos", gente de rompe y rasga y nombre con el que se conocía de antiguo a los moradores del barrio, por dedicarse muchos de ellos a los trabajos con el hierro.

Las trifulcas eran continuas en esta casa por la dificultad del casero en cobrar los arriendos a los inquilinos, que incluso se amotinaron cuado se intentó derribarla, tema de un pintoresco sainete de don Ramón de la Cruz.

La peculiaridad de la calle de Barquillo es que muchas de sus tiendas están especializadas en el mundo de la electrónica, tanto que es conocida como "la calle del sonido".


San Antón

Al lado, en la confluencia con la calle de San Marcos, estuvo a mediados del siglo XIX el Circo de Paul, uno de los lugares más animados del Madrid decimonónico, que

Otra calle importante es la de Hortaleza, antiguo camino hacia ese pueblo. El enorme edificio de las antiguas Escuelas Pías de San Antón, del que sólo se han respetado la iglesia, las murallas y la llamada Fuente de los Galápagos (en la esquina con Santa Brígida y obra de Ventura Rodríguez), se ha convertido en sede del Colegio de Arquitectos de Madrid, además de albergar una serie de equipamientos para el barrio como instalaciones deportivas con piscina cubierta, escuela de música, biblioteca, escuela infantil y centro de mayores.

En la iglesia de San Antón, realizada a mediados del siglo XVIII por el arquitecto Pedro de Ribera, se celebra todo los años, el 17 de enero, la tradicional bendición de animales, con el consiguiente desfile (las "vueltas" de San Antón) y la venta de rosquillas que aseguran prosperidad económica.

Enfrente está la sede del sindicato UGT, antiguo convento de Santa María Magdalena, vulgarmente conocido como Recogidas por recoger mujeres de mala vida arrepentidas o jóvenes embarazadas víctimas de engaños y falsas promesas de casamiento. De allí salía la Ronda del Pecado Mortal para recoger a las descarriadas de la calle, coreando al son de una campanilla:

"Alma que estás en pecado, si esta noche murieras, piensa a dónde fueras"


Desaparecidos de la calle Hortaleza

Abundaban en la calle de Hortaleza los comercios dedicados a la venta y arreglo de máquinas de escribir, artilugios mecánicos que han desaparecido de nuestras vidas y que ya muchos ni han conocido.

En la calle de la Reina desapareció el colegio llamado popularmente de las Niñas de Leganés, fundado en el siglo XVII y derribado para construir la Gran Vía. Esta calle tiene mucho que ver, al igual que la paralela Infantas con la creación del convento de los Capuchinos de la Paciencia, edificado en 1639 en el espacio de la actual plaza de Vázquez de Mella, en desagravio a la ofensa que unos judíos hicieron a una imagen de Cristo Crucificado. A la inauguración del convento asistieron doña Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, y las Infantas María y Margarita. La plaza se formó en 1836 al ser demolido el convento. En ella estuvo el teatro Benavente y antes, en el mismo solar, el Salón Cine Venecia. También desapareció en la calle Infantas la sala cinematográfica del mismo nombre, de reestreno, con sesión continua desde por la mañana.

En la calle de Pelayo subsiste la tienda de ropa para caballero Casa Pajares, antiquísima, peculiar y económica. Siempre está llena, incluso con cola por fuera. Las pruebas de las prendas se realizan casi en público, apenas tapados por una especie de biombo. Y no usan bolsas de plástico; hacen unos liotes con papel de seda atados con cuerdas.


Convento de Capuchinos de la Paciencia

La calle de Barbieri antes fue del Soldado, por la dramática leyenda de un joven militar que, al no ser correspondido por su amada, que tenía intención de profesar en un convento, la asesinó cortándole la cabeza, siendo luego él ajusticiado. En la calle Barbieri abrió Manolo Caracol el mítico tablao Los Canasteros.

En la calle de la Libertad estuvo el convento de Mercedarias Calzadas de San Fernando, Orden especialmente dedicada al rescate de los que sufren privación de libertad. Desapareció en 1869 y en su terreno se edificó el Teatro de la Alambra, en el que tuvieron cabida desde la opera hasta el género de variedades.

En la calle de Válgame Dios, dice la leyenda que una mujer pronunció ese grito angustiado en trance de ser asesinada.

En la calle de Augusto Figueroa tuvo su finca el marques de la Torrecilla, y allí había un cuadro de la Virgen de la Soledad en un sencillo retablillo, al que acudían las gentes a orar. Ante esta devoción popular el marqués construyó una capilla, que es la que se conserva en la calle de Fuencarral, esquina con esta calle. Abundan en ella las tiendas de zapatería, especialmente las que venden modelos de muestrario. Entre las calles de Barbieri y Libertad se levantaba el Mercado de San Antón, inaugurado en 1945 y renovado en 2010 con un moderno centro comercial. Pero hubo otro anterior, construido en 1849 y con fachadas a Augusto Figueroa, Pelayo (antigua de San Antón) y San Bartolomé.


Primer Mercado de San Antón

En la calle de San Gregorio estuvo en tiempos de la Segunda República el despacho de vinos de mi abuelo Antioco Alarcos, a disposición de las Bodegas Populares Manchegas (BOPOMAN) de la Cooperativa de Colonos y Arrendatarios de Campo de Criptana, que él había promocionado.


Despacho de vinos de mi abuelo Antioco

En la calle de Luis de Góngora, dedicada erróneamente al famoso escritor, nos encontramos con el convento de Nuestra Señora de la Concepción de religiosas mercedarias descalzas, que se conoce como de las Góngoras por haber sido fundado por Juan Jiménez de Góngora, ministro del Consejo de Castilla en tiempos de Felipe IV. Su iglesia es uno de los ejemplos más típicos del barroco madrileño.

La calle de Belén lleva el nombre por una antigua capilla o ermita fundada por la marquesa de Castellar y dedicada a la Virgen María y a San José, a la que acudían las gentes en romería por Navidad. Una pequeña iglesia actual, la conocida como Trocito de Cielo, continúa la tradición piadosa del lugar.


Convento de las Góngoras

En la calle del Piamonte, en el palacio que fue del duque de Bejar, se ubicó la primera Casa del Pueblo de la UGT en Madrid, escenario de la histórica foto en que los trabajadores la abarrotan el día de la inauguración, el 20 de junio de 2008. En la parte trasera, por la calle Gravina, estaba el teatro y sala de conferencias de la institución sindical.


Inauguración de la Casa del Pueblo en la calle del Piamonte

En la calle de Prim se abre el teatro Marquina y da la parte norte del palacio de Buenavista (Cuartel General del Ejército de Tierra). Y junto con la calle de Almirante, la del Conde de Xiquena y Piamonte concentran tiendas de moda de diseñadores famosos, zapaterías, galerías de arte, tiendas de artesanía y locales de copas de lo más "chic" y glamuroso de todo Madrid. Míticos son el bar Oliver, creado en 1966 por Adolfo Marsillach, y Toni2, un piano-bar para amantes de las melodías de siempre, y con voluntarios que se pueden arrancar al micro.


Los míticos Oliver y Toni2 en la calle del Almirante

En la calle de Tamayo y Baus se encuentra el Teatro María Guerrero (ante de la Princesa), inaugurado en 1885.

Y he dejado para el final de este sector de Barquillo la plaza de Chueca, abierta por derribo de unas casas y corazón del conocido hoy popularmente como barrio de Chueca, que comprende las calles de los alrededores, si no todo la zona entera, e incluso con serios amagos de expandirse. En los años 90 se convirtió definitivamente en el barrio gay de Madrid, al haber sido progresivamente elegido como lugar de esparcimiento y residencia de gran número de homosexuales, que conviven en armonía con la población autóctona, la de toda la vida. En sus callejuelas podemos encontrar, además de los comercios tradicionales, otros enfocados a este tipo de público, como sex shops, saunas, pubs nocturnos o tiendas de ropa.

Uno de los mayores atractivos de Chueca son las fiestas de celebración del Orgullo Gay, que tienen lugar anualmente a finales de junio. Ya se han convertido en todo un clásico para los madrileños o visitantes con ganas de marcha.


Barrio de Chueca

Es así como Chueca, una de las zonas más degradadas de Madrid por los 70 y 80 del pasado siglo, con mucha venta de droga y prostitución, se ha convertido en una de las vecindades más cosmopolita y fashion de la ciudad y con los alquileres más altos. Un barrio en constante desarrollo, con rehabilitación de edificios, tiendas, restaurantes y locales. Y todo coexistiendo con restos del Madrid más tradicional. Prueba de ello es la aún permanencia de la Bodega Ángel Sierra en la calle de Gravina, frente a la plaza, un bar que conserva intacto todo su encanto de 1900, con sus pinturas murales en el techo y su barra de madera y zinc con los chorros de agua permanentemente fluyendo, y muy frecuentado para tomar el vermú, unas cañitas y las tapas de escabeches y encurtidos.


Bodega Ángel Sierra

Más al norte, la calle de Fernando VI, que es la separación con la zona de las Salesas, muestra con orgullo el trazado modernista del palacio Longoria, obra del arquitecto José Grasés y sede de la Sociedad General de Autores. Al lado, la preciosa fachada de la pastelería La Duquesita, fundada en 1914 y presidida por una figurita de alabastro a la que debe su nombre. Enfrente, el local vacío del antiguo pub Santa Bárbara. Y más abajo, la pescadería Fernando VI, una de las mejores de la ciudad.


El Palacio Longoria y La Duquesita

La calle de Bárbara de Braganza, continuación de la anterior, lleva el nombre de la reina esposa de Fernando VI, que en 1748 fundó el convento de la Visitación de Nuestra Señora, también llamado de las Salesas Reales, para asegurarse un lugar tranquilo donde residir en caso de la muerte del Rey. El convento, enorme y suntuoso, obra de Francisco Moradillo, inspiró un popular pasquín de la época: "Bárbara reina, bárbaro gusto, bárbara obra, bárbaro gasto". Actualmente, la iglesia acoge a la parroquia de Santa Bárbara y el resto, incautado por el Estado en 1870 y reedificado tras sufrir un incendio en 1910, es sede del Tribunal Supremo.

La plaza de la Villa de París se formó en la extensa huerta de las Salesas, más precisamente en la parte dedicada a jardín.


Iglesia de Santa Bárbara

En la calle del Marqués de la Ensenada hubo a finales del siglo XIX, un frontón, el Euskal-Jai, convertido después en Teatro Lírico, que sólo dio una temporada de ópera y pasó a programar géneros varios con el nombre de Gran Teatro. Se incendió en 1920. Emblemática en esta calle fue la discoteca Boccaccio, con gente del espectáculo e incondicionales de la noche, y que contribuyó a la transición de la dictadura franquista a la libertad al celebrarse allí numerosas reuniones entre políticos y periodistas de la época.


Teatro Lírico

Las calles de Santa Teresa, Argensola, Justiniano y Campoamor se trazaron en terrenos del convento de Santa Teresa, de carmelitas descalzas, fundado en 1684 por el duque de Medina de las Torres, con iglesia renovada en el XVIII y finalmente derruido en 1869.


Convento de Santa Teresa

Todas estas calles, junto con las ya comentadas de Almirante y alrededores, están llenas de sofisticados locales de copas y tiendas de ropa y complementos con el gusto y estilo más exquisito, lo que las hace foco de la gente más a la moda de la capital.


Repostería Niza

Finalmente, en la plaza de Santa Bárbara, en terrenos donde hoy nace la calle Orellana, estuvo el convento de Santa Bárbara, fundado en 1606 sobre una antigua ermita allí existente por el religioso mercedario Juan Bautista del Santísimo Sacramento. Y en el solar que hace esquina a Sagasta, la famosa cárcel del Saladero, que permaneció hasta que en 1876 se construyó la Modelo de la Moncloa. El nombre de Saladero se debía a estar instalada en un edificio que a mediados del siglo XVIII había construido Ventura Rodríguez para matadero de cerdos y salazón de tocinos. Sí permanece la cervecería Santa Bárbara, abierta en 1947 como local insignia de esta fábrica de cervezas que se había fundado en 1815 en el número 2 de la calle de Hortaleza.


Plaza de Santa Bárbara

Cervecería Santa Bárbara

Y al lado, por la hoy glorieta de Alonso Martínez, pasaba la cerca que mandó construir Felipe IV en 1625, con la puerta de Santa Bárbara que entonces daba salida al campo.
INDICE

MARAVILLAS-MALASAÑA

El 1 de febrero de 1627, un convento de Carmelitas Calzadas fundado por aquellos años en la calle de la Palma, recibió en donación una imagen de Ntra. Señora que había sido retirada del culto en un pueblecito de Salamanca. Al día siguiente fue presentada a los fieles, vestida al gusto barroco de la época y con una imagencita del Niño Jesús en sus manos, que las monjas habían encontrado en el huerto junto a unas matas de maravillas. Nació en ese momento en Madrid la advocación mariana de Ntra. Sra. de las Maravillas, y esa fecha, 2 de febrero, instituida como el día de su fiesta. El convento de la calle de la Palma empezó también a ser conocido como de Maravillas, nombre que se extendió rápidamente a todo el barrio, entonces la zona más al norte de la ciudad. Precisamente la cerca que mandó construir Felipe IV en 1625, y que rodeaba el Madrid de aquel tiempo, pasaba por lo que hoy son las calles de Carranza y Sagasta. Y más allá, el campo.


Maravillas-Malasaña

El convento desapareció en 1869, pero sí permanece, junto a la plaza del Dos de Mayo, la iglesia, barroca, típicamente carmelitana, construida en 1647 para sustituir a la anterior capilla. Y también permanece la Virgen.


Iglesia de Maravillas

La plaza del Dos de Mayo es el centro neurálgico actual del barrio. Se formó en 1869 en parte de los solares resultantes de la demolición del convento de Maravillas y del Parque de Artillería de Monteleón, que hasta 1807 había sido palacio suntuoso (sufrió un pavoroso incendio) de los duques de Monteleón. E igualmente se trazaron las calles de Ruiz, Monteleón, Malasaña, Galería de Robles y prolongación de Divino Pastor, que para todo eso daba el derribo. Aquí fue donde los famosos héroes Daoiz y Velarde presentaron batalla a las tropas francesas y murieron junto a otros muchos madrileños en la jornada gloriosa del 2 de mayo de 1808. En el centro de la plaza permanece un monumento conmemorativo, obra de Antonio Solá, que representa a los héroes combatiendo contra los franceses, bajo el arco de entrada del antiguo cuartel de artillería.


Plaza del Dos de Mayo

La parte más antigua del barrio se extiende desde las calles de Daoiz y Velarde (entonces formaban una sola con el nombre de San Miguel) en dirección sur, hasta la Gran Vía. Buena prueba de ello es la barbería que no ha mucho desapareció en la calle de San Andrés esquina a Palma, en cuya puerta rezaba, grabado en el cristal, el rótulo: "Se aplican sanguijuelas", reminiscencias sin duda de otras épocas en las que los barberos, que también actuaban como sacamuelas y sanadores, utilizaban este método curativo de manera habitual.


Ruinas de Monteleón

Y no peor prueba, en la misma calle de San Andrés, la famosa farmacia de los Laboratorios Juanse, con su preciosa y castiza fachada de azulejos anunciando su preparados, entre ellos el Diarretil, con un niño con el culo en pompa.


Laboratorios Juanse

El mercado de madera de San Ildefonso, en la plaza del mismo nombre, fue el primero que se hizo cubierto en Madrid, pero se extendía por todas las calles de los alrededores con multitud de tenderetes al aire libre. Desapareció a finales de los años 60. Y también en la plaza, la iglesia a este santo dedicada.

El Rastrillo de Maravillas, en la actual placita de Juan Pujol, era la versión mini del Rastro madrileño. Allí iban a parar los domingos por la mañana todos los utensilios, muebles, ropas y cachivaches averiados con el tiempo, castigados por la fortuna o, acaso —de esto nunca falta—, substraídos por el ingenio o por la fuerza a sus legítimos dueños.


Mercado de San Ildefonso

Y porqué no citar, en la calle de la Palma, la fábrica de hielo La Industrial, recuperada para viviendas, o el desaparecido restaurante-espectáculo Noches del Cuplé, en donde Olga Ramos deleitaba al personal con las atrevidas y picantes letras de viejos cuplés.


Casa Camacho

En tiempos, la ermita de San Pablo, aproximadamente al final de la hoy Corredera, era la única construcción. Allí se celebraba una verbena la víspera de la fiesta del santo. Hacer la romería se convertía en hacer la "corredera", visitando cada uno de los entoldados que se plantaban a lo largo del camino.

En la Corredera Baja abre sus puertas el cine Cervantes, que fue primero barracón de proyecciones cinematográficas y luego sala de teatro, y el teatro Lara, abierto en 1879 y llamado "la bombonera" por su coqueta decoración con un cierto aire art-noveau.


Teatro Lara

En la esquina con la calle de la Puebla se levanta la bellísima iglesia de San Antonio de los Alemanes, de principios del siglo XVII, capilla que fue de un hospital destinado a atender enfermos de esa nacionalidad y luego de la Hermandad del Refugio, famosa por su célebre "Ronda del pan y el huevo", que recorría las calles buscando mendigos. Ha desaparecido la Ronda, pero persiste la obra pía de dar comida a los indigentes.

La calle de la Puebla, especializada en tiendas de lámparas y su fornitura, cruza las de la Ballesta y del Barco (ambas en su día con multitud de meretrices en busca de clientela y numerosos garitos y clubes de alterne) y tiene en su inicio, en la esquina con Valverde, el enorme convento de Nuestra Señora de la Concepción, de religiosas mercedarias descalzas, más conocido por el de Don Juan de Alarcón, ya que fue fundado en 1609 por el sacerdote Don Juan Pacheco de Alarcón. Y, un poco más arriba, en Valverde, la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, en un edificio neoclásico proyectado por Antonio Cuervo en 1749.


San Antonio de los Alemanes y convento de mercedarias de Don Juan de Alarcón

En la manzana de esta calle, con vuelta a la del Desengaño y a la del Barco, estuvo el Teatro de los Basilios, en el solar que dejó el convento allí existente de padres basilios. En él se hizo el estreno de Don Juan Tenorio de Zorrilla. Luego pasó a llamarse de Lope de Vega.

En la calle del Desengaño se encuentra la iglesia de San Martín, barroca, de la segunda mitad del siglo XVII, con portada atribuida a Churriguera.

Y cerraron los Cines Luna, frente a la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, un local que fue precursor en eso de las salas múltiples. La plaza se formó por derribo de varias edificaciones, entre ellas el palacio de los condes de Sastago, en cuya planta baja hubo otro teatro, el Buenavista, y uno de los cafés famosos de Madrid, el de la Luna. Cercano estaba el bodegón del "Traganiños", punto de encuentro de maleantes, borrachos y rameras.

Y un teatro más desaparecido y cercano fue el Calderón de la Barca, en la calle de la Madera Baja, de corta existencia, cuyo local fue ocupado sucesivamente por la redacción y talleres de varios periódicos: El País (antiguo), La Libertad e Informaciones.

De la calle de la Luna, esquina a San Roque, desapareció en 1994, después de estar en activo casi 150 años, la fábrica de chocolates El Indio, uno de los últimos reductos del comercio tradicional en la zona. Era una tienda preciosa, con el interior prácticamente igual que en el momento de su fundación, que además de la elaboración de chocolates tenía a la venta otros productos de confitería, como caramelos o galletas.


Chocolates El Indio

En la calle de Silva fue fundado en 1564 el Hospital de la Buena Dicha, en cuyo cementerio fueron enterrados muchos de los patriotas muertos en la jornada heroica del 2 de mayo de 1808, y entre ellos Manuela Malasaña. Desapareció todo bien entrado el siglo XIX y en su lugar se levanto la iglesia actual, con el mismo nombre, regida por padres mercedarios.

La antigua calle de Ceres pasó a llamarse de Libreros, pues en ella se establecieron más de una docena —ahora apenas quedan— de librerías de lance y de ediciones antiguas de gran valor. Inolvidable La Felipa, que vendió y recompró libros de texto a muchas generaciones de estudiantes. Era un comercio muy decimonónico: mitad usura, mitad cariñoso paternalismo; y se podía regatear el precio.


Librería La Felipa

En la calle del Pez, que ve poco a poco desaparecer su prestigioso comercio de antaño (durante años patrocinaron programas radiofónicos, anunciándose como Comercios Asociados de la calle del Pez) sí permanece el Teatro Alfil, que antes fue cine, y enfrente, con entrada por la calle de San Roque, el convento de San Plácido.

El convento, fundado en 1623 por doña Teresa Valle de la Cerda y Alvarado, ha dado origen a varias leyendas, una de ellas salpicó incluso al rey Felipe IV. Se dice que el monarca quedo prendado de la belleza de una monja llamada Margarita, con la que mantuvo relaciones. Enterada la abadesa (la propia doña Teresa Valle) de los hechos, dispuso una lúgubre y fingida muerte de Margarita para librarla de los galanteos del rey. Y así la encontró don Felipe, rígida sobre un túmulo vestido de negro, con un crucifijo a la cabecera y entre cuatro velones encendidos. Fue entonces cuando, en desagravio por el romántico episodio, el rey regaló al convento un famoso reloj ya desaparecido cuyas campanadas imitaban al toque de difuntos. Y también ordenó a su pintor de corte, Velásquez, que pintara para ellas el famoso Cristo Crucificado, hoy en el Museo del Prado.


San Plácido

Hubo y hay muchos palacios por la zona. En la misma calle del Pez, esquina a la de la Madera Alta, el del duque de Bornos, del arquitecto Silvestre Pérez, hoy rehabilitado como edificio de pisos y apartamentos, y el del duque de Baena, haciendo esquina con la calle de Pozas, construido en 1860 por Wenceslao Gaviña y habilitado igualmente para viviendas. En la calle de Jesús del Valle, el sobrio y elegante palacio del marqués de Santa Ana. En la calle de la Luna, casi frente a la de Pizarro, el de Talara, de principios del XVIII, que a medio derruir pudo ser recuperado, y un poco más abajo, entre las calles de Andrés Borrego y de la Cruz Verde, el del marqués del Llano. En la calle de la Flor Alta, el de Altamira, de finales del siglo XVIII, que estuvo llamado a ser uno de los más hermosos del Madrid si no hubiera sido por la falta de recursos o, según se contaba, por las trabas que puso la Corona a la hora de su realización, pues a Carlos IV no le gustaba que hubiera un palacio en la Corte mejor que el suyo. Así, del proyecto original que Ventura Rodríguez había diseñado en 1772 sólo se materializó una pequeña parte.


Palacio de Altamira

Y en la calle de San Bernardo, una de las importantes del barrio, el antiguo palacio del marqués de Camarasa, sobre cuyo solar se levantó el Noviciado de los Jesuitas. En 1842, en época de Isabel II, se creó la Universidad Central, ubicándose en el antiguo Noviciado las principales facultades universitarias, que estuvieron allí hasta la creación de la moderna Ciudad Universitaria de la Moncloa. Fue un momento de declive, pues hasta entonces el barrio había sido durante casi un siglo el refugio de los estudiantes. Todo él estuvo sembrado de pensiones, restaurantes económicos, tascas y cafés, librerías, talleres de imprenta... Los universitarios daban vida y recursos.


Farmacia Deleuze

También en la calle de San Bernardo: el palacio de la marquesa de Sonora, convertido en 1851 en Ministerio de Justicia; el palacio Bauer, desde 1952 Escuela Superior de Canto; el de Parcent, ocupado por dependencias del Ministerio de Justicia; el de Castromontes, que muy reformado es hoy sede de Instituto Lope de Vega; el del conde de Agreda, que acoge la Comisaría general de Abastecimientos y Transportes, y el Barradas, obra de Silvestre Pérez, transformado en apartamentos.


Palacio de Parcent

Y por supuesto en San Bernardo, hermoseándola, el monasterio e iglesia barroca de Montserrat, fundado por Felipe IV en 1642, con la impresionante torre de Pedro de Ribera, y las Salesas Nuevas, edificado entre 1789 y 1801 en estilo neoclásico.


Montserrat y Salesas Nuevas

El 24 de junio de 1858, con motivo de la inauguración del Canal de Isabel II, se instaló delante de los benedictinos un gran pilón con un surtidor que elevaba el agua a una altura de unos treinta metros. Alguien dijo de forma ocurrente que era "el río Lozoya puesto en pie".

Calle fundamental en el barrio es la de Fuencarral, trazada sobre el camino a ese pueblo, hoy anexionado a la capital. En el inicio, la construcción del edificio de la Telefónica, el primer rascacielos que tuvo Madrid, significó el taponamiento de la calle del Desengaño, que antes tenía salida a Fuencarral.


Horno de San Onofre

En el solar de las casas números 20 y 22 estuvo, con vuelta por la calle de Hortaleza, el convento de los Agonizantes de San Camilo, desaparecido en tiempos de la desamortización de Mendizábal.

Haciendo esquina con la calle de Augusto Figueroa se encuentra la capilla de la Virgen de la Soledad, oratorio que perteneció a la casa de don Francisco de Feloagán y Ponce de León, marqués de Navahermosa. Parece una ermita campesina en cuyo torno hubiera crecido de pronto la ciudad.


Humilladero de la Virgen de la Soledad y Bodega La Ardosa

En el pasaje o galería hacia la Corredera, entre las calles de San Vicente Ferrer y San Joaquín, estuvo el Hogar Canario, que organizaba famosos bailes en las tardes dominicales de los años sesenta, al que acudían chicos y chicas de todo Madrid. Sin proponérselo, fue el Hogar Canario un tímido precursor entonces de la invasión juvenil que hoy sufre el barrio durante los fines de semana.

Donde se halla el Tribunal de Cuentas estuvo antes la casa-palacio de don Pedro Alberca y Bolea, conde de Aranda, ilustre militar y poderoso ministro de Carlos III.

El antiguo Hospicio, hoy Museo Municipal, construido en 1722, se extendía hasta la calle de Mejía Lequerica. Su portada barroca, de Pedro de Ribera, es monumento nacional.


Tribunal de Cuentas y Hospicio

A continuación del Hospicio se ubicaban los Pozos de la Nieve, ocupando el amplio solar hasta la glorieta de Bilbao y Mejía Lequerica. La nieve, traída en carros desde la sierra, era en aquella época indispensable por no existir, ¡naturalmente!, ni frigoríficos ni fábricas de hielo. Se clausuró en 1863, se cegaron los pozos y se abrieron las calles de Barceló, Apodaca, Churruca y Larra.

Donde se encuentran las Hijas de María Inmaculada, más conocidas como monjas del "Servicio Doméstico", habitando en dos antiguos palacios del conde de Vistahermosa (uno de ellos esquina a la calle del Divino Pastor), estuvo hasta la primera mitad del siglo XIX la casa y jardín de don Francisco de Bringas, que se extendía por toda la manzana y que fue inmediatamente transformada en centro de recreo con el nombre de Jardines de Apolo. Dicen las crónicas que era un parque muy frondoso y que contaba con teatro, pista de baile y merendero.


Iglesia de María Inmaculada

Otro tercer palacio, propiedad como los anteriores del conde de Vistahermosa, fue derribado para construir el ya desaparecido colegio de los Sagrados Corazones. Hoy su lugar lo ocupa un moderno inmueble que albergó el Drugstore Fuencarral y actualmente un local de estilo semejante de la cadena comercial Vips.

El solar de la finca siguiente, de nueva construcción, albergó el palacio del conde de Eleta y luego los almacenes Mazón.

Tremenda metamorfosis es la que se ha producido en toda la calle, ahora peatonalizada hasta el cruce con Hernán Cortés y en tiempos casi irremediablemente abocada a un triste y rápido deterioro. De ser el escaparate tradicional de la industria del calzado, ha pasado a convertirse en una continua galería especializada en la moda más agresiva, más vanguardista y más rabiosamente juvenil. Si las calles de Serrano, Ortega y Gasset o Preciados están consideradas como "millas de oro" por la importancia de las tiendas instaladas y el precio del suelo comercial, la aún más castiza calle de Fuencarral se ha convertido en la "milla de acero", un material más acorde con la estética de los jóvenes y sus tendencias de moda.


Calle de Fuencarral

En la batalla por la subsistencia, muchísimos han sido (si no todos) los establecimientos comerciales antiguos desaparecidos. Recordamos, entre otros: los almacenes Eleuterio, San Mateo ("Si no lo veo no lo creo...") y los ya citados Mazón; el bar-restaurante La Criolla, Ortopedia Alonso, la taberna Corripio y, mucho antes, el bazar Orsolich, precursor y adelantado a las hoy populares tiendas de "todo a cien".


La calle de Fuencarral en 1920

Ortopedia Alonso

Corripio

La glorieta de Bilbao toma el nombre de la puerta que aquí hubo, que del antiguo nombre de los Pozos de la Nieve pasó a denominarse en 1837 de Bilbao, en honor a la heroica defensa de la ciudad vasca ante el asedio de las tropas carlistas. Y en la glorieta, sí permanece, como bastión incólume, el Café Comercial, abierto en 1887.


La glorieta de Bilbao en 1934

El Café Comercial

A principios del siglo XIX se empezaron a construir, no muy alejados de la actual glorieta, hacia el oeste, algunos de los primeros camposantos de la ciudad: el General del Norte y el de San Luis. Y poco después empezaron los primeros asentamientos, la mayoría clandestinos del futuro Chamberí, una de las zonas del chabolismo de entonces

En calles aledañas a Fuencarral hay que hacer mención, en la de la Farmacia, de la sede, como no podía ser menos, de la Real Academia de Farmacia, edificio neoclásico construido por Pedro Zengotitabengoa en 1827 para albergar la facultad de Farmacia, que aquí estuvo hasta su traslado a la Ciudad Universitaria.

En la calle de Santa Brígida desapareció por los años ochenta el teatro Martín, construido en 1860 por Manuel Felipe Quintana para el empresario Casimiro Martín. Fue el "templo de la revista musical a la española".


Teatro Martín

En la calle de San Mateo se encuentra el Museo Romántico, antes palacio del marqués de Matallana. En 1924, Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer, II marqués de la Vega-Inclán, convirtió el edificio en el Museo Romántico, donando para tal efecto su colección personal de muebles, cuadros, porcelanas, libros, y otros interesantes recuerdos de los personajes, escritores y artistas de aquella agitada época romántica.

Al final de la calle de San Mateo, esquina a Mejía Lequerica y ocupando toda la manzana, está el palacio que perteneció al Conde de Villagonzalo, construido por Juan de Madrazo y Kunt entre 1862 y 1866 con una estética medieval.

Enfrente, en Mejía Lequerica, esquina a Hortaleza, la Casa de los Lagartos, de estilo modernista, con el único adorno de los enormes lagartos que sujetan la cornisa del edificio.

En la calle de la Beneficencia, el que fuera palacio de los duques de Veragua, construido entre 1860 y 1862 por el arquitecto Matías Laviña Blasco y hoy sede del Servicio Nacional de Productos Agrarios. Y la Iglesia Reformista Episcopal, levantada en 1893 por Enrique Repullés Segarra para albergar una capilla protestante.

En la calle de Barceló, los Jardines del Arquitecto Rivera (una de las escasísimas zonas verdes del barrio), con la Fuente de la Fama en un lateral; el grupo escolar Isabel la Católica; el complejo arquitectónico que ha sustituido al antiguo mercado, con galería comercial, viviendas y equipamientos deportivos y culturales, y el magnífico edificio racionalista con toques de art-déco del antiguo Cine Barceló, construido por el arquitecto Luis Gutiérrez Soto en 1930, y que perdió su función inicial para convertirse en Discoteca Pachá.


La calle de Barceló en 1960

En la calle de Larra, los edificios rotulados con los números 11 a 15 y 19 a 21, y en la de Churruca, el 12 y el 18, todos ellos de estilo historicista y obra del arquitecto Luciano Delage Villegas.


Edificio historicista en la calle de Churruca

Y en la calle de Manuela Malasaña, esquina a San Andrés, el Teatro Maravillas, de nueva construcción en los bajos de un hotel, que sustituye al antiguo demolido en 2002

Manuela Malasaña, de diecisiete años, fue detenida cuando regresaba del trabajo camino de su casa en la gloriosa jornada del 2 de mayo de 1808. Al ser registrada por los soldados franceses y ver que llevaba unas pequeñas tijeritas, propias de su oficio de bordadora, fue acusada de portar armas y fusilada esa misma noche. La historia real es así. La leyenda que la presentaba dando cartuchos a su padre y muriendo en Monteleón era una deformación, comprensible en aquellos momentos de confusión, de la verdadera realidad.

Pues bien, Manolita Malasaña, se convirtió en musa y símbolo de la "movida madrileña" de los años setenta y ochenta. De tal manera, que este barrió, que oficialmente forma parte del de Universidad, y que de día ejerce popularmente entre sus vecinos como de castizo, muy madrileño y casi provinciano Maravillas, por la noche se convierte para todos los que a él acuden los fines de semana a sus numerosos bares y pubs, o para practicar el llamado botellón, en el cosmopolita Malasaña. Malasaña es, pues, metáfora de la noche.


Botellón en Malasaña

La "movida madrileña" fue un movimiento contracultural underground surgido durante los primeros años de la España posfranquista, que se prolongó hasta finales de los años ochenta. Y que se extendió miméticamente a otras capitales y ciudades españolas. Esta imagen de una España moderna, o cuanto menos abierta a la modernidad, fue utilizada internacionalmente para combatir la imagen negativa que el país había adquirido a lo largo de cuatro décadas de dictadura.

Aunque nadie sabe quién le dio ese nombre, todos los que en ella estuvieron inmersos están de acuerdo hoy en que si algo les unía, eran las ganas de divertirse y de gozar plenamente la libertad en aquel Madrid efervescente de entonces. Acudir desde los barrios periféricos al centro de Madrid, concretamente a Malasaña, se puso de moda y se convirtió en todo un rito juvenil.

La revista La Luna, fue el baluarte del movimiento, que halló reflejo en algunos programas televisivos como La bola de cristal, Si yo fuera presidente (de Fernando García Tola) y La edad de oro (de Paloma Chamorro). Tuvo su cronista en el escritor y periodista Francisco Umbral desde su columna en el diario El País. Sus cantantes en Enrique Urquijo y Olvido Gara, más conocida como Alaska Su poeta en Eduardo Haro Ibars, su graffitero en Juan Carlos Argüello (Muelle), sus ídolos artísticos en Andy Warhol y Miquel Barceló y sus lugares de culto en El Penta, La Vía Láctea y, de corte intelectual y poético, en Manuela, Café de Ruiz o el Parnasillo. Además de otros fuera de Malasaña, como Rock-Ola (Padre Xifre) Carolina (Bravo Murillo) o El Sol (Calle Jardines).


La Movida madrileña

El Parnasillo

La "movida" produjo estilos y vertientes nuevas en la pintura y fotografía, en la moda, en el cine (con Pedro Almodóvar como máximo exponente), en el cómic, en la literatura y sobre todo en la música

Años después de esta época, se hizo una encuesta sobre los temas musicales más populares y emblemáticos de la movida, cuyos resultados fueron los siguientes, por orden desde el más votado:

Nacha Pop Chica de ayer (Nacha Pop)
Para ti (Paraíso)
Déjame (Los Secretos)
Cadillac solitario (Loquillo y los Trogloditas)
Perlas ensangrentadas y Ni tú ni nadie (Alaska y Dinarama)
Groenlandia (Zombies)
Cuatro rosas (Gabinete Caligari)
Cuando brille el sol (La Guardia)
INDICE

AMANIEL

Varias son las partes bien diferenciadas de esta zona de Madrid que venimos a considerar: el entramado de calles en los alrededores de la de Amaniel, el Cuartel del Conde Duque, el Palacio de Liria, las dependencias militares en lo que fue Seminario de Nobles y el antiguo barrio de Pozas hoy ocupado por el Corte Inglés.


Barrio de Amaniel

A pesar de los desmontes y obras de nivelación llevadas a cabo desde que se comenzó la edificación masiva de estos parajes, lo abruto del terreno se aprecia en el acusadísimo desnivel entre la travesía de la Parada y la plaza de los Mostenses, salvable mediante una escalinata. O en la necesidad del pretil que sostiene la única acera de la calle del Duque de Osuna y que corona el gran terraplén sobre la calle de la Princesa, con acceso a la plaza de Cristino Martos también mediante gradas.

En tiempos lejanos, todos estos terrenos estaban ocupados por las fértiles huertas del convento de San Martín, huertas regadas por un arroyo, llamado de Leganitos, que discurría por la actual calle de los Reyes y se precipitaba en torrentera a un barranco en la ahora plaza de España. Y se extendía hacia el norte la Dehesa o Eras de Amaniel, zona boscosa donde proliferaba la caza, y cuyo nombre vino de su dueño, Lope de Amaniel, ballestero que fue del rey Enrique II de Castilla. Cuando se formó la calle de Amaniel en tiempos de Felipe IV, tomó el nombre de los terrenos.


Desnivel en Princesa

En la plaza de los Mostenses estuvo el convento de Santa Catalina, luego de San Norberto al ser ocupado en 1611 por los premostratenses, vulgarmente conocidos por los mostenses, y que fue derribado por José Bonaparte. En el solar se edificó en 1876 el antiguo mercado de los Mostenses, muy similar al antiguo también de la Cebada, con estructura de hierro y derribado con las obras de construcción de la Gran Vía. Ahora uno nuevo, de mucho menor tamaño, se levanta cercano a donde estuvo el anterior.


Iglesia de San Norberto y antiguo mercado de los Mostenses

En la plaza del Conde de Toreno desapareció el convento de Capuchinas de la Concepción.

A la calle de los Reyes da una de las fachadas de la vieja Universidad y, junto a ella, el Instituto Cardenal Cisneros.

En la calle del Noviciado se encuentra una de las capillas evangélicas más populares de Madrid, la iglesia del Salvador, en estilo neomudéjar.


Iglesia evangélica de Noviciado

En la empinada calle de Amaniel, esquina con la travesía del Conde-Duque, se instaló en 1719 el colegio de Nuestra Señora del Patrocinio y Amparo de niñas huérfanas, en unas casas que fueron propiedad del conde de Monterrey. Por eso, desde entonces fue conocido como colegio de las niñas de Monterrey. Subsistió hasta 1824, cuando Fernando VII regaló el edificio para el emplazamiento del hospital de Jesús Nazareno, de mujeres incurables, que desapareció por los años setenta del siglo pasado.

Mejor suerte ha tenido la antigua fábrica de cervezas Mahou, construida entre 1892 y 1894 por Francisco Andrés Octavio en estilo neomudéjar, ahora sede del Archivo Histórico de la Comunidad de Madrid.

La Mahou, nació de una añeja fábrica de pinturas en la calle Amaniel que Casimiro Mahou Birhans fundó en el siglo XIX. En 1889, un nieto, Casimiro Mahou García, y varios bisnietos decidieron abrir la cervecera con el eslogan de "Hijos de C. Mahou. Fábrica de hielo y cerveza". Y aquí estuvo hasta 1962, año en el que se trasladó al paseo Imperial, junto al estadio Vicente Calderón. Ahora se encuentra en Guadalajara.

Por los años 50 se abrió un bar con terraza junto a la fábrica de Amaniel, para poder disfrutar de la cerveza bien fría, pero cerró al poco tiempo a pesar de la afluencia masiva de gente. Esta tradición de cerveza bien tirada, como mandan las buenas costumbres en Madrid, la continúan en El Cangrejero, frente a la plaza de las Comendadoras.


Antigua fábrica de la Mahou y El Cangrejero

El convento de las Comendadoras, en la encantadora plaza de ese nombre, fue fundado en 1650 y es obra de Manuel y José del Olmo. Lo más destacable es la iglesia (parroquia de Santiago), de planta cruciforme con gran cúpula central y cuatro exedras semicirculares, así como la sacristía de planta elíptica construida entre 1745 y 1754 por Francisco Moradillo. En 1773, Francisco Sabatini reorganizó las dependencias conventuales, dándoles el aspecto actual.


Convento e iglesia de las Comendadoras

En la calle de Quiñónes, entre la plaza de las Comendadoras y San Bernardo, estuvo la imprenta de doña Elvira Quiñónes, al parecer una de las primeras que hubo en Madrid. Y dan los muros laterales del convento de los benedictinos de Montserrat, habilitado desde 1842 hasta entrado el XX como Casa Galera o cárcel de mujeres.


Cárcel de mujeres de la calle de Quiñones

Más arriba, en la calle de San Hermenegildo, esquina a San Bernardo, estuvo el Cuartel de Voluntarios del Estado, del que salió una compañía al mando del capitán Goicochea, y en la que figuraba el teniente Ruiz, para auxiliar a los defensores del cercano Parque de Artillería de Monteleón el 2 de mayo de 1808.

En la calle del Cristo, al otro lado de la calle de Amaniel, tenía su finca don Juan de Amezqueta, y en ella una ermita-oratorio con un cuadro de Jesús Crucificado, cuadro que dio nombre a la calle y que, permanentemente alumbrado con un farol, era conocido como el Cristo de la Luz. Amezqueta pasó a la posterioridad en las páginas de la primera edición del Quijote, ya que fue el firmante, dada su condición de miembro del Consejo y Cámara de Felipe III, del privilegio real concedido a Miguel de Cervantes para su publicación. Cuando murió, fue enterrado en la iglesia de Maravillas, junto a la plaza del Dos de Mayo, y allí pasó también el famoso cuadro del Cristo, que aún sigue y podemos contemplar.


Bodegas Rivas y El Maño

En San Leonardo se alza la iglesia de San Marcos, en cuyo primer templo, levantado en la segunda mitad del siglo XVII, intervinieron Marcos López, Pedro de Rivera y José Benito de Churriguera. Pero Felipe V, para conmemorar la victoria en la batalla de Almansa, entablada el día de san Marcos de 1707, mandó sustituirla por la actual, obra de Ventura Rodríguez entre 1749 y 1756. Está considerada como una de las joyas de la arquitectura madrileña. Destaca sobre todo la planta, muy original, la cual está formada por tres elipses, una de gran tamaño en el medio —sobre la que se levanta la cúpula—, y dos de menor tamaño en los extremos. También es muy interesante la soberbia fachada, constituida por dos pilastras de orden compuesto, sobre las que descansa el frontispicio triangular del remate.


Iglesia de San Marcos

La calle de San Bernardino, entre las plazas del Conde de Toreno y Cristino Martos, tiene ese nombre por ser en tiempos el camino directo al convento de franciscanos y luego asilo de San Bernardino, situado extramuros (en la actual calle de Isaac Peral), y al que se acudía saliendo por un portillo de la antigua cerca que rodeaba Madrid situado en la hoy calle de la Princesa.

La plaza de Cristino Martos es bastante más reducida que la antigua de Afligidos (toda esta zona está muy cambiada por los desmontes y nivelación que se hizo en la calle de la Princesa por los años cuarenta del pasado siglo), a la que daba el convento de San Joaquín, de premostratenses, en el que se veneraba a la Virgen de los Afligidos, y la iglesia de Nuestra Señora de La Concepción, llamada por todos la de la Cara de Dios por albergar un lienzo de la Verónica que dio lugar a una verbena —Madrid es así— que se celebraba todos los Viernes Santo.


Iglesia de la Cara de Dios

El Cuartel del Conde Duque, en la calle del mismo nombre, siempre se creyó que se asentaba sobre los terrenos del antiguo palacio de don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares y famoso valido del rey Felipe IV; sin embargo, otra hipótesis indica que el palacio perteneció al conde de Aranda y duque de Peñaranda, e investigaciones nuevas apuntan a que fue propiedad del tercer duque de Berwick y Liria, conde de Lemos. En cualquier caso, el cuartel fue mandado construir por Felipe V en 1717 para albergar a las compañías de los Reales Guardias de Corps, un cuerpo militar de élite que había sido creado en 1704 para la custodia y escolta de los reyes.

La realización del proyecto fue encomendada al arquitecto Pedro de Ribera, quien lo concibió como un grandioso cuartel de estilo barroco, capaz para 600 guardias y 400 caballos. Su planta, rectangular, consta de tres patios, siendo el central más amplio que los laterales. Destaca la portada principal, muy llamativa, de estilo churrigueresco, que resulta ser el ornamento más importante de la construcción.

En 1854 fue destinado a cuartel de Caballería. Y en 1869 un fuerte incendio destruyó los pisos superiores, y casi hizo desaparecer la torre situada en la fachada oeste, que había sido utilizada como prisión para numerosos personajes políticos. Este hecho provocó la decadencia de las instalaciones. En 1969 lo adquirió el Ayuntamiento de Madrid y, rehabilitado en sus trazas originales, se ha convertido en un centro cultural y de ocio, donde son programados conciertos, exposiciones y ferias.


Cuartel del Conde Duque

Pegado al Cuartel del Conde Duque está el Palacio de Liria, del que hay que precisar que no se construyó por encargo de la Casa de Alba, ya que en origen perteneció a otra saga aristocrática, los duques de Berwick. Fue en 1802, al morir sin descendencia la duquesa Cayetana, musa de Goya, cuando los linajes Álvarez de Toledo (Alba) y Fitz-James (Berwick) se unieron bajo un mismo titular.

El primer duque de Berwick, James Fitz-James, hijo ilegítimo de Jacobo II de Inglaterra, echó las raíces de su saga en España cuando entró al servicio del pretendiente Felipe de Anjou (futuro Felipe V) en la Guerra de Sucesión española. El duque de Berwick recibió del nuevo rey Borbón los ducados de Liria y Jérica por su triunfo en la decisiva batalla de Almansa (1707). Y en tales circunstancias, decidió erigir su residencia madrileña en un barrio cerca del Real Alcázar, en una zona de gran presencia militar.

Las primeras trazas del palacio de Liria se encargaron a un tal Guilbert, pero las obras quedaron interrumpidas y retomadas décadas después por un nieto del primer duque, ya al gusto neoclásico con planos del arquitecto Ventura Rodríguez. El inicio de las obras se sitúa hacia 1770, y se dieron por terminadas en 1779. En 1936 fue incendiado y posteriormente reconstruido por Edwin Lutyens.


Palacio de Liria

Al modo de los palacios franceses, se ubica en el centro de una amplia parcela vallada y no en primera línea de la calle, con un jardín delantero que sigue la estética romántica inglesa, en el que no faltan fuentes y estatuas, y otro trasero, geométrico, al modo de Versalles.

La planta del palacio adopta la forma de un rectángulo inusualmente largo, pero la fachada evita la monotonía dividiéndose en cinco cuerpos verticales realzados con pilastras. El cuerpo central, con cuatro columnas, recuerda a la fachada sur del Palacio Real de La Granja y se corona con una espadaña con temas heráldicos.

Los tesoros artísticos e históricos que alberga el Palacio de Liria son asombrosos: muebles de singular calidad, manuscritos, incunables, esculturas, tapices y una riquísima colección de pintura, en particular retratos excepcionales de Tiziano y Goya, que ha ido creciendo con la incorporación de obras de Picasso, Miró, Eugène Boudin, Renoir, Marc Chagall y otros. Todo ello hace de la fastuosa mansión un extraordinario museo vivo.

En la gran manzana entre Princesa, Serrano Jover. Santa Cruz de Marcenado y Mártires de Alcalá se encontraba el antiguo Seminario de Nobles, fundado por Felipe V el 21 de septiembre de 1725, como un centro educativo en donde se impartían a los jóvenes nobles las enseñanzas propias de su estamento. Estuvo en un principio bajo la dirección de padres de la Compañía de Jesús, quienes lo regentaron hasta la expulsión de la Orden en 1767, año en que se puso bajo la dirección de maestros laicos directamente nombrados por el rey.


Seminario de Nobles

Convertido en cuartel durante la invasión francesa, fue de nuevo rehabilitado y devuelto a los jesuitas en 1826. En 1836 se instaló en él la Universidad trasladada desde Alcalá, y en 1841 pasó a ser Hospital Militar hasta que en 1889 sufrió un incendio y fue derribado. Desde entonces, las nuevas edificaciones han estado destinadas a diversas dependencias militares.

Y por último, el pequeño, recoleto y desaparecido barrio de Pozas, que durante más de un siglo existió en el triángulo que forman las calles de Princesa, Alberto Aguilera y Serrano Jover, que la piqueta de la especulación derribó en 1971 —tras heroica y numantina defensa por parte de un ilustre morador, el dramaturgo Lauro Olmo— para sustituirlo por el centro comercial del Corte Inglés. Desaparecía así un trazado viario simétrico y homogéneo formado por varios edificios levantados en 1860 por Ángel de las Pozas, que dio su apellido al barrio, para dar vivienda digna a obreros que malvivían hacinados en las típicas pero insanas corralas del centro y espacio para una vida apacible y humana. Dicho conjunto constituía un auténtico pueblo con tres calles, Valdecilla, Hermosa y Solares, una plaza con arbolado, mercado propio, escuela de Artes y Oficios y, posteriormente, hasta cuartelillo de la Guardia Civil y estafeta de correos.


Barrio de Pozas

Las calles eran adoquinadas, pero no del adoquín madrileño de basalto gris, sino de piedra de río que daba a las calles un tono amarillento al dar el sol en el suelo.
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FIN MADRID ANTIGUO 1