BARRIO DE MARAVILLAS 3                                                     


CALLE DEL PEZ

Va desde la Corredera baja de San Pablo hasta la calle de San Bernardo. Todo este paraje pertenecía a la hacienda del eclesiástico don Diego Enríquez, de noble linaje. Tenía la posesión cinco pozas para el riego, que dieron denominación a la cercana calle de Pozas, y una fuente de finísimas aguas, con diferentes juegos de surtidores que se mostraban al público en el día de San Juan.


Plano de la calle del Pez

Al trasladar Felipe II la corte a Madrid, el ayuntamiento de la Villa compro y urbanizó la finca, y la calle que nos ocupa, en la parte final y más ancha cercana a la de San Bernardo, tomó precisamente hasta finales del XVIII el nombre de la Fuente del Cura.

Parte de los terrenos fueron adquiridos a su vez por don Juan Coronel, marqués de Escalona, y se dice que en ellos había un estanque en el que vivían dos peces. El estanque se secó y un pececito fue recogido por la hija del dueño que lo tuvo un tiempo en una pecera hasta que murió La pena se apoderó entonces de la muchacha, llamada doña Blanca, que no supo superar la muerte de su pez y acabó metiéndose a monja en el vecino convento de San Plácido. Su padre levantó luego en el lugar casa, en lo que es el número 24 de la calle, esquina a la del Marqués de Santa Ana, y en su fachada se esculpió un pez que dio nombre a la calle. Aún hoy, en la casa que ocupa el lugar de la anterior, se pueden ver el famoso pececillo.


Casa del Pez

En tiempos del Alfonso XII, durante la alcaldía de José Abascal y gobierno de la nación de Sagasta, esta calle recibió el nombre de Moriones, en honor de Domingo Moriones, militar español destacado participante en las guerras carlistas en el bando de los liberales.

La calle del Pez fue en el pasado siglo, una de las más animadas y concurridas de la ciudad. Prueba de su importancia son los numerosos palacios románticos que aún sobreviven.


Calle del Pez

Esquina a la de la Madera Alta, el del duque de Bornos, del arquitecto Silvestre Pérez, reformado en 1860 por Wenceslao Gaviña para doña María Asunción Ramírez de Haro Crespí de Valldaura, XI condesa de Bornos. Allí estuvo instalado el colegio José Espronceda y hoy ha rehabilitado como edificio de pisos y apartamentos. La casa condal de Bornos pertenece al linaje de Gracián Ramírez, el caballero cristiano que en el año 932, participando junto a Ramiro II en la primera y no consumada conquista de Madrid a los árabes, encontró en un campo de esparto (atochar) una imagen de la Virgen —la Virgen de Atocha—, posiblemente allí escondida por temor a que fuera profanada. La tradición dice que Gracián Ramírez, que antes de entrar en batalla se había encomendado a la Virgen por la inferioridad del ejército cristiano, temiendo morir y sospechando que los moros tomarían represalias con su mujer y sus hijas, las degolló para así evitar que fueran deshonradas. Después, cuando victorioso pero acongojado por la muerte que él mismo había dado a sus seres queridos regresó a casa, se operó el milagro: encontró a su mujer y a sus hijas vivas, postradas ante la Virgen, con la única huella de unos hilillos de sangre alrededor del cuello.


Palacio del duque de Bornos

Los Bornos fueron dueños durante muchos años de la inmensa y celebérrima Pradera de San Isidro, inmortalizada por Goya y escenario de romerías y fiestas.

Esquina a Pozas se encuentra el palacio del duque de Baena, construido en 1860 también por Wenceslao Gaviña y habilitado igualmente para viviendas en 1931.

Y en la esquina con San Bernardo, el palacio de los Bauer, construido a mediados del siglo XVIII por encargo de los marqueses de Guadalcázar. A finales del XIX fue adquirido por los Bauer, familia de banqueros judíos representantes en España de la Banca Rothschild, que encargaron al arquitecto, pintor, escultor y decorador Arturo Mélida su restauración. Desde 1952 es sede de la Escuela Superior de Canto.


Palacios de Baena y de Bauer

Apoyada al muro lateral del palacio de los Bauer, en la calle del Pez, se encuentra la estatua en bronce y en tamaño natural de una joven llamada Julia, estudiante que en el siglo XIX asistió a la cercana Universidad Central (únicamente queda de ella el Paraninfo en la calle de San Bernardo) disfrazada de chico, pues entonces sólo los hombres podían hacerlo. Es obra de Antonio Santín Benito.


Homenaje a las primeras estudiantes de la Universidad

Con fachada a la calle del Pez y también a las de la Madera y de San Roque, se levanta el convento de San Plácido. Fue fundado en 1623 por la gran dama doña Teresa Valle de la Cerda, quien renunció a su matrimonio con el poderoso caballero don Jerónimo de Villanueva para profesar en dicho convento, del que fue su primera priora, y en el que fue nombrado patrono el desdeñado novio.

Y en casa de este don Jerónimo, contigua al convento, en la calle de la Madera, se reunían importantes personajes de la corte, e incluso hasta el mismo rey Felipe IV, quien, habiendo allí oído comentar la belleza de una monja de San Plácido llamada Margarita, se quedó prendado de ella y a través de una comunicación secreta con el convento la visitaba y mantenía relaciones carnales. Fue un escándalo tremendo, entre otros más que sucedieron en San Plácido, como la posesión infernal de sus más jóvenes y escogidas novicias a través de su confesor, fray Francisco García de Calderón, que las convenció de que la mejor forma de sacar al diablo era teniendo tratos libidinosos con él, y claro, acabo trajinándose a todas.

El convento fue el centro de la vida y la leyenda del Madrid de su tiempo, y estas historias de correrías reales y posesiones infernales las contaremos con más amplitud en la reseña que de él hacemos en la calle de San Roque, por donde tiene su entrada.


Teatro Alfil y convento de San Plácido

Frente a San Plácido se encuentra el Teatro Alfil, que antes fue Cine Pez, de sesión continua desde las nueve de la mañana y luego de programas dobles de películas X. Exponía sus carteleras pintadas al uso de entonces, aunque en tamaño sustancialmente más pequeño que los cines de la Gran Vía (se pintaban en un taller de la cercana calle Pizarro, en el nº 13). Su existencia peligró a principio de 1993 cuando el entonces polémico y montaraz concejal de Distrito Centro ángel Matanzo ordenó el cierre. Aunque alegó incumplimiento de normativa municipal y denuncias de los vecinos del edificio en cuyos bajos se localiza, los sectores teatrales achacaron la orden a la caricatura que se hacía de su persona en el espectáculo La menina desnuda: cabaret portátil.

Otro primigenio cinematógrafo a principios del siglo XX fue el Coliseo Ena Victoria, esquina a San Bernardo, que ardió y el incendio sirvió de acicate para que se diseñaran normas de seguridad para aquellos locales.


Coliseo Ena Victoria

La calle del Pez ha sido siempre tremendamente comercial, pero cuando los escaparates de la Gran Vía recién estrenada empezaron a brillar, se inició su declive. Frente a los grandes almacenes, los cines palaciegos y las modernas cafeterías a dos pasos, poca competencia podían ofrecer sus viejos comercios galdosianos.

Y a esto hubo que añadir la desaparición de la Universidad Central en la calle de San Bernardo. Los estudiantes pernoctaban en las pensiones de Pez y sus aledaños, comían en sus restaurantes económicos, compraban en sus librerías y papelerías, se vestían en sus sastrerías y convertían sus bares y tabernas en centros de animado debate.

En los años cincuenta del pasado siglo, los comerciantes de la calle, para defenderse de tanta adversidad, se unieron en una asociación que, bajo el lema de "Quien compra en la calle del Pez bien sabe lo que se pesca", iniciaron una campaña publicitaria colectiva y un sistema de bonos y rebajas para que su clientela no cayese en la tentación de cambiarse a la moderna Gran Vía y sus aledaños. Lo consiguieron en parte y sirvieron de puente hasta que una nueva oleada de jóvenes residentes, atraídos por la baratura de sus viviendas cien veces desahuciadas y por la proximidad del centro urbano accedieron a sus buhardillas y a sus bajos o compartieron los pisos más grandes.


Calle del Pez

Hoy, poco a poco van cerrando las pensiones, las casas de comidas, las librerías y el prestigioso comercio de antaño. Apenas queda nada.

Desde la Corredera Baja, nada más doblar la esquina, había una de las papelerías más antiguas de Madrid llamada El Arca de Noé, especializada, entre otras cosas, en vender cabezudos hechos con pasta de papel y que mostraba en un pequeño escaparate situado en lo que era su almacén, y también recortables, artículos de broma, fiesta o escritorio.

Frente a este añorado comercio, en lo que hoy es Residencia y Centro de Día para Ancianos de la Hermandad del Refugio, abría una tienda de muebles de cocina y electrodomésticos y una fábrica de papeles pintados y pantallas para lámparas que poco a poco fue disminuyendo su espacio de venta al público.

Seguía, La Nacional, una bien surtida carnicería y charcutería, y la peluquería Zarana, en el número 3, que permanece.


Calle del Pez

En el edificio esquinero con la plaza de Carlos Cambronero abre sus bellos balcones, encima de local de Caja Madrid, donde estuvieron antes los almacenes de Muebles Roa, la Casa de León, en cuyas salas se celebran populares bailes dominicales.

En la otra esquina de la plaza se encuentra el famoso bar Palentino, que aguanta sin modificaciones el paso del tiempo. Su clientela cambia según las horas: en las de luz es familiar, de barrio, con consumos de café o chocolate con churros, vinitos, cañas y vermut; por las noches, sin embargo, abierto hasta las tantas, se abarrota de gente joven y dan de beber a un precio más que razonable. Un garito que se usó para el rodaje de una parte de Abre los ojos, de Alejandro Amenábar y que fue elevado a mito por el grupo Siniestro Total al incluirlo en una de sus canciones:


Nosotros somos seres racionales
de los que toman las raciones en los bares
y no nos digas que no está bien
que ya sabemos cuáles son nuestros males
vamos a Kwai y al Berberecho
y al Palentino y a lo hecho pecho
¿que quiénes somos? ¿de dónde venimos?
¿adónde vamos si se acaba el vino?
Somos Siniestro Total
.

En los bajos del convento de San Placido entre la calles de San Roque y de la Madera, abren el almacén de ropa de cama y mesa Los Telares y la zapatería Penalva, de donde todos los niños del barrio llevaban los zapatos, a no ser que hubiese una mejor oferta en Segarra (Gran Vía, esquina Callao, que además los jueves regalaba un globo por cada compra). Y entre estos dos comercios desapareció Almacenes Asturias, especializados en trajes de confección.


Calle del Pez

El Horno de Pez, en el nº 7, fue una de las más bonitas pastelerías de Madrid, con sus muebles de madera y sus vitrinas de cristal que en Semana Santa exponía una colección de huevos de pascua envueltos en brillantes papeles de colores. Desgraciadamente, los nuevos dueños, intentando darle modernidad, cambiaron la madera y el cristal por aluminios y mármoles y quitaron el encanto.

La preciosa platería, relojería y cubertería Lo-Pez (así separaba el nombre en su rótulo), en el nº 9, tenía fama de ser expoliada por doña Carmen Polo, mujer de Franco, en cada una de las visitas que realizaba, ya que no se atrevían a pasar la factura de lo comprado a El Pardo. Los empleados tenían orden de retirar el género de más valor de los expositores nada más ver que el coche oficial aparcaba a la puerta, y dejar sólo la bisutería, no fuera que la dama se encaprichara...

En el número 14 hubo una antigua ferretería especializada en objetos dorados de latón, que cerró cuando el edificio fue rehabilitado y abrió durante unos años en los bajos del contiguo palacio de Bornos.

En las esquinas con la calle de Jesús del Valle desaparecieron la perfumería Basanta y Confecciones Rico, que ahora son una tienda de chinos y un café, respectivamente.


Calle del Pez

Esquina a Pizarro desapareció igualmente la tienda de ultramarinos Olmos. En la otra esquina con esta calle, en el antiguo palacio de don Juan Manuel de la Pezuela, conde de Cheste, estuvieron en los años veinte y treinta del pasado siglo las sedes de la Federación de Sindicatos Católicos Femeninos y de otras asociaciones como la Agrupación Defensa y Libertad de los Padres en la Educación de los Hijos. Posteriormente se habilitó como sede de una sinagoga hebrea. Hoy abre allí sus puertas el Teatro Victoria, que tiene programación general además de infantil. En los sótanos de este edificio hubo por los años sesenta y setenta unos concurridos billares.

Casi enfrente, en las esquina de Marqués de Santa Ana, desaparecieron otra tienda de ultramarinos (hoy un supermercado), en una casa que se vino abajo sin avisar apenas una tarde en la década de los 60, y un comercio de confección especializado en vestidos de novia.

En el 28, despreciando el riesgo, estuvo durante muchos años el Palacio del Vino, parapetado entre las vigas que apuntalaban el edificio.


La Cervantina

Siguiendo el curso de la calle, en el nº 19, donde abre el Hotel Abalú, existió una tienda especializada en mapas y libros de viaje, Tierra de Fuego. Y en el 21, edificio que fue "okupado" por el colectivo El Patio de Maravillas, tras ser desalojados de su inicial ubicación en la calle del Acuerdo, se encontraban La Pelota de Goma, tienda dedicada a la venta de juguetes, pelotas, bolsas de agua caliente, tacos y todo tipo de artilugios hechos de ese material, y la centenaria librería y papelería La Cervantina, especializada en libros de texto y luego en cuentos infantiles, libros de salud y hasta en la venta casi exclusiva del calendario popular El Zaragozano.

Enfrenta, en el nº 30 sigue impertérrita la mercería y tienda de ropa de niños La Moda, en cuyo escaparate, un maniquí infantil por el que no han pasado los siglos chupa una onza de chocolate y se ensucia a placer los morros. Todo un icono en la calle del Pez.


El niño glotón de La Moda

Esquina a la calle de Minas estuvo La Dalia, un herbolario muy popular; a continuación una antigua droguería que exhibía sus orgullosos reclamos en el escaparate, y en el 36, en el chaflán con Pozas, la Sastrería Vargas, que conservó parte de su fachada en un comercio posterior de objetos dorados de latón y en la actual Taberna del Pez.

Frente a la Sastrería Vargas hubo una tienda que en Navidades vendía juguetes.


Sastrería Vargas

En el último tramo de la calle, llegando a San Bernardo, se mezclaban tiendas de confección de caballeros, zapaterías, y, en los bajos del antiguo palacio del duque de Baena, un laboratorio de fotografía, Beringola, que recordaba los tiempos de la Universidad en sus orlas de estudiantes, y la cafetería Charito (hoy Oxígeno).


Calle del Pez

Si permanece otra cafetería, Dos Pasos, en la esquina con San Bernardo, en un antiguo edificio que fue remodelado. Esta misma operación espera otra casa al lado, de dos plantas, que parece antiquísima, ésta en el recodo con la calle de la Cruz Verde.
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CALLE DE LA CRUZ VERDE

Esta calle va desde la de la Luna a la del Pez. El paraje era en los años del reinado de los Reyes Católicos el lugar donde se solían quemar los cuerpos de los ajusticiados por la ley y el de las ejecuciones del Tribunal de la Inquisición, para lo cual había, como era costumbre en los destinados a tan horrible menester, una gran cruz de madera pintada de verde, y que permaneció allí incluso después de haberse trasladado el quemadero, al ampliarse la ciudad, a la actual glorieta de Ruiz Jiménez.


Plano de la calle de la Cruz Verde

Fue la de Cruz Verde, según el genial Pedro de Répide en su libro Las calles de Madrid, "una calle bribiática, propicia al cobijo de tapadillo y a la vulgar mercadería galante". ¿Se puede decir más fino?

Desapareció el Café de Prada, con entrada principal por la calle de San Bernardo, famoso en los fastos estudiantiles de los tiempos de la cercana y ya desaparecida Universidad Central. Animado y bullicioso en su piso alto de billares y otros juegos, era en cambio sosegado en su planta baja, donde había discretos rincones para las parejas e incluso se respetaba el dormir tranquilo de unos cuantos gatos en los divanes.


Calle de la Cruz Verde

Existe una Travesía del mismo nombre, que comunica con la calle de San Bernardo, y que en el momento de abrirse tomo el nombre de calle de Nabo, por ser el sitio que tenían asignado los vendedores de esta hortaliza que desde el pueblo de Fuencarral acudían a Madrid. Allí hubo en tiempos una fábrica de queso que se anunciaba como... manchego.


El Boñar de León

Hoy en la calle de la Cruz Verde abre El Filobiblión, en el número 14, tienda de libros de viejo, y el Mesón Boñar de León, frente a la Travesía, cerrada al tráfico y en donde extiende la terraza. Es un bar restaurante cutre pero lugar inevitable para los comilones por el tamaño exagerado de sus raciones y de sus tapas.
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CALLE DE ANDRÉS BORREGO

Comunica la calle de la Luna con la del Pez. Hasta 1895 se llamó de Panaderos, por ser el lugar donde en el siglo XVII se estableció un mercado de pan que se cocía en los famosos hornos de Villanueva, un caserío de tahonas, en la actual calle de ese nombre, donde se fabricaba el pan que se consumía en Madrid


Plano de la calle de Andrés B0rrego

Igual que la calle de La Cruz Verde y según expresa tan genialmente Pedro de Répide en su libro Las calles de Madrid, era la de Andrés Borrego "una calle pintoresca entre las más sabidas de la bribia y la gallofa de la corte, abundante en su vecindad de mancebías y casas hospitalarias para el amor errante, amén de algún baile famoso en los anales jaracaneros". ¡Toma del frasco, Carrasco!


Andrés Borrego

Para contrarrestar —quizá irónicamente— tan alocada fama, se rebautizó a la calle con el nombre de Andrés Borrego (1802-1891), un personaje serio y circunspecto, que comenzó a figurar en política a lado de Riego y que, tras exiliarse en Inglaterra y Francia, volvió a España después de la muerte de Fernando VII y fundó el periódico El Español, dirigió El Correo Nacional, fue redactor de La época y publicó numerosas obras históricas, sociales y económicas. También fue diputado durante muchas legislaturas y gobernador de Madrid.

Esquina a la calle de la Luna se levanta la antigua casa palacio del marqués del Llano, en donde vivió el infante don Francisco de Paula.


Calle de Andrés Borrego

En el número 6 abre la joyería Garrote, con taller propio, y en el 7 el Centro Cultural Japonés y Gimnasio Tora, dedicado al estudio y la práctica de la cultura y las artes de ese país.

Muy conocido en tiempos fue un salón de baile, el Panaderos, que en realidad se llamaba Dancing Club, y que ocupaba los números 8 y 10.
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CALLE DE PIZARRO

Comunica la calle de la Luna con la del Pez. Se llamó antes de la Magdalena Alta para distinguirla de la va desde Tirso de Molina a Antón Martín. Y el motivo fue la ubicación en esta calle de un destartalado y triste Hospicio de María Magdalena para mujeres de la calle arrepentidas, vulgarmente las Recogidas, que en 1623 fue trasladado a la calle de Hortaleza (sede actual de la UGT). El terreno lo compró después don Francisco Fernández Pizarro, marqués de la Conquista y descendiente del conquistador del Perú. Por tal circunstancia, se puso a la calle posteriormente el nombre de Pizarro.


Plano de la calle de Pizarro

Una biografía muy resumida de Francisco Pizarro sería que nació en 1476, en Trujillo (Extremadura), y que su infancia transcurrió en condiciones de pobreza, trabajando desde muy pequeño.

En 1502 llegó a América, como paje del gobernador Nicolás de Obando. En 1509 acompañó a don Alonso de Ojeda en la conquista de Nueva Andalucía, en la actual Colombia. Y como lugarteniente de Vasco Núñez de Balboa estuvo en el descubrimiento del Océano Pacífico, en 1513.


Francisco Pizarro

En 1524 lideró la conquista del Perú asociándose con Diego de Almagro, siendo favorecido con títulos y sueldos en la Capitulación de Toledo de 1529. En 1532 logró capturar al Inca Atahualpa y al año siguiente llegó al Cusco. Un año más tarde fundó Lima, ciudad donde vivió hasta el 26 de junio de 1541. En esta fecha fue asesinado por un grupo de partidarios de Diego de Almagro.

A mediados del siglo XVIII gozaba de gran prestigio en Madrid la fábrica de alfombras de Gabriel Estrada, que se hallaba en esta calle. de Pizarro.


Antigua sede de El Correo Español

Sin duda la fachada más impactante de la calle es la del número 14, un original edificio modernista de clara inspiración neogótica, antigua sede de El Correo Español a principios del XX y sede de las juventudes carlistas, en los años veinte.

En el número 15 murió el 3 de septiembre de 1875 el general Hoyos, que apoyó el restablecimiento de la Constitución de Cádiz tras el fin de la guerra de la Independencia y el levantamiento de Riego en 1920. De tendencia liberal, el 22 de 1866, siendo capitán general de Madrid, en el gobierno de O'Donnell, reprimió la llamada Sublevación del Cuartel de San Gil, auspiciada por los partidos progresista y democrático con la intención de derribar la monarquía. Ahora se abre allí una oficina de Correos.


General Hoyos

Hay un refrán que dice: "Tienes más fuerza que el general Hoyos". Hace alusión a nuestro personaje, porque de él se cuentan, entre otros alardes, los siguientes:

Estando en La Bañeza, en León, por los años de 1830, mandó herrar su famoso caballo blanco, y so pretexto de que las herraduras que le aplicaban no eran bastante fuertes, las hizo saltar en dos pedazos cada una sin más instrumento que sus manos. Y con motivo de tener que salir su destacamento de aquel pueblo, pidió pertrechos y provisiones; y habiéndole proporcionado un jumento, mandó que lo llevaran á la puerta del Ayuntamiento, en ocasión en que se hallaba reunido el municipio. Allí cargó con la bestia en los hombros, la subió por la escalera, y arrojándola en medio de la sala, preguntó que quién iba a llevar á quién.

En la esquina de la calle del Pez se encuentra la casa palacio de don Juan Manuel de la Pezuela, conde de Cheste, importante militar y aristócrata del siglo XIX, ministro de Marina con Narváez (1846) y capitán general de Cataluña (1867), y que llegó a dirigir la Real Academia Española. Su capilla ardiente, en 1906, fue uno de los acontecimientos más multitudinarios que ha visto la calle en su historia.


Palacio de Cheste

En este palacio vivió también don Enrique de Aguilera y Gamboa, marqués de Cerralbo, miembro activo del partido carlista, coleccionista y arqueólogo, que aquí tuvo sus colecciones hasta que se trasladaron al palacete de la calle de Ventura Rodríguez, donde hoy se abre el museo Cerralbo, donado con todo su contenido al Estado. E igualmente estuvieron en los años veinte y treinta del pasado siglo las sedes de la Federación de Sindicatos Católicos Femeninos y de otras asociaciones como la Agrupación Defensa y Libertad de los Padres en la Educación de los Hijos. Posteriormente se habilitó como sede de una sinagoga hebrea. Hoy abre allí sus puertas el Teatro Victoria, que tiene programación general además de infantil. En los sótanos de este edificio, con entrada por la calle del Pez, hubo por los años sesenta y setenta unos concurridos billares.


Palacio de Cheste

Muchos son los comercios tradicionales desaparecidos en la calle, y entre ellos: la tienda de maderas Arrese, en el número 14, en los bajos del edificio modernita antes citado, que fue sede del Correo Español; Maderas Pueche, en el nº 16, y, esquina a la calle del Pez, la tienda de ultramarinos Olmos.
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CALLE DE SAN ROQUE

Esta calle, que comunica las de la Luna y la del Pez, frente a la plaza de Carlos Cambronero, recibe ese nombre porque en la fachada del convento de San Plácido, que por aquí tiene su entrada, con vuelta por las del Pez y de la Madera, pusieron la monjas un cuadro con la imagen de San Roque por haber sido bendecido el convento el 16 de agosto de 1624, fiesta de este santo.


Plano de la calle de San Roque

San Roque era un rico francés del siglo XIII que repartió su fortuna entre los pobres y se fue como peregrino a Roma, donde se dedicó a cuidar leprosos y apestados. Un día, sintiéndose él contagiado de la enfermedad, se retiró a un bosque solitario. Y sucedió que un perro de una casa importante de la ciudad empezó a tomar cada día un pan de la mesa de su amo e irse al bosque a llevárselo a Roque. Después de varios días de repetirse el hecho, al dueño le entró curiosidad, y siguió los pasos del perro, hasta que encontró al pobre Roque. Entonces se lo llevó a su casa y lo curó de sus llagas y enfermedades.


San Roque

Prácticamente es el convento llamado comúnmente de San Plácido, que corresponde al nombre de Monasterio de la Encarnación, de religiosas benedictinas, lo único destacable de la calle de San Roque. Fue fundado por la gran dama doña Teresa Valle de la Cerda, quien tenía una hermosa casa de campo por donde hoy se abre la calle de Jesús del Valle y que vendió para los gastos de la construcción. La había heredado de su padre, don Luis Valle de la Cerda, contador mayor del Consejo de Cruzada. Además, doña Teresa, con 22 años entonces, renunció a su matrimonio con el poderoso caballero don Jerónimo de Villanueva, ministro de Felipe IV, para profesar en dicho convento, del que fue su primera priora, y en el que fue nombrado patrono el desdeñado novio.


Convento de San Plácido

Y en casa de este don Jerónimo, contigua al convento, en la calle de la Madera, se reunían importantes personajes de la corte, e incluso hasta el mismo rey Felipe IV, quien, habiendo allí oído comentar la belleza de una monja de San Plácido llamada Margarita, se quedó prendado de ella y a través de una comunicación secreta con el convento la visitaba y acosaba hasta que logró mantener con ella relaciones carnales. Enterada la priora de los hechos, dispuso una lúgubre y fingida muerte de Margarita para librarla de los galanteos del rey. Y así la encontró don Felipe, rígida sobre un túmulo vestido de negro, con un crucifijo a la cabecera y entre cuatro velones encendidos. La impresión que recibió fue tremenda, de tal manera que cayó desmayado y hubo de ser conducido al palacio del Buen Retiro en carroza tapada y aliviado por los galenos palaciegos con sangrías y cataplasmas.


Felipe IV

De resultas de aquel aquello, don Jerónimo de Villanueva fue procesado y encarcelado por el Santo Oficio, pero quien verdaderamente pago el pato fue don Alfonso de Paredes, quien sin comerlo ni beberlo, como notario del Consejo fue enviado a Roma con los papeles de la Causa encerrados en una arquilla cerrada, y nada más poner pie en Génova, fue apresado y encarcelado por los soldados del Virrey de Sicilia —sin duda muy aleccionado por cartas del conde-duque de Olivares— para que no se fuera de la lengua. Así las gastaban en los tiempos del rey pasmado.

Fue entonces cuando, en desagravio y en señal de arrepentimiento, el rey regaló al convento un famoso reloj ya desaparecido cuyas campanadas imitaban al toque de difuntos. Y también ordenó a su pintor de corte, Velázquez, que pintara para ellas el famoso Cristo Crucificado, hoy en el Museo del Prado.

Pese a lo que se trato de ocultar, fue un escándalo tremendo, y no el único de los que sucedieron en San Plácido.


El Cristo de Velázquez

En otro, en el que estuvo implicado el capellán, fray Francisco García de Calderón, dio lugar a un famoso proceso que le condujo, junto a la priora y a varias monjas, a la cárcel de la Inquisición de Toledo.

Los hechos ocurrieron en 1627, al poco de ser fundado el convento, cuando una de las más jóvenes novicias empezó a manifestarse en estado de exaltación y arrebato, de tal manera que fray Francisco la sometió a "especiales" rituales de exorcismo para expulsar al demonio de su cuerpo. En el mismo estado cayó a los pocos días otra monja. Luego, la misma priora y fundadora, doña Teresa, y así hasta veintiséis de las treinta religiosas que lo habitaban, salvándose las cuatro restantes porque su avanzada edad o sus pocos atractivos físicos las hacían inmunes a los ataques de Lucifer. Resulta que las había convencido de que la mejor forma de sacar al diablo era teniendo tratos libidinosos con él, y claro, acabo trajinándose a todas.

La iglesia anexa al convento, dedicada a San Plácido, fue construida entre 1641 y 1661 bajo la dirección de fray Lorenzo de San Nicolás, agustino recoleto, en estilo renacentista de transición al barroco.


Altar mayor

Destaca su decoración interior. El cuadro de la Anunciación del altar mayor es de Claudio Coello, y hay otras obras estimables, como lo son las cuatro estatuas en los pilares de la cúpula, obras de Manuel Pereira; el Cristo Yacente, obra exquisita del vallisoletano Gregorio Fernández, y las pinturas al fresco realizadas por Francisco Ricci y Juan Martín Cabezalero que adornan la cúpula, las pechinas y el crucero de la Iglesia. Estuvo también en la Sacristía el ya citado y archiconocido Cristo Crucificado de Diego Velázquez, que se trasladó al Museo del Prado donde puede contemplarse en la actualidad.


El Cristo Yacente de Gregorio Fernández

En 1912 se comenzó a construir un nuevo convento en un sencillo estilo castellano, además de restaurar la antigua iglesia, obras que son finalizadas al año siguiente según proyecto del arquitecto Rafael Martínez Zapatero.

En 1943 fue declarado Monumento Nacional.

A la calle de san Roque daba la parte trasera (la fachada principal por la calle de la Madera) de la redacción y talleres de El País, periódico de tendencia republicana, de finales del XIX y principios de XX, distinto del actual del mismo nombre, edificio luego ocupado por el diario La Libertad y posteriormente por el Informaciones hasta 1983. Hoy, muy remodelado corresponde a la parte posterior del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE).


Escalera de incendios del Teatro Lara

Y también da la trasera del Teatro Lara (en la Corredera Baja), donde se puede ver fumar, entre los huecos de una vieja y preciosa escalera de incendios, a los trabajadores de la sala.


El Bocho

Frente al convento de San Plácido, se encuentra la mítica taberna vasca de El Bocho, que lleva abierta desde 1945. El sitio, de manteles de cuadros y decoración austera, es cutre y viejo, pero tienen una comida casera buenísima.
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CALLE DE LA LUNA

La calle de la Luna, que baja desde la del Desengaño hasta la de San Bernardo, vio desaparecer en su inicio todas las casas de la izquierda por la apertura en 1970 de la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, que popularmente recibe el nombre de plaza de la Luna.


Plano de la calle de la Luna

Su pintoresco nombre hay que buscarlo en tiempo de los Reyes Católicos. Por este paraje poseía don álvaro de Córdoba una casa con una gran torre. No lejos estaba el palacio, también con torre, de otro noble llamado don Francisco de Crispi. Con ocasión de una disputa entre ambos, comenzaron a lanzarse ataques desde sus respectivas torres. Cayó la noche, y se sosegaron los ánimos. Pero al salir la luna, que iluminaba la torre de don álvaro, se reanudó la batalla, muriendo ambos contrincantes. Isabel la Católica, al serle referidos los hechos, hizo derribar las dos torres, pero al construirse una nueva casa en el solar de la antigua de don álvaro, se labró en la fachada una luna, que dio nombre al edificio y luego a la calle entera que allí se abrió posteriormente.


Calle de la Luna

En el límite entre el principio de la calle de la Luna y el final de la del Desengaño (debe ser la única en Madrid en estas circunstancias, sin otra calle por medio), se encuentra la iglesia de San Martín, barroca, de la segunda mitad del siglo XVII, con portada atribuida a Churriguera, hoy restaurada y abierta como Templo Eucarístico para la exposición y adoración permanente del Santísimo Sacramento. Es la antigua de Portacoeli (orden de clérigos menores ya desaparecida); luego parroquia de San Martín, que acogió esta titularidad tras ser derribada en 1810, en tiempos de José Bonaparte, la antigua anexa al monasterio de San Martín, en la plaza de ese mismo nombre. En aquel antiguo templo fueron primeramente enterrados, clandestinamente para que no fueran profanados por los franceses, Daoiz y Velarde, héroes del alzamiento del 2 de mayo de 1808.

A continuación de la iglesia estuvieron los Cines Luna, un desatino de edificio abierto en 1980, que fue emblemático templo del cine en versión original y precursor en eso de las salas múltiples.


Iglesia de San Martín

Antiguos Cines Luna

Donde ahora se abre la plaza de María Soledad Torres Acosta había varias edificaciones, y entre ellas el palacio de los condes de Sastago, en el cual se fundó en 1782 el Banco de San Carlos, precursor del actual Banco de España. En ese mismo local se abrió en 1825 un teatrito pequeño, que en 1832 se le dio mayor amplitud para abrir otro teatro, el Buenavista, donde se reponían las obras clásicas estrenadas en el Teatro Español por compañías de tercera o cuarta categoría a precios muy reducidos. Luego estuvo uno de los cafés más famosos de Madrid, el de la Luna. Cercano estaba el bodegón del "Traganiños", punto de encuentro de maleantes, borrachos y rameras.

De la calle de la Luna, esquina a San Roque, desapareció en 1994, después de estar en activo casi 150 años, la fábrica de chocolates El Indio, uno de los últimos reductos del comercio tradicional en la zona. Era una tienda preciosa, con el interior prácticamente igual que en el momento de su fundación, que además de la elaboración de chocolates tenía a la venta otros productos de confitería, como caramelos o galletas. Fue fundada por don Cipriano de Diego, y después del paso de dos generaciones, las ultimas en estar al cargo fueron las hermanas Josefa y María Ruiz de Diego, que se empeñaron en mantenerla con la estética —ellas incluidas— de los primeros años. Tras ser minuciosamente desmotada, hoy se puede ver en el Museo Nacional de Antropología,


Chocolates el Indio

Chocolates el Indio

En la calle de la Luna, casi frente a la de Pizarro, se levanta el palacio de Talara, construido por Manuel Machuca a principios del XVIII, que a medio derruir pudo ser recuperado como edificio de apartamentos. Y un poco más abajo, entre las calles de Andrés Borrego y de la Cruz Verde, la antigua casa palacio del marqués del Llano, en donde vivieron los infantes doña Carlota y su esposo don Francisco de Paula, éste hermano de Fernando VII; y aquella, hembra de "armas tomar", que al enterarse en que estando su cuñado enfermo en La Granja, el ministro Carlomarde pretendía que firmara "de matute" la Ley Sálica, que excluía a las mujeres de la sucesión en la Corona, marchó a La Granja y llegó a tiempo para, ante el lecho de su real cuñado enfermo, sacudirle un par de bofetadas a Carlomarde y rasgar el decreto que acababa de firmar el monarca, y permitir así que su sobrina Isabel heredara el trono. "¡Manos blancas no ofenden!" fue el comentario galante del ministro. "¡Pero hacen daño y rectifican insensateces!" se dice fue la respuesta de la infanta.


Paralizada la demolición del palacio de Talara

Palacios del marqués de Llano y de Talara

En esta calle abundan en la actualidad las tiendas dedicadas a cómics, miniaturas y juegos de rol y de mesa, y permanecen antiguos comercios como la farmacia Cardona, en el número 6, frente a la plaza ya citada de María Soledad Torres Acosta; la filatelia Díaz Moreno, en el nº 10, o la jamonería Garcisán, en el 18. También hay una comisaría de policía bien visible entrando desde San Bernardo, que antes estuvo donde los Cines Luna.


Antigua planchadora

Y desaparecieron, además de lo ya citado y entre otros, la panadería M. Fernández, en el 3, ahora en manos de los chinos como otros muchos locales de la zona; una vieja librería de lance, en el 5; una tienda de maderas, en el 19, y, en los bajos de ese mismo edificio, una antigua planchadora, trabajo insoportable en verano y agotador, sobre todo en tiempos antiguos, con aquellos tejidos que tanto se arrugaban. Las antiguas planchas se calentaban poniéndolas encima de los fogones (mientras se planchaba con una, otra se calentaba), y las había también con un deposito para llenar con brasa de carbón. Todas eran de hierro, y se usaban trapos rodeando el asa para no quemarse. Luego llegaron las eléctricas... También se encargaban esta sufridas trabajadoras de almidonado en no pocas prendas, para darles mayor realce, como alguna ropa femenina y cuellos de camisas.
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CALLE DE LA ESTRELLA

Empieza en la calle de Silva y termina en la de San Bernardo. Dice la tradición que en este lugar había una elevada colina, que terminaba en alto pico, al que subieron a mediados del siglo XV los astrónomos para observar el gran cometa que apareció por aquellos años, y al que se le consideró precursor de una gran epidemia de peste que diezmó a la población en 1445. Como la visión del cometa duró un tiempo y eran muchos los curiosos que continuamente subían a verlo desde allí, quedó para la tal elevación el nombre popular de monte de la Estrella.


Plano de la calle de la Estrella

Aplanado el terreno para por allí edificar, una de las primeras casas fue la de Ambrosio de Spínola (el famoso general español de la rendición de Breda, inmortalizado por Velázquez), que luego pasó a su yerno, el marqués de Leganés, Diego Mexía Felípez de Guzmán y Dávila, influyente personaje en la corte de Felipe IV y primo del conde duque de Olivares. Tenía la casa una torre acabada en una gran estrella dorada, que se puso según dice la tradición en recuerdo del nombre antiguo de aquellos terrenos.

Esta casa-palacio, ampliada por sus sucesores, y cuyos terrenos anejos llegaron a ocupar una gran manzana comprendida entre las actuales calles de la Estrella, Libreros, Flor Alta y San Bernardo, fue quemada durante la Guerra de Sucesión, a la muerte de Carlos II, por los partidarios de Felipe de Anjou, vencedor en la contienda (con él se instauró la Casa de Borbón en España), ya que el entonces III marqués de Leganés, Diego Mexía de Guzmán, fue uno de los principales defensores de la candidatura del archiduque Carlos, y de resultas de ello también fue encarcelado en Pamplona y llevado después a Francia, donde murió en prisión y sin sucesión directa en 1711. Luego, en parte del solar, Don Ventura Osorio de Moscoso y Fernández de Córdoba, XI conde de Altamira y VI marqués de Leganés, encargó en 1772 a Ventura Rodríguez la realización del llamado palacio de Altamira, que permanece, en la calle de la Flor Alta.


Ambrosio de Spínola y el marqués de Leganés

En la esquina de la calle de la Estrella con la de San Bernardo, con entrada por ésta, estuvo uno de los palacios del duque de Lerma. Allí vivió don Rodrigo de Calderón, marqués de Siete Iglesias y ministro en el gobierno del duque de Lerma, valido de Felipe III. Y de allí salió para ser ejecutado en la Plaza Mayor el 21 de octubre de 1621. Caído en desgracia junto al de Lerma, fue acusado de gravísimos casos de corrupción, incluso de envenenar a la reina Margarita, muerta en circunstancias muy extrañas. Cuentan que don Rodrigo subió al cadalso para ser decapitado con impresionante entereza, mientras la concurrencia se manifestaba con rumores y, sobre todo, con admiración. Esta arrogante actitud y compostura dio origen al dicho "tener más orgullo que don Rodrigo en la horca". El palacio fue residencia de los duques de la Conquista a principios del siglo XX. Y en los años 50, los bajos estaban ocupados por comercios, entre ellos Ayala y Vivanco, un almacén de curtidos y calzados de lujo, y en las plantas superiores había un Centro de Estudios de la Delegación Provincial de Excautivos de FET y de las JONS.


Residencia de don Rodrigo de Calderón

Es curiosa la permanencia aún —no sabemos por cuánto tiempo— de una casa baja en la otra esquina con San Bernardo, que ha sido ocupada por diversos tipos de locales comerciales a lo largo de los años.

Como en otras calles aledañas, se abren varios comercios de comic. Parece que hayan tomado el sector como centro de esta especialidad.


Calle de la Estrella

Hay muchos locales con el cierre echado, como una vieja librería, en el número 6, abierta sin duda antaño al amparo de sus compañeras de la cercana calle de libreros, o las Gráficas Muybe, en el número 14. Otros muchos locales están en manos de los chinos, y permanece en manos autóctonas la cafetería Primi, en el 3.
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CALLE DEL MARQUÉS DE LEGANÉS

Va de la calle de Libreros a la de San Bernardo. Su nombre antiguo era calle de la Cueva, que según una antigua leyenda hacía alusión a una mina que por estos parajes había debajo del jardín de una finca de don Alonso Peralta, contador de Felipe II, en la cual una noche empezaron a oírse lúgubres alaridos que se supuso serían de alguna ánima en pena, y por la que se celebraron misas en el entonces cercano y ya desaparecido monasterio de Santa Ana (en la calle de San Bernardo, esquina a Travesía de la Parada), construido a expensas de don Alonso. Poco después, los criados aseguraron haber visto el espectro del comendador de la Orden de Alcántara, don Gonzalo Pico, que también vivía por los alrededores, y a quien dos encapuchados habían asesinado, decían que confabulados con su esposa doña Munia.


Plano de la calle del Marqués de Leganés

El caso es que —continua la leyenda— doña Munia murió al poco tiempo, y también se apareció para comunicar que su hija estaba encerrada en la cueva, adonde su tío materno la había llevado en busca de un tesoro que escondió su padre. Entonces vino la gente a creer que habían sido los hermanos de la pérfida esposa los que habían matado al comendador e intentado sonsacar a la inocente niña el paradero del tesoro. Y todos conjeturaron que, al intentar descender a la cueva, la niña quedó sepultada al haber un hundimiento, mientras los dos canallas huían, callando su delito.

Reconocido posteriormente el subterráneo, se halló el cadáver de la niña roído por las ratas, que fue llevado a enterrar junto a los restos de su padre.

Luego por aquí construyó su casa- palacio Ambrosio de Spínola (el de la rendición de Breda), que pasó después a su yerno, el marqués de Leganés, don Diego Mexía Felípez de Guzmán y Dávila (1590-1655), influyente militar y político en la corte de Felipe IV. Llegó a ser general de los ejércitos en Flandes, Portugal, Alemania y Cataluña; Gobernador de Milán y presidente del Consejo de Flandes, entre otros cargos. Su fama y fortuna se multiplicaron con su casamiento con Polixena Spínola y cuando su primo, el conde duque de Olivares, alcanzó la privanza de Felipe IV. Este auge social le permitió la compra de los derechos señoriales de la entonces aldea de Leganés (que desde ese momento pasó a ser villa), allá por 1626, por unos 20.000 ducados —una verdadera fortuna entonces— y convertirse así en señor de vasallos, requisito imprescindible para poder gozar de un título nobiliario. En estas, al año siguiente, el rey Felipe IV le otorgó el título de Marqués de Leganés, título con el que alcanzaría la Grandeza de España en 1641.


El Marqués de Leganés

El marqués de Leganés fue además conocido por ser uno de los mayores coleccionistas de arte de su tiempo, con un total de mil trescientas treinta y tres obras de los mejores pintores de su tiempo: Rubens, Van Dyck, Veronés, Tiziano, Velázquez, Ribera, Sánchez Coello, Pantoja de la Cruz o El Greco, entre otros muchos. Esta colección permaneció prácticamente indivisa durante los siglos XVII y XVIII, pasando de manos del tercer marqués de Leganés, muerto en 1711 sin descendencia, a los condes de Altamira, en cuya posesión se mantuvo hasta que fue subastada públicamente en 1833 por ruina económica de esta casa.


Inmaculada de Rubens

De esta forma se produjo la dispersión absoluta de la colección ante la indiferencia de un estado español que entonces no alcanzó a comprender el expolio cultural que se estaba produciendo. Hoy sus cuadros identificados (ni de lejos lo están todos) aparecen diseminados por todo el mundo en los más importantes museos y en las mejores colecciones privadas de arte (Prado, Rubenshuis, Palacio de Viana, National Galery of Washington, Cerralbo, Castres, Museum of Fine Arts, Kaiser Friedrich, Royaux des Beaux-Arts de Belgique, Graphische Sammlung Albertina, Paul Getty, Várez-Fisa, Naseiro, marqueses de Ayamonte, Banco Central…)


Calle del Marqués de Leganés

Escaso interés comercial tiene la calle del Marqués de Leganés, que se mantiene casi desierta; sólo destacar un local de Top Less, en el número 10, viejo reducto de los muchos que en tiempos se abrieron al amparo de las primeras leyes aperturistas, y una antigua mercería-lencería, Pérez, en el nº 16.
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CALLE DE LA FLOR ALTA

Va desde la calle de Libreros a la de San Bernardo. Su nombre se debe a que fue abierta en terrenos de la hermosa quinta del caballero García Barrionuevo de Peralta, cuya casa principal se ubicaba donde la actual plaza de los Mostenses. El jardín, llamado de las flores altas, en la parte más elevada, llegaba hasta donde se abrió posteriormente esta calle.


Plano de la calle de la Flor Alta

La primera casa en construirse fue la del cardenal don Antonio Zapata de Cisneros, quien a su muerte la dejó a los dominicos del convento del Rosario, que se hallaba muy cerca, dando a la calle de San Bernardo. Allí se veneraba la magnífica imagen del Cristo del Perdón, de Manuel Pereira. Después de la desamortización de Mendizábal en 1836, el convento pasó a ser sucesivamente cuartel de Alabarderos, colegio particular y sede del Teatro del Recreo, especializado en el llamado "género chico" en sus famosas representaciones —a real la función— de obras cortas de duración aproximada de una hora. Pero todo esto estaba por donde hoy se abre la Gran Vía, cuya construcción afectó de forma dramática a la calle de la Flor Alta, separada hoy de su continuación natural, la de la Flor Baja.


Convento del Rosario y Teatro del Recreo

Por allí también se hallaba la casa en que vivió el torero Costillares, y, junto al convento del Rosario, el palacio ducal de Pastrana, que heredaron los jesuitas y donde tenían su Casa Profesa y edificaron la iglesia de San Francisco de Borja. La Compañía de Jesús paralizó la construcción de la Gran Vía, entablando proceso judicial para que se desviara del itinerario proyectado y así pudieran evitar el derribo. Todo acabó cuando el 1 de mayo de 1931, un grupo de personas prendió fuego al conjunto. Esto, sumado a la disolución de la Orden a comienzos del siguiente año por el gobierno de la República, hizo que se archivara el caso y continuasen las obras.


Incendio de San Francisco de Borja

En ese solar de los jesuitas hubo antes un convento de religiosas capuchinas que más tarde pasaría a ser de dominicos, y tras la exclaustración, un teatro-concierto y el popular barracón de proyecciones cinematográficas Flor.

Pero en la calle de la Flor Alta se encuentra un edificio notabilísimo, la única parte construida del palacio de Altamira, palacio que para toda la manzana encargo en 1772 el XI conde de Altamira, Don Ventura Osorio de Moscoso y Fernández de Córdoba, al arquitecto Ventura Rodríguez: un proyecto gigantesco que habría de ser construido en el solar del antiguo palacio del marqués de Leganés. De haberse realizado en su totalidad, hubiese dotado a Madrid de uno de sus monumentos civiles más espectaculares. Pero las obras solo se llevaron a cabo entre 1773 y 1775, construyéndose sólo el soberbio fragmento que ocupa casi toda la acera derecha de Flor Alta.

El edificio ha tenido usos variopintos: salón de baile popular, discoteca en los sótanos por los años setenta del pasado siglo, aparcamiento y diversas dependencias educativas. Aquí estuvo instalado durante la II Republica el Instituto de Enseñanza Media Quevedo y luego la Escuela de Peritos Industriales y otra de Maestría Industrial de Delineantes. Desde 2005, después de años de triste abandono, alberga por cesión concedida por el Ayuntamiento, y completamente restaurado por el arquitecto Gabriel Allende, al Instituto Europeo di Desing (IED), red internacional educativa con Escuelas de Diseño, Moda, Artes Visuales y Comunicación.


Palacio de Altamira

Frente a este palacio estuvo un caserón en el que se fundó en 1887 el Centro Instructivo Obrero. Posteriormente tuvo diversas aplicaciones, entre ellas la de haber sido un salón de baile muy popular

Hoy, toda la acera de la izquierda corresponde a traseras descuidadas y bastante feas de edificios de la Gran Vía.
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CALLE DE LIBREROS

Va desde la Gran Vía a la calle de la Estrella, y es la antigua calle de Ceres, que sufrió modificaciones al abrirse la ancha avenida, pues antes arrancaba desde la calle de San Bernardo. Según nos ilustra Pedro de Répide en su recurrido libro Las calles de Madrid, mejor que dedicar la calle a Ceres, diosa de la Agricultura, nombre que recibió en 1893, hubiera sido mejor hacerlo a Venus, cuyo culto era tan frecuente en los sórdidos y abundantes lupanares que por aquí se abrían.


Plano de la calle de Libreros

Pero antes, esta calle recibía el nombre de la Justa, por una mujer que según tradición allí vivía y fue de las primeras en establecerse. En esta calle de la Justa, frente a la de la Flor Alta, residió con su padre —el compositor Espín y Guillén, casado con una sobrina de Isabel Colbrand, la esposa de Rosini— Julia Espín, diva célebre que brillo en los principales teatros de Europa y para la cual escribió Mazzini su ópera Duranda. De Julia se enamoró Gustavo Adolfo Bécquer y le inspiró algunas de sus Rimas.

El nombre actual, puesto en 1948, fue iniciativa de Pío Baroja, ya que en ella se habían instalado más de una docena —ahora apenas quedan— de librerías de lance o de segunda mano especializadas en libros de ocasión y de texto, vinculadas algunas de ellas a la animada vida estudiantil de los años veinte del pasado siglo, por su proximidad a la Universidad, establecida entonces en la cercana calle de San Bernardo.


Calle de Libreros

La primera fue Doña Pepita. Su propietaria, Josefa Borrás Ballester, había nacido en un pueblo valenciano y en Madrid se dedicó a un negocio entonces inédito: la venta de libros de texto de segunda mano. Abrió la librería primero en la calle de Jacometrezo, pero las obras de la Gran Vía le obligaron a buscar nuevo local en la entonces calle de Ceres (parece ser que una de la primeras algarabías en la recién estrenada arteria se produjo como protesta por no haber la Administración indemnizado a doña Pepita por el antiguo local). Era una mujer muy popular, con una formación poco común entre las mujeres de entonces, puesto que era maestra, radiotelegrafista y profesora de sordomudos, además de tener una profunda memoria para recordar el nombre de los textos y autores que impartían los distintos catedráticos de cualquier Instituto o Universidad española. Prestaba incluso algún dinerillo a los estudiantes que consideraba fiables para que salieran de ciertos apurillo. Murió en 1923 y su semilla hizo crecer nuevas librerías, algunas fundadas por los dependientes y dependientas que ella había tenido. Así nacieron La Casa de la Troya, en el mismo local que tuvo Doña Pepita, Antonio Guzmán, Barbazán, Enrique, La Fortuna, Felipa, Madrid, Salamanca, Alcalá, La Merced... En el comienzo antiguo de la calle, esquina a San Bernardo estuvo una popular librería, hoy desaparecida, la de Melchor García, figura muy popular y estimada en el mundo librero y editorial.


Librería de Doña Pepita

Era común hasta hace muy poco ver a estudiantes acercarse hasta estos500tablecimientos a principios y a finales de Curso. Allí compraban libros usados y vendían los propios a unos libreros que los trataban mitad con usura, mitad con cariñoso paternalismo. Y además se les podía regatear el precio. Pero "sabían latín", y en ese negocio de comprar barato y vender más caro ninguno se dejaba engañar.


Librería La Casa de la Troya

Resultaba un negocio tan floreciente, que era también normal ver colas de gente esperando en sus puertas. Incluso a la sombra de estas librerías, podíamos ver a jóvenes con sus mochilas al hombro ofreciendo a buen precio sus gastados libros y sacar con ello cuatro perras para subsanar sus depauperadas economías.

Pero hoy en día todo esto ha cambiado. Los tiempos que corren son otros, y la consecuencia ha sido desastrosa para este gremio. Apenas cuatro o cinco librerías quedan abiertas al público subsistiendo como buenamente pueden. El descenso de clientes ha sido considerable por culpa de Internet y de las fotocopias, y temen que también tengan que cerrar. De ser así, el nombre de la calle perdería su significado y se acabaría con una larga tradición puesta en marcha por doña Pepita en el siglo XIX.


La Felipa y Doña Pepita

Y aunque la decadencia de estas librerías ya empezó antes, cuando en 1999 cerró otra de las históricas, la famosa y entrañable Felipa, que vendió y recompró libros de texto a muchas generaciones de estudiantes, sí podemos decir que el declive de la calle se hizo evidente. Hoy, un nieto de aquella librera, Juan José, como ella auténtico amante de los libros y de la literatura, regenta la librería Felipa, ya no en la calle Libreros, sino en la del Pilar de Zaragoza, por detrás de Diego de León.
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CALLE DE SILVA

Desde la plaza de Santo Domingo, a la calle de la Luna, ni siquiera la construcción de la Gran Vía alteró su antiguo recorrido. El nombre de la calle procede del apellido de dos hermanos y nobles caballeros que en ella vivieron en tiempos de Felipe III, don García, destacado diplomático, y don Juan, personaje de gran piedad a quien se debe el encargo al escultor Manuel Pereira de su extraordinario Cristo del Perdón para el convento de dominicos del Rosario. Se hallaba éste en la esquina de la calle de la Flor Baja con la de San Bernardo, en terrenos ocupados hoy por la Gran Vía. La figura de Cristo se representaba arrodillada, puesta sobre un globo terráqueo la pierna izquierda, desnudo el cuerpo, con el rostro muy lastimoso y la manos abiertas mostrando la llagas. Se decía que producía una gran emoción. Cuando el convento desapareció en tiempos de la Desamortización, la imagen fue trasladada a una nueva casa de los dominicos en la calle del Conde de Peñalver y se perdió en un incendio en 1936.


Plano de la calle de Silva

En 1564, Sebastián de Villoslada, entonces abad del ya desaparecido monasterio de San Martín (en la plaza de San Martín, junto a las Descalzas), fundó en la calle de Silva un hospital para pobres, con la advocación de Nuestra Señora de la Concepción y Buena Dicha, en el que estaban siempre dispuestas doce camas. Para el mejor servicio de la institución se creó una Hermandad de Misericordia de doce sacerdotes —¡uno para cada enfermo!— y sesenta y dos seglares, que tenían allí su iglesia y su cementerio, en el que fueron enterrados muchos de los patriotas muertos en la jornada heroica del 2 de mayo de 1808, y entre ellos Clara del Rey y Manuela Malasaña.

Los enterradores de este cementerio vivían en unas casas en la travesía de Trujillos (junto a la ya citada plaza de San Martín), que entonces era denominada calle del Ataúd porque en los corralones de tales viviendas se conservaba un único ataúd, de quita y pon, para el sepelio de los enterrados de limosna.


Calle de Silva

A finales del siglo XIX, tanto el cementerio como el hospital y su iglesia fueron derribados. En su lugar el arquitecto Francisco García Nava, con el patronazgo de los marqueses de Hinojales, construyó entre 1916 y 1917 la actual Iglesia de la Buena Dicha, regida por padres mercedarios, y que ocupa el actual número 25 de la calle de Silva.

El exterior destaca por la mezcla de estilos: gótico, mudéjar e incluso nazarí, todo ello imbuido de un espíritu modernista. En el interior, con planta de cruz latina, crucero y capillas laterales, la pequeña nave central, en dos tramos, se cubre con bóveda neomudéjar de nervios. En el retablo mayor, en madera sin policromar, se venera la imagen de Nuestra Señora de la Buena Dicha, copia moderna de la destruida en la Guerra Civil. De especial interés es la gran vidriera a los pies, con la Virgen de la Merced, que da luz al conjunto. Con entrada independiente por una de las torres que flanquean la fachada, se encuentra la capilla de la Virgen de la Misericordia, con un grupo escultórico de la primera mitad del siglo XVII. Otra pequeña fachada en la parte trasera, apenas perceptible en la calle Libreros, está compuesta por tres arcos entrelazados y un mirador superior.


Calle de Silva

Interior de la Buena Dicha

La parte final de la calle de Silva perdió sus edificaciones en su lado derecho por la apertura en 1970 de la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, que popularmente recibe el nombre de plaza de la Luna. Y son las del lado izquierdo quienes flanquean de prestado el lateral oeste de la plaza.

Al principio de la calle, junto a la plaza de Santo Domingo, se conserva la bella fachada en madera, con paneles pintados, de la antigua papelería Romero, pero hoy dedicado el local a otros menesteres.


Antigua Papelería Romero

Abundan los locales nocturnos, como el Larios, mítico bar de copas con sabor cubano, en el nº 4; el Paradise Karaoke, en el 6; el puticlub Chelsea, el más antiguo y mejor cabaret de Madrid, con espectáculo, striptease y chicas de alterne de altísimo nivel, igualmente en el 6; Le Papillón, otro puticlub con striptease, en el 13, pasada la Gran Vía. Y también varias cafeterías, restaurantes o tabernas.


Locales desaparecidos

En una de las esquinas con la Gran Vía, en el primer tramo de la calle, se encuentra el edificio que Luis Gutiérrez Soto levantó inspirándose en la Casita del Príncipe de Aranjuez. Albergó en los bajos el cine Rex y el lujoso comercio de Modas Gonzalo, todo ya desaparecido.
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CALLE DE TUDESCOS

Desde la Gran Vía a la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, vio alterado su antiguo recorrido primero con la construcción de la ancha avenida, pues antes arrancaba desde la Plaza de Santo Domingo, y en 1970 con los derribos para abrir la citada plaza dedicada a la santa madrileña.


Plano de la calle de Tudescos

No está clara la causa del nombre de Tudescos a esta calle; algunos autores afirman —tal vez equivocadamente— que se debe a que el colegio de San Jorge o Seminario de Ingleses se abrió en ella, precisamente en la parte desaparecida más allá de la Gran Vía, en una casa esquina a Jacometrezo. Fue fundada esta institución en 1611 por Cesar Bogacio, comerciante italiano afincado en la corte, para que aquí trajesen y educasen en el dogma católico a los jóvenes ingleses que optasen por esa creencia. Se encargaron de regentar las clases religiosos jesuitas que vinieron desde Saint-Omer, en Flandes, por lo que las gentes les apodaron los Tudescos.

Pues bien, parece ser, que tal colegio estuvo realmente en la calle del Príncipe, donde ahora se levanta la iglesia de San Ignacio de Loyola, y allí fue donde Lope de Vega, en la tarde del 25 de agosto de 1635, asistiendo a un acto académico se sintió indispuesto y, trasladado a su casa, murió tres días después.


Calle de Tudescos

Y es así, que últimamente se ha venido conjeturando que el nombre de la calle se deba a que gentes procedentes de la Sajonia inferior (Alemania) —tudescos—, al llegar a Madrid durante el reinado de los Habsburgo, se afincaran en ella.

Sea lo que fuere, lo que sí es cierto es que la calle fue siempre famosa en los anales de la picaresca madrileña por sus tabernas, sus casas de huéspedes y de otras no menos hospitalarias para el amor furtivo.


Lupanar

En el siglo XVI Madrid ya era esa ciudad tabernaria que todos conocemos, como bien da fe la sabiduría popular del momento:


En Madrid, ciudad bravía
que, entre antiguas y modernas
tiene trescientas tabernas
y una sola librería



En una de ellas en la calle de Tudescos servía Ana de Villafranca, la que fue amante de Miguel de Cervantes y madre de su única hija, Isabel. También en otro bodegón de esta calle, el conocido como del Traganiños —nos podemos imaginar su cara—, punto de encuentro de maleantes, borrachos y rameras, había en la trastienda una “escuela de carteristas” y era el lugar donde se reunía la banda de Luis Candelas, que con la discreción debida, disfrutaban de buen vino, buenas cantaoras, buena compañía femenina y escondite en caso de apuro.


Taberna del Traganiños

El mismo Luis Candelas, el llamado "bandido generoso", tuvo su seguro refugio en una casa de la calle de Tudescos, en el número 5, pero con su otra personalidad o doble vida de indiano adinerado y respetado de día, cuyo falso nombre era el de Luis álvarez de Cobos, hacendista en el Perú, como rezaba en sus tarjetas de visita, Allí era atendido por un criado de toda su confianza, Román, y allí disponía de todo lo necesario para transformarse, maquillarse, cambiar de ropa y de cara, porque Candelas era un experto en el transformismo. Cuando de noche, salía a hurtadillas por la puerta trasera, se convertía en truhán y rey de los bajos fondos.


Luis Candelas

Aparte de su pasado prostibulario, también ha sido la calle de Tudescos escenario de truculentos crímenes:

En 1907, el 13 de julio, una mujer, Vicenta Verdier, de 35 años, apareció degollada en el modesto cuarto que habitaba en la calle de Tudescos, cuyo alquiler pagaba el hombre con el que vivió durante doce años y al que conoció cuando llegó a servir a Madrid desde un pueblo de Zaragoza. Según contaron los periódicos, este hombre desde el momento que heredó de un familiar y se casa con una joven de la buena sociedad madrileña, medio abandonó a Vicenta dejándola sin recursos, situación que ella intentó paliar recibiendo algunas noches a un hombre que resultó ser un caballero respetable y casado.

Aquella tarde de Julio Vicenta se asomó al balcón de su cuarto y empezó a dar gritos de auxilio. Acudió la gente y forzaron la puerta. El cuadro era dantesco. Vicenta estaba degollada junto a la cama en medio de un charco de sangre. En la cocina, un barreño con agua rojiza indicaba que el asesino se había lavado las manos. Pero no se pudo rastrear quién fue. Una ventana que daba al tejado no era camino para la fuga; habría sido necesario saltar sobre la calle para ganar el tejado de enfrente. La perrita que acompañaba a la víctima no ladró, lo que hizo suponer que el criminal le era familiar. La portera, muy dicharachera según el vecindario, apenas quiso hablar y el respetable caballero que ocasionalmente recibía los favores de Vicenta fue dejado en paz tras ser interrogado y por no comprometer su reputación. Se escribió mucho sobre este crimen, pero la policía nunca consiguió el menor dato, indicio, confidencia o referencia que le permitiese establecer una pista. Fue uno de los pocos asesinatos cometidos en Madrid que ha quedado impune.


Vicenta Verdier

Otro famoso crimen en la calle de Tudescos fue el cometido allá por 1910 por el niño de nueve años Manuel Rodríguez, que después de unas horas de interrogatorio confesó ser el autor del asesinato de su hermanastra Natividad Losada. Pretendía llevarla en brazos al cercano cinematógrafo de la calle de la Flor, pero, ya en la calle., cono no cesaba de llorar, la golpeó en la cabeza con una piedra. Después se dirigió al Puente de Segovia y desde el pretil, arrojó el tierno cuerpecito al Manzanares donde fue encontrado al día siguiente. El precoz criminal declaró que estaba harto de cuidar a una niña que su madre había tenido con un hombre que era el amante, no su padre.



Al construirse la Gran Vía, el arquitecto Manuel Muñoz Casayús, proyectó en 1931 un moderno edificio en la esquina con la calle de Tudescos para el Hotel Nueva York; en cuyos bajos nacería un año después, el Cine Actualidades, con un aforo de 308 localidades en su único patio de butacas, y en sesión continua desde las 11 de la mañana hasta la 1,30 de la madrugada. En 1944 se reformó y pasó a formar parte de las salas de estreno, y a comienzos de los 60 del pasado siglo el edificio fue vendido a una empresa bancaria que lo demolió, construyendo en su solar una nueva edificación llevada a cabo por el arquitecto José Manuel Fernández Plaza, que han hecho bien en derribar para edificar de nuevo uno de Rafael de la Hoz.


El Cine Actualidades

En la otra esquina de la Gran Vía se alza la gran mole del Palacio de la Prensa, cuya fachada lateral domina casi en su totalidad la hoy reducida calle de Tudescos. Fue construido en ladrillo visto muy cocido por Pedro Muguruza Otaño, para sede social de la Asociación de la Prensa de Madrid, y diseñado como un edificio multifuncional de tipo norteamericano, ya que además de la sede administrativa de la Asociación, albergaba un café concierto, viviendas de alquiler y oficinas, y el cine, que ha sufrido varias reformas. Allí estuvo también la mítica discoteca J J.


El Palacio de la Prensa

Semi esquina a la calle de Miguel Moya desapareció el Horno de Tudescos una apreciada pastelería y repostería.

Donde ahora se abre la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta había un palacio, el de Sastago, con fachada principal a la calle de la Luna y laterales por las de Tudescos y Silva. En él se fundó en 1782 el Banco de San Carlos, precursor del actual Banco de España. En ese mismo local se abrió en 1825 un teatrito pequeño, que en 1832 se le dio mayor amplitud para abrir otro teatro, el Buenavista, donde se reponían las obras clásicas estrenadas en el Teatro Español por compañías de tercera o cuarta categoría a precios muy reducidos. Luego estuvo uno de los cafés más famosos de Madrid, el de la Luna.
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PLAZA DE SANTA MARÍA SOLEDAD TORRES ACOSTA

La plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, más conocida como plaza de la Luna es muy peculiar, pues no tiene edificaciones, salvo en su frente sur. Las que aparentemente así parecen, pertenecen a las calles que la rodean. Se formo en 1979 por derribos de todo un conjunto de casas entre las calles de la Luna, Silva, Tudescos y Concepción Arenal.


Plano de la calle de Santa María Soledad Torres Acosta

Con fachada principal a la calle de la Luna y lateral por Tudescos, en terrenos de la actual plaza, se encontraba el enorme palacio que edificara don Francisco de Tejada y Mendoza, oidor del Consejo Real de Indias y Caballero de la Orden de Santiago. Tenía una característica torre rematada por un chapitel austríaco. Luego fue heredado por los condes de Sastago y finalmente por el marqués de Monistrol. En él se fundó el Banco de San Carlos en 1782, precursor del actual Banco de España. En ese mismo local se abrió en 1825 un teatrito pequeño, que en 1832 se le dio mayor amplitud para abrir otro teatro, el Buenavista, donde se reponían las obras clásicas estrenadas en el Teatro Español por compañías de tercera o cuarta categoría a precios muy reducidos. Luego estuvo uno de los cafés más famosos de Madrid, el de la Luna. También estuvo allí una conocida sede del sindicato anarquista CNT durante la Guerra Civil.


Palacio de Sastago

Santa María Soledad Torres Acosta fue la fundadora de las hermanas Siervas de María, Ministras de los Enfermos, cuya casa madre se encuentra en la plaza de Chamberí. Nació en 1826 en Madrid, en la calle de la Flor Baja, y murió en 1887. Fue beatificada por Pío XII en1950 y Pablo VI la proclamó santa el 25 de Enero de 1970.

La novedad de esta comunidad de religiosas es que asisten a domicilio y totalmente gratis a los enfermos que lo solicitan. Son las monjas de la noche, que cuando la tarde declina y falta poco menos de una hora para que comience el crepúsculo, salen del convento y se desparraman hacia los distintos lugares de la villa. Toda la noche la pasarán aliviando a los que la enfermedad tiene postrados en un lecho, sobre todo a los que no tienen una mano que les atienda.


Santa María Soledad Torres Acosta

Pretendió la plaza en su día ser feliz usurpadora de trozos negros de la calle de la Luna y aledaños, refugio del puterío, de borrachos y maleantes, pero desde el principio llevó tatuada a fuego la leyenda negra de ser como un patio trasero y conflictivo de la Gran Vía.

Algo se ha pretendido mejorar con las sucesivas reformas; la última con demasiado cemento (como ya viene siendo habitual en Madrid), acusado y peligroso desnivel, un raquítico lugar para el juego infantil y un jardín vertical que adorna una medianería junto a la calle de Concepción Arenal. En fin, un horno de piedra poco apetecible para las relaciones humanas más allá de las ferias y mercadillos que cada dos por tres la ocupan. Y un simple intento de esconder la basura debajo de la alfombra, pues la marginalidad sigue y poco se ha hecho, pese a las protestas de los vecinos, por erradicar el abundante mercadeo del amor errante y de la droga.


Plaza de la Luna

El fondo sur de la alargada plaza lo constituye un gran edificio comercial y moderno de nulo interés se mire por donde se mire, cuyos locales comerciales en un amplio corredor porticado esta tomado por los chinos. El norte, en cambio, prestado por la calle de la Luna, presenta, junto al arranque de la calle del Desengaño, la tradicional estampa de la Iglesia de San Martín, barroca, de la segunda mitad del siglo XVII, con portada atribuida a Churriguera, hoy restaurada y abierta como Templo Eucarístico para la exposición y adoración permanente del Santísimo Sacramento. Es la antigua de Portacoeli (orden de clérigos menores ya desaparecida); luego parroquia de San Martín, que acogió esta titularidad tras ser derribada en 1810, en tiempos de José Bonaparte, la antigua anexa al monasterio de San Martín, en la plaza de ese mismo nombre. Esta iglesia esconde alguna historia curiosa: en ella hay casi olvidado un reloj de sol en la esquina que comparte con la calle Desengaño, y nada más entrar, a mano izquierda, en un pequeño ataúd descansan los restos de Alexia González Barros, la niña nacida en Madrid en 1971 que inspiró la premiada película Camino de Javier Fesser. Murió a los catorce años a causa de un tumor en la columna vertebral y está en proceso de beatificación.


Iglesia de San Martín

De historia más reciente son los cines Luna, hoy cerrados y con el edificio —un verdadero desatino urbanístico— muy deteriorado. Abrieron sus puertas en 1980 proyectando Sangre sabia y El cuchillo en la cabeza, títulos hoy casi tan olvidados como los tiempos en los que las salas eran lugar de peregrinación para los amantes de la versión original en Madrid. Fueron los precursores en eso de las salas múltiples.


Cines Luna

En ese mismo frente norte de la plaza, que se mantiene con su típica arquitectura madrileña, aún abre sus puertas la vieja farmacia Cardona, milagrosamente en pie entre la masacre de tatos locales tradicionales desaparecidos en el barrio. No ocurre lo mismo con la preciosa tienda de Chocolates El Indio, en la esquina con la calle de San Roque, que sucumbió en 1994 después de estar en activo casi 150 años. Tras ser minuciosamente desmotada, hoy se puede ver en el Museo Nacional de Antropología.
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CALLE DE MIGUEL MOYA

Cortísima calle que va desde la Gran Vía a la de Tudescos. Antiguamente era la calle de Hita, y antes de trazarse la ancha avenida empezaba en la de Jacometrezo. Su nombre antiguo se debe a que aquí tuvo una quinta Juan de Hita Buitrago, jefe de la Santa Hermandad de Madrid en tiempos de los Reyes Católicos.


Plano de la calle de Miguel Moya

Ahora está dedicada al gran periodista don Miguel Moya como no podía ser menos, ya que el lado izquierdo de la calle está constituido en su totalidad por un lateral del edificio del Palacio de la Prensa. Nació en Madrid en 1856 y tuvo notable influencia en la vida política española a través de los diarios El Liberal, El Imparcial y Heraldo de Madrid. Fue el fundador y primer presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid y gozó de gran prestigio profesional. También fue diputado republicano. Murió en San Sebastián en 1920.


Monumento a Miguel Moya en El Retiro

El Palacio de la Prensa fue construido en ladrillo visto muy cocido por Pedro Muguruza Otaño, para sede social de la Asociación de la Prensa de Madrid. La primera piedra fue colocada por el rey Alfonso XIII el día 11 de julio de 1925. Fue diseñado como un edificio multifuncional de tipo norteamericano, ya que además de la sede administrativa de la Asociación, albergaba un café concierto, viviendas de alquiler y oficinas, y el cine, que ha sufrido varias reformas. Allí estuvo también la mítica discoteca J J.


Calle de Miguel Moya

En la otra esquina con la gran Vía desapareció la cafetería Fuyma, con una decoración antigua que se mantuvo hasta los últimos días. Sí permanece el Bar la Prensa en el n´º4 entre los locales más veteranos. Otros están cerrados o en manos de los chinos.
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CALLE DE CONCEPCIÓN ARENAL

Pequeña calle que va desde la Gran Vía a la calle del Desengaño. Anteriormente era la de Horno de la Mata, que antes de ser trazada la Gran Vía unía la de Jacometrezo con la de la Luna.


Plano de la calle de Concepción Arenal

Aquel nombre, que ahora ha quedado sólo para la travesía que arranca en Concepción Arenal y desemboca en Mesonero Romanos, se debía a un antiguo horno de pan, dependiente del ya desaparecido monasterio de San Martín (en la plaza de San Martín, junto a las Descalzas), que llegó a tener gran fama porque abastecía a gran parte de la villa. Su dueño se llamaba Juan Mateo de la Mata.


Calle de Concepción Arenal

Era la calle antigua de pintoresco perfil: librerías de lance, figones, mancebías, prostitutas en las esquinas, bohemia... En el nº 7 estuvo instalada la Sociedad de Fomento de las Artes, en el 9 vivió la escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda y en el 19 tuvo en 1854 la primera redacción el popular semanario satírico El Padre Cobos, que se publicó durante el bienio progresista (1854-1856 y que era famoso por sus críticas punzantes y explícitas, muy atrevidas para su tiempo. Incluso ha quedado un dicho popular: "La indirectas del Padre Cobos". Se refiere evidentemente al semanario, y es una forma de manifestarse tajante y sin rodeos de algo que se supone debía expresarse con más tacto.


Semanario El Padre Cobos

Ahora la calle, con menor trazado, está dedicada a Concepción Arenal, la gran escritora y pensadora española nacida en El Ferrol en 1820. Su sentido romántico de la justicia la llevó a profundos estudios sobre la situación social de su tiempo y sobre el régimen penitencial español, del que logró una gran reforma de acuerdo con su frase, gravada en piedra a la entrada de las nuevas prisiones modelo: "Odia al delito y compadece al delincuente". Fue redactora del periódico progresista La Iberia, fundó el diario La Voz de la Caridad, y, entre sus obras más importantes, tuvieron fama El visitador del pobre, El visitador del preso, La mujer del porvenir o Cartas a un obrero.


Concepción Arenal

En 1970, cuando se hicieron los derribos para formar la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta (la popular plaza de la Luna), la calle de Concepción Arenal perdió en su final parte de las casas del lado izquierdo, y son las del derecho quienes flanquean de prestado el lateral oriental de la plaza. Allí se encontraba en tiempos la antigua y acreditadísima librería de Antonio Rico, que luego paso a ser de Fuentetaja, también desaparecida.

Si permanece Casa Reyna, en el nº 5, tienda de modelismo abierta desde 1930. La cervecería El águila, en el 3, que durante un tiempo —y fue la primera en Madrid— adaptó entre nosotros el sistema de los bares de San Sebastián y Bilbao, con autoservicio de pintxos directamente de las bandejas expuestas en el mostrador, y, eso sí, con control exhaustivo de las consumiciones por los palillos que había que dejar en un plato. Y también el bar Esteban, junto a la plaza de la Luna, que se mantiene como siempre, como si fuera un bar de pueblo. Luego, lo clásico: algunas pensiones, varios puticlubs... y busconas en las aceras.


Librería Fuentetaja

Casa Reyna

Pero lo que más destaca de la calle de Concepción Arenal, al entrar por la gran Vía, es el contraste entre la imagen moderna de la gran avenida que dejamos y la panorámica antigua, barroca y churrigueresca al fondo de la iglesia de San Martín, en la confluencia entre las calles de la Luna y del Desengaño. Es la antigua de Portacoeli (orden de clérigos menores ya desaparecida); luego parroquia de San Martín, que acogió esta titularidad tras ser derribada en 1810, en tiempos de José Bonaparte, la antigua anexa al monasterio de San Martín, en la plaza de ese mismo nombre. Hoy está abierta como Templo Eucarístico para la exposición y adoración permanente del Santísimo Sacramento.
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TRAVESÍA DE HORNO DE LA MATA

Entre las calles de Concepción Arenal y De Mesonero Romanos, se abre esta estrecha y pequeña travesía que toma el nombre de la antigua calle de Horno de la Mata, la actual de Concepción Arenal. Y ese nombre se debía a que por aquí hubo un horno de pan, dependiente del ya desaparecido monasterio de San Martín (en la plaza de San Martín, junto a las Descalzas), que llegó a tener gran fama porque abastecía a gran parte de la villa. Su dueño se llamaba Juan Mateo de la Mata.


Plano de la Travesía de Horno de la Mata

Pese a las reformas acometidas en toda la zona, aquí incluso con la desaparición del tráfico rodado, la peatonalización más bien parece que supone un peligro añadido a los viandantes, que se piensan mucho en atravesarla o no, y casi siempre optan por otro camino, pues ambiente tan solitario y la mala catadura de los que por allí andan recostados por las paredes o pululando alrededor de la putas callejeras no lo aconsejan, sobre todo a horas avanzadas.


Travesía de Horno de la Mata

Funcionan en la calle barios bares restaurantes y un complejo de apartamentos, que pese a su normal ajetreo, no consiguen espantar esa sensación de "cruzar el desierto" al que por allí deambula.
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CALLE DE MESONERO ROMANOS

Sube desde la calle del Carmen hasta la del Desengaño, después de cruzar la Gran Vía. Antes era la calle del Olivo, y en algún momento estuvo dividida en Alta y Baja. Este nombre antiguo se debía a que fue trazada sobre un olivar que pertenecía al ya desaparecido monasterio de San Martín (en la plaza de San Martín, junto a las Descalzas), y un olivo, como recuerdo de aquel, se conservó durante mucho tiempo en el centro de la calle.


Plano de la calle de Mesonero Romanos

Desde finales del siglo XIX lleva el nombre del escritor madrileño y Cronista Oficial de la Villa Ramón de Mesonero Romanos, que en esta calle nació en 1803.

Pocos autores han sabido captar en su obra la esencia del Madrid castizo como Mesonero Romanos. Sus textos son imprescindibles para conocer las calles, costumbres y gentes del Madrid decimonónico y romántico.

Inició sus primeros pasos en 1821 con la publicación de una serie de artículos titulados Mis ratos perdidos o ligero bosquejo de Madrid, en los que recoge los usos y costumbres de la capital durante los meses del año.

En 1836 empezó a editar su propio periódico, el Semanario Pintoresco Español, en el que firmaba sus escritos bajo el seudónimo de "El curioso parlante".


Mesonero Romanos

El obsesivo interés de Mesonero por su ciudad natal dio como consecuencia dos obras básicas para el conocimiento histórico y urbanístico de la capital: Manual de Madrid (1831), una guía sin igual de la que realizó cuatro ediciones, y El antiguo Madrid (1861), donde reconstruye el Madrid del S. XVII a partir del Plano Teixeira y la Planimetría de Carlos III.

Mesonero reflejó la moralidad matritense en otros dos libros publicados en la prensa, Panorama matritense (1835) y el más clarificador Escenas matritentes (1842).

En 1880 hizo una revisión de sus experiencias vividas al publicar Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid, obra a través de la cual recorre los cuadros que ha vivido durante el período de las monarquías de Fernando VII y de su hija Isabel II.


Calle de Mesonero Romanos

Como concejal del Ayuntamiento, sus preocupaciones urbanísticas provocaron algunas de las más importantes mejoras modernizadoras de la ciudad. Su Proyecto de mejoras generales, leído en la sesión de la Corporación municipal el día 23 de mayo de 1846, supuso una auténtica remodelación del Madrid de la época. Años más tarde redactó nuevas Ordenanzas municipales, que rigieron largo tiempo. Contribuyó a la fundación del Ateneo en 1835 y de la Caja de Ahorro en 1838. Ese mismo año fue nombrado Académico de la Lengua Española. Murió en Madrid en 1882.



El también imprescindible y Cronista de la Villa Pedro de Répide, nos dice en sus Calles de Madrid que en esta de Mesoneros Romanos había hasta cinco librerías de lance, y abundaban las casas de comida baratas y los hostales y pensiones de todo pelaje y condición. Y que aquí también estuvo la redacción de El Imparcial, diario matutino de ideología liberal fundado por Eduardo Gasset y Artime en 1867 y desaparecido en 1933. Fue el de mayor difusión e influencia durante la Regencia de María Cristina. Su suplemento literario, Los Lunes del Imparcial, fue el más importante en lengua española durante décadas, donde escribieron desde sus inicios los que poco más tarde serían bautizados como Generación del 98: Unamuno, Maeztu, Azorín, Baroja...


El Imparcial

Ahora, tan cercana a la Gran Vía y a las calles de Carmen y Preciados, goza y participa en el gran ambiente comercial de la zona con boutiques, tiendas de grandes marcas de ropa, hoteles, restaurantes y bares, algunos con concurridas terrazas, como la situada en el ensanche (casi plazoleta) con la calle de la Abada o la de la cafetería Villa Verín, en el tramo final, peatonalizado, cercano a la calle del Desengaño, principio de lo que pudiera venir a ser el "barrio chino" madrileño, y donde abre como aperitivo a la zona un Sex Shop y un puti-club.


Segundo tramo de la calle de Mesonero Romanos

También varios locales tradicionales: Casa de Diego, fábrica de paraguas, abanicos, bastones, sombrillas y mantones, en el número 4; Cafés Pozo, en el nº 10, que esparce en el ambiente el rico olor de su producto, y Menkes, tienda especializada en trajes y accesorios para flamenco, danza, teatro y disfraces. Y locales nocturnos como Torres Bermejas, en el 11, el mítico tablao flamenco donde se iniciaron entre otros Camarón o la Paquera de Jerez, O la no menos famosa discoteca Flamingo Club, en el 13, la que fuera una de las más emblemáticas de la Movida. Su amplia pista enmoquetada en rojo se siga llenando cada fin de semana sin perder un ápice del éxito que tuvo en los años 80, cuando por su escenario pasaban grupos como Nacha Pop, Radio Futura o Alaska y los Pegamoides.


Torres Bermejas y el Flamingo Club

Cafetería Zahara

Otros sucumbieron, acaparados sus locales por las tiendas de ropa, como una surtida juguetería en la esquina de los impares de la Gran Vía, o, enfrente, la clásica cafetería Zahara, desaparecida casi a traición en 1910 después de más de 50 años de existencia. Allí se desayunaban churros, se tomaba la cerveza con tapa del mediodía, un plato combinado para una comida rápida o un tranquilo café a media tarde. Algo que ya no podrá repetirse. Su fachada no daba idea del tamaño de su interior, donde siempre era posible encontrar mesa, dada su amplitud.
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CALLE DEL DESENGAÑO

En tiempos esta calle iba desde la de la Luna a la de Fuencarral, pero la construcción de la Telefónica taponó su final y ahora sólo llega a la de Valverde. Ya tenía este nombre a mediados del siglo XVII, y le viene de una espeluznante leyenda en la que sufrió en su orgullo donjuanesco el famoso Jacobo de Gratis (el "Caballero de Gracia" del arrepentimiento después de su vida de crápula y fundador del Oratorio que hoy lleva su nombre). Cuando por aquí se disponía a batirse en duelo con otro caballero, un tal Vespasiano de Gonzaga, al parecer por el amor a una dama, al desenvainar las espadas cruzó entre ellos una vaga y fantasmal sombra de mujer que les pareció joven y hermosa. Olvidados de su rencilla, se sintieron arrastrados por ella, y, al tratar de abordarla con espíritu libidinoso, comprobaron con terror que era una descarnada muerta. La exclamación de los caballeros fue: "¡Qué desengaño!"


Plano de la calle del Desengaño

Calle del Desengaño

En el límite entre el principio de la calle del Desengaño y el final de la Luna se encuentra la iglesia de San Martín, barroca, de la segunda mitad del siglo XVII, con portada atribuida a Churriguera, hoy restaurada y abierta como Templo Eucarístico para la exposición y adoración permanente del Santísimo Sacramento. Es la antigua de Portacoeli (orden de clérigos menores ya desaparecida) y luego parroquia de San Martín.


Iglesia de San Martín

En la esquina de la calle del Desengaño, con vuelta a la de Valverde y a la del Barco, estuvo el convento de San Basilio, de padres basilios, que había sido fundado en 1608 junto al arroyo del Abroñigal y que aquí fue casi inmediatamente trasladado en 1611. Tras su clausura en 1833 se destinó a cuartel de Artillería de la Milicia Nacional y en la iglesia se situó la Bolsa de Comercio. Finalmente fue derribado en 1850 para la construcción del Teatro de los Basilios, que prestó durante algún tiempo también nombre a la calle. En él se hizo el estreno de Don Juan Tenorio un día de Todos los Santos, iniciándose así la costumbre de la reposición anual por esas fechas del drama de José Zorrilla. Hacia 1853 el teatro pasó a llamarse de Lope de Vega. Duró muy poco, pues en 1864 fue abatido y por su solar se abrió la calle dedicada a Muñoz Torrero.


Convento e iglesia de San Basilio

En esta calle vivió José Martí, el héroe nacional cubano, de joven —una placa así la atestigua en el número 10—, al que mandaron a España para acabar sus estudios tras unos sucesos de insurgencia en Cuba que pudieran haber dado con él en una cantera de trabajos forzados. Aquí se instaló en 1871 en una casa de huéspedes, para estudiar derecho en la Universidad Central de la calle de San Bernardo, y aquí escribió El presidio político de Cuba.

También Francisco de Goya merodeó por la calle del Desengaño, pues quizá fascinado por el ambiente o el mismo nombre de la calle, la eligió para poner a la venta sus populares grabados satíricos conocidos como Caprichos, y concretamente en una perfumería.


Los Caprichos de Goya

Y en la calle del Desengaño sufrió un atentado el general Narváez la noche del 6 de Noviembre de 1843, del que salió ileso. Murió uno de sus ayudantes, el comandante Baseti, y resultó herido otro acompañante.

Esquina a la calle de Concepción Arenal se encontraba la antigua y acreditadísima librería de Antonio Rico, que luego paso a ser de Fuentetaja, también desaparecida.

Sí se mantienen dos locales señeros, casi de “culto”. Uno de ellos es Casa Manuel Riesgo, en el número 22, establecimiento fundado en 1866 como herboristería, y que en 1926 pasó a comercializar productos químicos para la industria y las bellas artes. La tienda se mantiene con el mismo aspecto y decoración que en el día de su inauguración, con los frentes y paredes laterales cubiertos de innumerables cajones, con placas de porcelana que indican el nombre de los distintos productos. El otro, Model Reyna, al lado del anterior, fundado en 1938 y especializado en modelismo, maquetas, trenes eléctricos...


Casa Riesgo y Model Reyna

Hay en la calle restaurantes, alguna tienda de comestibles en manos de los chinos, un Centro de Día del Ayuntamiento para mayores, una sauna para hombres, varios sex shop y dos tiendas de modas en las esquinas con la calle de la Ballesta: boutique Dolores Promesas y la zapatería para mujer Cuplé, que muestra en su escaparate zapatos con tacones de no menos de diez centímetros, puro fetichismo y muy acordes al comercio "de la carne" que da carta de identidad a la zona, pues estamos en pleno "barrio chino" madrileño. Ambas tiendas son adelantadas a lo que se pretende que sea en el futuro el barrio, pues una conocida asociación —Triball—, persigue la revitalización de la zona a la manera de la calle de Fuencarral (muchos suponen que tras ella se esconde una operación especulativa encubierta) y va comprando la numerosa cantidad de locales cerrados, de lo que por ahora sólo se salva la papelería Marlys, en el número 24.


Calle del Desengaño

Es habitual referirse a estas calles de la zona como "la trasera de la Gran Vía", y el último tramo de Desengaño es fiel ejemplo: la parte de atrás del edificio de la cadena radiofónica SER, la de unos grandes almacenes de ropa, que en su día fue sede de la exposición de la Empresa Nacional de Artesanía Artespaña, la trasera de varios hoteles,…y al final el lateral del edificio de la Telefónica ya en Valverde.

El edificio de la SER, con fachada principal por el número 32 de la Gran Vía, fue construido en 1924 por José López Sallaberry y Teodoro Anasagasti para los grandes almacenes Madrid-París, los primeros que hubo en Madrid. Pero a pesar de alquilar una de las plantas a Unión Radio (origen de la cadena SER) que daban unos ingresos añadidos, el resultado económico no fue satisfactorio y los almacenes dieron en quiebra en 1933. En 1934 pasó a ser propiedad de los míticos Almacenes Populares SEPU (Sociedad Española de Precios únicos), que, paradojas de la vida, también se vio abocado al cierre en 2002, después de casi 70 años en activo. Hoy todo el edificio es propiedad del grupo de medios de comunicación PRISA, al que pertenece la Sociedad Española de Radiodifusión, la SER. En los bajos también estuvo el cine Imperial (antes Madrid-París), abierto en 1935.


Almacenes Madrid-París

SEPU, el paraíso de las gangas de la Gran Vía (también tenía puerta por Desengaño), no fue siempre un almacén modesto: la primera "defender a los pequeños comercios frente al sistema de los grandes almacenes". Años después, cuando la Gran Vía llevaba el nombre de José Antonio, la coña popular devolvió el golpe haciendo un chiste: "¿En qué se parece SEPU y la Falange?", preguntaban. "En que entras por José Antonio y sales por Desengaño".


Almacenes SEPU

La estética kitsch de la movida madrileña no escapó a sus encantos. Pedro Almodóvar reconoció que el vestuario de su ópera prima Pepi, Luci Bom y otras chicas del montón estuvo inspirado en el inconfundible estilo SEPU. También Maquinavaja, el entrañable ladrón creado por el dibujante Ivá, aludía en una ocasión al almacén con la frase: "Es que lo que no se encuentre en SEPU..." (en referencia a una corbata cutre de leopardo que lucía con orgullo).


Almacenes SEPU

Es verdad que la ropa que vendían no era de marcas muy conocidas y que tampoco solían estar a la última en moda y diseño, pero, en cambio, era un comercio ideal para adquirir cómodamente y a buen precio pequeños artículos domésticos de uso cotidiano.



La calle del Desengaño es hoy campo de batalla de las prostitutas, algunas con solera, de sus chulos y de algún que otro traficante de droga, que conviven sin disimulo con los vecinos octogenarios y con los paseantes, que asisten incrédulos al gratuito espectáculo callejero. Es curioso como las trabajadoras del amor charlan entre sí con la familiaridad de quienes llevan acudiendo mucho tiempo a su puesto de trabajo. Algunas saludan a hombres de avanzada edad que merodean la zona, otras sonríen a los caminantes. A cualquier hora del día y de la noche se encuentran, especialmente en el ensanchamiento de la calle entre Ballesta y Mesonero Romanos.


Prostitución

El nombre de Desengaño recoge perfectamente el sentimiento de muchas de estas pobres mujeres. Desengaño al ver como los sueños que traían cuando cruzaron el estrecho, llegaron de las Américas o recorrieron media Europa, han quedado sepultados en esta triste calle. Desengaño el de aquellas, que aún naciendo aquí, han visto como la suerte no estuvo de su parte cuando más lo necesitaron. Y cómo no, desengaño también el de todos los vecinos de la zona, que comprueban como una vez más el Ayuntamiento no hace nada para solucionarlo.
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CALLE DE LORETO PRADO Y ENRIQUE CHICOTE

Va desde las calle de la Ballesta a la Corredera Baja de San Pablo, y está dedicada a este popular matrimonio de actores cómicos y melodramáticos madrileños que trabajaron entre 1885 y 1936 y que tantas deliciosas horas proporcionaron. Antes era la travesía de la Ballesta


Plano de la calle de Loreto y Chicote

Loreto Prado tiene una estatua en la plaza de Chamberí, obra de Mariano Benlliure e inaugurada en 1944.

Enrique Chicote era hijo de Juan Chicote y González, subdirector del Jardín Botánico y farmacéutico de prestigio en la centenaria farmacia de la calle de San Bernardo, número 39, rotulada hoy como del licenciado Deleuze. Un hermano del actor fue el famoso doctor César Chicote de Riego, director del Laboratorio Municipal de Madrid y miembro de la Real Academia de Medicina, que también regentó la citada farmacia de la calle de San Bernardo. Fue fundada ésta en 1834 por Bartolomé de Riego, primo del glorioso general Riego y suegro de Juan Chicote. Y precisamente en la farmacia fue donde se conocieron la pareja de actores.


Loreto Prado y Enrique Chicote

La calle de Loreto y Chicote adquirió notoriedad política cuando la revolución de junio-julio de 1854 (Vicalvarada). Al fracasar ésta en un primer momento, su inspirador y máximo dirigente, el general don Leopoldo O´Donnell, en coche cerrado llegó hasta el nº 3 y en su segundo piso estuvo oculto hasta que el 28 de julio Espartero es nombrado Presidente del Consejo de Ministros y él ocupa la cartera de Guerra.

Poco hay que destacar en esta pequeña calle dedicada a los actores madrileños. Actualmente se encuentra inmersa en esa lucha que patrocina la asociación de comerciantes Triball (Triángulo Ballesta, delimitado por las calles Gran Vía, Fuencarral y Corredera Baja de San Pablo) para transformar esta zona de antiguos burdeles en barrio "cool", de moda, una especie de Soho londinense, Tribeca neoyorquino o el Barrio Latino o Montmartre de París. Así, Espacio Temporal, en el número 3, que ocupa el local de un antiguo taller de automóviles, es una sala alternativa de teatro, danza, pintura y espectáculo. El Beso, en el número 9, un espacio que acoge tienda de diseño y lugar de reunión, exposiciones, recitales o conciertos, ocupa lo que fue un antiguo bar de alterne y más tarde prostíbulo de lujo. La Academia HRP, en el 13, imparte cursos especializados para cine y teatro de maquillaje, caracterización, posticería, peluquería de época e incluso de tanatoestetica (maquillaje y arreglo de cadáveres).


 Calle de Loreto Prado y Enrique Chicote

También varias boutiques y locales de copas. Y aguantando —por ahora—, algún negocio más tradicional, como Pinturas SA, esquina a la Corredera, o el almacén de frutas álvarez en el nº 9.

Desapareció Salero, la más auténtica de las cavernas rocanroleras de este país, después de haber sido un tablao flamenco, en donde, según cuentan, hizo pinitos el guitarrista Paco de Lucía.
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CALLE DE LA NAO

Une la calle de Loreto y Chicote con la de la Puebla. El nombre le viene porque aquí tuvo unos inmuebles el que fue escribano mayor de la villa don Diego de la Nao a finales del siglo XVI.


Plano de la calle de La Nao

Se cuenta de este don Diego que era tutor de una bella doncella a la que cortejaban y rivalizaban en conquistar Jacobo de Gratis (el "Caballero de Gracia" de vida de crápula, luego arrepentido y fundador del Oratorio que lleva su nombre) y el no menos donjuán príncipe italiano Vespasiano de Gonzaga, figuras ambas relacionadas con la leyenda de la calle del Desengaño, en donde entablaron duelo a espada para decidir entre ellos quién era el candidato para acceder a los favores de la dama. Pero sucedió que pasó por allí una vaga y fantasmal sombra de mujer que les pareció joven y hermosa. Olvidados de su rencilla, se sintieron arrastrados por ella, y, al tratar de abordarla con espíritu libidinoso, comprobaron con terror que era una descarnada muerta. La exclamación de los caballeros fue: "¡Qué desengaño!"


Calle de La Nao

En esta calle de La Nao estuvo en 1872 la redacción de un periódico carlista, que fue asaltada y destrozada por la tristemente célebre Partida de la Porra, grupo ultra dirigido por el empresario teatral Felipe Ducazal en connivencia con la policía, que ejercía contundentemente batidas de represión (¡jarabe de palo!, en plan castizo) contra partidarios del carlismo o de tendencia republicana. No contentos con ello, los energúmenos persiguieron al director de la publicación, que había conseguido huir en un carruaje, y le dieron muerte junto a la Corredera.

Y poco más se puede decir de esta minúscula y solitaria calle, donde no hay ninguna actividad comercial.
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CALLE DE LA BALLESTA

Nace en la calle del Desengaño y termina en la Corredera baja de San Pablo. El nombre procede de una tradición bastante ingenua. Al parecer, un cazador instaló en un corralón situado por estos parajes un tiro de ballesta para cuantos quisieran ejercerse en tal arma con animales de verdad. Un jabalí de los que se cazaban con facilidad en el monte de El Pardo resultó medio herido, y en su furor dio muerte a un joven de los que allí participaban, por lo que la autoridad prohibió el espectáculo, pero la calle que por aquí después se abrió, se quedó con el nombre de la Ballesta.


Plano de la calle de la Ballesta

En el número 7 de esta calle vivió el calígrafo Vicente F. Valliciergo autor de varios métodos de caligrafía y, sobre todo, en 1887, del primer método de letra redondilla para uso de colegios y academias; en el 13, Rosalía de Castro, la gran poetisa y novelista gallega, y en el 30, un bello palacete hoy sustituido por un anodino edificio, murió en 1882 el general Serrano Bedoya, que era ministro de la Guerra cuando Martínez Campos se sublevó y proclamo en Sagunto al rey Alfonso XII. Ese palacete fue luego sede de una de las pioneras empresas dedicadas a las artes gráficas en España, Hauser y Menet, fundada por los suizos óscar Hauser Mueller y Adolfo Menet Kursteiner. Sus imágenes y postales de España por el sistema de fototipia son hoy un preciado tesoro para los coleccionistas.


Primera sede de Hauser y Menet

De siempre fue la calle lugar de lupanares, casas de citas o mancebías, luego modernizadas como night-clubs, bares de alterne o barras americanas, que de todo se decía por no decir crudamente casas de putas, aunque los más castizos los llamaban puti-clubs.

Uno de los motivos que impulsaron la apertura de la Gran Vía fue el de sanear esta zona de callejones lóbregos, donde toda inmoralidad tenía su asiento según los moralistas de la época. Se consiguió casi lo contrario, pues el negocio noctámbulo y venéreo rebrotó con más fuerza en las inmediaciones, precisamente por su proximidad con la nueva, anchurosa y lujosa arteria.


Calle de la Ballesta

Hoy, la calle de la Ballesta, que fue la más representativa de lo que podríamos llamar "barrio chino" madrileño (lo de chino va en la actualidad por otros derroteros, pues se han adueñado de todas las tiendas de comestibles), encabeza, a través de la asociación de comerciantes Triball (Triángulo Ballesta, delimitado por las calles Gran Vía, Fuencarral y Corredera Baja de San Pablo) el movimiento para transformar esta zona de antiguos burdeles en barrio "fashion", "cool", de moda, una especie de Soho londinense, Tribeca neoyorquino o el Barrio Latino o Montmartre de París. El primer paso lo dio una tienda de moda juvenil, Kling, en el numero 6. Luego han seguido más.


Triángulo Triball

Y es así como han ido poco a poco cayendo los decrépitos tugurios de la calle, patéticos vestigios de lo que en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo fuera principal foco cutre de la jarana nocturna y de la prostitución urbana. En sus tiempos de mayor auge, hasta doce rótulos luminosos brillaban como reclamo chabacano de estos locales de mercadeo prostibulario, que se consumaba en una red de hospitalarias pensiones baratas por la zona.

Los porteros (algunos uniformados, que parecían generales) invitaban a los transeúntes a entrar en sus establecimientos: "Son 250 pesetas la entrada, con derecho a consumición y a negociar con las chicas". éstas tenían un porcentaje sobre las copas y ejecutaban una coyunda de 15 minutos por unas 2.000 pesetas, más otros 100 duros por la cama en pensiones infectas de los alrededores, auténticos prostíbulos desde la portería al tejado.


Locales de alterne desaparecidos

Se intenta así, sustituir aquel penoso comercio de la carne mercenaria por modernos negocios de ropa y complementos, de diseño y de vanguardia. La peatonalización de algunas de las calles del entorno y el aumento de las medidas de seguridad, cámaras de vigilancia incluidas, harán de este céntrico enclave una prolongación comercial de la zona de Fuencarral y de las grandes superficies franquiciadas de la Gran Vía.

No obstante, sigue siendo campo de batalla de las prostitutas, algunas con solera, que saludan a hombres de avanzada edad que merodean por la zona o se ofrecen sonriendo y con descaro a los paseantes. Un silbido, un suave susurro… "Suuuhh… ¡Ehh!.., hola…", lo justo para llamar la atención de un posible cliente. A cualquier hora del día y de la noche se encuentran, especialmente en el ensanchamiento que la calle del Desengaño tiene con el arranque de Ballesta. Ahora son menos, pues hubo tiempos en los que había casi 400 putas más o menos controladas por la zona.


Prostituta haciendo la calle

Por otra parte, existe el peligro, denunciado por comerciantes independientes y creativos de toda la zona de Maravillas-Malasaña, agrupados en una plataforma Anti-Tribal, de verse usurpados por las voraces tiendas de franquicia. Y temen una operación especulativa de gran calado que llevará a la sustitución solapada del núcleo popular del barrio, que no puede hacer frente a los altos precios de las viviendas rehabilitadas (fuertemente revalorizadas), por un vecindario de mayores recursos económicos, atraído por su actividad comercial y la estupenda situación en el centro de la ciudad.

Solo dos locales nocturnos con chicas sobreviven —por ahora— en la calle de la Ballesta, amparados bajo un cartel de club privado, eufemismo para advertir que tras la puerta hay un lugar de alterne.


Local de alterne

Hay en la calle hostales y casas de huéspedes, antiguas tiendas de comestibles en manos de los chinos, nuevas tiendas de modas, varios bares de diseño, un supermercado al final de la calle, y, junto a él, una pequeña panadería, resto único del viejo comercio tradicional de la calle.

En la manzana situada entre la Corredera y las calles de la Puebla y de la Ballesta, se encuentra la Santa, Pontificia y Real Hermandad del Refugio y Piedad de Madrid, fundada en 1615 y aquí trasladada en 1702 para la custodia y administración el Real Hospital e Iglesia de San Antonio de los Alemanes.

Protegido por la Hermandad del Refugio, y para recoger niñas huérfanas y desvalidas, se fundó en 1651 el colegio de la Purísima Concepción, instalado al principio en la calle del Marqués de Santa Ana. En la actualidad, este antiguo centro de enseñanza, dirigido pedagógicamente por la Compañía de Santa Teresa de Jesús desde 1889, y que tiene su entrada por la calle de la Puebla y lateral por Ballesta, acoge con carácter normal y abierto a niños y niñas del barrio e imparte Enseñanza Primaria y Secundaria.


Colegio de la Purísima Concepción

Hay que destacar también dos restaurantes castizos y afamados de la calle: Casa Perico, en el nº 18, de comida de las de siempre y especialmente de cuchara, y La Tasquita de Enfrente, renovada por el hijo del antiguo dueño con un toque de modernidad.

Se echa de menos a la Pescadería Luna, en el 32, con muy bien surtido en su tiempo de mariscos, y un bar, esquina a la calle de la Puebla, que lucía en sus paredes tiras colgadas con conchas de mejillones, su especialidad.


Casa Perico y La Tasquita de Enfrente

Y, para finalizar, una anécdota:

El tan querido por todos, manchego de Fuentealbilla, Andrés Iniesta, jugador de fútbol del Barcelona y de la Selección Española, pudo ser del Real Madrid. De niño era madridista, y su ilusión pertenecer a la cantera del Madrid. Sin embargo sus padres decidieron llevarlo a la Masía porque la residencia de alevines del Madrid estaba en la calle de la Ballesta —¡a quién se le ocurriría!— y pensaron que no era un sitio muy recomendable.
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CALLE DE LA PUEBLA

Une la calle de Valverde con la Corredera Baja de San Pablo. Estos terrenos eran un erial cercano al camino de Fuencarral y propiedad de don Juan de la Victoria de Bracamonte, que en 1542 utilizó para construir su propia casa y para labrar otras al lado. Todo ello dio origen a una Puebla de la que tomó el nombre la calle.


Plano de la calle de la Puebla

En la esquina con Valverde y con vuelta a la del Barco se levanta el enorme convento de Nuestra Señora de la Concepción, de religiosas mercedarias descalzas, más conocido por el de Don Juan de Alarcón, ya que fue fundado en 1609 por el sacerdote don Juan Pacheco de Alarcón, quien fue albacea de doña María de Miranda, viuda de Juan Arista de Zúñiga, señor de Montalvo.

En 1656 se terminó la iglesia, buen ejemplo de arquitectura barroca madrileña del siglo XVII. La fachada principal, en la calle de la Puebla, sigue el modelo creado por fray Alberto de la Madre de Dios en el también madrileño Real Monasterio de la Encarnación, aunque simplificando la composición y sustituyendo la piedra por el más económico ladrillo. Hacia la calle de Valverde mira uno de los extremos del crucero de la iglesia, formando una sencilla fachada que se decora con una imagen de la titular del convento y motivos heráldicos.


Convento de las Mercedarias de Don Juan de Alarcón

En el interior, de una sola nave de tres tramos con lunetos, corto crucero y sencilla cúpula sobre pechinas, y todo apenas sin ornato, destaca el retablo mayor, con un gran cuadro del pintor Juan de Toledo, representando a María Inmaculada.

En esta iglesia se encuentra por azares del destino el cuerpo incorrupto de la beata Mariana de Jesús, trasladada a esta iglesia en 1837, al demolerse la de los mercedarios de Santa Bárbara, donde recibió primera sepultura. La santa (1564-1624) tuvo una vida muy azarosa, marcada por una profunda fe, ciertos actos de autoflagelación y la negativa de sus padres y de varios conventos a admitirla como monja. Está en proceso de canonización. Se expone al público todos los 17 de abril y desprende un olor a manzana.

El templo guardaba hasta la guerra civil notables obras de arte, pero muchas de ellas desaparecieron con los saqueos, incluidas una María Dolorosa y un Eccehomo de Pedro de Mena.

La magnitud del convento da espacio para que allí también se abra el colegio —claro— de la Madres Mercedarias de Don Juan de Alarcón, con entrada principal por Valverde, 15.


Interior de la iglesia de las Mercedarias

Otro recinto sagrado se abre también en la manzana situada entre la Corredera y las calles de la Puebla y de la Ballesta Se trata de la Santa, Pontificia y Real Hermandad del Refugio y Piedad de Madrid, fundada en 1615 y aquí trasladada en 1702 para la custodia y administración del Real Hospital e Iglesia de San Antonio de los Alemanes.

La Hermandad del Refugio era famosa por su célebre "Ronda del pan y el huevo", que recorría las calles buscando mendigos. Hoy ha desaparecido la Ronda, pero persiste la obra pía de dar comida a los indigentes.

La iglesia, con entrada por la misma esquina de la Corredera, fue construida a partir de 1624 según un proyecto del jesuita Pedro Sánchez, aunque fue el arquitecto Francisco Seseña quien dirigió las obras, ayudado por Juan Gómez de Mora, a quien se le atribuye la fachada. Construida sobre una planta oval, San Antonio de los Alemanes es una de las iglesias más bellas de la ciudad, sobre todo su interior, con una portentosa y barroca decoración que la cubre por completo, casi escenográfica, apabullante, realizada con pinturas murales al fresco por Carreño, Ricci y luego Lucas Jordán, y por lo que es considerada como la capilla sixtina madrileña. También es de destacar el soberbio retablo mayor, realizado a mediados del siglo XVIII por el arquitecto Miguel Fernández, con esculturas de Francisco Gutiérrez.


Interior de la iglesia de San Antonio de los Alemanes

Protegido por la Hermandad del Refugio, y para recoger niñas huérfanas y desvalidas, se fundó en 1651 el colegio de la Purísima Concepción, instalado al principio en la calle del Marqués de Santa Ana. En la actualidad, este antiguo centro de enseñanza, dirigido pedagógicamente por la Compañía de Santa Teresa de Jesús desde 1889, y que tiene su entrada por la calle de la Puebla y lateral por Ballesta, acoge con carácter normal y abierto a niños y niñas del barrio e imparte Enseñanza Primaria y Secundaria.

En la esquina con la calle del Barco hubo una de las confiterías más famosas de Madrid, que tenía como especialidad los pastelillos de arroz. Y en otra esquina, ésta con la Corredera, frente al Refugio, estuvo en el primer tercio del siglo pasado el café de la Concepción. Era de traza romántica y en él imaginó Jacinto Benavente el escenario para un acto de su comedia La losa de los sueños.

En la calle de la Puebla vivió, en el número 4, el historiador don Modesto Lafuente, célebre también como costumbrista por su Teatro social del siglo XIX y por sus Capilladas, que publicó con el pseudónimo de "Fray Gerundio". Y, en el 11, el genial escritor madrileño Ramón Gómez de la Serna —Ramón—, que aquí ideó y comenzó sus "greguerías". También gesto con los amigos que le visitaban la tertulia literaria de la botillería y café de Pombo, en la calle de Carretas, inmortalizada en un cuadro de Solana. Y allí estaba la redacción de la revista Prometeo, de la que Ramón era director y único redactor-colaborador.


Modesto Lafuente y Ramón Gómez de la Serna

La calle de la Puebla ha estado desde hace muchos años especializada en tiendas de lámparas y su fornitura. Hoy son ya menos las que quedan abiertas, pero desde luego es el sitio ideal para encontrar repuestos para viejas lámparas, arañas de cristal o sustituir una tulipa que se nos haya roto.


Calle de la Puebla

Tan cercanas las calles de la Ballesta y del Barco, ambas en su día con multitud de meretrices callejeras en busca de clientela y numerosos clubes de alterne, en esta de la Puebla parece que ya que el único rastro de todo aquello es alguna casa hospitalaria para el amor furtivo.

Se han abierto en los últimos años algunas boutiques, bares de copas, salas de exposiciones o restaurantes; los chinos —¡cómo no!— se han adueñado de las pequeñas tiendas de ultramarinos, y otros locales se encuentran cerrados a la espera de ese negocio —mirlo blanco— que asegure la permanencia.


Tienda de alementación Hermanos Gila

Si se mantienen, aparte de las tiendas de lámparas, una empresa de construcción en la esquina con la calle del Barco; Generación X, casi ya clásica en la calle y especializada en cómics, libros ciencia-ficción, figuras en acción y todo lo relacionado con este tema, y, en la esquina de la Corredera, donde estuvo el ya citado café de la Concepción, la grande y surtidísima carnicería, frutería y tienda de alimentación en general Hermanos Gila.
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CALLE DEL BARCO

Va desde la calle del Desengaño a la plaza de San Ildefonso. Se dice que el nombre se le dio porque su rasante tiene levantados los dos extremos y hundida la parte central, a la manera de las embarcaciones. Esa era al menos la apreciación del sacerdote Juan Pacheco de Alarcón, que como confesor y albacea de doña María de Miranda, viuda de Juan Arista de Zúñiga, señor de Montalvo, se encargó de su última voluntad: la construcción del convento de Madres Mercedarias que por aquí tiene su trasera y fachadas principales a las calles de Valverde y Puebla. "Parece un barco", fue su expresión cuando por allí se encontraba presenciando las obras, y con ese nombre se quedó.


Plano de la calle del Barco

Este convento, cuyo nombre real es el de Nuestra Señora de la Concepción, pero que es más conocido por el de la Madres Mercedarias de Don Juan de Alarcón, estuvo terminado en 1609, aunque la iglesia lo hizo en 1656. Su magnitud da espacio para que allí también se abra el colegio —claro— de la Madres Mercedarias de Don Juan de Alarcón, con entrada principal por Valverde y aulas y departamentos por todo el contorno.

Otro colegio en la calle, ya desaparecido, fue el de los Agustinos, en el número 22, que tenía su entrada principal por la calle de Valverde. Y en el 24 estuvo instalada durante algunos años la Escuela Normal de Maestras


Calle del Barco

En esta calle nació, en el número 15, el dramaturgo Juan Eugenio de Hartzenbusch, autor entre otras obras de Los amantes de Teruel. Y en esta calle vivió y murió el general Castaños, el héroe de Bailén. De espíritu campechano y guasón, se cuenta de él, que ya muy anciano se levantaba al amanecer para acudir a la primera misa en el convento cercano de las Mercedarias, y en el camino despertaba al mancebo de una tienda, que era el encargado de ayudar al celebrante. Un buen día, el muchacho no pudo acudir y el general se ofreció para realizar su labor. Casualmente, el sacerdote que ofició —muy joven— lo hacía por primera vez en el convento, y no quedó muy satisfecho del "monaguillo". Al terminar la misa, en voz alta, dirigiéndose al sacristán, le indicó que no le volviese a poner un ayudante tan viejo y lento. Las risas de ambos turbaron al curilla, y más al saber quién era la personalidad que le había auxiliado en el altar. Pero el general, en tono paternal, le dijo: "No se apure. Al contrario, me ha hecho mucha gracia que diga usted eso. Figúrese, llevaba casi noventa años sin que nadie se haya atrevido a regañarme".


Hartzenbusch y el general Castaños

Al principio de la calle de Valverde, con vuelta a la del Desengaño y a la del Barco, estuvo el convento de San Basilio, de padres basilios. Tras su clausura en 1833 y posterior derribo en 1850, en el solar se levantó el Teatro de los Basilios. En él se hizo el estreno de Don Juan Tenorio un día de Todos los Santos, iniciándose así la costumbre de la reposición anual por esas fechas del drama de José Zorrilla. Hacia 1853 el teatro pasó a llamarse de Lope de Vega. Duró muy poco, pues en 1864 fue abatido y por su solar se abrió la calle dedicada a Muñoz Torrero.


Don Juan Tenorio

Como todas las calles de los alrededores, en tiempos integrantes del "barrio chino" madrileño, sobre todo la parte más cercana a Desengaño, hoy parece que va disminuyendo el número de trabajadoras mercenarias del amor apostadas en las esquinas. Pero es difícil y en poco tiempo perder aquella sordidez antigua —aún se ve alguna pensión de dudosa reputación—, a pesar de que la asociación de comerciantes Triball se empeñe en querer convertir toda la zona en una especie de Soho londinense. Para ello compraron muchos locales y dan facilidades para instalarse en el barrio a negocios de gente joven y moderna. Muchos ven en esta acción una operación de especulación inmobiliaria para tratar de revalorizar sus propiedades a la manera de lo sucedido en la vecina calle de Fuencarral.

Son varios los locales abiertos al amparo de esta asociación: modernas boutiques de ropa exclusiva, una sociedad para el estudio de desarrollo medioambientalmente sostenible, talleres de arte, locales de comida rápida pero cuidada, bares de copas, espacios para la música en vivo o salas especiales en donde se mezcla lo erótico, la música o la exposiciones, y en donde se puede tomar una copa. Todo muy moderno.


Locales modernos en la calle del Barco

Se han abierto también otro tipo de establecimientos: algún hotel, restaurantes, un sex shop... Y quedan antiguos, como el restaurante Pagasarri, en el número 7; Saneamientos Madrid, en el nº 14; dos tiendas de lámparas, tulipas, fornituras y reparaciones de la familia Céspedes, que llevan abiertas desde 1942, una en la esquina con la calle de la Puebla y otra en Barco 41; Los hermanos Conejero, esquina también con Puebla, que realizan trabajos de arquitectura y obras de todo tipo, y también con almacén de materiales para la construcción, o el bar Sidi, al final, esquina a Colón y frente a la plaza de San Ildefonso, de los de toda la vida, con clientela habitual de la propia vecindad.


Lámparas Céspedes

Otros desaparecieron: en el número 24 había una fábrica de porcelanas que tuvo que emigrar fuera de la ciudad cuando prohibieron los hornos en el perímetro urbano, en el 30 una comisaría de la policía en tiempos de la Guerra Civil, en el 32 una sillería, en el 34 el mítico cabaret Escueto, en el 37 una panadería, en el 39 una fontanería, Son algunos ejemplos de lo mucho que ha ido desapareciendo a lo largo de los años.


Edificio nº 21 en la calle del Barco

Muy curiosa es la fachada del edificio del nº 21, con bello trabajo en ladrillo de colores, contrastando con el blanco del precioso alero, cornisas, estucos y enmarcamiento de balcones y miradores de hierro forjado.
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CALLE DE GONZALO JIMÉNEZ DE QUESADA

Va esta pequeñísima calle, casi travesía, desde la Gran Vía a Desengaño, y antes de la apertura de la gran arteria empezaba en la de Jacometrezo. Su nombre anterior era de Hilario Peñasco (entre otros escritos, publico con la colaboración de Carlos Cambronero Las calles de Madrid) y primitivamente del Carbón, porque allí se establecieron unos almacenes de este material. El ruido que se producía al descargar los carros y las palabras soeces de los que andaban en aquel trajín, hizo decir al un tal padre Miceno, que predicaba en la iglesia del cercano y ya desaparecido convento de los Basilios (en la calle del Desengaño, con vuelta a la del Barco y a la de Valverde), y refiriéndose al santo san Basilio: "No se hubieran caído frases tan sublimes de la pluma de tan gran patriarca si hubiese tenido tan cerca como yo a esas gentes carboneras".


Plano de la calle de Gonzalo Jiménez de Quesada

Hoy está dedicada al granadino Gonzalo Jiménez de Quesada. Nacido en 1496, fue uno de aquellos conquistadores y descubridores que entraron en la categoría de mito como Pizarro, como Cortés, como Orellana, como Almagro, Belalcázar o tantos otros.

Conquisto los inmensos territorios de Nueva Granada (actual Colombia). Remontó el río Magdalena en busca de sus fuentes. Alcanzó la tierras del imperio de los chibchas, los terceros en civilización después de los incas y los aztecas, y que eran cultivadores de la patata, el tubérculo que ha sido más útil a la humanidad que todo el oro que trajeron del Nuevo Mundo. Fundó, entre otras, la ciudad de Santa Fe, que luego se llamó de Bogotá. Intentó descubrir el fabuloso El Dorado y llegó con una expedición a las márgenes del río Orinoco después de año y medio de penalidades. Sus restos reposan en la catedral de Santa Fe de Bogotá, capital de Colombia.

¿El porqué de dedicarle esta calle al insigne marino? ¡Quién lo sabe? Incomprensibles decisiones de nuestros gestores municipales.


Gonzalo Jiménez de Quesada

En la parte desaparecida de la antigua calle, esquina a Jacometrezo, estuvieron las oficinas y talleres de La Ilustración, una de las publicaciones periódicas más importantes de la España del último tercio del siglo XIX y principios del XX; del Semanario Pintoresco Español, fundado en 1836 por el gran escritor madrileño y madrileñista Mesonero Romanos, y en el que escribía sus artículos costumbristas con el seudónimo de "El curioso parlante", y el de Las Novedades, fundado por ángel Fernández de los Ríos, periodista, político, urbanista, y autor de una Guía de Madrid fundamental, y que aquí vivió también durante algún tiempo.


Calle de Gonzalo Jiménez de Quesada

Hoy, la calle apenas si tiene algo digno de reseñar. La acera de los impares corresponde toda ella al edificio del grupo de medios de comunicación PRISA, al que pertenece la Sociedad Española de Radiodifusión, la SER, que tiene los estudios de emisión en la última planta. El edificio fue construido en 1924 por José López Sallaberry y Teodoro Anasagasti para los grandes almacenes Madrid-París, los primeros que hubo en Madrid. Allí estuvieron luego desde 1934 los míticos Almacenes Populares SEPU (Sociedad Española de Precios únicos), cerrados en 2002. En los bajos también abría al público el cine Imperial (antes Madrid-París), inaugurado en 1935. En la acera de los pares, un hotel y un pequeña pensión. Y pululando al fondo... las putas de la calle del Desengaño, que se atreven por la noche a bajar hasta las esquinas de la Gran Vía.
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CALLE DE MUÑOZ TORRERO

Une la calle de Valverde con la del Barco. Fue abierta en 1864 al construirse un grupo de viviendas por la Sociedad La Peninsular en lo que fue solar del antiguo convento de San Basilio. Fue fundado este convento en 1608 junto al arroyo del Abroñigal y aquí casi inmediatamente trasladado en 1611. Ocupaba un gran espacio en la calle del Desengaño, con vuelta a la de Valverde y a la del Barco. Tras su clausura en 1833 se destinó a cuartel de Artillería de la Milicia Nacional y en la iglesia se situó la Bolsa de Comercio. Finalmente fue derribado en 1850 para la construcción del Teatro de los Basilios. En él se hizo el estreno de Don Juan Tenorio un día de Todos los Santos, iniciándose así la costumbre de la reposición anual por esas fechas del drama de José Zorrilla. Hacia 1853 el teatro pasó a llamarse de Lope de Vega. Duró muy poco, pues en 1864 fue abatido para edificar las casas antes citadas y la apertura de la calle.


Plano de la calle de Muñoz Torrero

Convento de los Basilios

Lleva el nombre de don Diego Muñoz Torrero, canónigo y político español (1761-1829) que fue catedrático y rector de la Universidad de Salamanca. Tomó parte como diputado en las Cortes de Cádiz y fue un fogoso orador que defendió en todo momento la libertad de imprenta y la igualdad de derechos entre españoles y americanos. Por haber firmado la famosa Constitución de 1812 —la Pepa— fue perseguido por Fernando VII. En 1820, tras el triunfo de la revolución de Riego, fue propuesto para el obispado de Guadix, pero no fue aceptado por Roma. Dos años más tarde, de nuevo los absolutistas en el poder, huyó a Portugal creyendo allí encontrarse a salvo, mas fue preso en la Torre de San Julián de la Barra, en Lisboa y falleció en 1829 a causa de las torturas. Su final, tras sufrir una apoplejía cerebral por los golpes recibidos, fue un verdadero martirio. Así lo cuenta J. Mª Romero Rizo en su obra Muñoz Torrero. Apuntes históricos-biográficos, Cádiz, Impr. De Manuel álvarez Rodríguez. 1910, pp 88:

..."ordenando ( se refiere a José Téllez, responsable de la cárcel) que ataran al mártir una soga á los pies y le bajaran arrastrando por una escalera de treinta y cuatro peldaños de madera, en cada uno de los cuales fue dando otros tantos golpes la venerable cabeza de aquel grande hombre. Después mandó envolver su cadáver en cueros, en una levita vieja, y ponerle unos zapatos de munición sin taloneras; y en esta guisa fue colocado en un hoyo inmediato á una tapia del castillo con la cabeza al Norte"
Muñoz Torrero

Calle de Muñoz Torrero

La calle de Muñoz Torrero no tiene ningún interés arquitectónico ni comercial y nada hay digno de reseñar.
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CALLE DE VALVERDE

Va desde la Gran Vía a la calle de Colón. Su nombre antiguo era de las Victorias y se debe a una leyenda con poco fundamento. Estos terrenos eran un erial cercano al camino de Fuencarral y propiedad de don Juan de la Victoria de Bracamonte, que en 1542 utilizó para construir su propia casa y para labrar otras al lado. Todo ello dio origen a una Puebla (la cercana calle de este nombre toma de aquí también su patronímico). Las casas fueron luego heredadas por sus nietas, a quienes llamaban las Vitorias. Una de ellas era cortejada por el donjuanesco Jacobo de Grattis (el "Caballero de Gracia" de vida de crápula, luego arrepentido y fundador del Oratorio que lleva su nombre). Una noche en que el tal caballero rondaba la casa de las Victorias le atacaron dos embozados y, aunque tiró de su espada, vio como aquellos también esgrimían las suyas y conseguían herirle y dar con él en tierra, diciéndole: "Avergonzaos por ser vencido por las Victorias". Jacobo sintió, en efecto, el ardor de la vergüenza al reconocer los hermosos rostros de las disfrazadas, que huyeron llevándose el estoque de la víctima. Eran ellas, las dos hermanas, cansadas ya de tanto acoso por parte del pícaro y petulante caballero.


Plano de la calle de Valverde

El nombre actual y desde el siglo XVII se debe a que la calle es paralela a la de Fuencarral, antiguo camino al pueblo de ese nombre (unido actualmente a Madrid) donde son muy devotos a la Virgen de Valverde, a la que se rinde culto en el santuario dominico de aquel lugar.


Nuestra Señora de Valverde

La calle empieza con la imponente mole de le Telefónica en el costado derecho, el primer rascacielos que tuvo Madrid, y que significó el taponamiento de la calle del Desengaño, que antes tenía salida a Fuencarral. Se levantó entre los años 1925 y 1929, con proyecto original del neoyorquino Louis S. Weeks —es por tanto un genuino building norteamericano—, aunque la licencia como director de obras se concedió al español Ignacio Cárdenas, que introdujo modificaciones. Aunque es un edificio de concepción art-decó, la parte alta se decora con pináculos a manera de una catedral gótica y la fachada con adornos neobarrocos.


Calle de Valverde

En la esquina con la calle del Desengaño y con vuelta a la del Barco estuvo el convento de San Basilio, de padres basilios, que había sido fundado en 1608 por el padre Miguel del Pozo junto al arroyo del Abroñigal, y que aquí fue casi inmediatamente trasladado en 1611 a unas casas que compraron a un tal Alonso de Burgos. En 1647 don Diego Felipe de Guzmán, marqués de Leganés, se hizo con el patronato del convento, por lo que pudo ser reconstruido de nueva planta, resultando uno de los más notables de la ciudad. Destacaba su iglesia, trazada por Juan Ruiz en 1654. Se levantó sobre una planta de cruz latina de grandes dimensiones, con crucero y una interesante cúpula sobre pechinas decorada con bellas pinturas al fresco, obra de Claudio Coello y José Donoso. La fachada era sencilla, con una espaciosa puerta en el centro, decorada con jambas, ménsulas, y guardapolvo de granito.


Convento de los Basilios

Tras su clausura en 1833 se destinó a cuartel de Artillería de la Milicia Nacional y en la iglesia se situó la Bolsa de Comercio. Finalmente fue derribado en 1850 para la construcción del Teatro de los Basilios. En él se hizo el estreno de Don Juan Tenorio un día de Todos los Santos, iniciándose así la costumbre de la reposición anual por esas fechas del drama de José Zorrilla. Allí también acudían los madrileños a celebrar los bailes de carnaval. Hacia 1853 el teatro pasó a llamarse de Lope de Vega. Duró muy poco, pues en 1864 fue abatido y por su solar se abrió la calle dedicada a Muñoz Torrero.

En la casa construida en la misma esquina de Valverde y Desengaño, sobre parte del solar del Teatro de los Basilios, estuvo un café muy popular de finales del siglo XIX, El Habanero, con comedores reservados para los devaneos galantes, y cuyo nombre era escuchado con horror por las gentes pacatas y pronunciado maliciosamente por las que presumían de picardeadas. Allí se vivían unas de las noches más locas de Madrid.


Café galante

En la esquina con la calle de la Puebla se levanta el enorme convento de Nuestra Señora de la Concepción, más conocido por el de las Madres Mercedarias de Don Juan de Alarcón, ya que fue fundado en 1609 por el sacerdote Don Juan Pacheco de Alarcón, quien fue albacea de doña María de Miranda, viuda de Juan Arista de Zúñiga, señor de Montalvo.

En 1656 se terminó la iglesia, barroca, cuya fachada principal, en la calle de la Puebla, sigue el modelo creado por fray Alberto de la Madre de Dios en el también madrileño Real Monasterio de la Encarnación. Hacia la calle de Valverde mira uno de los extremos del crucero de la iglesia, formando una sencilla fachada que se decora con una imagen de la titular del convento y motivos heráldicos.

En el interior, de una sola nave y sencilla cúpula sobre pechinas, destaca el retablo mayor, con un gran cuadro del pintor Juan de Toledo, representando a María Inmaculada.


Mercedarias de Don Juan de Alarcón

En esta iglesia se encuentra por azares del destino el cuerpo incorrupto de la beata Mariana de Jesús, trasladada a esta iglesia en 1837 al demolerse la de los mercedarios de Santa Bárbara, donde recibió primera sepultura. La santa (1564-1624) tuvo una vida muy azarosa, marcada por una profunda fe, ciertos actos de autoflagelación y la negativa de sus padres y de varios conventos a admitirla como monja. Está en proceso de canonización. Se expone al público todos los 17 de abril y desprende un olor a manzana.

La magnitud del convento da espacio para que allí también se abra el colegio —claro— de la Madres Mercedarias de Don Juan de Alarcón, con entrada principal por Valverde, 15.


Beata Mariana de Jesús

En el número 22/24 se encuentra la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, en un edificio de buena planta, fachada neoclásica e interior adecuado, en escaleras y salones, para el fin de su construcción. Fue erigido en 1794 por Juan Antonio Cuervo. Pero en este casón se instaló primeramente la Real Academia de la Lengua, que había sido fundada en 1713 por don Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena, y que tuvo su sede inicial en el domicilio del propio marqués de Villena en la plaza de las Descalzas. Cuando la Academia de la Lengua abandono en 1894 este edificio de Valverde para ocupar su sede actual en la calle de Felipe IV, su lugar lo ocupo la Academia de Ciencias, que había sido fundada en 1834 por Decreto de la reina gobernadora doña María Cristina de Borbón.

La Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que antes de instalarse en Valverde estuvo anteriormente en el por aquellas fechas exclaustrado convento de la Santísima Trinidad, en la calle de Atocha (el teatro Calderón ocupa parte de su inmenso solar) y en la Casa de los Lujanes, en la plaza de la Villa, está dedicada al estudio e investigación de las matemáticas, la física, la química, la biología, la ingeniería y otras relacionadas con las ciencias.


Real Academia de Ciencias Exactas

Los antecedentes de esta institución se remontan al reinado de Felipe II, cuando en 1583 emprende su breve andadura una primera Academia de Matemáticas impulsada por Juan de Herrera e instalada en dependencias del Alcázar Real y, poco después, en un edificio propio en la calle del Tesoro" (solar hoy ocupado por el Teatro Real). En 1612 la institución se trasladó a la casa del marqués de Leganés, con fachada a la calle ancha de San Bernardo, y en 1630 todas las propiedades e instrumentos de la Academia fueron entregados al antiguo Colegio Imperial de los jesuitas, en la calle de Toledo.

Posteriormente, tras el florecimiento en Europa de las Academias de ámbito científico, en 1734 se fundó la Real Academia de Medicina y Ciencias Naturales que, poco después, el marqués de la Ensenada encargó a Jorge Juan independizara en sus dos ramas, pero que no llegó a realizarse.

Ya en el siglo XIX y por deseo de Fernando VII se encargó de planificar y organizar la que sería la futura academia, pero esta vez tampoco llegaría a culminar el proyecto. Fue con la llegada de los primeros gobiernos liberales cuando cambió el panorama y por fin se logró su fundación en 1834.


Juan de Herrera

Pasada la calle de la Puebla, en el número 25 actual, a la izquierda, estaba el Oratorio del Espíritu Santo, fundado en 1620 por las Esclavas del Divino Espíritu y de María Santísima de la Oración. Se instaló inicialmente en el vecino convento de las Madres Mercedarias de Don Juan de Alarcón hasta que fue construido en 1676 el suyo propio metros más arriba. En este mismo año don Pedro Baca de Herrera y varios hombres piadosos se encargaron del culto del Santísimo que permanecía expuesto día y noche, adoración que estuvo vigente hasta 1936.

En 1911, los agustinos compraron las casas inmediatas y construyeron junto al oratorio un colegio (la trasera daba a la calle del Barco) y una iglesia, en la que el antiguo oratorio estaba integrado como una capilla adjunta. Esta iglesia, construida por Lerrucea según planos de los arquitectos Vera y Villamar en estilo modernista, con única torre y nave central con pasadizos laterales, estaba presidida en el altar mayor por la Virgen de la Correa, obra de Juan Pascual de Mena. Incomprensiblemente (especulación urbanística por medio), los padres agustinos se mudaron a las afueras a principio de los años setenta del pasado siglo, y en el solar que dejó el derribo construyeron el edificio más feo de la calle. Se privó así a Madrid de uno de los escasos testimonios de modernismo religioso.


Aquí estuvo el Oratorio del Espíritu Santo

En el número 34 —una placa así lo atestigua— vivieron las grandes actrices Guadalupe, Matilde y Mercedes Muñoz Sampedro, con los también actores Manuel Soto y Rafael Bardén, esposos de las primeras, todos miembros y continuadores de una gran saga de dicada al teatro y a la cinematografía.

La calle tiene, además, su propia novela, La calle de Valverde, de Max Aub, escritor ácido y lúcido, comprometido con su tiempo, con un tiempo difícil que le condenó a largos años de exilio. La novela, que hubo de publicarse en 1961 en México, después de que un par de años antes las censuras civil y eclesiástica desaconsejaran su publicación en España por entender que atentaba en ciertas partes contra la moral católica, es una crónica magistral del Madrid de la dictadura de Primo de Rivera, donde el autor mezcla con gran maestría personajes reales y ficticios que pululan por chiscones y buhardillas, salones burgueses y tertulias ilustradas, calles y plazas de una ciudad en vísperas de su mayor tragedia, anunciada ya en los modos del campechano dictador, censor de las libertades públicas y notorio juerguista y noctámbulo.


Max Aub y su Calle de Valverde

La Calle de Valverde no es la historia de la calle madrileña, aunque buena parte de la acción transcurre en el número 32, que puede no corresponder a la numeración actual.

Escribe Aub: "...la calle de Valverde parece de provincia. No es que no sea madrileña —lo es como la primera—, pero entre la bullanguería de la de Fuencarral, la algarabía de la Corredera, el tráfico de la Gran Vía, da la impresión, a los pocos que por ella transitan, de un retorno a los tiempos pasados".

Desaparecieron de la calle muchos de sus locales tradicionales, y entre otros el taller de un antiguo marmolista, al lado de la Telefónica, especializado, según indicaba su rótulo publicitario, en decoración y arte funerario, y que en los últimos tiempos mostraba un cartel donde podía leerse: "Qué bonito Madrid. Pero limpio de ... ?". Se refería a las muchas prostitutas que campeaban a sus anchas en la confluencia con la calle del Desengaño, justo frente a su negocio. Ahora son menos, pero aún se ven algunas apostadas en las esquinas o sentadas en los bancos y bolardos de piedra frente a la Academia de las Ciencias, pues parece ser éste el límite del "barrio Chino" madrileño.

En el 32 hubo una tienda de antigüedades y otra de pianos. Y en el 35 estaba la delegación de la productora cinematográfica Columbia Pictures. Acudían muchos actores y solían ir a comer a un restaurante cercano ya desaparecido y a la misma altura, pero en la calle del Barco, el Rómulo y Remo.


Yasta y The Quiet Man

Hoy, podemos ver el contraste entre la austeridad del convento de las Mercedarias y frente a él los desafiantes destellos de neón de un sex-shop. Y hay salas de juego, venta de instrumentos musicales, hoteles y pensiones, restaurantes y locutorios para latinoamericanos, tiendas de chinos, bares de día, bares de noche (como el mítico Club Yasta, en el 10, nacido en pleno auge de la Movida madrileña, o el irlandés The Quiet Man, en el 44, abierto por los hijos de Gregorio Monje, el mítico tabernero de La Ardosa de la vecina calle Colón), gimnasios, galerías de arte y algún otro negocio como los ya históricos Comercial Mínguez, en el nº28, especializado en artículos para pastelerías, o Plaka Técnica, en la esquina con Colón, dedicado a la venta de material de dibujo.
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CALLE DE SAN ONOFRE

Va desde la calle de Fuencarral a la de Valverde. El nombre se debe a que hubo una ermita dedicada al santo anacoreta por estos terrenos donde después se abrió la calle, y que al parecer eran propiedad de doña Beatriz Galindo La Latina, profesora de latín de la reina Isabel la Católica, y de su marido don Francisco Ramírez, famoso militar descendiente del legendario Gracián Ramírez, caballero que en el año 932 participó junto a Ramiro II en el primer intento —fallido— de conquista de Madrid a los árabes, y que encontró una imagen escondida de Nuestra Señora junto a un campo de esparto o tochas —"atochar"—, imagen que sería venerada a partir de entonces con la advocación de Virgen de Atocha.


Plano de la calle de San Onofre

San Onofre (en primitiva lengua castellana san Nuflo), se cree fue hijo de un rey egipcio o abisinio y que vivió en el siglo IV. Ingresado en un convento de la Tebaida egipcia, quiso conseguir una mayor perfección, se retiró al desierto y llevó una vida penitente y solitaria, absolutamente aislado y solo en pleno contacto con la naturaleza. Se llegó a decir que parecía un animal de especie desconocida, pues tan fuera de lo humano era su aspecto.


San Onofre

La calle de San Onofre, cerrada al tráfico, une la modernidad de Fuencarral con la tradición de Valverde, pues a esa altura, al fondo, se encuentra el convento de Nuestra Señora de la Concepción, más conocido por el de las Madres Mercedarias de Don Juan de Alarcón, ya que fue fundado en 1609 por el sacerdote Don Juan Pacheco de Alarcón, quien fue albacea de doña María de Miranda, viuda de Juan Arista de Zúñiga, señor de Montalvo.

Una placa en la fachada del número 4, recuerda que allí residió durante unos años el célebre músico Isaac Albéniz. Madrid le inspiró dos composiciones: la zarzuela San Antonio de la Florida, estrenada en 1894 en el Teatro Apolo, y Lavapiés, la única pieza de las que integran Iberia que no está directamente ligada con Andalucía.


Calle de San Onofre

Sin lugar a dudas, el negocio tradicional más conocido de la calle es el Horno de San Onofre, en el número 3, primera de las pastelerías de esta cadena abiertas en Madrid. En realidad sólo lleva allí desde 1972, pero recoge el espíritu de otra confitería que antes se encontraba en el mismo local, El buen gusto. Sólo el olor que inunda toda la calle San Onofre, hace que sea imposible pasar de largo y una vez dentro no salir con algunas de sus deliciosas propuestas, entre las que destaca su magnífica tarta de Santiago.

En este mismo local, y antes de la primitiva confitería, hubo una papelería que regentaba la familia Cabañas.


Horno de San Onofre

Aunque no tan conocida como el horno, más antigua aún es la colchonería Marina, en el nº 8, fundada en 1892. Es ya, pues, centenario este pequeño establecimiento con raigambre en el centro de Madrid.

En el local de la esquina con Fuencarral, en el que ahora hay una firma vanguardista de ropa juvenil, hubo antes otro comercio también centenario, la peletería San Onofre, fundada en 1888.

Actualmente en San Onofre encontramos, además, un par de peluquerías, otro par de zapaterías, una chocolatería, un restaurante, una sala de arte, el Colmao San Onofre, antítesis de los tan abundantes ultramarinos de menor calidad en manos de los chinos, y una pequeña tienda de maquillaje y cosméticos, Harpo, en una deliciosa envoltura de un establecimiento antiguo que han tenido el buen gusto de conservar.
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CALLE DE COLÓN

Va desde la calle de Fuencarral a la plaza de San Ildefonso. Antes se llamó de Santa Catalina la Vieja, y el nombre actual es en honor del extraordinario navegante y descubridor del Nuevo Mundo.


Plano de la calle de Colón

Tan interesante como desventurada fue la vida de Cristóbal Colón. Lo vemos acudir de una corte a otra sin ser atendido en sus proyectos, y venir desde Portugal pidiendo limosna por el camino. La hospitalidad que le concedió en la Rábida el padre Juan Pérez de Marchena fue el comienzo del logro de sus afanes. Aún le quedó, sin embargo, mucho que sufrir hasta que la reina Isabel de Castilla diera la ayuda suficiente para organizar el viaje a lo desconocido. El 3 de agosto de 1492 salió Colón del puerto de Palos de Moguer, y el día 12 de octubre llegaba a la isla de Guanajani o de San Salvador.

Después de descubrir nuevas tierras que no habían de llevar su nombre, sino el de Américo Vespucio, padeció desventuras y persecuciones. Y acabó sus días miserablemente en Valladolid.

Tardíamente fue reconocida la gloria de su genio, y en los anales de la grandeza española quedó su nombre como cabeza de un alto linaje, en el que se vincularon los títulos de Gran Almirante, Adelantado de las Indias, duque de Veragua y marqués de Jamaica.


Colón

Sin lugar a dudas, el negocio tradicional más conocido de la calle es la centenaria Bodegas La Ardosa, en el número 13. Tiene, como mandan los cánones, las puertas pintadas de rojo, porque es sabido que hubo una orden que así lo ordenaba para este tipo de establecimientos, y una preciosa azulejería en el interior rematada por una reproducción de los grabados de Goya que recorre toda la pared. Fue en 1892 cuando Rafael Fernández Bagena, propietario de unas bodegas en la zona vitivinícola toledana llamada La Ardosa, la fundó para comercializar sus vinos en Madrid. Era una cadena de tabernas —más de treinta en su tiempo— de las que ya sólo queda otra en la calle de Santa Engracia.

Esta Bodegas la Ardosa de la calle de Colón la compró en 1970 Gregorio Monje, que había sido carnicero en el desaparecido mercado de San Ildefonso (en la plaza de ese nombre y adosado a la iglesia parroquial) convirtiéndose en parte fundamental del paisanaje urbano de la calle. Ahora lo hacen sus hijos.

Fue el primer establecimiento en vender la cerveza Guinness de barril, privilegio otorgado por la casa irlandesa en reconocimiento de su historia y señorío. Además tienen unas 70 marcas diferentes de cerveza de importación y vermut de grifo para acompañar a sus múltiples aperitivos, entre los que es estrella su magnífica tortilla de patatas.


Bodegas La Ardosa

Otro establecimiento centenario es la peluquería Urbano, en el nº 10, la más antigua de Madrid, fundada en 1856. Y aunque el local ha sido modernizado, conserva el aire de las viejas peluquerías de barrio.

Y también tradicionales en la calle son la vieja ferretería del nº 7, el bar El Saltón, en el 5, o el Sidi, en la esquina con la calle del Barco; la tienda de material de dibujo Plaka Técnica, esquina a Velarde, y, por supuesto, todo el lateral de la iglesia de San Ildefonso, con la entrada a los despachos parroquiales.


Peluquería Urbano y el Bar Sidi

Además, varias boutiques, otras tantas zapaterías (una de ellas en la esquina de Fuencarral, con el edificio pintado curiosamente de un rabioso azul), una clínica veterinaria, más peluquerías, bares de copas, restaurantes... y tiendas de chinos.

Mención especial para Encuadernación La Eriza en el número 15, un multiespacio que combina taller, tienda y galería. Oscar Sánchez Lozano, su propietario, atiende en la parte delantera del local y encuaderna en la de atrás, con materiales y formas de trabajo tradicionales, manteniendo un trabajo artesanal antiguo con un estilo contemporáneo.


Calle de Colón

Y un recuerdo, como muestra de todos los locales desaparecidos de la calle, a la tienda-fabrica de palomillas o mariposas San Juan Bosco, posiblemente la única que había en España. Se echaba mano de ellas para la fiesta de Todos los Santos y el día de los Difuntos, fechas en las que en muchas casas se ponían por las habitaciones lamparillas votivas a los familiares desaparecidos. Consistían en un vaso o taza con agua y aceite, sobre el que flotaban las tales mariposas, formadas por un trocito redondo de cartulina fuerte, del tamaño de un euro, y otro de corcho, unidos y pinchados ambos por el centro con una cerilla. Permanecían encendidas hasta que se consumía el aceite. Para los chicos eran verdaderamente aterradoras, pues en esos días de culto a los muertos y tan propicios entonces para contar truculentas historias de apariciones, si te levantabas por la noche, el movimiento de las sombras que provocaba el leve resplandor de las lamparillas, unido a un chasquido de los muebles, era suficiente para que, lleno de pavor, corrieras rápido a refugiarte bajo las mantas.


Lamparillas de aceite

También se empleaban para dar simplemente luz, en sustitución de las velas, o en la función que hoy hacen los modernos pilotos que se acoplan a un enchufe y mantienen una luz tenue, de vigilancia, en habitaciones de ancianos o de niños pequeños. Eran otro tiempos.
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CALLE DE SANTA BÁRBARA

Une la calle de Fuencarral con la plaza de San Ildefonso y la Corredera Alta de San Pablo. El nombre le viene porque en tiempos era un camino que se separaba del que luego formó la Corredera y que acercaba a una ermita dedicada a esta santa, en la actual plaza de Santa Bárbara. Allí se iba en romería el 4 de diciembre. En este mismo asentamiento de la primitiva ermita, en terrenos donde hoy nace la calle Orellana, estuvo el convento de Santa Bárbara, fundado en 1606 por el religioso mercedario Juan Bautista del Santísimo Sacramento.


Plano de la calle de Santa Bárbara

Santa Bárbara nació en el siglo III en la ciudad de Nicomedia (hoy día Izmit, en el noroeste de Turquía). Para protegerla de las influencias malas del mundo exterior, su padre la forzó a pasar su juventud encerrada en una torre. En su retiro, santa Bárbara se convirtió secretamente al cristianismo. Cuando su padre, que era pagano, lo descubrió, la entregó al gobernador romano. El gobernador intentó hacerla retractarse, pero no lo consiguió. Finalmente, Santa Bárbara fue decapitada por su propio padre, que no podía tolerar su conversión. Pero inmediatamente después del crimen, el padre de santa Bárbara murió a su vez, golpeado por un rayo. Desde entonces, la santa está asociada con el rayo y es invocada durante las tempestades. Y esa es la razón por la que decimos que “solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena”. Su devoción fue muy popular en Madrid.


Santa Bárbara

En la plaza de San Ildefonso y con lateral a la calle Colón estuvo hasta finales de los años sesenta del pasado siglo, un viejo mercado cubierto con ciertas pretensiones arquitectónicas, el primero de este tipo que se abrió en Madrid, obra del arquitecto Lucio Olavieta e inaugurado en 1834. Su solar sirvió para descongestionar la zona y ampliar la plaza.


Mercado de San Ildefonso

Calle de Santa Bárbara

Muchos son los locales tradicionales desaparecidos de la calle. Entre otros: Hules Barahona, en la esquina con Fuencarral; Saneamientos E. García, en el número 8; una minúscula tienda de compostura de máquinas de escribir, que también realizaba sellos de caucho, al lado de la anterior, o una vieja cacharrería (han desaparecido casi todas de Madrid), llegando a la plaza de San Ildefonso.


Antigua fontanería

Hoy, entre muchos locales que han echado el cierre y están a la espera de osados que quieran poner nuevo negocio, abren varias boutique de ropa y zapatos, la cristalería Gutiérrez (trasladada aquí desde la cercana calle de Velarde), algún bar de copas, el Club Sideral, esquina a la calle de San Joaquín, de ambiente rockero malasañero, y el bar restaurante Conache, con agradable terraza a la plaza de San Ildefonso.
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CALLE DE SAN JOAQUÍN

Va desde la calle de Fuencarral a la Corredera Alta de San Pablo. Lleva su nombre desde muy antiguo, pues con él aparece en el plano de Texeira de 1656. Y también hay constancia de la cesión en 1660 de un terreno de esta calle, propiedad del Concejo de la Villa, al marqués de Eliche, para crear o agrandar un jardín que titulan de San Joaquín.


Plano de la calle de San Joaquín

El nombre se debe al parecer a un retablillo que existió en la fachada de una de las primeras casas que por aquí se edificaron, la de don Manuel de Zúñiga, conde de Monterrey, que todos llamaban la casa de Bolea.

San Joaquín, según una tradición católica y ortodoxa que arranca del siglo II, fue el padre de la Virgen María y marido de Santa Ana. No conocemos más que sus nombres. Lo que relatan sobre ellos los libros apócrifos no es todo confiable y difícil distinguir lo cierto de la leyenda. San Joaquín era venerado por los griegos desde muy temprano. En el Occidente su fiesta fue admitida más tarde. Con la reforma del calendario después del Concilio Vaticano II, San Joaquín se celebra junto con su esposa, Santa Ana, el 26 de Julio. Son los patrones de los abuelos


San Joaquín

En la esquina de esta calle con la de Fuencarral hubo un café-teatro llamado también de San Joaquín, con espectáculo de variedades y del incipiente por entonces género chico. En su escenario figuró mucho tiempo, junto a otros actores también de gran nombradía, don José Mesejo, que luego triunfó en el teatro Apolo con piezas de zarzuela tan famosas como La verbena de La Paloma o La revoltosa.


Caf´r-teatro San Joaquín

En esa misma esquina estuvo luego el mesón restaurante La Criolla, desaparecido incomprensiblemente cuando más amplia era su clientela. Ahora el lugar lo ocupa otro negocio de hostelería.

Desapareció también, entre otros, la antigua cerrajería del número 8, y, por supuesto, todo el edificio tricentenario que tenía esquina con la plaza de San Ildefonso y vuelta a la Corredera. En este caso para levantar otro, conservando ridículamente la fachada, para vecinos de mayor solvencia económica. Y, claro, llevándose por delante algunos locales comerciales, dos bares de freiduría y raciones, un club nocturno y una bella vaquería-lechería, que tenía unos vidrios publicitarios y un interior preciosos.


Edificio desaparecido

Sí se mantiene el mítico Lozano, en el nº 14, un bar antiguo y de gente del barrio, pero que fue descubierto por los jóvenes para, por un precio más que razonable, mitigar el hambre con bocatas y hamburguesas a la par que la sed en las correrías callejeras malasañeras.


Calle de San Joaquín

Y, por toda la calle, alguna boutique, restaurantes, una escuela de encuadernación, un locutorio para hispanoamericanos, una tienda de tés, varios locales cerrados y un centro municipal para mayores que lleva el nombre de Benito Martín Lozano (1919-1984), conocido industrial del Mercado de la Cebada que fue concejal socialista del Ayuntamiento y presidente de la Junta Municipal de Arganzuela.
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FIN MARAVILLAS 3