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51 LAS VENTAS A PIE DE CALLE

Hace años, cada día, calle por calle y puerta por puerta, recorrían los pueblos vendedores ambulantes, artesanos y comerciantes de todo tipo que iban ofreciendo su mercancía.


Panaderos
Siempre hubo y hay venta de pan por las calles de Criptana

Por la calle de la Reina —allí vivi de chico—, en Criptana, siguen pasando los panaderos. Digo bien panaderos, pues son cinco o seis, y la gente sabe quien es el suyo por la hora o por el sonido del claxon de la furgoneta. También el sifonero, que igualmente provee de gaseosas, cervezas, refrescos y alguna exclusiva de vinos de La Mancha. El bollero no falta tampoco, pero una vez a la semana, con su surtido variado en dulcería. Y el fotógrafo Malmira, reconvertido en churrero (ahora sus hijos): "¡A las porras calientes, a las porras calentitas!". Son los últimos restos de unas costumbres que se resisten en desaparecer.


El sifonero
El sifonero por la calle de la Reina en Criptana

Antes eran muchos más: los lecheros, por ejemplo, algunos con su ganado de cabras que ordeñaban en las mismas puertas de las casas; otros, como Tomás, que era el nuestro, con un borriquillo y grandes cántaras de leche de vaca. Después en motos, o la chica del Caco en furgoneta, y siempre envasada, pues se prohibió la venta a granel.


Leche de cabras
Ordeñando las cabras en la misma puerta de las casas

Borriquillo con cántaras de leche
Borriquillo con cántaras de leche por el Tumbillo

Pasaban los meloneros, con carros o serones hasta arriba sobre mulas o borricos. Muchos hortelanos del pueblo o venidos de Herencia Miguel Esteban o Camuñas, con patatas, tomates, cebollas y todo tipo de verduras. Y algunos con sacos de bellotas y castañas o con manojos de espárragos trigueros y "palillo" o "palo duz" (regaliz), que todo era bueno para sacarse unas pesetillas.


La Rufa
La Rufa vendiendo patatas

Regaliz
Ramas de regaliz, "palillo" o "palo duz"

En las calurosas tardes de verano, nuestro vecino Mínguez, el zapatero, arrastrando su pata chula, pero en su otro empleo, empujando un carrito de "helaetes" hechos artesanalmente por él y su mujer, bien de cucurucho o entre dos galletas. Otro puesto de helados era el de Piejo, en la Plaza, en sana vecindad comercial con los titos de la hermana Cordeles, con las berenjenas de Foril, que también era matarife y carbonero, con el puesto de "alcahuetas" que los domingos plantabas los Calcerrada o los Arias, de Alcázar, y con las chucherías de las piperas.


El carrito de los helados
El carrito de los helados

Lesmes, el calero ("¡Cal en terooooón!"), ofreciendo los terrones de piedra caliza (cal viva), casi recién sacada del horno. El arenero, vendiendo arena blanca y greda, productos que se empleaban entonces para fregar sartenes y calderos. Y algunas mujeres vendiendo escobas grandes o pequeñas para dar de cal.


Caleros
Lesmes, el calero. "¡Cal en terroooón!"

Los carboneros llevaban su producto a las casas como hoy hacen con el butano o con el gasóleo para calefacción. José María Albacete ya empezó esta tarea de joven con su padre, y lo hacía con un carro y luego remolque tirado por mulas.

Vicente Muñoz, El Jarete, que repartía piensos a domicilio con un motocarro y antes con un carrete tirado a mano.


José María Albacete y Vicente Muñoz (El Jarete)
José María Albacete con sus mulas, para el reparto del carbón, y Vicente Muñoz El Jarete con su motocarro

Viajantes, que además de diligenciar su negocio al por mayor por las diversas tiendas del pueblo, no hacían ascos a la venta directa puerta a puerta. También muchos gitanos, con sus fardos de cortes de trajes, franelas, percalinas, cretonas, estopillas o alfombras. Con frecuencia aparecía algún quincallero, pertrechado de mil y un artículos. Y muchos charlatanes, ofreciendo lotes a precios maravillosos. Mi madre, para evitar todos estos moscones, se inventó la coletilla de decir que teníamos comercio; los espantaba rápidamente. Pero las más de las veces, lo que se hacía era no abrir la puerta, aunque aporrearan el llamador.

Pregonaba Fernando El Diablo, también conocido simplemente por El Colchonero, su variado quehacer: "¡Se arreglan paraguas, colchones de lana y somieres!"


Gitanos en venta ambulante
Gitanos con sus bártulos repletos para la venta ambulante

Quincallero motorizado
Quincallero motorizado

Lo que no faltaba cada tarde era algún chico del Gato, el tortero, en bicicleta y con una canasta de mimbre ovalada de esas que tenían asa y dos tapas, una por cada lado. Si era época cercana a la Virgen de Criptana, el lunes de Pascua, el producto estrella eran los hornazos, con su huevo en el medio. En mi casa nos gustaban más los hornazos del Caballista, pero esos había que ir a comprarlos al horno de la calle de Santa Ana.


Tortas del Gato
Las tortas del Gato

Tampoco fallaba ninguna semana Leandro, que se ganaba la vida como intermediario en la venta de palomos y liebres, ya muertos, productos de caza furtiva, algún conejo, o pollos de los de entonces de corral, en este caso vivos. El pobre aguantaba como nadie el consabido regateo en el precio, muy compungido, casi medio llorando. "Pero mire, mire que pechuga tiene...". Otras veces hacía de buhonero y pasaba con una caja repleta de hilos “de todos los colores”, de “agujas que cosen solas”, botones, alfileres y cosas variadas de poco valor..


Leandro
Leandro, buhonero unos días y otros metido al trapicheo de la venta de pollos o de caza furtiva

Cuando llegaba la temporada, arribaban al pueblo los mieleros de La Alcarria, con sus grandes blusones negros y la miel en dos orzas sujetas con un lazo y sobre el cuello. Y los chacineros de Salamanca, en burros o con un hatillo sobre las espaldas lleno de chorizos y longanizas.

El más pintoresco era Garrigós, el trapero, que recogían ropas y trapos viejos, papel y cartón, y pellicas de liebres y conejos que se habían tenido secando pegadas sobre las paredes de cámaras o corrales. Cambiaban todas estas cosas por la mercancía que llevaban en la tartana, generalmente cacharros de loza y barro, sartenes y unas algarrobas para los chicos.


Los traperos
Garrigós, el trapero

Pellica de conejo
Pellica de conejo

Los alfareros vendiendo su producto directamente por las calles o plantando puestos eran igualmente habituales, generalmente por el mes de Junio, a su regreso a Bailén con los restos de la feria de San Isidro en Madrid. Había que aprovechar para conseguir aquella orza que tanta falta hacía, o reponer el botijo roto de verano, o el esmaltado, de invierno. Y por supuesto los cantareros.


Alfareros
Alfareros

En los últimos tiempos pasaban unas muchachas, Las Mayas, que luego han abierto un restaurante y hotel. Su furgoneta era un "Carrefour" en miniatura; llevaban de todo, desde papel higiénico hasta una lata de anchoas.

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52 PESAS Y MEDIDAS DE ANTAÑO

Aún vemos, sobre todo en mercadillos al aire libre, pesar con romanas o viejas balanzas de dos platos que nos hacen dudar a veces de la honestidad del comerciante, pero, eso sí, siempre en kilos. Antes era otra cosa, los pesajes se hacían en quintales, arrobas, cuartillas, libras, cuarterones...


Romanas
Romanas

Balanza de platos
Balanza de platos

Antigua balanza de aguja
Antigua balanza de aguja

La arroba se consideraba unas veces unidad de medida de peso (11,500 kilos). Equivalía a la cuarta parte de un quintal y se dividía en 4 cuartillas, 25 libras, 100 cuarterones, 400 onzas o 6400 adarmes.

Otras veces se utilizaba como medida de capacidad, y era una vasija de metal, lata estañada o cántara cerámica, que tenían en bodegas, almacenes y almazaras para despachar el vino o el aceite. Una arroba de vino (16,13 litros) tenía 4 cuartillas, 8 azumbres o 32 cuartillos. Si era de aceite, su capacidad equivalía a 12,56 litros.

Pero en diferentes zonas implicaba una cantidad o medición distinta y un sistema de divisiones también diferente.


Antiguas medidas de capacidad de líquidos
Antiguas medidas de líquidos, garrafa de vino de una arroba, cántara y zafra de aceite

Antiguamente existían los denominados Caminos de Postas, que eran rutas por las que circulaba el correo, siendo medidas las distancias de una posta a otra en leguas, con lo que también se calculaba lo que costaba enviar el correo. Una legua era lo que recorría un caballo en una hora (5.57 Km).

La vara (83,6 centímetros) era una barra o listón de madera con marcas o divisiones gravadas a fuego, que se utilizaba en las tiendas para medir las telas, sogas... Equivalía a 3 pies, 4 palmos, 36 pulgadas o 48 dedos.

La fanega (unos 54,58 litros) para medir los cereales era un cajón trapezoidal que en el lado recto llevaba un asa; el otro, oblicuo facilitaba el vertido del grano que se medía. Equivalía a 4 cuartillas o 12 celemines

Otra unidad de capacidad comúnmente usada era el costal, que era una talega grande con una capacidad de tres fanegas. Y el cahíz, con 12 fanegas, muy utilizado para medir en su tiempo yeso y cal.


Antiguas medidas de capacidad de áridos
Antiguas medidas para cereales

La superficie también se medía en fanegas. La fanega de tierra era la superficie que se sembraba con una fanega de trigo. Pero esta equivalencia cambiaba en cada región e incluso en cada pueblo y según qué cultivos. En Criptana y en muchos pueblos de los alrededores, una fanega de viña, por ejemplo, cuando hace años todas se plantaban en la modalidad de “vaso”, venía a ser unos 6.975 metros cuadrados (1 hectárea = 1,43 fanegas), no los 6.440 que hoy se consideran más o menos como oficiales y que para una hectárea suponen 1,55 fanegas.

Contar el dinero es otra historia. Empezamos a contarlo en "dracmas", unidad monetaria que utilizó la colonia de comerciantes griegos asentada en el año 575 a.C. en Emporion (el territorio que hoy ocupa Girona), en el golfo de Rosas.

Cuando los romanos ocuparon la Península Ibérica, el "denario" de plata se convirtió en la moneda de cambio, aunque convivió con el dracma durante los siglos II y I a.C.


Primeras monedas
Primeras monedas: dracma de Emporion y denario ibérico

Los fenicios, los hebreos y los cartagineses también dejaron su huella numismática: el "siclo" o "shekel".

Los reyes visigodos manejaron el "tremís", moneda que se acuñaba con el apellido del monarca en curso.

El "dinero" fue la moneda característica de la Edad Media en Europa y en España se empezó a utilizar a partir del siglo VIII, pero la llegada de los árabes a la Península volvió a afectar a la unidad monetaria. El "dinar" o "metcal" de oro y el "dirhem" de plata se introdujeron poco a poco.


Shekel, tremís del rey Tulga, dinero, dinar y dirhem andalusíes
Shekel, tremís del rey Tulga, dinero, dinar y dirhem andalusíes

Después, en los diversos reinos de España se comerció principalmente con el "denario regis" en cobre (vellón) con plata, que pasó luego a llamarse simplemente "dinero de vellón"; el "maravedí" de oro, primera moneda autóctona castellana; el "mancus" de oro, "sueldo", "pepión", "dobla" o "castellano", "maravedí blanco" de plata, "croat" o "cruz", "real" de plata, "blanca" de vellón y "florín" de oro.


Dinero de vellón, maravedí, mancus y dobla
Dinero de vellón, maravedí, mancus y dobla

Los Reyes Católicos instauraron el "ducado", moneda que coexistió con el maravedí y que fue sustituida por el "escudo", introducido en el imperio por Carlos I y que fue unidad oficial de las acuñaciones de oro desde 1538 hasta el siglo XIX.


Ducado y escudo
Ducado y escudo

Un detalle importante en las monedas, ya desde 1.699, era asegurarse que los pícaros no iban quitando el oro o la plata de cada ejemplar mediante el procedimiento de limar los bordes. Para ello se inventó el llamado "cordoncillo", que consistía en grabar en el canto de las monedas una inscripción o una leyenda.

En 1833 se fijó el "doblón" de oro como unidad del sistema monetario, que equivalía a 100 reales ó 10 escudos de plata. Circulaban además el "duro", equivalente a 20 reales; la "peseta", por valor de 4 reales, y más de 90 monedas de curso legal entre peninsulares y americanas, viejas y nuevas, españolas y francesas: dineros, maravedíes, onzas... y hasta antiguas monedas romanas.


Doblón
Doblón

Parece haber quedado confirmado por los historiadores que la palabra "peseta" proviene directamente del vocablo catalán "peceta" que significaba "piececita", es decir, moneda pequeña de plata.

Las primeras monedas que llevaban físicamente el nombre de peseta fueron las que a partir de 1808 mando acuñar en Barcelona José Bonaparte.

Al llegar el reinado de Isabel II, se emitió una serie de monedas de 1 peseta para pagar el sueldo de las tropas durante las Guerras Carlistas. De aquí que estos soldados pasaran a llamarse "peseteros".


La peseta
La primera peseta, en tiempos de José Bonaparte, y la de Isabel II

En 1.868 tras la Gloriosa Revolución que provocó el exilio de Isabel II, el Gobierno Provisional decretó la reforma del sistema monetario español y fijó la "peseta" como moneda de referencia y única de curso legal en España.

La peseta se dividía en 4 "reales" o en cien "céntimos", y se acuñaron piezas de 1, 2 y 5 pesetas en plata y de 10, 20, 50 y 100 pesetas en oro, además de fracciones de 20 y 50 céntimos de plata y 1, 2, 5 y 10 céntimos de bronce. Pero de todas ellas, las que más éxito tuvieron fueron las de 5 y 10 céntimos, conocidas popularmente como "perra chica" y "perra gorda", en alusión al extraño león que llevaban en el reverso y al que el pueblo no consideró lo suficientemente feroz quedándose en "perra". También los 50 céntimos ó "2 reales" y la moneda de 5 pesetas que todos llamaron "duro" hasta su desaparición en 2002.


La peseta, moneda oficial desde su aprobación el 19 de octubre de 1868
Moneda oficial en 1868: una peseta, dos, cinco (duro), cien, cincuenta céntimos, perra gorda y perra chica

El primer papel moneda con el valor facial expresado en pesetas se emitió el 1 de julio de 1874, coincidiendo con la concesión al Banco de España del derecho en exclusividad a emitir billetes, hasta entonces compartido con otros bancos provinciales.

A partir de 1.925 se acuñaron monedas en níquel de veinticinco céntimos. Como tenía en el reverso una carabela navegando con las velas al viento, el pueblo llano la llamó "la caraba". Se parecían bastante a las de dos pesetas de plata y hubo que sustituirlas enseguida por una nueva moneda con un taladro central, que tendría tal fortuna que hasta las últimas emisiones de veinticinco pesetas del Rey Juan Carlos I lo han seguido llevando.


Primera emisión de papel moneda en pesetas, la caraba y la del agujero
Primera emisión de papel moneda en pesetas, la famosa "caraba" y su sustituta de agujero"

La contienda de 1936 supuso también una guerra de monedas: cada uno de los bandos emitió la suya propia y negó la legitimidad de la contraria. Y el que más y el que menos pensó que, fuese quien fuese el ganador de la guerra, el metal de las monedas siempre tendría su valor. Así fueron desapareciendo sucesivamente las monedas de plata, las de cobre y las de bronce, estas últimas fundidas para hacer munición. La falta de calderilla dificultó las pequeñas compras de los ciudadanos, de modo que empresas, sindicatos y ayuntamientos, entre otros, se lanzaron a la emisión de vales o monedas locales.

El propio Estado llegó a poner en circulación discos de cartón con un sello de correos pegado.

La peseta republicana dejó de llevar a la vieja matrona romana y pasó a acoger a una cabeza de mujer con el pelo suelto. Al ser amarillo el metal, el pueblo, una vez más, acuñó una denominación que haría historia: "la rubia".

Coloquialmente, la peseta ha recibido otros nombres, como "pela", "cala" o incluso "chufa", a menudo utilizados junto a cantidades grandes para indicar un precio excesivo.


Emisiones de la República y del bando nacional
Emisiones de la República y del bando nacional

Emisiones del Ayuntamiento de Campo de Criptana
Emisiones del Ayuntamiento de Campo de Criptana

Popularmente se designaba como "kilo" al millón de pesetas, puesto que los mil billetes de 1.000 pesetas necesarios para el millón (cuando el billete más grande en circulación era de este valor), pesaban alrededor de un kilogramo.


Mil pesetas
Mil billetes de mil pesetas: un "kilo"

Algunas personas alcanzaban relativa destreza para manejar las cantidades económicas en duros, es decir, en vez de 100.000 pesetas usaban 20.000 duros; en vez de 150.000 pesetas, 30.000 duros. Siendo así muy populares las monedas de 5 duros (25 pesetas) y las de 20 duros (100 pesetas). E incluso antes y después de la Guerra, en reales, lo que resultaba para los no iniciados un verdadero galimatías.

En 1.966 se renovó el grabado de Franco en las monedas por uno más acorde con su edad y se produjo otra novedad: volvía la plata a la de 100 pesetas. Se retiraron en 1.970 por el cambio de precio del metal y el acaparamiento del pueblo


Emisiones franquistas
Algunas emisiones de tiempos de Franco: monedas de peseta, de dos con cincuenta, de cinco de 1949 y posteriores,
veinticinco, cincuenta, cien (en plata), cincuenta centimos (de agujerillo y posterior), diez céntimos de los últimos tiempos
y los primeros diez y cinco céntimos (perra gorda y perra chica o perrilla)

Billetes más característicos de la época franquista
Algunos de los billetes de la época franquista

En 1.975 se acuñaron una nuevas monedas con la figura de Juan Carlos I, aunque siguieron circulando las de la época anterior.

Algunas de las monedas emitidas durante el reinado de Juan Carlos I
Algunas de las monedas emitidas durante el reinado de Juan Carlos I


Billetes juan Carlos
Algunos de los billetes en la época de Juan Carlos I

Y en el 2002 desapareció la peseta y se adoptó el "euro" como unidad del Sistema Monetario Europeo, al cambio de 166,386 pesetas. Se suele emplear mentalmente la tasa de conversión aproximada de 166,6 pesetas por euro, que son 6 euros por cada 1.000 pesetas. Esta aproximación sólo tiene un error del 0,17%.


¡Y llegó el euro!
¡Y llegó el euro¡ A la izquierda detalle ampliado de las monedas de uno y dos euros de Juan Carlos I y de Felipe VI

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53 LA COSTURA Y EL BORDADO

Una primera máquina de coser rudimentaria fue inventada por el inglés Tomás Saint en 1790. Desde entonces, mucho ha sido lo andado; aunque los principios básicos de las actuales no han sufrido alteraciones radicales desde las tempranas invenciones. La aguja con ojo en la punta, el gancho giratorio y la lanzadera deslizante se utilizan aún. El gancho giratorio coge el hilo superior y lo engarza en derredor del inferior para formar la costura de cadeneta. La lanzadera lleva el carrete del hilo inferior, y pasa a través del lazo del hilo superior para formar la puntada. Las primeras máquinas solían moverse mediante una manivela o pedales, pero hoy todas funcionan a motor.

La máquina de coser Singer es una las más vendidas por todo el mundo. Isaac Singer la empezó a fabricar en estados Unidos en1850. Alfa, creada en 1925 en Eibar, fue la primera en hacerlo en España.


Máquina de coser antigua Singer
Máquina de coser antigua Singer

Máquina de coser antigua Alfa
Máquina de coser antigua Alfa

De todas las invenciones para facilitar el trabajo de la mujer en las labores domésticas y en las fábricas, es quizá la máquina de coser el ejemplo más sorprendente y que significó una maravillosa adaptación de dispositivos mecánicos para sustituir el trabajo manual.


Mujeres cosiendo
Mujeres cosiendo

Antaño las labores de costura eran totalmente manuales. Hasta principios del siglo XX, la moda fue lo bastante complicada, que todas las mujeres, en mayor o menor medida, según sus posibilidades, tenían su modista. Y la modista a su vez, tenía un taller con varias aprendizas, las modistillas, que aprendían "el corte", todo el día entre agujas y alfileres, dedales y tiza de marcar, hilvanando y deshilvanando, poniendo botones, pespunteando, haciendo pliegues, sisas..., sin otro emolumento, la mayoría de las veces, que la propina de la señora que acudía a probarse y las clases gratis de la maestra. Y eso sí, confiando siempre en su patrón san Antonio de Padua para encontrar novio:



San Antonio bendito.
¡Ay, san Antonio,
aunque sea de trapo,
danos un novio!
¡Anda Antoñito,
mira que hace tiempo
lo necesito!





Taller de modistillas
Taller de modistillas

Con la simplificación de la moda, se creó una nueva figura: la costurera, que perduró casi hasta nuestros días.

La costurera iba a las casas para ayudar a remendar y arreglar la ropa del hogar y también para confeccionar vestidos que no fueran muy complicados. Sabía probar y encajar la ropa de vestir, y era muy común que la señora y la costurera trabajasen, mano a mano, sobre todo si había hijas jóvenes a las que les gustaba presumir, y resultaba más barato hacerles los vestidos en casa.


Costurera
Costurera

Para la costura se usaba una silla baja para no tener que agacharse (las conocidas como tabletes) y una almohada especial, puesta sobre las piernas para elevar y apoyar la pieza que se estaba cosiendo, con pequeños bolsillos para guardar agujas, dedal, hilos, tijeras y cuantos útiles eran necesarios.

También se disponía de costureros, que eran cajas, a veces con patas, en madera, mimbre o caña, con departamentos para tener ordenado todo lo necesario para coser: acerico con alfileres, imperdibles, automáticos, dedales, botones, agujas de distintos tamaños, huevo de madera para zurcir, hilos para hilvanar, zurcir, etc.


Silla de costurera
Silla de costura

Caja antigua de costura
Caja antigua de costura

Taller de costura
Modistillas en la calle, y todas con su silla baja y alguna con la clásica caja de costura en una lata de carne de membrillo

Hoy existen todo tipo de prendas de fabricación industrial. Los grandes almacenes y las boutiques ofrecen una oferta variada de moda y pocas son las que recurren a la costura personalizada, por otra parte, escasa y cara.

Una tarea especial de costura eran los bordados, que embellecían los vestidos y los ajuares.


Bordado con bastidor
Mujeres y una niña con diversas labores: encaje de bolillos, bordado a bastidor, punto y ganchillo

Era impensable que una novia no preparara su ajuar con sus mantelerías, sus toallas y sus sábanas con bordados. Hasta los novios aportaban pañuelos de bolsillo con las iniciales de su nombre en realce, e incluso en las camisas.

Había bordadoras especializadas en bordar lino, sedas, damascos..., o en determinadas labores. Famosos eran los bordados y encajes de Lagartera, en Toledo, sobre todo sus bellísimas mantelerías, con dibujos peculiares que se intentaba copiar.


Juego de sábanas bordado
Detalle de juego de sábanas bordado

Mantelería lagarterana
Detalle de mantelería lagarterana

Pañuelo bordado
Pañuelo bordado

Velo de novia bordado
Velo de novia bordado

Tapete de ganchillo
Tapete de ganchillo

Van quedando pocas artesanas que cultiven este arte, que, de todas formas, se mantiene en algunos conventos de clausura, donde las monjas continúan trabajando el terciopelo, la seda y el oro. Mantos para Vírgenes, casullas, capas, ornamentos para los altares y también trajes regionales o pendones para procesiones o cofradías, siguen siendo las piezas más solicitadas.


Cinturilla para Virgen
Cinturilla bordada en oro para Virgen

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54 NOVIAZGOS Y BODAS

Antiguamente, en Criptana y en otros muchos pueblos de La Mancha, para solicitar y entablar relaciones un muchacho con una chica que le gustara, la cortejaba y hablaba con ella aprovechando que saliera alguna anochecida a comprar o a otro recado. Ya de acuerdo, primeramente se veían un ratito, también a últimas horas de la tarde, medio a escondidas, para que no pudieran verlos gente de sus familias. Pasado un poco tiempo, ya se les veía ir juntos, y los domingos mañana y tarde, pero siempre acompañados de alguna de las amigas de ella.


El cortejo
El cortejo

Novios con carabina
Novios con carabina

Mis tíos Araceli y Enrique de novios
Mis tíos Araceli y Enrique de novios una tarde de paseo en la Sierra de los Molinos.
Mi hermano Valeriano y yo supongo que de carabinas por imposición de mi abuela Venacia

Un día, por fin la muchacha se atrevía a decírselo a su madre, y ésta a su marido, y si el chico había caído bien, daban su consentimiento para que hablaran en la puerta de la casa o a través de una ventana. "Pelar la pava", se decía.

A los pocos meses, ella se lo pedía a sus padres, y una noche después de cenar pasaba el novio a casa de la novia. Desde ese momento, entraba ya a cualquier hora, estaba un rato de charla con los familiares y luego un poco en la puerta.


Pelar la pava
Esperando a que llegue el noviete para pelar la pava

Los domingos, la relación variaba, pero se limitaba a largos paseos o a ir al cine, casi nunca a solas.

Si todo iba por buen camino, una tarde, los padres del chico se acercaban a la casa de la novia para formalizar entre las dos familias el noviazgo.


¡A las diez en casa!
¡A las diez en casa!

 Mi padre y mi madre de novios en la playa
Mi padre y mi madre (los dos de la derecha) de novios en una playa de Vigo, con familia y amigos.
Años 30 del pasado siglo. ¡Eran unos adelantados!

Cuando un muchacho de otro pueblo se hacía novio con una chica de la vecindad, si quería seguir siéndolo y que no los molestasen, debía "pagar la patente" una especie de impuesto que las más de las veces consistía en una buena convidá a la "quinta" de mozos que ese año sorteaban para la "Mili". Si se negaba a ello por chulería o por las razones que fuesen, podía acabar chapoteando en el pilón abrevadero más cercano. O acaso algo peor que le hicieran "los galgos" en plan salvaje.

Nota para las nuevas generaciones: hacer unos "galgos" consistía en sujetar al individuo, abrirle la bragueta e introducir tierra, hojarasca, piedras, agua y, más sádicamente, escupitajos, algún que otro sapo e incluso orines de los actuantes, no sin uno que otro sobo a lo bruto del pene.

Los bailes de entonces
Los bailes de entonces

Trini Ossorio y yo de novios en la Feria de Criptana
Trini Ossorio y yo de novios en la Feria de Criptana, antes de entrar a la verbena

Las bodas tampoco eran como las de ahora; aunque, eso sí, dependiendo de la posición económica de los contrayentes, casi siempre rumbosas, animadas y divertidas.

La organización recaía en los familiares de los novios y muy especialmente en los de la novia.

Varias semanas antes se realizaba la pedida de mano en casa de la novia, fiesta en la que se juntaban las dos familias y donde, además de pedir los padres del novio la aprobación y, en cierta medida, cesión de la novia al futuro esposo, se discutían y se tomaban los últimos acuerdos sobre las aportaciones que se harían al nuevo matrimonio para su sustento, bien fuera dinero, tierras o enseres. El hogar donde vivirían, naturalmente era una cosa decidida ya con meses o años de antelación.


Pedida de mano
Pedida de mano

La novia solía poner toda la casa: muebles, vajillas, sartenes, sábanas, mantas, sillas, orzas, cortinas, cuadros, toallas... Todo el ajuar y la casa completa. El novio por el contrario llevaba al matrimonio su ropa y si acaso unas mantas.

Por supuesto, no faltaba hablar del cómo, cuándo y dónde se celebraría la boda, así como hasta qué grado de parentesco se invitaba, y si era sólo para la misa y chocolate o para el día entero.


Trajes de boda manchegos
Antiguos trajes de boda manchegos sencillo y de gala

Las invitaciones no se hacían con tarjetas como ahora. Los padres eran los portavoces, y los que de casa en casa iban notificando el acontecimiento a familiares y amigos, diciendo a quién de cada familia se invitaba y aclarando —menuda papeleta— si era también para la comida o no.


Boda selectiva
Invitación de boda en 1961 en el Casino Primitivo. Por aquellos años aún se hacían invitaciones muy selectivas, como es el
caso de esta fotografía, en donde aparecen sólo los amigos (mi padre, Valeriano Flores, es el segundo por la izquierda)
del padre de la novia. Las esposas se quedaron en casa. Otras veces era al contrario

En muchos sitios ya existía la costumbre de organizar fiestas independientes de despedida al novio y a la novia —la de la novia más en plan hogareño—, pero no con el desmadre actual. Eran veladas agradables, con un cierto tono "picante", en donde se fanfarronea un poco, se ponía muy negro el futuro de casado y casada y se hacían bromas por el estilo.


Novios
Novios en foto muy antigua de estudio. ¡No parece que estén muy contentos!

Las bodas siempre se celebraban por la mañana y no necesariamente en sábado como ocurre en la actualidad.

Como no había hoteles ni restaurantes, se celebraban en las propias casas.

Se pedía a familiares y vecinos prestados para ese día, platos, fuentes, vasos, bandejas cubiertos, sartenes, ollas y cuanto menaje se necesitase. También mesas o tableros y sillas para poder acomodar a todos los invitados.


Novios
Otra fotografía antigua de novios. ¡Pronto te quito el refajo!

Para acontecimiento tan importante, las casas de los novios se habían adecentado, blanqueado y repintado las puertas y ventanas.

Desde unas fechas antes de la fijada para la boda, las mujeres de ambas familias, junto con la guisandera o guisandero que se contrataba para este menester, hacían el recuento de comensales y mataban y preparaban las gallinas para hacerlas en pepitoria, que era el clásico guisote para bodas, o los corderos para hacer caldereta, y a veces las dos cosas.


Foto familiar
La foto familiar

Los enlaces matrimoniales solían hacerse entonces temprano, no mas de las once de la mañana; después todos acudían a la casa del novio para tomar el chocolate con tortas o con magdalenas y galletas, cochura que ya se tenía preparada con antelación. Según como fuera la casa de grande, se disponían mesas y sillas para que se sentara el personal, o al menos para los novios, padrinos, el cura y familia más directa; el resto tomaba el chocolate como podía, sentados en sillas o bancos por patios o habitaciones, o de pie. A todos se les iba sirviendo el humeante chocolate que traían desde la cocina muchachas jóvenes de ambas familias.


Tomando chocolate en una boda
Tomando chocolate en una boda

Tomando chocolate en una boda
En ésta, una muchacha y varios hombres dando buena cuenta del chocolate

Tomando chocolate en una boda
Aquí, cuatro jóvenes invitados a la boda toman el chocolate de pie

La comida casi siempre se hacía en casa de la novia —se repartía así el trabajo que todo esto suponía—, y mientras la hora llegaba, los novios pasaban por el estudio del fotógrafo y visitaban a los familiares que por viejos, enfermos o impedidos, se habían visto imposibilitados de asistir a la boda. Era costumbre, también, si había algún pariente directo recientemente fallecido, visitar el cementerio y depositar el ramo de flores en su tumba.

Conforme llegaban los invitados, se les daba sitio a todos en las distintas mesas —ahora sí—, y los más allegados en la de los novios o cerca de ella. Todas se vestían con ricos manteles que se guardaban para la ocasión o que se pedían prestados. Como en el chocolate, muchachas pasaban y ponían jarras de vino y grandes fuentes sobre las mesas para que cada uno se sirviera, insistiendo de vez en cuando para repetir y que no quedara ninguna sobra. Transcurría siempre la fiesta entre risas, vivas y buen humor, y nunca faltaban las bromas a los novios, casi siempre algo subidas de tono.


Comida de boda
Apenas hay nada en la mesa para celebrar la boda, pero poco importa a la novia para que se sienta inmensamente feliz

Comida de boda
Invitados a una boda

Salón de bodas
Celebración de la boda conjunta de dos parejas, en lo que podría ser una casa de comidas, casino, restaurante, salón...

En algunas casas, la comida se realizaba , sentados o no, cuchara en mano, alrededor de un perol.

Como postre, melones, uvas y naranjas, se consideraba lo normal. El arroz con leche —con "duz"— era un signo de distinción, y flanes individuales, como recuerdo que dieron cuando se casó mi tía Araceli, debió ser todo un acontecimiento. No faltaba tampoco la bandeja con dulces caseros y la copa de anís, coñac o mistela para las mujeres


Comida de boda
Cucharón y marcha atrás

Con la alegría y el cantar de los jóvenes (el vino y los licores no eran muy ajenos a la situación), el bullicio de los mas pequeños, sin parar de corretear, y el desfile de los mayores por la mesa de los novios para dar la enhorabuena y dejar en la bandeja la aportación —el dinero se echaba sin sobre y a los hombres se les daba un puro—, se terminaba la comida. Pero todo era un pequeño respiro, para dejar que se recogiera un poco, porque inmediatamente empezaba el baile, amenizado por algún grupillo de música local. La juerga continuaba así hasta la noche, cantando y bailando sin cesar, sin escatimar en el ofrecimiento de bebidas, entre la que no faltaba la zurra, que se sacaba en lebrillos de los que cada uno se servía a voluntad.


Dinerito para los novios
Dinerito para los novios

Cacharros para los novios
Y también algunos cacharros y otros regalos

El baile de boda
E inmediatamente comenzaba el baile

No faltaban la zurra y los licores
No faltaban la zurra y los licores

En épocas pasadas, la mujer se casaba con el traje regional, bien elaborado para la ocasión y con ricos adornos, que muchas veces se pasaba de madres a hijas; luego, dependiendo de la economía de las familias, con un vestido de más o menos gala en color negro, que era lo más tradicional e inexcusable si se tenía luto. El blanco o color crudo para las novias no se generalizó hasta mediados del siglo pasado y empezó a ponerlo de moda la reina Victoria de Inglaterra ya en 1840, cuando se casó con Alberto de Sajonia. A partir de ahí, las damas de la nobleza lucieron esta tonalidad en cuidados vestidos de novia en los que añadían antiguos velos familiares de encaje. Pasarían años hasta que esta nueva moda llegó también al pueblo llano.

El traje de los novios, siempre más sobrio, pasó del antiguo regional al habitual de color oscuro.

Y mención especial para los que se casaban de “penalti”, como se decía hace años, en los que era casi “obligado” entonces que vistieran traje de calle, y lo hicieran a hora bien temprana, de tapadillo.


Casados de penalti
Casados de "penalti" o por "el sindicato de las prisas"

Los amigos más allegados del novio solían gastar alguna que otra broma la noche de bodas. Una de las mas comunes era la de colocar un cencerro por debajo del colchón.

El día después de la boda se celebraba la tornaboda, una invitación en la casa de los nuevos casados para los íntimos, parientes más cercanos y los padres.

Y dependiendo del dinero era el viaje de novios, que muchas veces se dejaba para "más tarde". Mis padres se casaron en 1942 y estuvieron unos días en Albacete, coincidiendo con las Ferias, y siempre contaban una graciosa anécdota en el comedor del hotel. Sucedió que, exprimiendo —no recuerdo cual de los dos era— un limón sobre un filete de ternera, salto de la mano como si estuviera vivo, y el sólito se fue a depositar en la mesa de al lado, que falto poco para que no cayera sobre un plato de sopa de uno de los comensales. Me imagino el azoro que en esos momentos les entraría.


Mis padres
Flor y Valeriano, mis padres

Mis suegros
Esperanza y Sotero, mis suegros

Siendo yo muy pequeño, fuimos en la "rubia" de Lucas, uno de los taxis de entonces —coches de punto, se decía—, a una boda de unos parientes en Miguel Esteban. Las costumbres allí eran aún más primitivas, y nos hubiéramos quedado sin comer, ¡a dos velas!, si no es porque una prima de mi padre, Esmeralda, suponiendo que iríamos sin cubiertos (la usanza era llevar cada uno los suyos de casa), nos los tenía preparados.

Habituales en otros tiempos eran "las cencerradas". Cuando un viejo se casaba con una joven o un mozo con una vieja, o dos sumamente viejos, o viudo o viuda lo hacía por segunda, tercera o cuarta vez, los mozos solían darles chasco la noche de boda haciendo ruido con sartenes, cacerolas, esquilas o cencerros.

Una primera cencerrada nadie la podía evitar; aunque sí interrumpirla y que no se repitiera en noches sucesivas obsequiando con vino a la gente.

Era tal la chunga que se montaba, que los novios que en estas circunstancias se casaban lo hicieran en el mayor secreto; pero raro que alguno de los que estaban enterados (familiares, vecinos, amigos) no se fueran de la lengua.


Baile de boda
Baile de boda

Las formas de celebrar las bodas fueron evolucionando. Un primer cambio fue realizar los bailes en locales adecuados: en Criptana, en invierno eran en el casino Primitivo o en el de la Concordia, y con el buen tiempo en el cine Ideal, amenizados por las orquestas Mambo o Ritmo, formadas por músicos de la localidad, o por los Maestronic, el primer grupo pop del pueblo. También en el Salón Hidalgo, una de las primeras discotecas en abrirse, en la rinconera de la calle Fernández Calzuelas, junto al Pozo Hondo. No faltaba, claro está, la zurra o limoná.

Durante el verano, como rara era la tarde que no había boda, siendo yo ya un mozalbete, solíamos colarnos toda la panda en los bailes al menor descuido de los porteros. Eran los tiempos en los que el "twist" hacía su furor.


¡Bailando el twist!
¡Bailando el twist!

Algunas bodas empezaron a celebrarse por la tarde, y desde la iglesia se iba directamente a baile, donde familiares pasaban con bolsas de plástico que iban entregando a los invitados, y que contenían dulces variados. Duró poco esa moda, pues resultaba un poco cutre.

Los nuevos usos son ya actuales: las tarjetas de invitación; los restaurantes; las celebraciones siempre por la tarde, seguidas del banquete y baile hasta la madrugada, y el sábado —pocas también en viernes— casi como único día para casarse, que a su vez trajo como consecuencia, debido al número de peticiones que se acumulan, que los novios tengan que prever hasta con más de un año de antelación la fecha de la boda. Y casi con cada vez menos novedad, las bodas por lo civil y los "arrejuntes".

INDICE

55 EL VESTIR EN LA MANCHA

A diferencia de regiones como Aragón, Valencia o Andalucía, donde vestir el traje regional es casi requisito fundamental en todas sus fiestas, en La Mancha es algo que ha quedado prácticamente relegado a las agrupaciones folclóricas.

Otra cosa son los antiguos trajes populares, indumentaria del día a día, que forman parte de nuestro patrimonio cultural y no deberían dejarse en el olvido.

La vestimenta en tiempos antiguos

Por empezar de alguna manera, nos remontamos a 1605, año en el que Miguel de Cervantes Saavedra, publicó la primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Entonces, las mujeres del pueblo llano manchego —prototipo sería Dulcinea— se vestían con la saya de lana o algodón parda o a rayas de colores, no muy larga, corpezuelo también pardo, la camisa y mantón alfombrado o estampado.

En cuanto al traje del campesino —nuestro Sancho Panza—, su vestimenta constaba, básicamente, del capotillo de dos haldas, abierto por los costados; los calzones anchos (zaragüelles) y medias de paño pardo, así como la camisa de estopa y sus características alpargatas o peales de bayeta que sujetaban con las correas de las abarcas. En invierno, y para la cuestión del abrigo, zamarras y montera de piel sin curtir y un capote con capucha llamado gallaruza.


El vestido en tiempos de Don Quijote
Sancho Panza hace creer a Don Quijote que una de aquellas aldeanas del Toboso es la sin par Dulcinea

Sancho Panza
Sancho Panza y Criptana

El traje del hombre en día de fiesta se componía de camisa alta de cuello plegado, almilla o jubón de frisa, sayo verde escotado, zaragüelles de lienzo fino, zapatos redondos, cinto tachonado, una caperuza del color del sayo y calzas. La mujer también gozaba de sustancial cambio con respecto al día de labor. Se componía su atuendo de saya, camisa labrada, gorguera de hilo con bordadura brillante, garbín o cofia de red con flecos de seda, zapatos y el ornamento de alhajas propio para el día de celebración.

Las damas y señores seguían las modas que llegaban desde la Corte. Así, el vestido de la mujer consistía en una saya entera, más o menos labrada según el estatus social, que se ponía sobre el verdugado (una falda interior armada con unos aros de mimbre o madera que fue precursor de otros inventos posteriores como el guardainfante, el tontillo o el miriñaque) y sobre corpiños para controlar la figura. Asimismo, por debajo de la saya, una enagua de cintura (faldellín), labrada ricamente, puso de moda eso de "enseñar los bajos" al subir y bajar de un coche, como una exhibición de riqueza. El conjunto se completaba con un gran cuello de lechuguilla, cintura, de orfebrería y tocado a juego. Y a todo esto, se añadían los chapines, una especie de alzas sobrepuestas a los zapatos, que no se veían y que levantaban el cuerpo con sus 6 o 7 suelas de corcho.


Verdugado
Ana de Austria, sobrina y cuarta esposa de Felipe II, vestida con verdugado y al gusto de la época

Mas informalmente, las damas sustituían la saya entera por un jubón, sobre camisa bordada, y una basquilla, nombre con el que designaban a las faldas exteriores tanto del traje cortesano como del popular. Y eliminaban el verdugado y el cuello de lechuguilla.

Los caballeros usaban preferentemente calzas o calzones, jubón sobre la camisa, con coleto o ropilla, y los complementos de medias, cuello de lechuguilla, que luego fue sustituido por otros más austero, el de golilla o el de valona, espada y sombrero.


Señoras y señores. Siglo XVII
Señoras y señores, con Don Quijote y Sancho, en el dibujo de Gustavo Doré para la edición francesa del Quijote de 1863

Cervantes, en su obra inmortal, cuenta brevemente el vestir de Don Quijote: sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días entre semana se honraba con su (traje) vellori de lo más fino.


Don Quijote
Dibujo de Don Quijote, de Manuel Huete, en la edición escolar de Hijos de Santiago Rodríguez, Burgos, 1955

Pasados los años, los cambios son evidentes según estas antiguas fotografías realizadas en Criptana. En las primeras, de 1895, del francés Oscar Vaillard Gascar, comerciante en vinos para una empresa de Burdeos y pionero en las artes de la fotografía y de la cinematografía, se ve en una a un miguelete descargando sus pertrechos en la Plaza, junto a los desaparecidos soportales, lugar donde se establecía un mercado. En otra, dos migueletes inician los preparativos para instalar el tenderete junto a los muros de la antigua iglesia. Ambas fotografías, junto con otra de los molinos también de Vaillard, son las más antiguas que se conocen de Criptana.


Miguelete en el mercado de Criptana en 1895
Hortelano de Miguel Esteban, con pantalón de mandilete, en el mercado que se instalaba en la plaza de Criptana

Miguletes en el mercado de Criptana en 1895
En ésta, son dos los migueletes y sus burros junto a los muros de la antigua iglesia

En esta otra, se ven a unos podadores con sus herramientas, bien abrigados para el invierno.


Campesinos de finales del siglo XIX
Cuadrilla de podadores de finales del siglo XIX

En 1911, el pintor valenciano Joaquín Sorolla firmó un contrato con el magnate americano Archer M. Huntington por el que se comprometió a hacer una mural de catorce paneles en proporciones gigantescas, Las Provincias de España, para decorar la biblioteca de la Hispanic Society of América de Nueva York. En sus distintos viajes, buscando lo más peculiar de la indumentaria de las regiones, es en octubre de 1912 cuando Sorolla viene a Campo de Criptana para realizar en el Cerro de la Paz, a pleno sol, su famoso cuadro Tipos manchegos, en el que figuran los molinos como paisaje de fondo. Realizó varias fotografías previas que le sirvieron de ayuda, utilizando como modelos hortelanos de Miguel Esteban que acudían al mercado de la Plaza, al considerar que eran los que mejor conservaban el uso de los ropajes más típicos.


Sorolla en Criptana. 1912
Sorolla en Criptana. 1912. Fotografía de hortelanos de Miguel Esteban que sirvió de base para el cuadro Tipos manchegos

Sorolla en Criptana. 1912
1912. Familia de uno de los migueletes que posó para Sorolla, sentados en el Cerro de la Virgen de la Paz

Sorolla en Criptana. 1912
Sorolla pintando el cuadro Tipos manchegos. Como se ve, tanto Sorolla como los acompañantes visten trajes actuales

Tipos manchegos, de Sorolla
Y aquí, el cuadro de Sorolla, Tipos manchegos

Tipos manchegos, de Sorolla
También pintó Sorolla este otro cuadro en Criptana con una pareja joven de campesinos

Y terminamos los tiempos antiguos con tres fotografías de las primeras décadas del siglo XX, una de la alta sociedad de Criptana y las otras dos con personajes y atuendos populares.


Alta sociedad en Criptana. 1908
Así vestía la alta sociedad en Criptana en 1908. Familia del entonces alcalde don Vicente Casero Granero

Mercado en la Plaza. 1927
Mercado en la Plaza en 1927. Se ven blusas manchegas, una señora con sayas y mandil, un hortelano y su burro con toda
la pinta de Sancho Panza, los puestos de hortalizas... y hasta un municipal

Rondalla. Años 30
Blusas manchegas y sayas en este grupo de Criptana fotografiado posiblemente en la década de los 20 del siglo pasado

Gañanes

Gañán era el que trabajaba en el campo por cuenta ajena, quehacer que incluía también el cuidado de las caballerías, aunque a veces se aplicaba al agricultor pobre que trabajaba sus escasas tierras.

La vestimenta clásica de un gañán, empezando por abajo, eran las abarcas", con o sin gruesas calcetas cubriendo los pies; por encima, los "peales", de tela de loneta, hasta las pantorrillas, sujetos con tiras de cuero (las "calzaeras"), que aislaban del barro y del agua, y a veces polainas de cuero. El pantalón, de pana negra o de restos del ejército, sujeto a la cintura generalmente con un "ataero" y remetido por abajo en los peales y polainas (antaño fue cerrado por delante y abotonado en los laterales, de mandilete). La camisa, abierta sólo en la parte superior y con cuello de tirilla. Encima, la blusa, tan peculiar, tan manchega, en tela listada parecida a las mil rayas, con canesú abotonado por delante, sin cuello. Pañuelo de "hiervas" en cuadros de colores grises y negros, al cuello o sobre la cabeza para protegerse del frío o del polvo, anudado en la nuca formando las "tres colas". En la cabeza, boina o sombrero de paja según estaciones. Y "zamarra" o "pelliza" en invierno, o incluso un "capote", de tela muy recia que llegaba casi hasta los pies. Ya había desaparecido por completo la montera de pico en piel de cabra, famosa por que de ella hace gala Sancho Panza en sus miles de representaciones.

Con los años, este atuendo fue sustituido poco a poco por ropa usada, con lo que tenían más a mano, y teniendo en cuenta el estado del tiempo, según hiciera frío o calor o estuviera lluvioso o seco.


Gañán
Gañán. Cuadro de Antonio López Torres. Año 1946

Paletas y paletos

Recuerdo, de joven, que las mujeres —mayores, se entiende—se vestían de paletas o con trajes actuales (de señoritas, se decía entonces). El de paleta de diario: sayas, chambra, mandil y toquilla o toquillón, con mejores tejidos y lujos para más vestir.


Trajes de paletas y paletos
Trajes de paletos. La mujer, con saya, chambra y mandil. El hombre, con el clasico pantalón de pana y blusa manchega

Mujeres con toquillón
Mujeres con toquillón

Dos paletas y una señorita
Dos paletas y una señorita

Paleta
Montaje fotográfico con originales de Isidro de las Heras. Mi mujer, Trini Ossorio, vestida de paleta

Para el hombre, el atuendo determinaba la posición en la escala social: chaquetas o blusones, botines o alpargatas, sombreros o boinas, abrigos —e incluso capas— o pellizas o nada.


Paleto y señorito
Paleto y nueva generación vistiendo ropa más actual

Aún en los años sesenta, setenta, ochenta, y luego cada vez menos, se veían hombres mayores, cuando no estaban en el campo, vistiendo, por llamarlo de alguna manera, de manchego o de paleto. Era muy similar al de gañan, pero con el hato nuevo y limpio. Sin abarcas ni peales; en su lugar zapatos. Con boina o a pelo, y con el aditamento muchas veces de la garrota. Los domingos, algunos con blusa negra, que era imprescindible en caso de luto, camisa blanca y a veces chaleco de pana. Como prenda de abrigo se utilizaba mucho la pelliza, abrigo corto, de paño grueso, a menudo reforzadas con piel en el forro y en el cuello.


Paletos
Paletos y alguna paleta por la calle del General Pizarro. Años 30 del pasado siglo

Paletos
Blusas negras una mañana de domingo en la Plaza

Paletos
Zurra con los amigos

Pellizas
Pellizas

Pero había un traje especial de paleta de fiesta o gala, propio de la mujer de Criptana y único en toda la región. Era una forma de vestir con majeza, y muchas mujeres, fueran paletas o señoritas, lo utilizaban como traje de madrina de bodas.

Se componía el de paleta de gala o fiesta de una falda de color liso y plisada (los pliegues estrechísimos) a mano, con distintas anchuras en el bajo, caderas y cintura para que la caída fuera recta. Blusa del mismo color que la falda o en terciopelo negro. Toca a manera de echarpe, en colores blanco, hueso o negro, de seda o rayón, realizada a ganchillo, con un broche por delante en oro o plata. Se completaba con un mandil, de crespón, en color liso y tono similar a la falda, con bolsillos y a veces bordados en el mismo color. Lo de la falda plisada, todo un superlujo y muy difícil de confeccionar y de mantener, a veces se sustituía por una lisa.

El correspondiente a los hombres, mucho más sencillo, pantalón de pana negro, blusa larga negra o chaleco de pana negra y camisa blanca.


Traje de paleta
Traje de paleta de gala

Traje de paleta
Hermanas Díaz-Ropero con traje de paletas en 1920

Traje de paleta
Mujeres de Criptana con el traje de paleta. 1948

Trajes de paleta
Grupo folclórico Molinos de Viento, de Criptana, paseando por las calles de Mora, en Toledo, antes de una actuación

Trajes de paleta
Faldas plisadas de paleta de Criptana al vuelo. Grupo folclórico Molinos de Viento

Traje de faena femenino

Las mujeres iban al campo con lo que tenían más a mano, generalmente ropa usada, como ocurrió con los hombres cuando fueron poco a poco dejando el atavío de gañán; no se vestían con ningún supuesto traje regional especial para la ocasión. Este invento es fruto de las zarzuelas ambientadas en temas manchegos y de los grupos folclóricos para dar colorido y vistosidad a sus actuaciones.

Si era para segar, las mujeres, por comodidad y recato se ponían pantalones, no fueran a "enseñar" con tanto subir y bajar más de lo que debieran, pero casi siempre por encima una saya. Y para conservar la piel blanca, que entonces era tremendamente valorado, iban cubiertas de arriba abajo y se colocaban un pañuelo debajo de grandes sombreros de paja, doblado por la frente y por la barbilla y atado por detrás del cuello. Solamente se les veían los ojos y raramente la nariz.

En la vendimia más de lo mismo, y para recoger la aceituna, como el problema era el frío, más ropa de abrigo y guantes para las manos.


A la siega en burro
A la siega en burro

El que nos presentan como típico las agrupaciones folclóricas consiste en un refajo a rayas verticales, mandil, camisa de rayas o cuadritos y manguitos en los brazos. Sobre la cabeza, pañuelo de hierbas y sombrero de paja. Medias de lana a rayas y en colores. Alpargatas de esparto o albarcas. Y los hombres, para hacer juego: pantalón de pana negro o marrón, blusa manchega, camisa blanca, pañuelo de hierbas, faja roja y las mismas alpargatas de esparto o albarcas.


Trajes de faena
Trajes de faena de la Agrupación folclórico musical"Molinos de Viento" de Campo de Criptana

Trajes de faena femeninos
Detalle de los trajes de faena femeninos. Agrupación folclórico musical"Molinos de Viento"

Trajes de boda

En épocas pasadas, la mujer se casaba con el traje regional, bien elaborado para la ocasión y con ricos adornos, que muchas veces se pasaba de madres a hijas; luego, dependiendo de la economía de las familias, con un vestido de más o menos gala en color negro, que era lo más tradicional e inexcusable si se tenía luto. El blanco o color crudo para las novias no se generalizó su uso hasta mediados del siglo pasado. El de los novios, siempre más sobrio, pasó del antiguo regional al habitual de color oscuro.

Pero hubo trajes de boda específicos de Criptana, generalmente utilizados por la gente más adinerada por utilizar tejidos lujosos y de alto precio. El de la mujer, en negro y con algunas variantes, llevaba una saya con dibujos en tela superpuesta y un jubón de brocatela, muy ajustado, con adornos, lazo por delante, cuello de tirilla alto y mangas sin puños; se completaba a veces con mandil negro con bordados; medias negras o blancas caladas de perlé, zapatos de tacón medio y velo muy fino. El de los hombres estaba compuesto por pantalón largo y chaleco de panilla negra, camisa blanca con botones dorados, capa de paño negro con las vistas de terciopelo de colores, botines y una especie de sombrero de ala castoreño.


Trajes de boda
Trajes de boda de Criptana

Otro traje de gala utilizado en Criptana para fiestas y bodas a partir de finales del siglo XIX, estaba compuesto en la mujer por falda estampada en colores, chambra de brocado negra, medias blancas y mantón de Manila. El de los hombres, por pantalón, chaleco y chaqueta en pana negra de canutillo fino, camisa blanca y botines.

Traje regional manchego en Criptana

Hoy la Mancha está integrada por las provincias de Ciudad Real, Toledo, Albacete, Cuenca y Guadalajara. No se puede hablar de un traje manchego uniforme, ni siquiera si nos ceñimos a la zona que en su día constituyó La Mancha histórica, y tampoco si sólo nos limitamos a Ciudad Real. En cada zona y en cada pueblo se han hecho variaciones a lo largo del tiempo. Incluso en Criptana hay diferencias entre lo que se consideraba genuino hace años y las también varias adaptaciones actuales.


La Mancha histórica


Manchegas
Años 50. Nati La Templá y Juana La Rana bailando por seguidillas en una fiesta de la Virgen de Criptana


Manchegas
Manchegas de Criptana

Para la mujer, en general, se compone de saya de estameña ("recia" es el nombre en Criptana), tejida en lana en listas de vivos colores, que puede ir rematada con festón bordado o con una cinta de terciopelo; o de seda bordada para las grandes ocasiones. Medias de lana blancas o con rayas de diversos colores. Zapato de cordón o botín de corchete. Blusa negra (las hay de color), con canesú y botonaduras en el cuello, también con cuello de pico, o de tirilla con puntillas de encaje; los puños con botonaduras pueden llevar encajes. A veces corpiño negro de satén o terciopelo. Toca de lana a ganchillo, blanca o en color crudo, o mantón de ramos.

Se completa con faltriquera y mandil de diversos colores, con bolsillos y bordados, y en ocasiones con pañoleta blanca al cuello. Los pendientes, largos, de los llamados de "chorrillo", en oro o dorados, con algunas piedras casi siempre negras. Frecuentemente, algún broche o camafeo. El peinado con moño de picaporte o de castaña y, a ser posible, marcadas en los laterales con unas pinzas especiales (hace años se calentaban en la lumbre) las típicas ondas manchegas, que se mantenían usando fijador de bandolina.

El del hombre, mucho más austero. Pantalón de pana fina y chaleco en negro o marrón. Camisa blanca, con cuello de tirilla, que puede llevar la pechera de jaretas. Faja negra o roja sin dejar colgar los flecos, botines negros y reloj en el bolsillo del chaleco con leontina.


Trajes manchegos
Trajes manchegos. Agrupación folclórica Molinos de Viento, de campo de Criptana

Trajes manchegos
Trajes manchegos. Agrupación folclórica Los Trovadores de La Mancha, de Campo de Criptana

Peinado manchego
Peinado manchego

INDICE

56 LA MÚSICA EN LA MANCHA

Si hay pueblos amantes de la música, esos son los valencianos, pero no les van a la zaga los manchegos. Cientos de bandas de música hay en nuestros pueblos y ciudades, y, ¡cómo no!, algunas orquestas sinfónicas, entre las que cabe destacar la de Albacete (también su banda municipal); la Verum, de patronazgo privado en Tomelloso, o la Ciudad de La Mancha, con músicos formados en el Conservatorio de Alcázar de San Juan-Campo de Criptana, conservatorio pionero en la implantación de instrumentos de plectro a nivel nacional.


Orquesta Sinfónica de Albacete
Orquesta Sinfónica de Albacete

También, multitud de bandas de cornetas y tambores, agrupaciones folklóricas, coros, grupos de cuerda y de viento, orquestas y conjuntos de música ligera, cantantes de todo tipo. Por la parte sur de La Mancha son muy aficionados a la copla y al cante flamenco, y han salido algunas figuras. Se nota la cercanía de Andalucía.

No hay que olvidar los grandes acontecimientos ya consolidados, como la Semana de Música Religiosa de Cuenca, el Festival Internacional de Música de Quintanar de la Orden, los certámenes para bandas de música en Tarancón, Criptana y Ciudad Real entre otros, los festivales de música pop en Daimiel y de rock en Villarrobledo y los cientos de conciertos en ferias y fiestas por todos los pueblos manchegos.


Festival Viña Rock en Villarrobledo
Festival Viña Rock en Villarrobledo

Son varias las academias o escuelas de música en la región, así como conservatorios profesionales. Toda esta red de enseñanza musical culmina en el Conservatorio Superior de Música de Castilla La Mancha, en Albacete.

En Criptana, la Escuela Municipal de Música y Danza, con nueva sede en la llamada Casa de la Música, en la calle Eruelas. Y también el Conservatorio Profesional de Alcázar de San Juan-Campo de Criptana, antes aludido, con dos centros, uno en cada pueblo (el nuestro en la calle Valenzuela, en la antigua escuela del Palomar), que imparte enseñanzas musicales de grado elemental y profesional de grado medio. Fue creado en 1999, pero ya existía como conservatorio elemental desde 1990.


Conservatorio Profesional de Música de Criptana
Conservatorio Profesional de Música de Criptana

Ejemplo de esa inquietud por la música en La Mancha es una de las agrupaciones más veteranas, la banda municipal de Campo de Criptana.

Hacia 1850 se encuentra en pleno apogeo en Europa el Romanticismo, y es precisamente por esos años cuando se funda la que hoy conocemos como Banda Filarmónica Beethoven de Campo de Criptana, siendo su director y fundador don Francisco Gómez de Ramón. Y no fue fruto de la casualidad; existía ya una clara inclinación y sensibilidad hacia la música. Está constatado que en el siglo XVIII existía el oficio de organista en la iglesia parroquial, y en el Archivo Histórico se encuentran nombres de personas que se establecieron en Criptana para dedicarse a impartir clases de solfeo. Un tal Juan Neira, natural de Zamora, es el que enseñó este arte al fundador de la Filarmónica.


Primera Banda de Música en Criptana
Primera Banda de Música en Criptana, la hoy Filarmónica Beethoven, fundada en 1850 por don Francisco Gómez de Ramón

En 1891 ya aparece con el nombre de Banda Beethoven. Esto es muy importante y dice mucho sobre la cultura musical de un pueblo: Beethoven muere en 1827, y la divulgación universal de su colosal obra no llega de inmediato. Hasta el último cuarto del siglo XIX no se dan a conocer sus sinfonías en España. La Novena se estrenó en Madrid en 1882. Es absolutamente sorprendente y milagroso que en un pueblo de La Mancha, lejos de los ambientes musicales de vanguardia, ya en 1891 —posiblemente antes— llegara la estela del genial músico y su nombre fuese el emblema de su banda de música.

A don Francisco Gómez le sucedió en 1879 su hijo don Bernardo Gómez, hombre de gran cultura, farmacéutico, compositor y su director más famoso. Amigo de Chueca y socio número 50 de la Sociedad General de Autores —fue uno de sus fundadores—, compuso numerosa obra, incluso zarzuela, que desgraciadamente no se ha conservado en su totalidad.


Don Francisco Gómez de Ramón y don Bernardo Gómez
Don Francisco Gómez de Ramón y don Bernardo Gómez

Banda Beethoven a finales del Siglo XIX
La ya Banda Beethoven a finales del siglo XIX con don Bernardo Gómez como director

En 1905 Azorín publicó La ruta del Quijote, con motivo del tercer centenario del Quijote. En él relata las vivencias de su viaje por distintos lugares de La Mancha, y cómo no, de su paso por Criptana. Azorín cuenta cómo una noche fue visitado en la fonda donde se hospedaba por un grupo de amigos que se hacían llamar "Los Sanchos de Criptana". Al frente de ellos se encontraba don Bernardo Gómez. Azorín lo describe: "Ya conocéis a don Bernardo; tiene una barba gris, blanca, amarillenta; lleva unas gafas grandes, y de la cadena de su reloj pende un diminuto diapasón de acero. Este diapasón quiere decir que don Bernardo es músico..."

Y don Bernardo hace a Azorín una interesante revelación: "Señor Azorín, yo he compuesto un himno a Cervantes para que sea cantado en el Centenario..."

Este himno tuvo el privilegio Azorín de oírlo en primicia.


estreno del Himno a Cervantes de don Bernardo Gómez
Alcazar de San Juan. Fiestas con motivo del Tercer Centenario del Quijote
Como colofón a la velada teatral celebrada el 15 de mayo de 1905 en el Teatro del Casino, don Bernardo Góméz, al frente
de la Filarmónica Beethoven, entonces Sociedad Beethoven, estreno su Himno a Cervantes, con letra de Carlos Servet

Ya adentrados en el siglo XX conviven en Criptana dos bandas: La entonces Sociedad Beethoven y otra denominada Filarmónica Santa Cecilia dirigida por don Fabriciano López-Pintor. Ambas coexistieron hasta la Guerra Civil, con algún período de unión o de disolución. Al final de la contienda desaparece la Santa Cecilia y todos los músicos se integran en la ya por entonces Filarmónica Beethoven.

Otros directores se has ido sucediendo en la Filarmónica: don Ruperto Galindo entre 1925 y 1933, don Manuel Angulo hasta 1983, don Rafael Calonge (Falín) hasta 2003, don Miguel Romea entre 2004 y 2014, don Jordi Francés entre 2014 y 2017 y don Juan José Fernández Olivares.


Don Ruperto Galindo y don Manuel Angulo
Don Ruperto Galindo y don Manuel Angulo

Sociedad Beethoven antes de la Guerra Civil
Sociedad Beethoven antes de la Guerra Civil con don Ruperto Galindo como director desde 1925

La Filarmónica Beethoven por los años 40
La Filarmónica Beethoven al principio de los años 40 con don Manuel Angulo como director

La Filarmónica Beethoven por los años 50
La Filarmónica Beethoven por los años 50

Filarmónica Beethoven
La Filarmónica Beethoven, con el maestro Angulo de espaldas, requerido en otra localidad

Don Rafael Calonge, don Miguel Romea y don Jordi Francés
Don Rafael Calonge, don Miguel Romea y don Jordi Francés

Don Juan josé Fernández Olivares
Don Juan José Fernández Olivares

La Filarmónica Beethoven en 1996
La Filarmónica Beethoven con su director don Rafael Calonge en el concierto especial con motivo del Cincuentenario
de la Cofradía del Santo Entierro en 1996

Concierto de Bailables de 1997
Rafael Calonge dirige a la Filarmónica Beethoven, que acompaña a la cantante de copla Eva María en el clasico
Concierto de Bailables y Copla de la Feria de 2007

Rafael Calonge. IV Concierto del Recuerdo en 2016
Agosto de 2016. Rafael Calonge, que fuera director honorifico de la Filarmónica Beethoven hasta su fallecimiento en 2017,
dirige una orquesta de cámara y coro en la iglesia del Convento, en el IV Concierto del Recuerdo, con obras de
música sacra que fueron ya interpretadas hace años en las fiestas en honor del Cristo de Villajos

La Filarmónica Beethoven en 2011
La Filarmónica Beethoven en el concierto de Santa Cecilia de 2011 dirigida por don Miguel Romea

Procesión Cristo. Filarmónica Beethoven en 2012
Miguel Romea dirije la Filarmónica Beethoven en la procesión de traída del Cristo de Villajos de 2012

Jordi Francés.Filarmónica Beethoven. Concierto de Santa Cecilia de 2014
Jordi Francés dirije la Filarmónica Beethoven en el Concierto de Santa Cecilia de 2014

La
Francisco Calonge ("Paquito Calonge"), clarinetista y músico honorífico de la Filarmónica Beethoven, la dirige en algunas
procesiones y conciertos en ausencia del director titular, y habitualmente en los organizados por la Cofradía del Santo Entierro

La
La Filarmónica Beethoven dirigida por Francisco Calonge en una procesión de Semana Santa

En todas las épocas era costumbre que algunos músicos formaran por su cuenta grupos para tocar en bodas, carnavales, rondas de Mayo, ferias y salas de baile. Así se formaron las orquestas Mambo, Ritmo, Escri Kalon o Roccafloan..., que tuvieron gran éxito por los pueblos de la zona. Para los desfiles de carnavales, que en La Mancha nunca dejaron de celebrarse, los más jóvenes componían canciones jocosas y formaban grupos de comparsas y chirigotas, que aquí siempre se llamaron estudiantinas. Más tarde vino el boom de los conjuntos musicales, y aquí surgieron los Maestronic (aún siguen en activo) o Habitación Blanca, entre otros.


Orquesta de Valero
1934. Orquesta, al parecer llamada "Cervantes", formada en torno a Ángel Valero,
primer sacristán y organista durante muchos años en la Parroquia de Criptana

Orquesta Ritmo en 1951
Orquesta Ritmo en 1951

Orquesta Ritmo en 1952
Orquesta Ritmo en 1952

Orquesta Ritmo en 1963
Orquesta Ritmo en 1963

Orquesta Mambo en 1956
Orquesta Mambo en 1956

Orquesta Mambo en 1963
Orquesta Mambo en 1963. El del centro es Luis Cobos

Orquesta Escri-Kalon en 1955
Orquesta Escri-Kalon en 1955

Orquesta Roccafloan en 1961
Orquesta Roccafloan en 1961

Los Maestronic en 1966
1966. Una de las formaciones iniciales de Los Maestronic tocando en el Hogar del Productor.
En la batería Tony Alcañiz (no se ve), que es el único que permanece

Habitación Blanca
Habitación Blanca

Muy importante para una banda es su escuela de "educandos", la "academia". Es su futuro, su continuidad. Allí se aprende el solfeo y a tocar el instrumento. Mucho ha cambiado todo desde aquella antigua academia de la Filarmónica Beethoven en la calle de la Reina, frente a la casa de los Barreda, fundada en 1940, y justo es recordar, aparte de al maestro Angulo, a José María Beltrán, que además de ser virtuoso con varios instrumentos y de tocar en la Banda, preparaba de manera altruista en los primeros rudimentos de la música.

Hoy son otros tiempos y este aprendizaje esta reglado. La Casa de la Música antes citada, en la calle Eruelas, es sede de varias asociaciones musicales y de la Escuela Municipal de Música y Danza, en donde la chavalería tiene su propia Banda Juvenil y da sus primeros pasos para una posible entrada en la Filarmónica. Algunos continúan en el Conservatorio de Criptana, orgullo de nuestro pueblo, que imparte enseñanzas musicales de grado elemental y profesional de grado medio. Y hay quienes prosiguen estudios en el Conservatorio Superior de Albacete, en el de Madrid o en el de otras capitales españolas, e incluso en el extranjero.

Han salido y siguen saliendo muy buenos músicos de la Filarmónica que desarrollan su labor pedagógica, interpretativa y creativa en diferentes conservatorios, escuelas, orquestas y bandas de música nacionales e internacionales. Recordamos a los ampliamente consagrados: Ángel Arteaga, desaparecido prematuramente en el apogeo de su creatividad; Manuel Angulo López-Casero, catedrático y compositor, y Luis Cobos, que antes de lograr su condición actual fue integrante de varios grupos de música pop. Aún colea su Concierto del IV Centenario del Quijote al principio del verano de 2005, reuniendo en la Sierra de los Molinos de Campo de Criptana, sobre el más sofisticado escenario allí jamás ubicado, a cerca de cinco mil personas sentadas y a otro gran numero de pie e imposible de calcular. Dio pie dicho concierto a la instauración del Festival "Tierra de Gigantes", que se celebra todos los años.


Músicos de Criptana
Ángel Arteaga, Manuel Angulo López-Casero y Luis Cobos

Concierto Tierra de Gigantes
Festival Internacional de la Música "Tierra de Gigantes" 2014

La Filarmónica Beethoven, con más de 150 componentes, desarrolla anualmente una intensa actividad de conciertos en Criptana, y sobresale el extraordinario que se lleva a cabo con motivo de la festividad de Santa Cecilia, con solistas y directores de reconocido prestigio. Además, acompaña procesiones, ferias y demás celebraciones. A esto hay que añadir las contrataciones en otros pueblos y ciudades, su participación en certámenes de bandas de música con gran número de galardones recibidos, y muchos años la puesta en escena de una zarzuela también para el día de Santa Cecilia. Su amplio repertorio abarca tanto los clásicos: Beethoven, Mozart, Bach, Schubert, Tschaikowsky, Rossini, Vivaldi, Falla, etc; como los líricos: Alonso, Chueca, Barbieri, Sorozabal, Guerrero, Caballero, etc; hasta los contemporáneos: Angulo, Arteaga, Blanquer, Bernaola, Adam Ferrero, Grau, etc.


Antiguo Quiosco de la Música
El antiguo Quiosco de la Música en la Plaza. Dirige el maestro Angulo

Antiguo Quiosco de la Música
Otra fotografía del antiguo Quiosco de la Música

Antiguo Quiosco de la Música en el Parque Luis Cobos
El antiguo Quiosco de la Música, ahora en el remodelado Parque Municipal, que ha sido renombrado como de Luis Cobos

Plaza de Don Ramón Baillo
Plaza de Don Ramón Baillo, Conde de las Cabezuelas, lugar de los conciertos de verano de la Filarmonica Beethoven
y de otros eventos, junto al monumento a don Bernardo Gómez

Concierto de la Filarmónica Beethoven
Concierto de la Filarmónica Beethoven en la plaza de Don Ramón Baillo

Concierto de feria de la Filarmónica Beethoven
Concierto de Feria de la Filarmonica Beethoven en el "Rincón del Conde"

Ramón Calonge
Ramón Calonge Bustamente, miembro de toda una saga, Los Tablas, de músicos de Criptana

El 10 de abril del 2005, como reconocimiento a su calidad y a su labor a lo largo de los años, la Filarmónica Beethoven grabó en el Palau de la Música de Valencia para la edición de un disco de "Plaza Mayor" de RNE. El 23 de junio de 2007 dio un concierto, con motivo de la presentación del disco Criptana es música, nada menos que en el Auditorio Nacional de Madrid, dirigida por Luis Cobos y por su entonces director titular, Miguel Romea. ¡La primera vez que una banda actuaba en el Auditorio! Y, entre los muchos galardones que ha recibido la Filarmónica a lo largo de los años, merece especial distinción el Primer Premio del 127 Certamen Internacional de Bandas de Música de Valencia en 2013.

Desde 2016, la Filarmónica Beethoven tiene nueva sede y sala de ensayos propia ubicada en el antiguo auditorio de invierno en el Recinto Ferial.


 Filarmonica Beethoven. Primer Premio del 127 Certamen Internacional de Bandas de Música de Valencia en 2013
Filarmónica Beethoven. Primer Premio del 127 Certamen Internacional de Bandas de Música de Valencia en 2013

Pero, no sólo eso en Criptana. El Ateneo Musical, con sala de conciertos en la Casa de Cultura, ofrece concierto con actuaciones de grupos de cámara, conjuntos instrumentales e intérpretes de máximo nivel artístico y lleva funcionando desde 1973. La Escuela Municipal de Danza, desde 1990, con enseñanza de clásica y española. La Coral Santa Cecilia, compuesta en la actualidad por unas 60 voces mixtas, desde 1956. La Escuela de música e instrumentación, dedicada a la enseñanza de los instrumentos españoles de pulso y púa, y la Escuela de baile folclórico, mantenidas por las agrupaciones folclórico musicales: "Trovadores de la Mancha" y "Molinos de Viento". varias orquestas de cámara. El grupo de cuerda "Raimundo Escribano", dedicado a la música española. La Orquesta Chitrana Plectro, el Grupo Polifónico de la Junta General de Cofradías y varias bandas de cornetas y tambores.


Trovadores de La Mancha
Trovadores de la Mancha

Molinos de Viento
Molinos de Viento

Banda de Cornetas Cristo de la Elevación
Banda de Cornetas y Tambores Stmo. Cristo de la Elevación, en un concierto en la iglesia del Convento

La Coral Santa Cecilia, fundada en 1956 por Rafael Calonge Campos, ha cantado prácticamente en todas las regiones de España y en el extranjero, cosechando multitud de premios. Su repertorio lo integran obras polifónicas de prestigiosos autores clásicos y modernos, género lírico, canción popular, música ligera, obras religiosas, misas y otras composiciones con acompañamiento de rondalla, orquesta y banda de música. Ha actuado en los “Festivales de España” en distintas ciudades. Durante varios años, en el Día Internacional del canto Coral de Barcelona. En 1969, participó con la compañía de Ópera Isaac Albéniz en diversas representaciones. En 1991, estrenó en Ciudad Real la versión de Carmina Burana, realizada por Manuel Angulo y Ángel Arteaga. En 2004 montó con la Orquesta Orfeo El Mesías de Haendel, y en 2006 La Misa Brevis de Mozart. Con la banda de música Filarmónica Beethoven ha colaborado en la representación de zarzuelas en la festividad de Santa Cecilia, montado conciertos con obras de Haendel, Verdi, Bach, Carl Off, y en 2005 la cantata Tierra de Gigantes de Luis Cobos, que se incluye en el disco Criptana es música, presentado en el Auditorio Nacional, en Madrid, en el 2007. Y ha participado varios años en la Semana Internacional de la Música de Campo de Criptana. Su actual directora es María Isabel Beltrán


Stella Maris
Don Juan Miguel Villar Pérez, sacerdote coadjutor en Criptana, con la incipiente Masa Coral Stella Maris ya desaparecida,
surgida al principio de los años 60 desde el Coro Parroquial de Acción Católica. Posan en la calle de la Reina con algunos
músicos junto a la puerta de la antigua Academia de la Filarmónica Beethoven

Coral Santa Cecilia
Coral Santa Cecilia

En La Mancha, dos son los ritmos o géneros populares más extendidos: uno importado, que es la jota, y otro autóctono, la seguidilla, madre de los boleros, parrandas, sevillanas, fandangos y otros muchos géneros nacidos de su ejemplo en otras latitudes.

Las seguidillas resumen desde hace mucho tiempo la danza, la canción y la música de La Mancha. El gusto de los manchegos por las seguidillas es hoy tan vivo como antiguamente, y una fiesta en la que faltasen no sería fiesta completa. La figura indiscutible del canto por seguidillas, con alguna incursión en la copla, era Mari Monreal, de Alcázar de San Juan.

Y si vas a La Mancha no te alborotes porque vas a la tierra de Don Quijote...

Mari Monreal
Mari Monreal

El folklore criptanense es el popular, el del pueblo llano, el de las quinterías, el de la siega y la vendimia, transmitido por tradición oral. Fandangos, jotas y seguidillas que servían para amenizar las bodas, los bautizos y los festejos de todo tipo.

Al Campo de Criptana van mis suspiros, tierra de chicas guapas y de molinos...

También las rondas de enamorados y todo el ciclo de canciones sobre el mayo. El canto del mayo tiene como finalidad concreta la de emparejar e iniciar en el noviazgo a los mozos y mozas, además de ser una canción de ronda en la que se alaba la belleza femenina. La noche del 30 de abril es la más especial, y se cantan a la Virgen de Criptana, en la puerta de la iglesia, con toda la plaza abarrotada de gente, un mayo que es mitad piropo y mitad oración. Los demás días se va de casa en casa, con instrumentos de todo tipo, bandurrias, laudes, guitarras y algún que otro pandero y botella de anís. Es el tiempo en el que la joven espera su primera ronda, enamorada y nerviosa, pero feliz. También esa ama de casa que espera impaciente que la ronde su esposo o quizás su hijo. Porque el mayo es para todas las mujeres, casadas o solteras.

Por todos La Mancha se cantan los mayos. Cada pueblo tiene sus letras y en algunos incluso su música. Los de Campo de Criptana son así:

Estamos a treinta de abril cumplidos,
mañana entra mayo hermoso y florido.

Esperando estamos, luz de la mañana,
ver el cielo abierto y el sol en tu cara.

Cara pinta hermosa, número de apeles,
para dibujarte no tengo pinceles.

Pinceles o plumas, una me has de dar
de tus alas bellas águila imperial.

Águila imperial que en sueño reposas,
despierta si duermes y oirás la copla.

Pintaré tu pierna, menudito pie
con gracioso encanto, hechicera eres.

Hechicera eres, esta gran señora:
Virgen de Criptana (o a quien se quiera dedicar los mayos) de este pueblo aurora.

Esos cinco dedos que tienen tus manos
son cinco azucenas cogidas en mayo.

Adiós alelí, adiós azucena,
adiós flor de lis, adiós rosa bella.
Mayos a la Virgen
Mayos a la Virgen

INDICE

57 LOS CAMIONEROS

La arriería tuvo un gran desarrollo en nuestro país, pues durante siglos fue el único medio de transporte de mercancías de todo tipo. Era un oficio para hombres valientes, honrados, cuya existencia se desarrollaba sorteando peligros y amenazas de todo género, con frío y con calor, con lluvia o nieve, transitando por caminos que distaban mucho de ser seguros y cómodos. Los arrieros y trajinantes con sus carros y su reata de mulas recorrieron el tapiz español conectando los pueblos y las regiones hasta bien avanzado el siglo XX. De La Mancha llegaban a Madrid en ocasiones reatas de hasta 100 mulas con cargas de trigo, aceite y vino. El desarrollo, poco a poco, acabó con un medio de transporte milenario. La vida ha cambiado y desde nuestra prisa, en la comodidad actual, debemos recordar aquellos caminantes, caminantes que hicieron su camino a cada paso, al caminar. Encarnaron a la perfección los versos de aquel arriero de la palabra, caballero de la poesía, don Antonio Machado.


Antiguos arrieros

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Hoy los modernos arrieros son los camioneros, tan esforzados como los de antaño, tan honrados e igualmente expuestos a mil peligros en la carretera.

Mi padre, Valeriano Flores, fue uno de los primeros que empezaron con este oficio. No había muchos camiones entonces circulando. Se puede decir que él y otros pocos decididos inventaron la profesión. Tiempos heroicos en los que salir a la carretera era toda una aventura. Poco después, en Campo de Criptana, pueblo que tiene una de las mayores flotillas de camiones de toda La Mancha y casi de toda España: Garrón, El Sastrecillo, Gregorio Olivares, Trinidad Olivares y sus hermanos: El Angelete y Daniel, todos los Arteaga —José Vicente (padre) con el coche de viajeros a Alcázar, que continuó en su hijo Ángel—, Leonardo, Boluda, los Bachito...


Mi padre, Valeriano Flores, de joven
Mi padre, Valeriano Flores, de joven

El primer coche Arteaga
El primer "coche Arteaga"

Mi abuelo Domingo Flores, el Chato Pelines —mote que todos hemos heredado—, vivía del juego; era su profesión y de él sacaba su beneficio hasta que lo prohibieron. Entonces tuvo que irse a Madrid con toda la familia, allá por 1926, y abrir un despacho de vinos al por mayor con merendero y taberna más arriba de Cuatro Caminos, en Tetuán, entonces pueblo no anexionado a la capital. En Criptana ya había tenido otra taberna en la Plaza y mantenía una pequeña bodega. La casa de Madrid era nueva, de tres alturas, y hacía esquina a la ahora calle de Bravo Murillo, a unos cien metros del desaparecido Cuartel de la Remonta y muy cerca asimismo de la antigua plaza de toros de Tetuán. Ellos ocupaban un piso y el local con tres puertas en el bajo, con sótano, donde tenían seis tinajas de cemento para el vino. Más allá estaba el barrio de La Ventilla, lleno de traperos y chatarreros.


Mis abuelos paternos
Mis abuelos paternos, Venancia y Domingo, de jóvenes

Mi padre ayudaba y servía vino en unas mesas que sacaban a la puerta, y siempre había gente de Criptana, sobre todo muchachos que estaban haciendo la mili en el cuartel cercano. Aprovechó esos años para hacer el Bachillerato. Iba a un colegio particular que estaba en la calle de Toledo, muy cerca del Instituto de San Isidro, donde se examinaba, y donde tuvo que volver para completar los cursos cuando regresaron al pueblo. Había un tranvía hasta el centro que se movía con máquina de vapor, pero mi padre casi siempre hacía el camino a pie, y al pasar por la obra de la Telefónica, en la red de San Luís, contemplaba como día a día iba subiendo hacia arriba la inmensa mole. En una cesta de mimbre como las que llevaban los ferroviarios, mi abuela le echaba la comida, que luego calentaba la criada del director del colegio.


Aquí estuvo la taberna de mi abuelo Domingo
Aquí estuvo, al final de la hoy calle de Bravo Murillo de Madrid, la bodega de mi abuelo Domingo

Pero no les fue bien y regresaron a los dos años a Criptana, vendiéndolo todo. Mi abuelo siguió con la bodega y otras cosas y también compraron una camioneta Chevrolet en Alcázar, en la ferretería El León, de cuatro ruedas con radios de madera, matrícula AB 3296. Con ella se dedicaron a transportar pipas de vino por los pueblos de los alrededores, con mi padre al volante, ¡sin carné de conducir! —no tenía la edad—, al principio asociados con un vecino, Celestino, el de "Las Guadalupes" —éste sí que lo tenía, y era su aportación— y enseguida solo porque el tal Celestino resulto poco formal. Fue así Valeriano Flores, mi padre, el primer transportista en el pueblo, y su camioncete no fue el primero si tenemos en cuenta un Hispano-Suiza que tenían en las bodegas Esteso, con ruedas macizas y transmisión por cadena, dedicado al trasiego local.


Ferretería El León
Ferretería El León, de Francisco López Higueras, en la calle Castelar de Alcázar de San Juan

La primera camioneta de mi padre, una Chevrolet
La primera camioneta de mi padre


Tarjeta de mi abuelo Domingo
Mi abuelo Domingo figuraba como titular de la empresa

Despacho de mi abuelo Domingo
Así pudo ser el despacho habilitado por mi abuelo Domingo

Por los caminos polvorientos de Criptana, una vez, por aquellos años, tras cargar mi padre unas pipas en la finca de Ramón Ortiz, Cacharra, pasado el santuario del Cristo, un poco más allá de los terrenos del Chito de doña Mariana Granero, al bordear la laguna Salicor y frente a la casa de la Hidalga se quedó sin gasolina, y no tuvo más remedio que acercarse para pedir unos litros, ya que se imaginaba que allí tendrían motores. Así era, y fue nada menos que uno de los amos que por allí ese día campeaba, un Treviño, quien le suministró un bidón de cinco litros, no sin antes echarle una tremenda bronca por lo poco previsor que había sido al lanzarse a la carretera con el depósito medio vacío, y que mi padre, apenas con dieciocho años, aguantó sin rechistar.


Transportes Domingo Flores

Hasta irse mi padre a la mili, que le pilló de lleno en el levantamiento militar de 1936, tuvieron otras dos camionetas Chevrolet —junto con Ford eran las únicas marcas (las dos americanas) que se podían adquirir con cierta facilidad en España entonces—, una comprada en 1931, ya con ruedas dobles en la parte trasera, y otra en 1935, de mayor tonelaje, casi camión, de color rojo, que fue incautado durante la Guerra Civil en el mismo Criptana por la CNT y luego devuelto en muy malas condiciones. Siguió transportando vino en pipas (unas que se conservaron en casa hasta hace poco tiempo, con vinagre y con vino añejo, eran de esa época) pero haciendo ya viajes más largos: Vigo, A Coruña, Jerez... Y se dio la circunstancia de que en el período de guerra, como mi abuelo tuvo que seguir trajinando para mantener a la familia, no tuvo más remedio que alquilar varias veces el camión incautado para hacer algún viaje, y pagar el porte a pesar de que era el verdadero propietario.


La segunda camioneta Chevrolet
Modelo de la segunda camioneta Chevrolet, comprada en 1931

El camión Chevrolet
Modelo del camión Chevrolet comprado en 1935

Por aquellos años, mi abuelo materno, Antioco Alarcos, además de un despacho de vinos en Madrid, mantenía otros en Vigo y en Cariño (A Coruña), y allí llevaba a toda la familia, cuando no lo hacían en Valencia o Alicante, de veraneo. Y hay fotografías de mi madre y de mi padre, siendo novios, en la playas de algunos de estos sitios; mi padre, naturalmente, aprovechando algún hueco y de paso de alguno de sus viajes. Y también con Daniel Alberca, el ayudante de toda la vida, tomando un bocao antes de proseguir el camino. Antes de Daniel, que estuvo treinta años con mi padre, lo hizo durante dos años un hermano suyo, Paco, que luego se casaría con Elpidia, la hermana de Sara Montiel.


Vigo. Años 30
Vigo. Años 30. Mi padre y mi madre, de novios, a la izquierda, con las hermanas y una prima

Mi padre y Daniel tomando un bocado
Mi padre y Daniel Alberca, su ayudante, tomando un bocado por el camino

Después de la guerra había poco trabajo, y tras recuperar y poner a punto el Chevrolet, adquirieron en el pueblo de Herencia un viejo autocar Citroen que transformaron en camión, y cuya venta dio recursos para comprar en subasta del Ejército dos camiones americanos Studebaker, que arreglaron y pusieron a punto (mi tío Domingo, después de unos años como "chico" en la oficina de la bodega de Minguijón, estaba ya incorporado al negocio). En aquellos tiempos no había tantos talleres como ahora —había que recurrir siempre a Madrid— y los transportistas tenían que ser incluso buenos mecánicos. Recuerdo haber visto por casa libros de esta materia, entre ellos el famoso Arias y Otero, precursor del no menos famoso tratado de automóviles que luego escribiría ya sólo el ingeniero Manuel Arias-Paz.


Recuperación tras la Guerra Civil
Manual Chevrolet y el Arias y Otero

Autobús Citroen
Un autobus Citroen como el de la fotografía fue transformado en camión por mi padre tras la Guerra Civil

Uno de los Studebaker, con el que casi tuvieron que inventarse la cabina, lo vendieron a Reinaldo Ramírez, y resultó una gran operación económica. El otro, pintado en verde manzana, se lo quedaron.


El Studebaker
El Studebaker

En 1939, en el recuperado Chevrolet, trajo mi padre al pueblo desde Madrid la imagen del Cristo de la Expiración, donada por el médico y también bodeguero don José Minguijón Saiz. El escultor, Juan Cristóbal, la había tallado en la clandestinidad en los años difíciles de la guerra en un semisótano de la calle Londres, por el barrio de Ventas, y luego trasladada a la avenida de Daroca, junto a unos talleres de marmolistas del cercano Cementerio de La Almudena, que fue donde la recogió mi padre envuelta en unos sacos de arpillera. La primera intención de Minguijón cuando encargó la imagen es que sustituyera a la del Cristo de Villajos, desaparecido en la guerra, pero no pudo ser por estar realizándose ya una copia del Santo Patrón. No obstante, en 1940, al no estar ésta terminada, se le tributaron al Cristo de la Expiración los cultos patronales.


Cristo de la Expiración
Imagen del Cristo de la Expiración que trajo mi padre en el Chevrolet

Un significado viaje del Studebaker, junto con el vendido a Reinaldo, fue en 1948 con la Acción Católica de Criptana a ganar el Jubileo a Santiago de Compostela, sentados como pudieron en bancos de la iglesia y en sillas dentro de la caja. El jefe de la expedición, que duró varios días, fue don Julio Gil, un sacerdote muy querido y recordado, que hizo todo el trayecto sentado en la cabina con mi padre.


Don Julio Gil
Don Julio Gil y la cabina del Studebaker

Ángel Ortiz
Ángel Ortiz fue uno de los entonces jóvenes de Acción Católica que llevó mi padre a Santiago de Compostela en aquella
expedición. Aún conserva orgulloso después de tantos años el bordón, la calabaza y la concha de peregrino de aquel viaje

Por aquellos años, en un momento que aparcaba el camión en una de las calles del pueblo, un muchacho con una bicicleta —precisamente hijo del comandante en puesto de la Guardia Civil—, imprudentemente tuvo la desgracia de meterse bajo las ruedas y morir aplastado. Mi padre no tuvo ninguna responsabilidad en el accidente; así lo consideró el juez encargado del caso y así también lo reconoció la familia del joven. Esto es lo que trascendió; aunque alguien dijo que él no iba al volante. Pero, bueno, esa es otra historia.

A pesar de la escasez de la posguerra, no tuvieron necesidad de instalar en el camión el gasógeno, artilugio que permitía hacer funcionar el motor quemando cualquier desecho en lugar de gasolina. En el pueblo, sólo Pedro Bachito lo montó en un viejo camión.

En 1950 trajeron el primer camión con motor diesel que por aquí se veía, un Pegaso II Z-202, de 140 CV, matrícula M 85972, el entrañable Mofletes —la entrega se había demorado un año desde que se hizo la petición a la fábrica—, que se compro por 350.000 pesetas. Cuando se vendió catorce años después, se consiguió la misma cantidad. El camión se guardaba en una nave que se acondicionó en la antigua bodega de mi abuelo, en la calle del General Peñaranda —la cochera o la bodega, de las dos maneras la llamábamos—, y allí con una trócola se acoplaba al chasis una caja de madera o una cisterna de hierro según fueran las materias a transportar; aunque pronto pasó a ser casi exclusivamente vino.


Pegaso II Z-202, El Mofletes
Pegaso II Z-202, El Mofletes

Pegaso II Z-202, El Mofletes
Pegaso II Z-202, El Mofletes

Entonces no había casi ni gasolineras. En Criptana, La Rubia empezaba y la tenía en la esquina de la carretera de Alcázar con la calle de la Serna, con un surtidor de aquellos que tenían depósito de cristal y se observaba bajar y subir el carburante. Luego pasó a ser de Valeriano Lorenzo.


Antiguas gasolineras
Antigua gasolinera de Valeriano Lorenzo (con las latas) y en primer termino su suegro Timoteo. Años 50

Gasolinera de Valeriano Lorenzo
Gumer, tantos años en el surtidor de la gasolinera de Valeriano Lorenzo

Gasolinera de Valeriano Lorenzo en 1966
Gasolinera de Valeriano Lorenzo en 1966. La carretera aún estaba adoquinada

Recuerdo muy vagamente, que un año, cuando aún la Feria se celebraba en la Plaza y alrededores, montamos gratis mi hermano Valeriano y yo —los otros no habían nacido— en varias de las atracciones porque mi padre las transportó en el camión al pueblo.

Mi tío Domingo no tardó en independizarse. Luego se fueron a vivir a Aranjuez y allí siguió con el negocio del transporte.

Ni los viajes ni los camiones eran como ahora. En la cabina no tenían calefacción ni disponían de ningún tipo de aislante térmico. La chapa pura y dura no evitaba que en invierno hiciera el mismo frío que fuera, y que en verano incluso aumentara la temperatura. A este camión, creo que mi padre, pasados unos años, lo mandó tapizar. Algo hacía.


Peones camineros
Antigua casilla de peones camineros

Peones camineros
Cuadrilla de peones camineros

De las carreteras, ¡para qué hablar! ¡Y ahora se quejan! Ninguna autopista; ninguna autovía; en muchos sitios mal trazadas y con baches, que a duras penas reparaban los peones camineros; los puertos con pendientes imposibles y descarnados... En invierno, subir el puerto de Pajares era cuestión imposible. La lista de los cerrados que daban en el parte de Radio Nacional era interminable. Había que abrigarse bien —mi padre llevaba una zamarra de cuero que mi madre lustraba con betún—, porque lo de poner cadenas —no tan sofisticadas como las actuales— era el pan nuestro de cada día. Los quitanieves eran habas contadas y no echaban sal como hoy en día. Ni te venía nadie a salvar del trance como ahora incluso se exige airadamente. Todo lo contrario. Mi padre cuenta que en el pueblo de Guadarrama, los paisanos derramaban agua sobre el firme de la carretera para que se helara y luego ellos mismos ofrecerse —cobrando— para ayudar a salir del atolladero.


Pajares
Quitando nieve en el puerto de Pajares. 1955

Guadarrama
Puerto de Guadarrama o de los Leones. Años 50

Los camiones tenían menos potencia y velocidad y los viajes se hacían interminables. Subir un puerto con carga o cuestas que hoy pasan desapercibidas, entonces se hacían a paso de tortuga. Pero bajar era casi peor, pues los frenos jugaban una mala pasada cuando menos te lo esperabas. La conducción era más forzada; mover el volante en algún momento —no tenían dirección asistida—, costaba dios y ayuda.

Por supuesto, no llevaban radio. El teléfono móvil no existía —¡lo que hubieran dado por uno!— , y poner una conferencia en un bar o cualquier otro sitio era descabellado. "A Campo de Criptana tres horas de demora", te soltaba la telefonista como poco. Estaban prácticamente incomunicados. Cuando se murieron mis abuelos paternos, a mi padre hubo que buscarlo a través de la Guardia Civil. Se portaron muy bien, eso sí, hasta con mucho tacto lo llamaron y despertaron una de las veces cuando se encontraba durmiendo unas horas en una pensión de carretera.


¡Otros tiempos!
A Campo de Criptana... tres horas de demora.                   La Guardia Civil avisó a mi padre de la muerte de mis abuelos

La estampa de mi padre cuando estaba con el camión era muy peculiar, siempre con su pantalón de peto azul, limpio e impecable, con un bolsillo en la parte de la pechera para guardar la cartera y algún documento. No los encontraba mi madre por ningún sitio como mi padre quería, que en esto era muy especial, y se los hacia uno tras otro mi tía abuela Dolores, la sastra, bien cortados y a su medida.

Una Navidad, entre Pinto y Valdemoro tuvo un accidente. Lo esperábamos por la tarde, con tiempo para llegar de sobra a la cena de Nochebuena; pero empezó a demorarse y a demorarse, y cuando ya mi madre estaba atacá y disimulaba a duras penas su nerviosismo, sonó el teléfono pasadas las once y nos lo comunicaron. Afortunadamente ni a mi padre ni a Daniel, el ayudante, les pasó nada, solo el susto; aunque el camión salió bastante tocado, sobre todo de chapa. Ese año, claro, no hubo Nochebuena.

Trajeron el camión al pueblo para repararlo aquí, y aparte de los arreglos que tuvieran que hacerle, contrataron a un chapista de Madrid que en la cochera desplegó sus herramientas y durante un mes estuvo poniendo en orden aquel destrozo. Era un tipo menudo, simpático, y sobre todo con un hablar chulo y castizo que parecía salido de una sainete madrileño o de una zarzuela.


Talleres
Había pocos talleres especializados

Las reparaciones entonces eran así: pocas piezas de repuesto, mucha mano de obra, trabajos a torno, incluso a lima, y pocos talleres especializados. En el pueblo, Dionisio de la Torre, que era casi el único que entendía de motores (algo menos de los diesel); los Manolillos, más bien torneros, y algún otro, hacían lo que podían. Las averías, además, surgían con más frecuencia que ahora; siempre había un ruidecillo, un no sé que, algo que apretar o desarmar... o algo muy gordo, que sólo podían ya solucionar en Madrid o en talleres de carretera. Para cosas no necesariamente sencillas se bastaban ellos dos, Daniel y mi padre, como por ejemplo, hacer de una ballesta grande una chica. Y todo ello en un pequeño taller, habilitado en la cochera, con una taladradora de mesa antidiluviana, movida a mano, que necesitaba a dos operarios para manejarla; un esmeril también manual, una fragua portátil, un banco de trabajo ennegrecido por la grasa, martillos, alicates, destornilladores, buriles, llaves, brocas y cuatro limas viejas. Penaban lo indecible.


camioneros
Los camioneros también tenían que ser buenos mecánicos, y con medios muy precarios

El engrase era otra labor penosa, que requería tiempo, y que obligaba a estar tirado por los suelos la mayoría de las veces; aunque mejoró cuando construyeron un foso excavado en el suelo, como tenían en los buenos talleres.


Engrase
Engrasadoras antiguas

En el verano, cuando acababan los colegios, nos íbamos muchas veces con mi padre de viaje; unas veces, obligados, para ayudar cuando Daniel se encontraba enfermo, y otras, las más, de placer, como una recompensa por haber sacado buenas notas o por habernos portado bien.

La carga era muchas veces en Alcázar de San Juan, en la bodega de Lino, o en las exportadoras del pueblo: Minguijón, Bodegas Criptana, Ludeña, Esteso, Sepúlveda, Ruiz. Había que encaramarse a lo alto de la cisterna, abrir las bocas, meter la manga y estar muy pendiente —esto no admitía fallos— para que, poco antes de que rebosara el vino, gritar con todas las fuerzas: "¡Bueeenoooo!". Era la señal para que pararan la bomba de llenado. Algún camionero de otras zonas, en plan fino, voceaba: "¡Suficieeente!". Naturalmente, eran motivo de pitorreo en las bodegas.

La descarga siempre era más sencilla, por su propio peso o con bomba; pero si la bodega o despacho no disponía de mangas, teníamos que habilitar las nuestras y, en cualquier caso, roscarlas a los grifos colectores de salida.


Bombas de trasiego
Bombas de bodega antiguas manual y eléctrica

Fui varias veces a Villanueva del Río y Minas, en Andalucía. El dueño del almacén de vinos, don Diego Linares, muy amigo de mi padre, nos obsequiaba y nos trataba con mucho afecto. Pero lo más curioso que recuerdo de este pueblo eran las largas colas que nos encontrábamos esperando al camión. Supongo que se corría la voz de nuestra llegada, y las gentes, con las botellas en la mano o las garrafas, corrían por algo así como el ¡santo maná!


Villanueva del Río y Minas
Villanueva del Río y Minas

San Esteban de Gormaz, Burgo de Osma, Valladolid, Aranda y toda la zona vinícola de la Ribera del Duero, eran otros de los sitios que frecuentábamos, entonces sin la fama de ahora, pero con despachos y bodeguillas-cuevas —se descargaba en varios sitios en un mismo viaje— con mucha solera.


San Esteban de Gormaz
Por estos soportales de San Esteban de Gormaz hubo en tiempos algún despacho de vino-bodega en donde
descargaba mi padre el vino de La Mancha

El Burgo de Osma
El Burgo de Osma, otro de los sitios habituales en los que mi padre llevaba vino manchego

El Burgo de Osma
Taberna-bodega en Burgo de Osma en la que mi padre descargaba vino y que aún sigue abierta

El viaje a Valencia era muy espectacular por el puerto de Contreras, y la primera vez que fui me llamaron mucho la atención unas anchas vías paralelas de hierro encastradas en las carreteras de entrada. Mi padre me explicó que eran para la rodada de los muchos carros que se empleaban para transporte de mercancías, para que no estropearan el asfalto. Tenían ya los días contados.


Antiguo puerto de Contreras
Antiguo puerto de Contreras, construido en 1850 para salvar la hoz del río Cabriel en la ruta de Madrid a Valencia y muy
complicado por la gran cantidad de curvas, muchas de ellas cerradas y de 180 grados. En 1969 se inauguro la variante,
que supuso una gran mejora en la seguridad del tráfico y una considerable reducción de tiempo en cubrir la distancia

Carriles metálicos para carros en el camino del Grao de Valencia
Carriles metálicos para carros en el camino del Grao de Valencia, hoy Avenida del Puerto

Desaparecieron igualmente las oficinas o casetas del Fielato que había a la entrada y salida de Madrid y otras ciudades importantes, donde se pagaba el impuesto de los arbitrios municipales para las cargas que allí quedaban, o se recuperaba el dinero a la salida si solamente iba uno de paso.


Oficina de fielato
Fielato en Camasobres (Palencia) a 10 km con el límite a la antigua provincia de Santander, a cuya Diputación pertenecía

Otra de nuestras funciones en estos viajes-excursión consistía, aprovechando cualquier parada, en golpear con un mazo de madera todas las ruedas del camión. Yo no entendía nada y lo hacía sin rechistar. Luego me entere que por el ruido, mi padre apreciaba si estaban bien de aire o necesitaban un inflado.

Cuando llegábamos al pueblo, con el traqueteo y el movimiento del viaje, raro era que el vino que mojaba las paredes de aquellas cisternas de hierro de entonces no hubiera escurrido, y, abriendo los grifos, no diera para llenar una garrafilla.

Las comunicaciones eran difíciles. El teléfono —no automático—, como ya he dicho, necesitaba de operadora y para conferencias (llamadas no urbanas) siempre tenía demora de horas. La solución rápida era el telegrama, y claro, con el mínimo de palabras para que no fuera muy caro. Mi padre lo utilizaba bastante para avisar de que llegaba tal día a tal hora. Tenía un paquete de impresos para rellenar en su mesa de despacho, y nos mandaba a alguno de los hermanos a llevarlo a la oficina de Telégrafos.


Mi padre ya con más edad
Mi padre, ya con más edad, jubilado de la carretera pero durante muchos años al frente del negocio.
Uno de los impresos de telegrama que tanto se utilizaban antes para avisar de los viajes


Despacho de mi padre
Despacho de mi padre y luego del negocio de transportes familiar

En 1964 vendió el viejo camión y trajo uno nuevo, Pegaso, el 1060 de 165 CV, El Cabezón —o Cabezorro, como decía mi padre—, con la típica cabina de chapa corrugada. Otros transportistas en el pueblo se habían cambiado ya a Barreiros, más baratos, pero él siguió fiel a su marca porque eran de mejor calidad


El pegaso 1060
El Pegaso 1060

Un gran invento por aquellos años revolucionó la conducción: el freno eléctrico. Recuerdo que se lo pusieron en Madrid, en un taller de la calle de Embajadores abajo, y yo estuve allí una tarde, incluso luego fui a entregar unos papeles.


Freno eléctrico Telma

A mi hermano Valeriano siempre le han gustado mucho los camiones. Recién sacado el carné de segunda, un día, en la cochera —yo iba con él—, y sin estar mi padre, ni corto ni perezoso se puso a las manos del volante del camión y lo sacó a la calle, operación que era dificilísima porque la salida no era directa y había que hacer mil maniobras por las estrecheces. ¡Lo llevaba en la sangre! Naturalmente, después de hacer la mili, ya se fue con mi padre y Daniel, el ayudante de siempre, hubo de buscar otro trabajo.

Con el tiempo, mi padre se retiró de la conducción, ¡ya había trabajado lo suyo y lo ajeno!, y mis otros hermanos entraron en el negocio, primero Domingo y luego Francisco José. Todo ello supuso la compra de más camiones de gran tonelaje que van renovando con los años, en su momento con la gama de los Pegaso, y de nueva cochera en la carretera de Pedro Muñoz, que se quedó pronto pequeña. Ahora su flota de camiones —cambiaron los Pegaso (los últimos, las cabezas tractoras Troner de 400 CV, llegando a completar casi todos los modelos de la marca) por los Volvo, Scania, Reault— la guardan en una nave en el Polígono Industrial del Pozo Hondo, que irremediablemente algún día tendrán que ampliar, pues una tercera generación de nietos se ha ido incorporando a la empresa.

Les va bien y se sienten orgullosos de su empresa, de sus empleados, y de sus camiones, siempre limpios, impecables, con sus cisternas en acero inoxidable isotérmicas para productos alimenticios, construidas según la ultimísima normativa europea, que son una envidia allá por donde pasan.


Antiguos camiones de mis hermanos
Antiguos camiones de mis hermanos en la cochera habilitada en la bodega de mi abuelo Domingo, en C/ General Peñaranda

Mi padre y mis hermanos
Mi padre y mis hermanos. 1992

Nuevos camiones
Nuevos camiones en la cochera de la carretera de Pedro Muñoz

Nuevos camiones
Más camiones en la cochera de la carretera de Pedro Muñoz, luciendo el logotipo de la empresa. Año 2000

El último Pegaso
El último Pegaso, un Iveco LD/440E42/TP, (420) EuroStar

Cochera en el Polígono Industrial
Nave con la cochera y oficina en el Polígono Industrial del Pozo Hondo

Oficina en el Polígono Industrial
Oficina de la empresa

Cochera en el Polígono Industrial
Algunos camiones en la nave del Polígono Industrial

Un Volvo
Detalles de un Volvo

Otro Volvo
Otro Volvo

Y otro Volvo más
Y otro Volvo más

Dos Scania
Dos Scania con acuerdo de trabajo para una empresa de transporte de contenedores

Scania
Detalle de uno de los Scania anteriores

Scania
En ruta

De nuevo un Volvo
Y de nuevo un Volvo

Mi padre y mis hermanos
Mi padre, Valeriano Flores, y mis hermanos Domingo, Valeriano y Francisco José junto a un Volvo de nueva adquisición

Mi padre y mis hermanos
Otra foto más de mi padre y mis hermanos con un Renault

INDICE

58 LA ETAPA ESCOLAR

La enseñanza primaria elemental, que se daba con enciclopedias de varios niveles, adecuadas a los cursos correspondientes, comprendía el Catecismo, la Historia Sagrada, la Urbanidad, Lengua, Geografía e Historia, Ciencias Naturales, Aritmética y Geometría y Formación Político-Social. Se impartía en las escuelas, pero lo primero era aprender a leer y a escribir, y los buenos maestros de la época eran sobre todo maestros de escribir y, por supuesto, magníficos calígrafos. Se utilizaban plumillas de varios tipos (de corona, de gallo...), con su mango, que se mojaban en tinteros de porcelana encastrados en los pupitres, que el maestro llenaba desde un recipiente mayor que guardaba en su armario, generalmente una botella de anís con un pitorrillo de caña. Se seguía la práctica de la copia mediante muestras, y así, se aprendía a poner en primer lugar palotes, a formar letras, y que cada una de ellas tiene dos figuras diferentes, una mayúscula y otra minúscula; luego sílabas y por último frases.


Antiguas escuelas
Antiguas enciclopedias y cuaderno de escritura

Tintero de porcelana
Pupitre, cuaderno de caligrafía "Rubio", papel secante, plumillas, palilleros y botella de tinta para rellenar los tinteros

La plumilla para mojar en tintero era un instrumento incomodo. Se requería de una cierta destreza para utilizarla, se despuntaban con facilidad, goteaban y se corría la tinta al pasar la mano o la manga por encima del papel antes de que se secara, como le ocurría siempre a mi compañero de cole Manolo Muñoz, que era zurdo, y le costó dios y ayuda aprender a llevar el brazo de forma que no emborronara la caligrafía. Había unos papeles especiales, los secantes, para apoyar sobre el escrito y absorber el exceso de tinta, pero con frecuencia uno se acordaba de utilizarlos cuando ya se había producido el desaguisado. Con mucha frecuencia, la tinta de las plumillas subía por capilaridad hacia el manguillero, y de allí irremediablemente a los dedos o, incluso, si te restregabas con ellos, a la cara, los ojos, los oídos...


Antiguas escuelas
Tintero de porcelana encastrado en el pupitre con el manguillero y la plumilla

De siempre se buscó la manera de incorporar a la pluma su propio depósito de tinta para no depender constantemente del tintero, pero el invento de Lewis Edson Waterman en 1883, la pluma estilográfica, a nosotros nos llegó con bastante retraso. Antes de que se popularizara el cartucho de tinta, las primeras estilográficas se rellenaban al presionar directamente en una goma de carga; luego, una palanca embutida en el cuerpo de la pluma, movía una barra que presionaba el depósito de goma; otras, posteriormente, utilizaban un émbolo como las jeringuillas.


Plumas estilográficas antiguas
Plumas estilográficas Waterman 1926, Sheaffer de 1934, Montblanc de 1936 y Parker de 1946

Pero el invento más extraordinario para la escritura fue el bolígrafo, patentado en 1938 por el húngaro Laszlo J. Biro, y popularizado internacionalmente a partir de 1953, cuando el Barón francés Marcel Bich comenzó la fabricación industrial de un bolígrafo barato, de cuerpo transparente, que aún permanece en el mercado: el Bic.


Bolígrafos Bic
Bolígrafo Bic con apariencia de pluma, de los años 50-60. Bic Naranja escribe fino; Bic Cristal escribe normal

En cuanto a la lectura, en los años 50 y 60 utilizábamos cartillas, y la más extendida para el aprendizaje fue el Rayas, sustituta del Catón, libros de educación tradicional que contenían frases y períodos cortos para enseñar y ejercitar en la lectura a los principiantes, muchas de las cuales tenían un contenido moralizador. Incluían además un catecismo y un tratado de urbanidad.


Las cartillas
Las cartillas para leer

Todas las materias eran importantes, pero lo de "hacer cuentas" era capital. Para la suma y la resta se solían tener en las escuelas grandes ábacos. La multiplicación y división se aprendían con tablas que, a fuerza de cantar y cantar con su soniquete característico, aprendías de memoria. Casi todas las libretas (cuadernos) de entonces las traían por la parte de atrás; las comprábamos en la Papelería Moderna, en la calle de la Virgen, que era de las mas surtidas en material escolar. Recuerdo que daban de propaganda una estampa de santa Teresa con la imagen en negativo; si la mirabas fijamente sin pestañear durante unos segundos, luego cerrabas los ojos y se te "aparecía".


Hacer cuentas
Ábaco escolar y cuaderno Rubio de cuentas

Tabla de multiplicar
Tabla de multiplicar en una libreta de la Papelería Moderna

Santa Teresa
Santa Teresa, en una estampa de propaganda de la Papelería Moderna, que "se aparecía" por arte de magia

Oí decir a mi madre que ella de pequeña fue a la "Labor", y es que la educación femenina iba por otros derroteros. Las normas vigentes vedaban la promiscuidad de sexos y no permitían a la mujer participar en la instrucción de los hombres. Las maestras debían estar capacitadas para enseñar a leer, escribir, hilar, bordar, hacer calcetas, botones, cordones, cofias y borlas. Según parece, estas escuelas preparaban a las alumnas muy adecuadamente para lo que se consideraba lo ideal en la vida matrimonial.


Labores de las chicas
Labores de las chicas

No cambió mucho en este aspecto en nuestra época, incluso en el Bachillerato, pues a la asignatura de los chicos de carácter totalmente político como era la Formación del Espíritu Nacional (FEN), estaba la de ellas, Enseñanzas del Hogar, con trabajos prácticos de labores de costura.


Labores de las chicas
Algunas de las labores que hacían las chicas en Enseñanzas del Hogar

La enseñanza en Criptana ha tenido su historia. Se sabe que en 1821 había dos escuelas de primeras letras, la de niños, con un maestro y 68 alumnos, y la "labor" de niñas, con una maestra y 24 alumnas. Las cifras eran bajísimas comparadas con la población en edad escolar de la época. Eran las escuelas oficiales, pero también existían intrusos —así pensaban de ellos los maestros con título— que daban clases particulares, y una escuela privada que solicitaron los frailes carmelitas del Convento, abierta desde 1816 para niños pobres.


Escuelas separadas
Comedor en un antiguo grupo escolar con los niños y niñas separados

No había por entonces ninguna aula de latinidad, lo que se consideraba como enseñanza media. Si pretendió abrirla un clérigo regular secularizado de las Escuelas Pías de San Antonio Abad, que había residido en Madrid pero era natural de Criptana. En 1820 abrió momentáneamente pero luego fue denegada.

En 1843 las dos escuelas públicas se instalaron en antiguas dependencias del Convento, junto a uno de sus patios interiores, con la pretensión no realizada de aumentar a dos de niños, dos de niñas y una de adultos. En 1851 seguían las dos escuelas. Los alumnos eran 130 varones, el 23% de los que estaban en edad escolar, y 50 hembras, que no llegaban al 10%. El analfabetismo era tal, que algunas autoridades municipales tenían incluso problemas para poner su firma.


Escuelas antiguas
En un desfile para la romería de san Isidro, se aprecia la puerta de cristales de la escuela instalada en el antiguo Convento

Escuelas del Convento
Escuelas del Convento

Escuela de niñas
Escuela de niñas o labor en Criptana en época indeterminada

En 1892 eran ya cuatro las escuelas públicas elementales: dos de niños dirigidas por don José María López-Manzanares y por don José María Martínez Borja, y dos labores de niñas a cargo de doña Dionisia Pérez Carrascosa y de doña María Mota. Y se habían incorporado dos privadas subvencionadas por el Ayuntamiento: la de don Ramón López-Manzanares, fundada por su padre don José María unos años antes, y la labor de niñas de doña Felicidad López Fernández.

Don José María López-Manzanares, de quien se conservan unas Nociones de Analogía y Sintaxis de Gramática Castellana, creó la primera escuela privada estable y reconocida en Criptana, fue un personaje muy querido y tiene calle dedicada: Maestro Manzanares. Y fue capaz de inculcar un gran amor por la docencia en toda su descendencia, una gran saga de maestros encabezada por su hijo Ramón y continuada por su nieta, la recordada doña Carmen López-Manzanares, biznietos, tataranietos...


Maestro Manzanares
Don José María López-Manzanares

En 1903 abrió doña María de la Concepción Fernández García otra escuela privada o labor para niñas. El horario por las mañanas era de 8 a 11 y por las tardes de 14 a 17, menos los sábados, sólo hasta las 16. Las clases, repartidas a lo largo de la semana, eran: Labores, Escritura, Lectura, Gramática, Geografía, Doctrina e Historia Sagrada. Tanto por la mañana como por la tarde se empezaba con revista de limpieza y rezo y se terminaba con una oración (los sábados por la tarde con explicación del Evangelio del domingo y Santo Rosario). Y todos los días, a las 10,45, se hacía una lista de "premios y castigos".

Este nombre de "labor" aplicado a las escuelas de niñas, a veces resulta un galimatías. Existían las públicas, que sólo admitían a niñas, daban una educación específica para ellas y siempre estaban dirigidas por una maestra. Sin embargo, en las privadas, había variantes: las dirigidas por una maestra o las que lo eran por una señora o señorita, con buena formación, pero sin titulación, y dentro de ellas, las de solo niñas y las que admitían también a niños y tenían que diversificar las enseñanzas. En cualquier caso, el nombre de "labor" se empleó hasta los años que coincidieron con la Guerra Civil; luego, el nombre de "labor" se aplicó a una especie de guarderías que algunas señoras abrían en sus casas para acoger a niños menores de seis años. Eran en su mayoría eso, guarderías, donde se aprendía a jugar, cantar o dibujar y solo en algunas unos pocos rudimentos de lenguaje y escritura.


Labor de Petra la Maravilla
Año 1959. Labor-escuela de Petra La Maravilla, que acogía tanto a chicas como a chicos. Se encontraba en la calle de la
Concepción (carretera de Pedro Muñoz), junto a la también desaparecida tienda de comestibles de Carmelo

También hubo casos de hombres que abrían su propia escuela (hoy se llamarían academias), fueran titulados o no, y que se ganarían el reconocimiento en función de su trabajo. Seguro que ninguno fue como el del conocido dicho: El maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela.

Volviendo al hilo de la enseñanza privada, por aquel entonces, a principios del siglo XX, el pueblo empezaba a tener su importancia y era ya hora de que tuviera un colegio de Segunda Enseñanza. Así ocurrió en 1906 cuando el presbítero don Lorenzo Carrillo y Muñoz, natural de Calzada de Calatrava, trasladó su colegio de Daimiel a Criptana, a la calle de la Reina. El plan de estudios del Bachillerato de aquel Colegio de San Gregorio se articulaba en cinco cursos, con asignaturas de Caligrafía, Castellano, Aritmética, Geometría, Geografía, Historia, Latín, Francés, Álgebra y Trigonometría, Literatura, Preceptiva y Composición, Física y Química, Fisiología e Higiene, Psicología y Lógica, Religión, Dibujo, Música y Gimnasia. Los profesores, algunos de fuera como los licenciados: don Lorenzo Pina, don Francisco Iniesta o don Mariano González. Otros de aquí como el abogado don Luis Cenjor, el médico don Antonio Cenjor o el farmacéutico y músico don Bernardo Gómez, director de la entonces Banda Municipal Beethoven. También el director, don Lorenzo, y el párroco don Ramón Cano, que impartía la Religión. Pero, por las razones que fueran, su vida fue efímera, sólo unos pocos años.


Escuela del padre Carrillo
Escuela del padre Carrillo. 1906

En 1918 abrió una escuela gratuita para pobres en la entonces llamada "Casa de la Culebra", frente a la actual plazoleta de Don Ramón Baillo, don Especioso Perucho, presbítero en la iglesia parroquial.

En 1920 se fundó el colegio de dominicas de Ntra. Sra. del Rosario, el "Colegio de las Monjas", en la calle de la Torrecilla, hoy Cervantes, gracias a la donación de vivienda que hizo doña Dolores Bustos. Su labor fundamental era para la educación cristiana de las niñas, pero también mantenía aula separada para niños. Aún permanece en edificio muy renovado.


Colegio de las Monjas
Aula de niños en el Colegio de las Monjas (Ntra. Sra. del Rosario) en 1934

Colegio de las Monjas
Colegio de las Monjas hacia 1955

Colegio de las Monjas
Colegio de las Monjas. Clase de Labores con la hermana Aurora

Colegio de las Monjas
Colegio de Ntra. Sra. del Rosario, de monjas dominicas, y la hermana Mercedes, posiblemente
la más carismática y querida por los años cincuenta y sesenta

Con el correr del tiempo, otras instituciones de enseñanza privadas se fueron estableciendo, como el Colegio de San Millán, en la calle Castillo, de Primera Enseñanza y Bachillerato, abierto en los primeros años de la década de los 20 del siglo pasado. El Colegio Hispano, en la calle Fernández Calzuelas, dirigido por el licenciado en Ciencias Don Fermín Gil Lasantas, que ya funcionaba en 1923 y preparaba para Enseñanza Elemental, Bachillerato, Magisterio, Comercio y acceso a Facultades. El Colegio Cervantes, de Primera Enseñanza, por el que doña Carmen Torrijos solicitó apertura en 1936 en la calle Fernández Calzuelas 2, junto al Pósito, pero del que no se tienen más noticias y posiblemente no llegara a abrirse. El mítico Colegio Teresiano, al principio de la calle Convento. O, más recientemente, el Colegio de Educación Especial María Auxiliadora, fundado por los años 70 por el que fue tan querido profesor don Rogelio Sánchez Ruiz, así como el Centro Ocupacional que lleva su nombre. Y también varias academias y guarderías


Don Rogelio Sánchez Ruiz
Don Rogelio Sánchez Ruiz en 1998

Retomando la enseñanza pública, hacia 1910 era director de la Escuela Graduada de Niños del Convento nº 1 don Domingo Miras Reche (ya lo había sido desde 1907 de una de las Elementales con aula unitaria), y en el cargo se mantuvo hasta 1937, salvando incluso el cambio de sede de la escuela en 1931, al ser abandonadas las antiguas dependencias del convento carmelita por un nuevo Centro, que pasó a denominarse Grupo Escolar del Pozo Hondo, hoy Colegio Nacional Mixto del Sagrado Corazón, totalmente reformado y ampliado en la actualidad.


Escuelas del Pozo Hondo
Escuelas del Convento. Año 1909. El profesor de la izquierda es don Domingo Miras, en el centro preside el párroco de
Criptana y el profesor de la derecha es don Ramón López-Manzanares. Se observa que los colegiales van todos con el traje
de los domingos, algunos incluso con reloj y su correspondiente cadena alojado en el bolsillo del chaleco

Escuelas del Pozo Hondo
Escuelas del Pozo Hondo

La Escuela del Palomar, en la calle Valenzuela, con la Escuela Graduada de Niños nº 2, y que desde 1962 dependía de la del Pozo Hondo, desapareció en 1980 al crearse el C. P. Domingo Miras al final de la avenida de Sara Montiel.

Maestros míticos en aquella antigua Escuela del Pozo, Hondo y en la del Palomar, aparte de don Domingo Miras, fueron don Florentino Ysern, don Rafael Gómez, don Bernardo Fernández, don José Sainz, don Leonidio Arteaga, don Andrés Olivares, don José María García-Casarrubios y López-Manzanares, don Ángel Molina y muchos otros.


Maestros del Pozo Hondo
Maestros en las Escuelas del Pozo Hondo. Arriba, en el centro, don Leonidio Arteaga Lucas. Abajo, a la izquierda,
don José María García Casarrubios y López Manzanares

Maestros del Pozo Hondo
Maestros en el patio de las Escuelas del Pozo Hondo. El primero por la izquierda: D. Luis Cabañero, 2º don Bernardo Fernandez,
3º don Leonidio Artega, 6º don José Sainz, 7º don José María García-Casarrubios, 9º Noveno don Cecilio.

Maestros del Pozo Hondo
Don Leonidio Arteaga a la derecha y abajo, y don Bernardo Fernández, don Luis Cabañero y don José Sainz en el centro

Escuelas del Pozo Hondo
Curso 58-59 en las Escuelas del Pozo Hondo con don Leonidio, profesor y director durante muchos años

Don José María García-Casarrubios
Don José María García-Casarrubios y Lopez Manzanares, durante muchos años profesor luego en las Escuelas del Palomar

Don Ángel Molina
Don Ángel Molina, también profesor durante muchos años en las Escuelas del Palomar

Don Domingo Miras Reche era de Almería, pero acabó siendo "criptanense" por sus largos años entre nosotros. Tenía 37 años cuando aquí llegó y su sueldo inicial fue de 1.100 pesetas anuales más otras 275 de las clases de adultos y el añadido de lo poco que se obtenía de las "permanencias", una hora más de clase opcional y de pago. Además de su actividad como maestro, se implicó en la vida cultural del pueblo. Suyo es un plano urbano de Criptana en 1911. Pero mal se lo pagaron, pues a pesar de que había sido separado de la docencia y obligado a pedir la jubilación en 1938 por sus continuos desencuentros con las autoridades de entonces, al término de la Guerra Civil fue obligado a pedir el reingreso por ser acusado de colaborador del Gobierno de la República y para que manifestara su adhesión más entusiasta al Nuevo Estado franquista. Toda una trampa y un sinsentido, pues se le acusaba de colaborar con los que le habían obligado a pedir la jubilación en pleno conflicto bélico. El proceso de depuración fue rápido y, a pesar de los informes por él presentados de particulares y de instituciones sobre su intachable conducta moral, religiosa, privada y pública y sobre sus actuaciones político-sociales a lo largo de los años, no sólo de Criptana, valieron más otros de nuestro pueblo, como uno del Ayuntamiento en donde se informaba, sin aportar ninguna prueba, de su permanente colaboración con el partido Socialista y con los del Frente Popular, de actuar contra la religión y de propagar ideas marxistas. Otro de Falange en donde se aseguraba que era rojo y ateo y se le acusaba de insultar al ejército franquista. Y de la Guardia Civil, que advertía de su pertenencia a partidos de izquierda y de ser instigador de los hechos vandálicos aquí ocurridos. Todo ello era perjudicial para su reingreso en la enseñanza, como así ocurrió, pues a pesar de su pliego de descargos, demostrando la falsedad de todas las acusaciones, fue depurado como sucedió con otros muchos maestros. Lo peor fue la falta de reconocimiento a su labor educativa durante tantos años, ahora subsanada con la imposición de su nombre a un colegio de enseñanza infantil y primaria.


Escuelas del Pozo Hondo
Don Domingo Miras Reche

Más información sobre este tema en “AYER Y HOY DE CAMPO DE CRIPTANA”, blog de Francisco Escribano Sánchez-Alarcos, cronista oficial de la villa de Campo de Criptana, y profesor durante muchos años en el Instituto Isabel Perillán y Quirós: Guerra Civil y represión de la docencia. Domingo Miras

Siguiendo con la enseñanza pública, hemos visto que la Escuela Graduada de Niños abandonó el Convento en 1931 para irse al Pozo Hondo, pero las aulas de niñas allí quedaron muchos años más, y antes de dejarlo se integraron en 1960 en las "Escuelas Grandes de la calle de la Virgen", en la esquina con la de la Guindalera, que había sido construida en 1928. Hoy es el Colegio Nacional Mixto Virgen de Criptana con edificio renovado, y también ampliado con otro nuevo en el camino al Santuario.


Inauguración Escuelas Virgen de Criptana. 1928
Inauguración de las Escuelas Grandes de la calle de la Virgen en 1928. Preside el Alcalde, el Gobernador y el Juez de Paz

Jubilación de doña Carmen López-Manzanares en 1951
Jubilación en las Escuelas de Niñas de doña Carmen López-Manzanares, nieta de aquel don José María López Manzanares,
conocido como el "Maestro "Manzanares", cuya saga de maestros y maestras no ha dejado de crecer desde entonces. La
vemos en la mesa con el párroco don Gregorio y con los sacerdotes don Julio y don Santos. En la parte izquierda y desde
el fondo, sus hijos Julio (ejerció la docencia en Valdepeñas), José María, Jose Vicente y José Sainz (en este caso, yerno)

Las Escuelas de la Virgen de la Paz para niñas fue construida al final de los años 40 en el mismo Cerro y considerada "Escuela Parroquial" en 1950. Abandonada y derruida la antigua sede, hoy es el Colegio Público Mixto Virgen de la Paz, al final de la calle de Don Quijote.

Y en 1969 se inauguró lo que llaman "Instituto Viejo", que era una sección delegada del Instituto Miguel de Cervantes de Alcázar de San Juan, con educación separada para chicos y chicas en dos edificios simétricos. Para el año 73 se convirtió en independiente, con el nombre de Instituto Mixto de Campo de Criptana. Luego pasó a llamarse Instituto Isabel Perillán y Quirós y tiene nuevas instalaciones en la avenida de Sara Montiel 40.



Mi padre con su hermano Domingo y todas sus hermanas fueron al Colegio de las Monjas, en la calle de la Torrecilla. Mi madre, siendo protestante, —toda su familia lo era, con mi abuelo Antioco a la cabeza— al de las monjas naturalmente que no; fue en la labor de la Fortuna, en el Pozo Hondo, donde aprendió las cuentas, a leer y a escribir y una enseñanza elemental, y como todas las chicas de su época, aprendió a coser en el taller de una modista, la Adelaida, que lo tenía en la calle Castillo.


Labor de la Fortuna
Labor-escuela de La Fortuna hacia 1925. Admitía niñas y niños como se aprecia en la fotografía

Labor de doña Eulalia
Otra Labor de la época con niños y niñas, la de doña Eulalia en 1930

Cuando mi padre tuvo la edad de empezar el Bachillerato, lo hizo en el Colegio de San Millán, en la calle Castillo, frente al hoy bar Castillo, en un antiguo caserón propiedad de los Henríquez de Luna. Tenía patio interior con galerías y ocupaba tres o cuatro casas actuales, e incluso daba de sí para albergar la posada en donde se alojó Azorín cuando aquí vino en 1905 para escribir uno de los capítulos de La ruta del Quijote y luego la Fonda Pintor, antes de recalar al lado del antiguo Casino de la Concordia (frente a la plazoleta al lado de la iglesia).


Aquí estuvo el colegio de San Millán
En la calle Castillo estuvo el colegio de San Millán

En el enorme corral trasero de este caserón de los Henríquez de Luna, con portada a la calle Convento, estuvo la carbonería de Serrano, El Niño Blando, y antes un veterinario. Algunos recordarán que en esta casa se abrían a la calle el despacho de Transportes Crima y la peluquería de Melitón, y era donde vivía la Josefina Camacho, empleada en el Ayuntamiento y muy popular por su aspecto —y quizá por su mal genio— en los años cincuenta y sesenta. En este colegio estudió mi padre los dos primeros años del Bachillerato; luego continuó en Madrid. Enseñaban en él cinco o seis profesores, y el más querido y admirado era el de Literatura, don Precioso, mote que, irónicamente, hacía honor...a su fealdad. El director, don Arturo, que vino de Madrid, resultó ser un sinvergüenza, pues con el dinero de la matrículas cobrado, se fugó y ya nadie pudo dar con su paradero. Tuvieron mi abuelo Domingo y el veterinario don Feliciano León, comisionados por el resto de padres, que recaudar de nuevo el dinero y marchar a Madrid, para abonar las tasas de las matriculaciones en el Instituto San Isidro, donde el alumnado se examinaba por libre.


Instituto San Isidro
Instituto San Isidro de Madrid en la actualidad, donde se examinaban por libre los primeros bachilleres de Criptana

Otros profesores de aquella época eran don Eduardo, enamorado de Arévalo, su pueblo natal, y de los garbanzos de su tierra; don Deogracias, con un genio muy vivo y muy amigo de usar la palmeta para pegar en las manos a los alumnos revoltosos o poco aplicados, y don Fermín, también forastero, de quien cuenta mi padre su apuesta por el mundo del progreso: poseía una radio de las de galena —posiblemente la primera que hubo en Criptana— y una vez, allá por 1926, llevo a toda la clase a su casa (una habitación en la ya citada Fonda Pintor, para que la escucharan. Sin duda era un adelantado, pues la radio nació a la luz por primera vez en EE.UU. en 1920, y en España fue en 1923 cuando se producían las primeras emisiones experimentales, en 1924 cuando nacía Radio Barcelona y en 1925 Radio Madrid, que rápidamente se fusionaron para formar Unión Radio, embrión de lo que más tarde se convertiría en la cadena SER.


Radio a galena
Con una radio galena escucharon los escolares del San Millán las primeras emisiones radiofónicas realizadas en España

Colegio San Millán
Ignacio Olivares, muchos años auxiliar de Farmacia con Quirós y compañero de mi padre en el Colegio de San Millan.
Fotografía publicada por su sobrino José Luis Martín-Serrano Parreño en el grupo de Facebook "No eres de Criptana si"

Rebuscando en papeles de mi otro abuelo, Antioco, concejal y alcalde en varias etapas de la II República, encontré un documento con una declaración de principios del Ayuntamiento republicano de Campo de Criptana sobre la educación, firmado en 1932 por el secretario del Consejo Local de Primera Enseñanza, don Domingo Miras, director de las Escuelas del Pozo Hondo y maestro en nuestro pueblo desde 1907. Después de un preámbulo en el que se manifiesta la intención de la República de avanzar en la creación de una "Escuela única" con el fin de que el talento encuentre libres todos los medios de desenvolverse, manifestarse e imponerse, proclama estos dos postulados:

  • No ha de haber criptanense en la edad escolar sin escuela.
  • No ha de haber escuela en Criptana sin cumplir debidamente su misión.

Termina con un estudio detallado sobre el proyecto de construcción de dos nuevas escuelas y ampliación de las otras dos existentes, con el resultado de sumar veinte nuevas clases a las catorce en funcionamiento, escolarizando así a la totalidad de niños entre cuatro y doce años.

Hacer Click en el cuadro para ver el documento oficial de 1932

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Cuando yo tuve edad escolar, había ya cuatro escuelas públicas: la del Pozo Hondo, la del Convento, la de la calle de la Virgen de Criptana y El Palomar. Y dos colegios privados: el de Ntra. Sra. del Rosario, de religiosas dominicas, y el Teresiano, fundado a los pocos años de terminada la guerra.

Parece ser que el nombre real del mítico Colegio Teresiano era de Santa Teresa, aunque nadie lo llamara así, salvo, supongo, en cuestiones oficiales. Su pretensión primera, un tanto excesiva, fue abrir un super-colegio mixto para chicos y chicas —una novedad importante en aquellos tiempos—, con Párvulos, Primera Enseñanza, Bachillerato, Comercio, Contabilidad y preparación para el Magisterio y para el acceso a Facultades. Y —aquí está lo más insólito— capacitado para admitir alumnos internos, externos y medio-pensionistas. Así lo expresaba en un curioso anuncio publicado en el Programa de Ferias de 1942.


Colegio Teresiano
El Colegio de Santa Teresa o Teresiano

No sé si todo esto se llevaría a cabo —más parecen ensoñaciones—, sobre todo en la parte del internado, comedor..., pues el colegio, en el Pozo Hondo, esquina a la calle del Convento, tal y como lo conocimos unos años después, ni tenía la infraestructura necesaria ni espacio para albergarla.

Hay noticias de la apertura oficial del curso 1943-44, con asistencia del Alcalde, Jefe Local del Movimiento, Claustro de Profesores, padres, alumnos y alumnas. Entre los profesores estaban don Santiago Sánchez-Manjavacas Cano (también su hermano José Antonio) y don José Sainz Sánchez-Alarcos. Ambos habían sido los promotores del Colegio, aunque como director figuraba un tal Serrano Romero, supongo que por cuestiones burocráticas y oficiales. Y fue precisamente don Santiago quien inició el acto con un discurso académico —¡qué nivel!— que versó sobre la mentira y la verdad.


 Don José Sainz en el Colegio Teresiano. 1942
Don José Sainz Sánchez-Alarcos con sus alumnos del Colegio Teresiano en 1942

Lo cierto es que el colegio, sí que daba enseñanza de calidad, sí que a nuestros padres les costaba su dinerito al ser de pago y sí que estábamos los chicos y chicas todos juntos; aunque me parece a mí que aquellas pretensiones iniciales nunca se llevaron a cabo. Era un colegio de pueblo, con seguridad más modesto al no cumplir con aquellas ínfulas pre-inaugurales, pero de lo mejorcito de los alrededores y una suerte para Criptana y para todos los que por sus aulas pasamos.

A mí me mandaron al Teresiano a los tres años, en 1950. Yo quería ser como mi hermano mayor y tenía que ir también al cole. A pesar del nombre, el colegio era totalmente laico; se enseñaba el catecismo (el Ripalda), eso sí, y clases normales de religión —eran obligatorias—, pero no había manifestaciones públicas de religiosidad como sucedía con el de las dominicas o con las escuelas del Estado, que empezaban con el rezo del Padrenuestro, y menos de tipo político como el izar la bandera o entonar "El cara al sol". Y todo esto cuando ya no era director aquel Serrano Romero de 1942 y sí un sacerdote, Don Julio Gil, pero un sacerdote muy especial, de una gran cultura, que había estudiado en Roma, y que posiblemente podría haber llegado a ser más que un simple cura coadjutor en nuestra parroquia si no hubiera estado implicado en actividades políticas, entre ellas los movimientos que a través de Acción Católica dieron paso a la creación de las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC) y que algo tuvieron que ver en el nacimiento posterior de Comisiones Obreras. Dijeron que estuvo desterrado en Nueva York, sí es cierto que también en La Habana prerrevolucionaria, donde hizo amistad con Fidel Castro, con quien se carteaba, y luego en Criptana, donde clandestinamente también tuvo sus “reuniones”.


Don Julio Gil
Don Julio Gil

Quienes llevaban el colegio en realidad eran don José Sainz Sánchez-Alarcos, primo hermano de mi madre y amigo de mi padre, y don Santiago Sánchez-Manjavacas Cano mientras vivió. Junto con don Julio dieron al Teresiano un aire de modernidad y un sistema pedagógico que entonces por nuestra edad no llegábamos a percibir, pero que hoy, recordándolo, tenía alguna tímida conexión con el ideario krausista que divulgaba la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos. Pasamos por él varias generaciones de estudiantes, chicos y chicas —entonces una verdadera innovación—, y siempre lo recordamos con cariño y con agradecimiento.


Don José Sainz
Don José Sainz en una fotografía de joven y en otra con más edad

Las únicas veces que el Teresiano nos convocaba para un acto de tipo religioso —vienen ahora a mi memoria— eran la Misa del día de santa Teresa, nuestra patrona, y en Navidad, para la Misa de Gozos de los Estudiantes, del 18 de diciembre, festividad de la Virgen de la O, que correspondía siempre al principio de las vacaciones. Todo ello al principio en el Convento y a partir de 1958 en la recién inaugurada iglesia parroquial.


Santa Teresa, patrona del Teresiano
Santa Teresa, patrona del Teresiano

La Misa de Gozos de los estudiantes, la primera del ciclo, era muy sonada, sobre todo por los petardos que ese día era costumbre tirar, y que comprábamos en una tienda de chucherías y otras menudencias que había en la calle de Santa Ana, la de Chufitas. Lo suyo era tirarlos a los pies de las chicas para que chillaran, saltaran y les revolotearan las faldas. Recuerdo que ese día, ya de más mayorcillo, andábamos todo el día de parranda y cantando por la calle las clásicas canciones de estudiantes:

(Con la música de la Canción del Legionario)
Soy valiente y leal estudiante,
ningún día me sé la lección,
cuando me preguntan en clase
me parece que voy a morir.
¡Estudiante, estudiante!,
que te van a catear,
no pienses más en las chicas
y haber si estudias más…

                                Petardos

El Teresiano estaba ubicado en los dos pisos superiores de una bella y enorme casa al principio de la calle Convento, con gran fachada también a la plaza del Pozo Hondo, creo que de doña Mariana Granero y luego de su hija Mari Paz. Cuando yo ingresé me asignaron otros tres compañeros de más o menos mi misma edad: Falín (Rafael García-Casarrubios), Santi (Santiago Sánchez-Manjavacas), amigos los dos desde entonces, y Méndez, que nunca supimos su edad, pues el pobre era un poco disminuido y respondía, al preguntarle por los años: "cuando se murió el caballo". Debió coincidir su nacimiento con la muerte del tal caballo, que su padre, panadero, empleaba para repartir el pan.


El colegio Teresiano
Pozo Hondo. Años 50. Colegio Teresiano a la derecha y la casa de doña Remedios Baillo, la casa hundía, a la izquierda

El colegio Teresiano
Edificio abandonado del antiguo Colegio Teresiano

Poco podíamos hacer entonces, además de estrenar un bonito cartapacio y un plumier de dos pisos: jugar con un rompecabezas junto a la tarima de don José, armar figuras con piezas de madera, intentar componer el mapa de España con las famosas cajas de cubos, hacer palotes y muestras de letras en la libreta, desgarrar las hojas de tanto que apretábamos con el borra, dibujar con nuestros flamantes lápices de colores de "Alpino" (los agotábamos en un santiamén porque no controlábamos el saca) y ponernos los "morros" morados con unos lapiceros que había entonces que si los chupabas escribían como con tinta. A veces nos sacaban tiza y unas pizarras pequeñitas que guardaban en el armario y que hace años todos los escolares llevaban en la cartera. A la pizarra grande no llegábamos porque estaba muy alta. Y como éramos tan pequeños, las chicas mayores de Bachillerato nos cuidaban y jugaban con nosotros o nos hacían bromas.


Material escolar
Primeros años en el cole

A los cinco años, en el inicio de la enseñanza elemental, ya éramos más compañeros en clase, aunque la mayoría ingresaba para el Bachillerato. De aquella etapa recuerdo a varios profesores, que también eran maestros o llegaron a serlo de las Escuelas del Pozo Hondo: don Bernardo, don Florentino ("¡Niño!, te voy a dar una patada... que te voy a mandar a la repulsiva luna") o don Andrés, que tenia una goma en vez de palmeta para castigarnos. Pero el especialista en eso era don José: nos llamaba —ya sabíamos para qué y acudíamos cubriéndonos la cara con los brazos—, nos tiraba de la patilla, instintivamente hacia ella iban nuestras manos, nos descubríamos... y, ¡zas!, tortazo que te venia sin saber ni cómo ni por dónde.


Don Floresntino Isern
Don Florentino Isern (arriba, en el centro) como profesor tambien en las Escuelas del Pozo Hondo

Don Andrés Olivares
Don Andrés Olivares, años después, con alumnos del Colegio Público Sagrado Corazón, en el Pozo Hondo

Don Bernardo Hernández
Chicas y chicos del Teresiano con don Bernardo Fernández en la Sierra, un 23 de abril, Día del Libro

Todos los jueves por la tarde, cuando venía el buen tiempo, las clases se trasladaban al campo, a las eras del Pozo Hondo: retozábamos, jugábamos un partidillo de fútbol, las chicas a la comba o a otras cosas, y luego terminábamos con una clase allí mismo, haciendo un corrillo alrededor de don José, que casi siempre era de Ciencias Naturales, y que aprovechaba lo del campo para enseñarnos algunas plantas o para contarnos algunas anécdotas ilustrativas.


Las eras del Pozo Hondo
Eras del Pozo Hondo entre 1931-1935. Las Escuelas del Pozo Hondo (inauguradas en 1931) se ven a la derecha, y las eras
son las que había por esa zona, fuera de la población entonces y sin apenas cambios por los años 40 y 50

En el recreo salíamos a la plaza del Pozo Hondo, pero sin alejarnos mucho, alrededor de la casa de doña Remedios Baillo, la casa hundía; lo teníamos prohibido porque una vez paso una avioneta rasante, haciendo piruetas —creo que de un piloto paisano nuestro—, y nos marchamos tras ella hacia las eras. Naturalmente, algunos se incorporaron a las clases con más de una hora de retraso.

Aún no estaba el pequeño jardincillo que se plantó alrededor de la Cruz de los Caídos (el actual es muy posterior y mucho más grande), y sí que corría un arroyo con agua que venía desde el Caño y que se hacía muy profundo y con aguas sucias a la altura de las Escuelas del Pozo Hondo. Los días de lluvia era una verdadera torrentera lo que se formaba, con el agua que desde la Sierra llegaba por la calle de Fernández Calzuelas, en donde había al principio, por el Pósito, unas grandes piedras cuadradas, “pasaeras” para atravesarla sin mojarse los pies. Los chicos correteábamos, saltábamos el arroyuelo, chapoteábamos, reteníamos el agua con presas ideando los más sofisticados sistemas de canalización o hacíamos competiciones de barquitos.


Pozo Hondo
Años 50. En esta fotografía, con tres muchachas de Criptana, se ve la plaza del Pozo Hondo monda y lironda,
con la casa hundía y el Teresiano al fondo, y se intuye, abajo a la izquierda, el famoso arroyo que por allí discurría

Caz del Pozo Hondo
Arroyo del Pozo Hondo al final de los años 60, con el jardincillo y cuando ya no estaba el Teresiano por esos lares

Volviendo al colegio, los retretes estaban al final de un largo pasillo, pasando por el sitio donde la Antonia, la portera, tenía su vivienda, y, para la época —en muchas casas entonces no había cuartos de baño— no estaban muy mal acondicionados, aunque el olor a amoniaco era inevitable

El Teresiano tenía todo el piso de tarima de madera, y las clases se distribuían alrededor de un gran patio interior cubierto con una montera de cristal. En una zona habían unido varias habitaciones para hacer una gran sala de estudio, que es donde siempre estábamos y de donde salíamos para las clases correspondientes. Los bancos eran para cuatro o cinco alumno, con el tablero ligeramente inclinado y huecos para los tinteros. Y la calefacción era con grandes estufas de hierro alimentadas con carbón, con los tubos chimenea que salían a la calle a través de agujeros practicados en los muros.


Los retretes del Teresiano
Así eran los retretes con plato turco del Teresiano

Aula tipo de aquella época
Aula tipo de aquella época

Estufas de los colegios
Estufa de carbón como las que teníamos en el Teresiano

Braserillo escolar
Braserillo que los escolares se llevaban de casa lleno de brasas y metían debajo de los pupitres para no pasar frío

También teníamos un aula acondicionada como Laboratorio de Física y Química, que a los pequeños nos causaba mucha impresión.

Recuerdo de aquella época las cajas de cuerpos geométricos, el globo terráqueo sobre el armario de don José, los mapas de papel sobre tela o de hule, láminas litograbadas del cuerpo humano, de plantas, o de animales; la regla, el cartabón y el compás de madera para la pizarra; los cuadernos de caligrafía y de problemas de Rubio y, naturalmente, las huchas de la Santa Infancia para realizar colectas para el Domund. Alguna vez nos hicieron limpiar los pupitres raspando cuidadosamente con cristales, para así eliminar la mugre acumulada, las manchas de tinta, rayotajos e incluso, por qué no decirlo, la costra de mocos y chicles pegados por debajo.


Antiguo material escolar
Recuerdos

Lo de hacer "ventanillas" o "novillos" ha existido siempre, pero una forma infalible entonces era simular que se tenía fiebre, provocando la subida de temperatura —así sucedía verdaderamente— si se ponía uno de pie descalzo sobre un papel secante.


Con mi hermano Valeriano en el Teresiano
Con mi hermano Valeriano en el Teresiano

En 1956, a los nueve años empecé el curso de preparación al Bachillerato, el que llamábamos Ingreso, y teníamos que examinarnos por libre en un instituto oficial con el que estuviéramos concertados, que era el Bernardo Balbuena de Valdepeñas. El día del examen acudimos en dos taxis de los de entonces, unos haigas americanos enormes que con el suplemento de los trasportines entraban unas ocho o nueve personas en cada uno. Lo de haigas era una chufla hacia los nuevos ricos, que iban al concesionario y pedían "el mejor coche que haiga".

Para todo este año del Ingreso teníamos una Enciclopedia de la editorial Hijos de Santiago Rodríguez, de Burgos. Y de esta misma editorial eran un libro de lecturas, Héroes, y una versión abreviada para escolares del Quijote, seleccionada por Felipe Romero Juan. Pero lo importante del año consistía en no tener faltas de ortografía en los dictados y dominar la división y la prueba del nueve.


Libros del Curso de Ingreso en el Bachillerato
Libros del Curso de Ingreso en el Bachillerato

Curso de Ingreso al Bachillerato
Pero lo importante era la ortografía y dominar la división

El fuerte de don Julio era la Gramática. Recuerdo que para aprender a conjugar nos hacía recitar los verbos "desarzobisconstantinopolitanizar" y "desenguromentantingular" o ambos conjuntamente: yo desarzobisconstantinopolitanizo / tu... En Bachillerato elemental daba Latín; Historia del Arte, Filosofía y Griego en el superior, y preparaba para el examen de PREU. Y aún tenía tiempo, aparte de sus labores como sacerdote, para formar grupos de teatro de aficionados y representar obras en el Teatro Cervantes.

Don José celebraba siempre el día de su santo e invitaba a los alumnos a una chocolatada con porras en su casa. Era el único momento que no estaba serio, aunque yo, como le conocía en su aspecto de amigo de mi padre, sabía que era incluso chistoso cuando se encontraba distendido. Luego también felicitábamos a don José Antonio Sánchez-Manjavacas, padre de mi amigo Santi, profesor de Lengua y Literatura (uno de los que más tiempo estuvieron en el cole) y director de la biblioteca Alonso Quijano. Él fue el principal animador en Criptana de la Fiesta del Libro, el 23 de abril de cada año, y que por esa época se implantó a nivel general. Subíamos a la Sierra de los Molinos todos los escolares del pueblo y celebrábamos un acto cultural, incluso con la presencia de algún escritor de prestigio que disertaba sobre Cervantes o sobre su inmortal novela, El Quijote.


El Teresiano
Don José Sainz y mi padre, posiblemente durante unas fiestas de Carnaval, y don José Antonio Sánchez-Manjavacas

Parece ser que antes, a partir de 1912, los escolares celebraban otra fiesta de tipo cívico, ésta dedicada a la Naturaleza, que consistía en cantar canciones ante las autoridades y en plantar pequeños arbolitos. Así se hizo en caminos o carreteras o en las calles o paseos que bajan en dirección de la estación.

Por aquellos años empezaron a repartirse entre los escolares raciones de leche en polvo y de queso de bola, que como nación subdesarrollada era una ayuda que nos venia de los convenios suscritos con la ONU y con los americanos. Para muchos fue un aporte alimenticio esencial. En el Teresiano, aunque modesto, como era un colegio de pago, no pudimos acogernos a tal ayuda.


Leche en polvo de la ayuda americana
Niños tomando leche en polvo de la ayuda americana en una escuela

Todos los años, creo que para la fiesta de santa Teresa, se representaba una obra de teatro en el colegio por los chicos y chicas mayores de Bachillerato, casi siempre de alguno de nuestros clásicos. Resultaba muy espectacular, pues, aprovechando habitaciones unidas que conservaban un arco en el puesto del tabique desaparecido, se retiraban los pupitres y se montaba el escenario con su telón y todo: los actuantes a un lado, y nosotros, sentados en el suelo, en el otro.

Nuestra generación pasó aquellos años por todos los cambios en el material escolar. A la aparición de la estilográfica y el boli —algunos de 3 y hasta de 10 colores—, siguieron el bloc, los portaminas, los estuches (primero abatibles —tuve yo uno con dibujos de la familia Ulises, la del TBO— y luego de cremallera), la mejora en la calidad de compases y tiralíneas y la sustitución, entre otras cosas —todo se fue modernizando— , de las reglas, escuadras y cartabones de madera por los de plástico.


El material escolar
Muchos cambios en el material escolar

Cuando inicié el primer curso de Bachillerato fue la revolución: Don Julio se retiró de la enseñanza, y don José sacó oposiciones y obtuvo plaza en las Escuelas del Pozo Hondo, a la par que vendieron —supongo— sus derechos sobre el Colegio.

Todo ello significó que llegó un nuevo director, don José Luis Martínez Sierra, y también algunos profesores: doña Esmeralda, fea, narizona e histérica. "Niño, el cartabón", pedía cuando quería castigar a alguien con la palmeta. Doña Asunción, más modosita, rubia y de mejor buen ver. Don Antonio Clavero, muy guapito él, bastante chulo, y que atosigaba continuamente a doña Asunción tirándole los tejos. Y don Jesús Negro, El Moro, que se hospedaba en una de las habitaciones que tenían encima del bar la familia de Los Legaña. Fumaba Chester un pito detrás de otro, no tenía nunca un duro y a veces mandaba a algún alumno para que una de las piperas de la plaza, La Santa Negra, le diera algún paquete o cigarrillos sueltos de fiado. Creo que incluso le dejó a deber dinero cuando se marchó.

Sospecho que para tratar de ganarse la confianza de los padres, además de reuniones y charlas de autobombo en el Casino Primitivo, con invitación incluida, encargaron material pedagógico nuevo y moderno, flamantes pupitres de dos asientos abatibles y que incorporaban ya el respaldo y el cajón para dejar los libros, balones y material deportivo... Alucinados estábamos.


Material pedagógico y deportivo
Nos alucinaron con flamante material pedagógico y deportivo: pupitres, magnetofones,
proyectores de diapositivas y de opacos, balones de futbol...

Pero el verdadero alucine llegó cuando el tal José Luis, después de haber embaucado a los padres para conseguir que los recibos fueran por adelantado y trimestrales, y que en el primero también se incluyera el abono de inscripción de matrícula en el Instituto, desapareció del mapa —la historia se volvía a repetir— sin dejar rastro. Naturalmente, con el dinero, dejando sin pagar el material comprado, los pupitres, las invitaciones, el sueldo de los profesores y, claro está, las matriculaciones.

Por un empleado nuevo que se incorporó esos días al Banco Central, se supo que esa misma jugada la había cometido en Motilla del Palancar, y que era buscado por la policía por varias estafas. Y parece ser que también en Pedro Muñoz. Luego, pasados unos años, fue detenido y juzgado.

En el puesto del ladrón, y hasta que finalizó el curso, vino Don Lope, profesor conocido de Alcázar de San Juan, que daba Inglés entre otras asignaturas y ejerció como director. Ignoro quién hacía esas contrataciones y quién movía los hilos, quizá el Ayuntamiento, que siempre parece ser que tuteló al Teresiano.

Tuvimos que pagar de nuevo para que el colegio saliera adelante, y durante el curso no recuerdo que pasaran más cosas después de lo sucedido, o al menos eso creíamos.


Excursión a Granada
Excursión a Granada del Colegio Teresiano en la Semana Santa de 1958. En la parte de arriba, el segundo empezando por la
derecha y con sombrero es don don Jesús Negro El Moro, a su lado doña Esmeralda y en el quinto puesto doña Asunción

La novedad del Bachillerato es que teníamos un libro para cada asignatura, libros que pasaban de unos hermanos a otros y que teníamos que forrar cuidadosamente —no todos sabían hacerlo— con un papel fuerte para que no se deteriorasen mucho. Solían venir con una separata en menor tamaño con el índice o programa.


La novedad del Bachillerato era un libro para cada asignatura

Para el examen en Valdepeñas fuimos en tren y me acompaño mi padre. Pienso ahora que sería porque se realizó en dos días y teníamos que hacer noche. Nos hospedamos en el hotel Hidalgo, que a mi me pareció entonces el máximo del lujo y esplendor. La vuelta la realizamos en el coche de don Lope, creo que un Peugeot 202.

Sólo quedaba recibir las notas. Te lo habías jugado todo en dos días, o en uno como era la inmensa mayoría de las veces, sin evaluación global, sin exámenes parciales, sin ninguna nota para hacer media, sin que te conocieran. Todo en un día. Aunque estuvieras enfermo, que muchas veces realmente lo estabas por los nervios, por el viaje o por el madrugón. ¡Y ahora se quejan lo estudiantes... ¡

Suspendí Religión y tuve que presentarme en septiembre.

Compañeros de curso fueron: Antonio Moratalla, José Vicente Escudero (Chevi), José Manuel Alcañiz, José Vicente Boluda, Segundo Martín-Serrano, Arsenio Díaz-Ropero, Juan Manuel Leal, José Luis Martín-Serrano Parreño (El Chato de la Mondinga), Pepe Masa, Antonio Navarro, José Luis Muñoz Ramírez (luego se hizo cura) y su hermano Manolo, Julián Escribano (Juli el del Feliso), Aurelio López, Julián Sepúlveda, Juan José Manzaneque (Panzón), Santi Arteaga, los hermanos Carrión (Peina), Ángel Luis Moreno (Pichi), los hermanos José y Leopoldo Simó Ruescas (sólo estuvieron un año, luego marcharon a Madrid al cerrar la bodega familiar), María Ángeles Moreno, Susana Risco y Criptana de la Guía. Alguno no llegó al final y otros se incorporaron con los años, como Arsenio Torija, Paz Manzanares o Rosarito Sánchez-Manjavacas.


Suspendí la religión
Suspendí la Religión de primer curso. ¡Y nada menos que con un uno! Debí escribir alguna herejía

En 1958, ya en segundo curso, también hubo alteraciones. De los profesores nuevos venidos el año anterior creo que sólo permaneció un año más doña Asunción, la rubia, y se incorporaron don Rufino Soriano Tena como director y don Venancio.

Don Rufino la tomó conmigo las primeras semanas sin yo saber el motivo; me tenía enfilado y era el blanco de todas sus iras. Me pegó varias veces con esa forma atropellada que él tenía, incluso dando rodillazos. Debería haber aprendido de la elegancia de don José Sainz en este aspecto. Luego cambió radicalmente y hasta me tenía estima. Nos daba Matemáticas y estuvo dos años. Pasado bastante tiempo, se volvió a saber de él por sus artículos sobre educación en el periódico Ya.

Don Venancio era un antiguo fraile mercedario, que dicen que abandonó los hábitos porque jugó a la lotería y le tocó. Tenía una cultura enciclopédica y por su forma de ser y por su forma de dar las clases, rápidamente se convirtió en el profesor más carismático, en el "santo y seña" del Teresiano. Impartía clases de Geografía, Historia, Lengua, Francés, Inglés, Latín y Griego. Y estaba estudiando el ruso; no sé para qué, pues en aquella época no estaba lo que se dice muy bien visto.


Don Rufino y don Venancio
Don Rufino, don Venancio y el Teresiano

Lo de la Geografía con don Venancio era todo un espectáculo. Con el puntero íbamos marcando, en los mapas colgados de la pared, o en los Atlas las naciones, capitales, ríos, montañas, mares, cabos y golfos, que sabíamos de memoria porque los cantábamos. Llegue a tener apuntados y a saber los nombres de unos doscientos ríos europeos, y de muchos aún me acuerdo. Y eso lo hacíamos con todo; también con la Historia. Siempre estábamos cantando; cantábamos romances, canciones antiguas o que él se inventaba, y cantábamos al torpe que se equivocaba en una rueda o concurso de preguntas aquello de "Tu cabeza es dura, dura, durísima...", con la música de un conocido anuncio radiofónico de entonces de un no menos conocido detergente: "Ese lava blanco, blanco, blanquísimo...", y que llevaba también aparejado el ocupar el último puesto en la fila desplegada junto al entarimado de la pizarra. También la cantábamos en latín: "Caput meus est durum, durum durissimus..."


Mapa de Europa

Los que hemos sido alumnos de don Venancio, recordaremos siempre sus chascarrillos, sus dichos, sus canciones, todas sus cosas... Contaríamos y no pararíamos.

Fumaba un pito detrás de otro, más que fumar masticaba el tabaco, que se le quedaba en la boca en su moflete más abultado y si te descuidabas te lo echaba encima cuando hablaba y te ponía "auple".

San Apapucio bendito era un santo por él muy socorrido. Y, metidos en religión, se atrevía en aquellos tiempos con eso de: "Qué bonitas monjas las de Cabezuelas, qué buenas, qué bellas, pero qué... putas". Con los frailes de Ciempozuelos era más suave, solo eran brutos. Este espíritu anticlerical, cuando había conflicto de intereses con la Iglesia le hacía exclamar: "Antes la obligación que la devoción". Pero no impedía, sin embargo, que recitáramos en latín el Padrenuestro o el Ave María: "Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum..." o "Ave María, gratia plena, Dominus tecum...". Y en inglés: "Our Father, who art in Heaven, hallowed by Thy name…" o "Hail Mary, full of grace, the Lord is with thee…"


Atlas
Atlas Universal Salvador Salinas

Los cursos que daban Francés hacían lo propio, y cuentan que una vez, el primer día de clase, puestos todos los alumnos en círculo les preguntó qué significaba: "Je ne comprend pas français je suis espagnol". Puede uno fácilmente imaginarse que quien más se aproximó fue el que dijo "yo no compro pan francés yo soy español". Bueno, tanto éste como todos los demás se llevaron una buena sarta de palos y acabaron todos llorando. "La letra con sangre entra", era la máxima pedagógica de la época.

Con el Himno Nacional tampoco se quedaba corto. Esta era su particular letra: "Franco, Franco, que cara de gaznápiro que tiene usted, parece un animal, burro, zopenco, so bestia..."

Frases suyas célebres eran: "Antes que estábamos vivos, veníamos aquí por higos; ahora que estamos muertos, venimos por Tejituerto". "Los chicos de este pueblo todos son así: lavarse, peinarse, las legañas quitarse y los días de fiesta... música funesta del tururú". O esa de "Ulan butor jotor" o algo parecido, que nunca supimos lo que significaba y que exclamaba aterrorizado ante un error nuestro.


Tu cabeza es dura...
Tu cabeza es dura, dura, durísima...

Canciones como la de los conejitos que cantábamos en latín:"Quid fecit hominibus cur me sequntur canibus. Caro mea mollis est pellis mea suavis est, quid fecit hominibus cur me sequntur canibus...". Otras de tipio medieval: "Madrugaba el conde Olinos, mañanita de san Juan..."

A lo largo del año teníamos que ir confeccionando una serie de mapas en láminas (entonces papel de barba) de las regiones, de España, Europa y de las demás partes del Mundo, bien con ríos y montañas, con ciudades o con sus riquezas agrícolas o industriales, todos coloreados, y que luego encuadernábamos, al igual que las láminas de dibujo, en la imprenta Flordy o en la del Pájaro Frito.


Mapas encuadernados
¡Por san Apapucio bendito (expresión muy de don Venancio), cómo nos hacían trabajar!

El Inglés lo dábamos muchas veces en su despacho. Era el único profesor que lo tenía, además del director, y estaba muy bien acondicionado, incluso con un gran sofá en el que a veces dormía. Íbamos allí para escuchar en un magnetofón el famoso método de aprender inglés que empezaba con aquello de: "My tailor is rich..."


My tailor is rich...
My tailor is rich...

Fue don Venancio para varias generaciones nuestro Profesor (con mayúscula), y siempre lo recordaremos con cariño. Ya jubilado, ingresó en una residencia en Madrid, y una vez que se encontraba enfermo, en el entonces hospital de la Beneficencia de la calle de Diego de León, fuimos a visitarlo un grupo de alumnos suyos.


Con don Venancio
Mi curso en 2º de Bachillerato con don Venancio, al pie de un molino. Día del Libro-23 de abril de 1959
De izquierda a derecha: Antonio Moratalla, José Vicente Escudero, José Manuel Alcañiz, José Vicente Boluda, Segundo Martín-Serrano,
Arsenio Díaz-Ropero, Valeriano Perucho (era repetidor), Juan Manuel Leal, José Luis Martín-Serrano Parreño, don Venancio, Pepe Masa,
Antonio Navarro, José Luis Muñoz Ramírez, José Flores (yo mismo), Julián Escribano, Aurelio López y Julián Sepúlveda.
Y en la parte inferior: Susana Risco, María Ángeles Moreno, Santi Arteaga y Juan José Manzaneque

Otros profesores de quienes no he comentado nada fueron los sacerdotes que nos daban Religión: don Santos Muñoz, todo un cura de pueblo a la antigua usanza, y luego don Francisco Flores, que había estado fuera hasta que fue nombrado capellán del Asilo de Ancianos.

El examen para el Curso 58-59, en mi 2º de Bachillerato y ya a partir de entonces fue en Ciudad Real, en el Instituto Maestro Juan de Ávila, antiguo convento de la Merced y hoy museo dedicado al arte contemporáneo, frente al edificio actual de los Juzgados, y siempre en un día. Si sólo iba un curso, acudíamos en taxis (la "rubia" de Bachito, si coincidía en el día que iba a Ciudad Real, era uno de ellos), pero si era para todos, se contrataba uno o varios autobuses. El resultado, en cualquier caso, era el mismo: raro era que no te marearas y que, después de un viaje horrible, al llegar, echaras la vomitera. Inmediatamente, sin tiempo ni para orinar, y con ese cuerpo, examen tras examen, breve descanso para tomar unos bocadillos que llevabas de casa con pan duro del día anterior, y nuevamente exámenes toda la tarde. Cuando montabas de nuevo para la vuelta a casa, bien que podías suspirar y decir: "¡fin!, ¡se acabó!".

Aprobé todo. Ya no suspendí en ningún curso.


Otro curso del Teresiano
Curso posterior al que yo estaba, también en el Día del Libro-23 de abril de 1960. Aquí con don Francisco Flores y don Rufino

Al año siguiente, en 1959, en mi 3º de Bachillerato, nos trasladamos a mitad de curso en plan provisional a la vecindad de las Escuelas del Pozo Hondo, al final de la calle Álvarez de Castro, a los locales del antiguo y extinto Frente de Juventudes de la Falange, en aquellas fechas OJE (Organización Juvenil Española), que no dejaba de ser lo mismo pero que con el antiguo nombre ya empezaba a no ser bien visto, sobre todo a nivel internacional. Nadie nos explicó el porqué ni nosotros tampoco lo demandamos, pero el caso es que se estaban cociendo muchas cosas que luego han salido a la luz.

A raíz de la fuga en 1957 de don José Luis Martínez Sierra, director del Teresiano, dejando multitud de impagos y llevándose el dinero adelantado de mensualidades y matriculaciones, hubo denuncia contra el susodicho, que al parecer utilizó un nombre falso, pues el suyo verdadero era Luis Mejías Martín. En el juicio consiguiente, el Colegio Teresiano fue embargado en sus propiedades, que se sacaron a pública subasta. Los precios de salida fueron: 8 pizarras, 800 pesetas; una pizarra plegable, 200 pesetas; un tablón de anuncios, 75 pesetas; 84 pupitres de una, dos, tres y cuatro plazas, 17.545pesetas; 8 mesas varias, 2.150 pesetas; 5 sillas, 375 pesetas; una mesa de despacho, 600 pesetas; 5 sillas de madera tallada, 1.250 pesetas; 9 bancos, 1.225 pesetas; 4 crucifijos, 400 pesetas; 3 cuadros de santa Teresa, 150 pesetas; un cuadro con la fotografía de Franco, 50 pesetas; un armario, 900 pesetas; 8 mapas, 800 pesetas; 2 estufas de hierro fundido, 600 pesetas. Todos estos bienes se encontraban depositados en la persona de don José González Lara, entonces alcalde de Campo de Criptana. Además había que sumar los derechos de traspaso del local del colegio tasados en 20. 000 pesetas.


Segunda ubicación del Colegio Teresiano
Segunda ubicación del que para todos seguía siendo el Colegio Teresiano (oficialmente San José de Calasanz) en los locales
del antiguo y extinto Frente de Juventudes de la Falange, en aquellas fechas OJE, al final de la calle de Álvarez de Castro

Todo esto significó el fin del Teresiano, que pasó a llamarse Colegio de San José de Calasanz, aunque a nivel popular siguió conservando el antiguo, y supuso el traslado a los locales de la OJE, creo yo que tutelado totalmente por el Ayuntamiento, e incluso pienso ahora que la labor de Pedro Morales (Perico), empleado municipal y destinado ese año a asistir en el Salón de Estudio para que no nos desmandáramos, iba más allá de vigilarnos sólo a nosotros.

también ese año daban o ayudaban en algunas clases —creo que recién acabado el Magisterio, hacían prácticas— Juandela, don Antonio y Migallón.

El recreo era el pequeño campo de fútbol interior que tenía el local de la OJE o, sencillamente, el campo. Eso era lo que había a partir de allí, y antes, desde el Pozo Hondo, en muchos sitios sólo cercaos. Hasta llegar al cuartel de la Guardia Civil, eras y campo, todo un mundo. Y al matadero, al cruce de la vía del tren con la carretera Nieva, una eternidad.

En tercero empezábamos con el Latín. Cuando mi hijo Jorge fue al instituto Lope de Vega de Madrid, tuvo la suerte su grupo de tocarle un profesor de Latín que amaba la asignatura y que sabía transmitir ese amor a los alumnos. Aprobaron todos. Yo, inmediatamente, me acorde de don Venancio, porque eso mismo ocurrió con nosotros. Nunca comprenderé a un profesor —y yo lo he sido— que se empeñe en hacer difícil y antipática una asignatura; es, para mí, un fracasado. Saqué una Matrícula de Honor en el examen de Ciudad Real.


En tercero empezábamos con el Latín

Al año siguiente, 4º de bachillerato, de nuevo mudanza, esta vez al final de la calle del Cristo, haciéndose cargo del colegio Don Francisco Flores. Con su mala salud de hierro, puso alma y vida para sacarlo adelante.

La Lengua y Literatura nos la daba don José Antonio, especializado más en autores y en tratamiento de textos, que era precisamente una de las pruebas fundamentales del examen posterior de Reválida una vez aprobado el curso, y para el que nos preparábamos durante todo el año y teníamos un libro especial de recopilación o compendio de los cuatro años.

El profe de Matemáticas era don Cuato, militar y residente —ignoro el motivo; tal vez, destacado en la RENFE— en Alcázar. Siempre llegaba tarde, y el mote lo tenía porque cuando llamaba al curso (4º) para empezar la clase, abría la puerta del Estudio y decía en su deje andaluz: "Cuato".


Tercera ubicación del Teresiano
Tercera ubicación del Colegio Teresiano (entonces San José de Calasanz)

Todos los días, antes de ir al colegio, me pasaba antes por la churrería de Nati, en la Plaza y me compraba con la peseta que me había dado mi madre cuatro churros, ¡que tiempos!, y así se hacía más llevadera la larga caminata.

Para la media hora de recreo, ese año teníamos la plazoleta de al lado y otra vez el campo, esta vez las laderas —los molinos nos pillaban un poquito lejos— de la sierra por ese lado del pueblo. La principal distracción era coger una especie de añas gordas, como tarántulas, labor en la que eran maestros y especialistas José Vicente Boluda y Aurelio López. Meabas en el agujero, en la tierra, y cuando salían las atrapabas. Luego se soltaban en el colegio con el consiguiente alboroto y gritos histéricos de las chicas.

Copiar en los exámenes se intentaba y se intentará siempre. Había miles de procedimientos, de los más rudimentarios a los completamente sofisticados. Las chicas por su condición añadían alguna otra posibilidad.


Copiar en los exámenes
Copiar en los exámenes

Y las chicas, a esa edad, empezaban a ser nuestro "problema", y más en la clase de Literatura con don José Antonio, que las colocaba a todas juntas y frente a nosotros, los chicos. No entiendo cómo no se mosquearía por la cantidad de veces que "sin querer" se caían al suelo los lapiceros, los borradores o cualquier cosa, para una vez agachados, buscando, mirar arriba e intentar ver ¡el cine!. "Las lleva rosas", corría la voz.

Y así, hasta mediados de junio de 1961, fueron mis andanzas en el para todos nombrado Colegio Teresiano, aunque ya sabemos que era el San José de Calasanz. El último Curso impartido en la calle del Cristo fue el 66-67. Luego, con nuevo nombre, Colegio Lope de Vega, siguió dos cursos más en la calle de la Concepción, en la casa del Niño Bonito, con el sempiterno don Venancio como profesor entre otros y don José Patxot como director. Los tiempos avanzaban y en Criptana había sido inaugurado el Instituto. Ya no tenía razón de ser.

INDICE

59 LA CASA HUNDÍA

Para los que nacimos en la década de los 40 o de los 50 del pasado siglo, la casa hundía, en el testero del Pozo Hondo, era todo un icono en Campo de Criptana. Una magnífica y señorial casa, muy parecida en su aspecto exterior a la de los Henríquez de Luna de la calle Castillo, la que durante tantos años albergó en sus bajos el Banco Español de Crédito. Fue construida por un maestro albañil apodado El Tonto, que por la magnífica obra realizada, distaba mucho de serlo. A pesar de su espectacularidad, si parece —y es el único pero— que tenía problemas de estabilidad en los cimientos.

Era propiedad de doña Remedios Baillo, fallecida en1954, casada con don Luis Barreiro, que murió muchos años antes, en 1932. Sus cuerpos reposan en un suntuoso panteón en el Cementerio Municipal.


Casa de doña Remedios Baillo (la casa hundía) en el Pozo Hondo
Casa de doña Remedios Baillo, la casa hundía, en el Pozo Hondo

Doña Remedios era sobrina de don Ramón Baillo de la Beldad y Marañón, VII conde de las Cabezuelas. A nombre del único hijo de doña Remedios puso precisamente el Conde unos terrenos que tenía en la calle del Convento, lindando con el Pozo Hondo, para que edificaran una gran mansión. Cuando empiezan las obras murió don Luis, el marido, y ella se fue a vivir a Alcázar, aunque desde allí controlaba la continuación de la casa. Pero al poco tiempo murió también su único hijo, y doña Remedios, algo ya desequilibrada, paró la obra a punto de finalizarse y la dejó abandonada. Su unión unos años después con un señor de Alcázar, fue el detonante para que la Casa Condal de las Cabezuelas intentara recuperar la antigua propiedad, pero fue imposible porque ella ya la había puesto a su nombre y donado a su vez a los Frailes Franciscanos de Alcázar. No obstante, emplearon toda su autoridad para impedir que la casa se convirtiera en convento, así que los frailes se vieron obligados a venderla. El comprador, Venancio Angulo, la cedió o alquiló durante unos años, después de la Guerra Civil, para sede de la Organización Sindical franquista y luego la dejó en abandono absoluto durante muchos años. Circulaban rumores de que había fantasmas y de que se oían ruidos de cadenas.

En 1945 cayó una gran nevada sobre Criptana y se hundieron muchas cuevas de la Sierra. Los "cueveros", al quedarse en la calle, se bajaron a esta casa abandonada a refugiarse, aumentando así su deterioro, ya que fue escenario de hogueras, hurtos y peleas.

La casa era tremenda de grande, de dos plantas, con una fastuosa fachada al Pozo Hondo y articulada alrededor de un gran patio porticado cubierto con montera de cristal, y cuyas columnas sufrían el peso de las galerías acristaladas del piso superior. Del patio surgía la sensacional escalera de mármol, que se bifurcaba en dos tramos, a derecha e izquierda, a partir de un rellano a media altura. La zona de servidumbre para criados, gañanes, cuadras, almacenes de aperos de labranza, múltiples cámaras y un enorme corral (presumiblemente también con jardín) se extendía por la calle del Convento y la actual de Pío XII.


Casa de doña Remedios Baillo
Recreación de la escalera de la casa de doña Remedios Baillo, la casa hundía

Dio para que en sus terrenos se instalara el Mercado Municipal de Abastos y en la actualidad varios edificios de viviendas y dependencias municipales.

Incluso albergó la primera discoteca de Criptana, el Salón Hidalgo (el Salón del "Zurdo"), en la segunda planta del edificio de la rinconera de la calle Pío XII.


Casa de doña Remedios Baillo (la casa hundía) en el Pozo Hondo
Enorme solar de la casa hundía que ha dado lugar a varias edificaciones

Construcciones actuales en la antigua casa de doña Remedios
Construcciones actuales en la antigua casa de doña Remedios


Hasta mí ha llegado el relato de un tal Pedro, que en nombre de sus compañeros describe lo que les ocurrió en la casa hundía allá por el final de los años 50, y que transcribo tal cual:

Una aventura con la casa hundía al fondo

Soy Pedro, y mis amigos Richi, José María, Ramón y Justi me ha encargado que describa minuciosamente todo cuanto nos sucedió en la casa hundía cuando éramos chicos. Nunca lo hemos contado, pero ahora, después de tantos años transcurridos, es hora de hacerlo.


La banda
Soy Pedro, y mis amigos...

Por aquel entonces, finales de los años 50, estudiábamos el Bachillerato en el Colegio Teresiano y sólo teníamos tiempo libre —cómo han cambiado los tiempos— los sábados por la tarde. Y fue precisamente en dos sábados seguidos cuando se fraguó la "aventura", de la que no estamos de ninguna manera orgullosos, pero sí sentimos, no sin rubor, un cierto puntillo de arrogancia por el feliz desenlace que tuvo gracias a nuestra valentía y decisión, o quizá al miedo que pasamos, que hace sacar fuerzas de no se sabe dónde.

Existía en Criptana una vieja mansión deshabitada y medio en ruinas —por la casa hundía se conocía—, en cuyos corrales había crecido la maleza silvestre a tan elevada altura y con tanto espesor, que era el sitio ideal para allí sentirnos en la jungla o en las selvas tropicales que veíamos en el cine.

Nos colábamos a la casa por un pequeño balconcillo, no demasiado alto, en la zona de la servidumbre, por el lateral de la calle del Convento, casi frente a la puerta del antiguo Teresiano. Trepábamos por una soga que previamente uno de nosotros, encaramado a hombros, ataba a los barrotes. Luego, operarios del ayuntamiento lo tapiaron y tuvimos que ingeniárnosla para doblar los hierros de un ventanuco de cuadra en ese mismo lado —era el menos transitado—, de tal modo que el "arreglo" no llamara mucho la atención pero sí permitiera el paso, haciendo ejercicios de contorsionismo, de nuestros cuerpos. A la pocas semanas alguien menos cuidadoso —no éramos los únicos que entrábamos— arrancó los hierros de cuajo, posibilitando el paso con toda facilidad, incluso de una persona mayor.


El balconcillo y el ventanuco
Un balconcillo y un ventanuco como por los que entraban Pedro y sus amigos en la casa hundía

Lo de imitar a Sandokán o a Tarzan —algunos más a la mona Chita— no dio mucho de sí, y pronto pasamos a otro entretenimiento menos lúdico y más rentable económicamente para nuestros arruchados bolsillos de chicos de posguerra: el asalto a todo aquello que pudiera tener valor en manos de un chatarrero.

Lo habíamos planeado durante toda la semana, y por fin, el sábado, nos juntamos a las cuatro de la tarde en los futbolines del Feliso, en la calle de la Virgen, con la falta de mi primo Ramón, que no pudo venir.

En un instante nos presentamos en el Pozo Hondo, y sigilosamente, vigilando que nadie nos viera, nos colamos a la casa hundía. Las pretensiones eran claras: coger todos los conductores eléctricos que pudiéramos, labor no muy difícil, pues entonces los cables (trenzados y con funda textil sobre otra de goma) no iban empotrados en tubos, los instalaban directamente sobre las paredes sujetos con pequeños aisladores de porcelana.


Arramplamos con todo el cobre que vimos
Tras entrar sigilosamente, la pretensión era arramplar con todo el cobre y plomo que vieran

No tardamos mucho en acabar la tarea, ya que algunas habitaciones presentaban evidentes signos de haber sido desvalijadas con anterioridad. Cañerías de plomo también conseguimos, pero ocurría lo mismo: alguien se nos había adelantado. Y como era temprano, jugamos un poco en los corrales y luego, investigando en el piso de arriba, decidimos subir al tejado a través de una trampilla que se abría en el techo de una estrecha galería.


Corrales llenos de maleza
Jugaban en los corrales, llenos de maleza, sintiéndose en la jungla o en las selvas tropicales que veían en el cine.

Richi, que ya lo había hecho otras veces, nos explico cómo hacerlo: utilizando tres hojas de ventana que por el suelo se encontraban, apoyadas unas con otras y sobre las paredes, en ziz–zaz, improvisando una especie de escalera. Así lo hicimos, y al abrir la trampilla, se nos ofreció a la vista lo que algunos llaman el piso muerto, por debajo del tejado, que con su inclinación correspondiente dejaba un espacio de unos tres metros junto a la cúspide de las cerchas triangulares y muy poco junto a los aleros. Richi nos indicó también que sólo podíamos andar por encima de los maderos de las vigas, ya que lo que parecía suelo era el techo de cielo raso de las habitaciones, planchas de caña enyesadas.


Subieron al tejado con la ayuda de tres ventanas en zig-zag
Con la ayuda de tres hojas de ventanas en zig-zag, y a traves de una trampilla en el suelo raso, se encaramaron al tejado

Con mucha precaución y cuidado, pero con su pizca de osadía, pues saltábamos de unas vigas a otras, llegamos hasta una puerta, y a través de ella, a la montera del patio central de la casa, sobre el que se vertebraba todo el edificio, y desde ella al tejado.

Tumbados sobre las tejas, teníamos todo el pueblo alrededor, y casi tocábamos con las manos la tremenda mole de la iglesia, casi recién inaugurada y aún sin la torre. Realmente se veía todo muy bonito, pero no estuvimos mucho tiempo, pues ya era media tarde. Sí descubrimos que la bajada podía ser más sencilla por unos peldaños de hierro embutidos en uno de los muros, y que servían para subir hasta el pararrayos paralelamente a la línea de puesta a tierra, en nuestro caso para llegar hasta el corral.

Recogimos rápidamente en un saco que habíamos llevado para tal fin el producto de nuestro saqueo, y por el mismo ventanuco que habíamos utilizado para entrar salimos a la calle y nos dirigimos a las eras del Pozo Hondo. Y allí, en un cuartillo apartado, y con la ayuda de un frasco de gasolina que también portábamos y unos trapos, quemamos los cables para eliminar todo resto de material aislante.

Ya anocheciendo para ampararnos en la oscuridad, nos encaminamos hacia el pueblo. Antes de llegar a las escuelas del Pozo Hondo, saltamos el arrollo profundo que por allí existía, pasamos por la era de Paco El Carnicero y, llegando a la yesería de Licerio, enfilamos hacia arriba pegados a las tapias de los cercaos, hasta la calle Alcázar, y luego a la de la Luna, donde en una chatarrería, después de mucho regatear y de que probablemente nos engasen en el peso con una romana trucada, nos dieron 125 pesetas. ¡No se había dado mal la tarde!


 Saltaron el profundo arroyo
Ya anocheciendo, llegaron cerca del Colegio del Pozo Hondo, saltaron el profundo arroyo y...

Visita al chatarrero con el producto del saqueo
...bordeando la yesería de Licerio se encaminaron hasta el chatarrero

En la Plaza, sentados en un banco, hicimos el reparto: a 31 pesetas y sobraba una.

En el puesto de la Dacia compramos cada uno lo que nos apeteció: cigarrillos sueltos, caramelos, pipas, zara...

Luego tortas y chocolatinas en La Pradilla, frente al Teatro Cervantes, y despues de tontear un poquito con su hija, la Candy, nos sentamos en las escaleras de la iglesia para dar buena cuenta de ello.


La Plaza
En la Plaza, sentados en las escaleras de la iglesia, dieron buena cuenta de las chucherías que compraron

Aquella noche, cuando llegué a casa, mi madre me echó una bronca de mucho cuidado por llevar la ropa tiznada por la fogata de los cables y oliendo a hollín como un gitano. A duras penas pude explicar —mintiendo— que había estado quemando unas tobas junto a la vía del tren. Aunque no era nada bueno lo que decía, al menos no se enteró de lo otro.

Mi madre me daba todos los días una peseta para que comprara cuatro churros y fuera comiéndomelos en el camino hacia el cole, el Teresiano, que estaba entonces más allá de los pozos de la calle del Cristo. Ese mismo año había sido el traslado, después de pasar un curso en los locales que fueron de Falange y luego de la OJE, al final de la calle Álvarez de Castro. El lunes, tras la aventura sabatina, había tanta gente en la churrería de la Plaza que llegué tarde al colegio.


El Colegio Teresiano
Aquí estuvo el Colegio Teresiano, al final de la calle del Cristo

Nada más entrar, Don Venancio, nuestro profe más carismático y que a mí tanto me apreciaba, mirándome de arriba abajo, amagando darme un bofetón, me espetó con muy malas pulgas:

—Pedro, póngase de rodillas en cruz, junto a la tarima.

Lo siguiente no fue amago. Me soltó tal sopapo que me tiro al suelo y creo que aún me duele el oído después de tantos años.

—¿Sabrás por qué estás aquí?

Medio confuso con el golpe, no acertaba a comprender... No podía tener una reacción tan violenta por sólo llegar tarde. Y además entraban otros chicos y no pasaba nada. Pero sí lo hizo José María, y éste sí que no se escapó.


Me soltó un sopapo que me tiró al suelo
Don Venancio le soltó tal sopapo a Pedro que lo tiró al suelo, y lo mismo hizo con José María

¿Habrá sido por...?, pensé. Pero no, Justi y Richi estaban tranquilamente sentados en sus bancos.

—Al despacho del director —gritó de nuevo don Venancio, mientras le soltaba a José María un trabucazo y nos arrastraba a los dos por las orejas.

— Adelante, adelante, parejita feliz —invitó con toda la sorna del mundo a pasar don Francisco Flores, el director—, así que robando..., ya os enseñaré yo —continuó, pareciendo estar al corriente de los hechos—, pero a base de palo.

José María y yo nos mirábamos sin saber qué decir ni qué pensar...

—Mire usted —aclaró don Venancio—, que voy esta mañana a comprar tabaco a la tiendecilla que hay frente al Teatro, y la buena señora me dice que estos dos sinvergüenzas le robaron unas tortas el sábado pasado. ¡Esto no tiene perdón de Dios!

Sin terminar la frase ya nos había soltado un guantazo a cada uno.

—Pero..., don Venancio, si yo..., si nosotros no hemos hecho eso, no hemos quitado nada —le dije medio llorando—, habrá sido una confusión.


Nos caían los bofetones por todos los lados
Caían los bofetones por todos los lados

—Déjenos ir a hablar con ella se atrevió medio a balbucir José María—, todo esto hay que solucionarlo.

Tras mucho llorar e insistir nos dejaron.

Salimos fuera, a la sala de estudio, y yo inquiría con la mirada a Richi para que algo me esclareciera.

—En menudo lío os hemos metido —aclaró el gilipollas—, resulta que el sábado, cuando os fuisteis, volvimos Justi y yo a La Pradilla y medio en broma le dijimos que vuestras tortas no las habíais pagado.

La clásica broma pesada de Richi, sin duda, como tenía por costumbre.

Fuimos los cuatro a resolver el desaguisado y pudimos convencerla del engaño que había sufrido. Nos conocía y comprendió que no podíamos ser capaces de tal trastada. Quedó ella misma en hablar con don Venancio para que nos perdonara.

Tras los desagradables acontecimientos prometimos no tratar más con el cabronazo de Richi, pero dos días más tarde ya estábamos planeando una nueva incursión en la casa hundía.

Al sábado siguiente nos reunimos a las cuatro menos cuarto en los futbolines de Moratalla, en la calle Castillo, y ya nos acompañaba Ramón.

Al poco, entrábamos en la casa, esta vez con varios sacos y algunas herramientas, pues pensábamos dar el "golpe definitivo",


Al sábado siguiente, estábamos de nuevo en la casa hundía
Al sábado siguiente, estaban de nuevo en la casa hundía

Tras una inspección ocular, descubrimos que de una de las molduras de madera cercanas a los techos —estaban casi por todas las habitaciones y pasillos— asomaban unos trozos pequeños de hilos negros. No encaramamos para llegar a ellos y, tirando, tirando —¡sorpresa!—, se desclavaba muy fácilmente un listón de madera que dejaba al descubierto la línea general de la instalación eléctrica. Metros y metros de conductores rígidos, aislados con una capa textil engomada (los llamaban hilos IKB) y de una sección bastante apreciable. ¡Éramos ricos!

Y estábamos tan ilusionados, que, alocadamente, no resistimos como hubiera sido prudente a quemarlos en las eras; lo hicimos allí, en el corral, y las llamas se elevaron casi por encima de las tapias. Aún calientes los metimos en tres grandes sacos con ayuda de palos, y estaba claro que no podríamos llevarlos al chatarrero de una vez, así que escondimos dos en el interior de una desvencijada aventadora que se encontraba en un recinto del servicio de la casa, en la zona de gañanes.


¡Éramos ricos!
¡Eran ricos!

Después de hacer mil cábalas sobre lo que por aquello nos podría dar el chatarrero, continuamos con la tarea: "operación dorado" y "operación hierro", cada uno como pudiera y quisiera, y haciendo dos montoneras en el patio. Y así se quitaron: pomos de puertas y ventanas, cerraduras, bisagras, fallebas de balcones...

En esto que oímos gritos desde fuera llamando a Justi. Cesó el maremagnum que teníamos y se hizo el silencio total. Las voces nos dejaron petrificados.

Era su hermano mayor, reclamándolo para que fuera a ayudar al padre, y a regañadientes tuvo que marcharse.

La verdad, nos quedamos un poquito mosqueados. ¿Cómo el tonto el haba había dicho en casa que estábamos donde estábamos?

Pero seguimos "trabajando". A mí y a Ramón nos toco descolgar el cable del pararrayos cortándolo con una lima en el tejado, al que trepamos por las escaleras del muro que ya conocíamos. Hizo un ruido ensordecedor. Y nos disponíamos a cortarlo en trozos cuando aparecieron, con la cara demudada, Richi y José Maria.

—¡Está la policía! ¡Está la policía! Rápido, salgamos corriendo. Los hemos oído por uno de los balcones.

Dejándolo todo como estaba, volamos hasta el ventanuco y, con la poca luz que había en la cuadra, nos dimos de bruces con ellos, cuando uno ya se hallaba dentro e intentaba ayudar a hacerlo a su compañero. El topetazo fue impresionante. Los polis gritando; los "cacos" también. Ellos por los suelos; nosotros encima, en montonera. Todos sobresaltados, y posiblemente ellos más. Ni siquiera nos vieron la cara. No reconocieron quiénes éramos. Nosotros tampoco.


¡Está la policía! ¡Está la policía!
¡Está la policía! ¡Está la policía!

Como pudimos, nos desembarazamos y corrimos hacia el interior de la casa, y en el patio, en vez de subir por la escalera hacia el piso superior, donde hubiéramos tenido más posibilidades de esquivarlos, nos lanzamos por el pasillo de la izquierda, sin saber por qué, hasta el sótano, en la más completa oscuridad, y en el fondo nos acurrucamos, esperando lo peor. Una verdadera encerrona, pero ya no podíamos volver atrás.


Plano de la casa hundía
Plano de la planta baja de la casa hundía y camino de huida al sótano

Debieron tardar la pareja de policías en sobreponerse al tremendo susto, pues durante un buen rato no volvimos a saber de ellos, o quizá inspeccionaron sigilosamente por todas las dependencias hasta llegar cerca de nosotros. Por lo que decían, con buena cantidad de tacos e improperios incluidos, estaban seguros de que no habíamos huido, de que permanecíamos escondidos por algún lado. Y por la voz —¡joder!—, supimos de su identidad: Blasete el policía y El Churrero. Se les notaba muy cabreados, pero inseguros, con temor. ¡Se estaban cagando por la pata abajo! Incluso aventuraban que éramos cinco o seis, y no precisamente chicos. Y que pudiéramos hacerles frente. Al rato, oímos que uno de ellos se iba a acercar al Ayuntamiento a pedir refuerzos.


La bajada al sótano
La bajada al sótano

Se hizo el silencio, y nos imaginamos que el policía que había quedado de retén estaría en la calle vigilando el ventanuco. Nos atrevimos a hablar entre nosotros, acostumbrados ya los ojos a ver en la oscuridad, y decidimos que aquel no era mal lugar para esconderse, pero dividiéndonos por parejas, agazapados dos en el nicho que dejaba el último ventanillo de aireación del sótano y otros dos en una especie de hornacina practicada en uno de los muros, y echándonos por encima todos los trastos que pudimos. Ellos no nos verían, aunque entraran; en cambio nosotros a ellos sí. Incluso podíamos oír todo lo que se hablara en la calle. Lo milagroso era que, aun conociéndolo por haber entrado más de una vez, pudiéramos estar allí sin habernos caído en la carrera, herido o sin mojarnos, pues estaba casi lodado de trastos, lleno de polvo de años, con barro y agua en muchos rodales e infectado de ratas.


El sótano
El sótano

Nos preguntamos por qué se había enterado la policía de nuestras andanzas, y casi coincidimos en la hoguera y humareda de la quema de cables.

Al cabo de una media hora oímos que llegaba gran cantidad de gente, que quitaban la cadena que con un candado cerraba el portón de carruajes y que hacían mucho ruido para abrirla, pues seguramente estaba muy encajada.

La voz era inconfundible.

—Vosotros tres al piso de arriba. Tú conmigo, aquí abajo. Dos a las cuadras, cámaras y cocheras, y uno, tú mismo, en la calle, para vigilar que no escapen. El resto que se divida en tres grupos y acompañen.

¡Nada menos que Paco El Guardia, el jefe de la policía de Criptana dirigiendo las operaciones! Y estaban casi todos los municipales, pues a Blasete y El Churrero se habían añadido Modesto, Isidro, Chaqueta, Guaguán y Gorrufos, estos dos últimos con sus correajes blancos de guardias de tráfico.


¡Nada menos que Paco El Guardia!
¡Nada menos que Paco El Guardia!

Pero... ¿quiénes eran los otros? Al rato lo supimos, por las voces. El Flecha —¡cómo no!— y todas la cuadrilla de peones del Ayuntamiento: Calenturas, Lamparilla... Era una batida policial en toda regla. Sólo faltaba la guardia civil

—Es una banda —proseguía Paco El Guardia— y pueden ir armados, así que... si hay que sacar la pistola para echarles el alto, se saca. Vocear fuerte si veis algo, y aquí nos vemos.

Si la pretensión era realizar la batida con disimulo, todo lo contrario: retumbaba el sótano con tanta carrera por aquí, carrera por allá, golpes, vocerío...


Guardias municipales de Criptana al principio de los años 60
Guardias municipales de Criptana al principio de los años 60

Más de una larga y tensa media hora tardaron en reunirse de nuevo. Y estaban cerquísima de nosotros, junto a la cocina de la casa. Alguien reparó en el hueco que bajo la escalera principal era el acceso hasta el sótano.

—Puede que estén ahí, bajemos.

El corazón se nos salía de su sitio cuando oíamos las pisadas al bajar.

—Hijos de puta, cabrones, salir de ahí, que no sus vamos a hacer na —invitaba "amablemente" Calenturas.

—Os vamos a cortar los cojones —terciaba otro para contrarrestar.

Encendieron mecheros y cerillas, y nosotros veíamos las siniestras y agrandadas sombras que se deslizaban por los peldaños.

Si salíamos, estaba claro que nos inflaban a ostias.


Si salíamos nos molían a palos
Veíamos sus siniestras sombras y estaba claro que nos querían moler a palos

—No puede ser que estén aquí —dijo con autoridad Paco El Guardia—, está todo atestado de trastos y además hay mucha agua. Harían falta unas linternas para ver mejor. Que alguien se acerque corriendo al Ayuntamiento.

Siguieron los insultos. Mentaron a nuestras madres y hasta a nuestras abuelas. Y allí aguantábamos sin rechistar —nos iba casi la vida en ello—, escuchando las mil y una putadas que "no nos iban a hacer".

Al rato llegó el de las linternas, y la escalera se iluminó

—Mariconazos, me cago en vuestros muertos —gritó uno, aumentando el tono de las lindezas.

Estaban casi pisándonos, pero nosotros ni "mu", sin movernos, sin hacer ningún ruido, sin carraspear ni toser, a pesar de tener la lengua seca como una alpargata. Casi sin respirar.


La escalera se iluminó y casi nos pisaban
La escalera se iluminó y casi nos pisaban

—No están aquí —sentenció El Flecha—, han debido escapar en algún descuido.

Siguieron removiendo algún trasto, ya sin ninguna convicción, y al poco se marcharon, no sin dejar de echar maldiciones.

—Que se queden dos vigilando —fue lo ultimo que oímos a Paco El Guardia antes de que se marcharan.

Casi una hora más permanecimos escondidos por temor a que nos descubrieran, y sin hablar. Cuando nos decidimos a salir, ya anocheciendo, no podíamos ni levantarnos, entumecido como teníamos todo el cuerpo. Sin hacer ruido nos acercamos hasta el ventanuco, donde habían colocado unos palos atravesados, y por fuera estaban de guardia dos policías: Modesto y Chaqueta.

Era imposible escapar; estábamos encerrados. Y el tiempo corría en contra nuestra, pues empezarían a echarnos de menos en nuestras casas.

Acordamos que dos subíamos al piso de arriba para controlar mejor por los balcones, y que dos quedarían abajo. Pero los polis seguían allí, supongo que no muy a gusto, y nosotros cada vez más nerviosos y sin saber qué hacer.

Había transcurrido casi otra hora y yo mismo vi que abandonaban el puesto y se dirigían hacia el Pozo Hondo, pero pensé que iban a estirar un poco las piernas. Era algo más; enseguida vino corriendo Richi, que estaba apostado en una ventana a la vuelta de la casa, frente a la calle de Fernández Calzuelas, para comunicarnos que los dos enfilaban hacia la Plaza sin esperar —¡cómo pudieron cometer tal error!— a otros dos que ya venían a sustituirlos y que se cruzaron con ellos por la puerta trasera del colegio de las monjas.


Abandonaban el puesto. ¡Eran libres!
Abandonaban el puesto. ¡Eran libres!

No lo pensamos ni un segundo, retiramos a toda velocidad como pudimos los maderos, saltamos a la calle y más que volando nos perdimos en la oscuridad calle del Convento arriba.

En mi casa estaba a la diez menos cuarto, me lavé lo mejor que pude, me cepillé la ropa cuidadosamente y, a poco más de la diez, estábamos sentados a la mesa para cenar. Nadie notó nada.

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60 LAS MERIENDAS

La primera imagen o recuerdo que tengo de mí es sentado en el poyuelo de la puerta de mi casa, en la calle de la Reina, comiéndome un plátano para merendar. Debía tener poco más dos años, y al parecer era un dengue de mucho cuidado y únicamente era eso lo que me gustaba, fruta entonces casi exótica que sólo vendía La Pata Galana en la Plaza.

Luego vino el colegio, y nada más llegar a casa por la tarde, lo primero era merendar con un buen trozo de pan, y con él en la mano o después, nos faltaba tiempo, hiciera frío o calor, para salir corriendo a la calle a jugar.


Nos faltaba tiempo para salir a la calle

Y es que el pan, a diferencia de las modas o costumbres actuales que han traído una bajada en su consumo, antes era fundamental. Todo era a base de pan; se saciaba el hambre —ahí está la diferencia: ahora se sacia el apetito— con pan. Se comía siempre con un buen trozo de pan en las manos —hay que panear tal o cual cosa, se decía—. Y las meriendas de los chicos eran con abundante pan: grandes rebanadas con arrope, el clásico pan con una onza de chocolate (de Los Glotones —fabricado en Criptana—, de Josefillo, del Cristo de Villajos, Clavileño...) o enormes catas de tomate, de pimienta, de aceite y hasta de vino.


Pan con chocolate
Lo clásico de las meriendas era el pan con chocolate

El chocolate de Los Glotones, junto con otras marcas como Pablito y Alfonsito, los elaboraba Pablo Fernández en la calle de la Virgen, en el local donde luego tuvo Juandela su tienda de chucherías. Los distribuía por toda la provincia y los vendía especialmente en su tienda de comestibles de la calle de la Paloma, esquina a la del Convento.


Fábrica de chocolate Los Glotones
Fábrica de chocolate Los Glotones de Pablo Fernández

Otra fábrica de galletas, productos dietéticos y chocolate en Criptana fue la de Pablete Escribano, en la hoy Avda. de Juan Carlos I, en una especie de chalet ya desaparecido frente al Parque. Tenía también tienda en la calle del Cardenal Monescillo.

Este chocolate de Pablete es el que compraba mi abuela Venancia. Cuando íbamos a su casa, a veces nos daba de merendar a los nietos una onza con un buen trozo de pan de barra, unas barras grandes con la corteza muy brillante que no eran muy corrientes por aquellos años en el pueblo. Era un chocolate muy terroso, pero me encantaba. Si acaso algún día se encontraba más espléndida, sustituía el chocolate por unas rodajas de salchichón que, según ella, era del mejor. Sin ninguna duda, porque su olor y sabor, junto con el del chocolate aún permanecen gratamente en mi recuerdo. Imposible olvidarlos.

Pero mi abuela tenía otra especialidad. Muchas veces la encontrábamos sentada en la cocina, junto a la chimenea de fuego bajo, y con una sartén de aceite dispuesta en las brasas. Y aunque no fuera hora de merendar, nos regalaba con un picatoste de aquellas barras tan enormes, pinchado en un sarmiento para que no nos quemáramos. Como si fuera un caramelo, una piruleta.


Picatoste pinchado con un sarmiento
Las "piruletas" de picatoste de mi abuela Venancia

"Chocolate Josefillo, / corre, corre que te pillo": decía una cancioncilla infantil, o tal vez fuera un eslogan de propaganda que quedó en nuestro subconsciente. Tal es la fama de este chocolate fabricado en Quintanar de la Orden. "Si quieres que me esté quieto dame chocolate Nieto": anunciaba uno más. E igualmente de Quintanar, el chocolate Dulcinea.


Chocolate Josefillo

Chocolates Nieto y Dulcinea...

Otro, el del Cristo de Villajos, de los Hermanos López Lloret de Villajoyosa (Alicante). El porqué de este nombre parece ser que se debe a que uno de los hermanos López Lloret tenía un hijo trabajando en Criptana, en Correos, y después de una estancia en el pueblo, visitándolo, de regreso pasó por la ermita del Cristo y entró para pedir por la favorable resolución de un juicio que tenía pendiente para los próximos días, como así fue. Agradecido, puso a uno de sus chocolates el nombre de nuestro Patrón.

Sobre este tema también se cuenta que Manuel Muñoz Lucas El Bolengo, que vivía en la calle de la Reina, representante por la zona de los chocolates de la familia López Lloret, ante el gran volumen que realizaba de ventas, le concedieron en agradecimiento y reconocimiento que pusiera nombre a un nuevo tipo de chocolate próximo a salir al mercado, y el de Cristo de Villajos fue el elegido. Y es posible que incluso ambas historias sean verdaderas y se solapen. O incluso algo tuviera que ver la afinidad con el nombre de Villajoyosa.


Chocolate Cristo de Villajos
Media libra de chocolate Cristo de Villajos

Para los no iniciados, una onza de chocolate (cada uno de los ocho cuadraditos o porciones que componían una tableta) pesaba 28,755 gramos. La tableta o pastilla era por tanto media libra Una libra de chocolate (dos tabletas) equivale a algo menos de medio kilo, 460,08 gramos exactamente. Esto era antes; ahora hay diversidad de pesos, pero se conservan los nombres antiguos.

A los chicos de entonces, alguna vez nos daban el capricho de comprarnos una chocolatina Cvylca, de la casa Matías López, y a ello contribuyó sobremanera la radionovela Diego Valor, el héroe del espacio, en donde los personajes las consumían constantemente en un claro ejemplo de publicidad encubierta. Diego Valor luchaba contra las fuerzas del Mal y extendía sus correrías por todo el sistema solar, algo que no le debía de resultar demasiado complicado dado que la capital de la Tierra era Madrid, y su astródromo interplanetario estaba situado tan sólo a treinta kilómetros de ella, en la ciudad de Alcalá de Henares. Se emitió en la SER desde finales de 1953 hasta junio de 1958 a las siete y cuarto de la tarde. Y su popularidad aumentó cuando además se editaron tebeos, eso sí, con un formato raro, a menudo defectuosamente guillotinado y con un papel de pésima calidad.


Tebeo de Diego Valor

Algunas veces el pan simple se sustituía por una torta: del Caballista, que tenía el horno al final de la calle de Santa Ana, o del Gato, que pasaba por las calles (él o sus hijos) con una cesta en la bicicleta.


Tortas del Caballista y del Gato
Tortas del Cabalista y del Gato

Los cromos eran un valor añadido al chocolate. No había marca que no los incorporase en el interior de las tabletas. Coleccionarlos en aquellos años resultaba tan apasionante como imposible completar el álbum. Siempre había un cromo difícil, un cromo que casi nunca salía. Los "repes" se acumulaban y se intercambiaban con otros coleccionistas. Al que poseía alguno de esos difíciles, había que entregarle un buen número de cromos en buen estado a cambio y, en algunas ocasiones, hasta dinero.


Chocolate Alfonsito

Los cromos del chocolate
Colecciones de cromos de chocolate Los Glotones

Cromos del chocolate
Álbum de cromos del cocolate Cristo de Villajos

Pero si el pan con chocolate era lo más socorrido para las meriendas, el máximo de la sofisticación lo constituían las catas. Y para las catas eran necesarios los panes de antes, de pueblo, redondos, y cortar una buena orilla. El procedimiento consistía en quitar con cuidado parte de la miga (hacer una cata), como una especie de sopón, de barquillón, sin romperlo, que después servía de tapadera una vez hecho el relleno. Y según el relleno, las distintas catas. La de pimienta (de pimentón, claro) —exquisita— se hace empapando generosamente el interior de la cata con aceite, restregando con pimentón y con la ayuda de una navaja las paredes y el fondo, incorporando cebolla (mejor cebolleta) finamente cortada y su pizca de sal, removiendo y tapando con el sopón, que también ha de quedar empapado. ¡Buen provecho!

Si no se tiene el pan apropiado, los picos de una barra también valen. Y si se quieren preparar "catas de diseño", se pueden emplear pequeñas barritas (las "pulguitas"), molletes o incluso tartaletas. Y no es ninguna locura hacerse un sándwich de pimienta.

Las catas de tomate (en trozos pequeños) llevan también como ingredientes aceite, cebolla y sal. Y si la queremos más sabrosa, escabeche o, a falta de éste, unas hebras de bacalao. Como un mojete.


Catas de pimienta y de tomate
Catas de pimienta y de tomate

La cata o simplemente una rebanada de pan untada en aceite y con azúcar o sal era otra de las meriendas estrellas de la posguerra. Y no iba a la zaga (hoy casi meterían en la cárcel a los padres) la de vino, que sólo admitía el azúcar como añadido. Una variante eran los picatostes remojados en vino y espolvoreados asimismo con azúcar. Se tomaban más bien para cenar. En los días fríos de invierno se iba uno la mar de "caliente" a la cama.


Pan con aceite y picatostes
Pan con aceite y picatostes

La rebanada de pan untada con arrope era muy típica en Criptana. Ahora seguro que hay niños o incluso jóvenes que desconocen su existencia, acostumbrados a merendar con tantos tipos de insana bollería industrial, que para colmo a veces desprecian y rechazan porque no son de las marcas que anuncian en la televisión.

El arrope es el producto de la cocción del mosto hasta espesar. Antes se le echan unos tizones encendidos para que aclare, que se retiran al día siguiente, se cuela y se pone a cocer a fuego lento, moviéndolo de vez en cuando hasta que va evaporando y se reduce a la tercera parte. Previamente en agua de cal pondremos trozos de melón y/o calabaza para que encallen, para que se endurezcan, y bien lavados, junto con una monda de naranja seca, se incorporan al mosto cuando falta poco para terminar la cocción. El resultado es un jarabe muy dulce de consistencia espesa.

Una variante es el mostillo, que es plato de cuchara. Se deslíe harina en arrope (unas cinco cucharadas soperas por cada medio litro). Se pone a cocer en agua anís en grano y corteza de naranja y se añade en frío al arrope. Se calienta y se mueve hasta que se forme una papilla. Se pone en platos hondos con algunas almendras o piñones. Otra variante es hacerlo muy espeso, de tal manera que se solidifique cuando se enfría, como una especie de tocino de cielo.


Arrope y Mostillo
Arrope y mostillo

Como se ve, a los chicos entonces nos iba lo dulce; éramos muy "galgos". Y nada mejor que una rebanada de pan untada con leche condensada. A los botes se les hacía dos agujeros, uno para que cayera la leche y el otro para que entrara aire, pero que servían, si nuestras madres no tenían cuidado y los escondían, para que chupando y sorbiendo por ellos les pegáramos un buen tiento y los dejáramos temblando. Y mucho más dulce, casi empalagosa, estaba la leche condensada si se cocía el bote al baño maría. Se espesaba y se tornaba de un color miel.


Pan con leche condensada
Pan con leche condensada

Pero también nos gustaba lo salado, y, volviendo a los de los sabores y olores que uno recuerda de la niñez, no puedo dejar de mencionar las sardinas de cuba, las que siempre en Criptana hemos llamado "sardinas salás". Mi madre las arreglaba y limpiaba (se aplastaban liadas en papel de estraza entre una puerta y el marco para que la piel se desprendiera), y pedacito a pedacito, con su correspondiente trozo de pan, lograba (ya he comentado que de muy pequeño era un dengue) que abriera la boca recurriendo si era necesario a eso de "que viene un avión, que viene un avión".


Sardinas salás
Sardinas salás

Para bocadillos, el mejor pan era el de los panecillos de tipo francés que entonces se hacían en Criptana. Y el de jamón a la cabeza, cuando lo había, claro, de las matanzas de entonces, curado en casa con todo el cuidado del mundo para que no lo picara la moscarda y se estropeara. No era ibérico, que entonces no sabíamos ni que existía, pero tenían un sabor especial que ya no he vuelto a saborear.

Mi madre también nos hacia bocadillos con unos chorizos asturianos, ahumados, muy pringosos, que venían en botes grandes de unos diez o más kilos y vendían por suelto. Chorizos La Carmina. Eran vistos y no vistos.

¡Y los de foagrás! (entonces lo llamábamos así; aunque no fuera auténtico, sólo paté), de unas latas muy pequeñas de marca Mina, que sólo servían para un bocadillo (bien cumplido) y con un sabor que ya no tienen las actuales. ¡Qué placer!


Las meriendas

No me puedo olvidar de los bocadillos de calamares con los panecillos de marras del Casino Primitivo, regentado en la repostería en aquel tiempo por los Cabañero: Sinesio, Pepe y Luis. Los calamares fritos los hacían insuperables, con un rebozado ligerísimo a base de muy poca harina con sifón, tiernos y crujientes a la vez, con un olor color y sabor característicos, y que todos los bares de Criptana imitan. Mi amigo Santi (Santiago Sánchez Manjavacas), como entraba gratis al cine (su padre, director de la biblioteca Alonso Quijano y profesor en el Teresiano, pertenecía a la Junta de Censura) empleaba su dinero los domingos para darnos envidia comprándose un bocata. Decía "que era un placer sólo reservado a los dioses".


Bocadillo de calamares del Casino Primitivo

Imposible no citar el complemento alimenticio que a los colegiales españoles supuso por los años cincuenta la ayuda americana, coincidiendo con el establecimiento de relaciones bilaterales con los Estados Unidos.

"Todos tendréis que traer por las mañanas un vaso grande para echar la leche —se anunciaba en las escuelas—, cucharilla, azúcar y un bollito ó dos rebanadas de pan para ponerle mantequilla, y por las tardes una rebanada de pan para el queso. Los americanos son muy buenos con España y nos han enviado todo esto para que no pasemos hambre".

Realmente, esos productos habían estado vedados durante muchos años entre las capas sociales más necesitadas.


La ayuda americana
Leche en polvo, queso y mantequilla de la ayuda americana

La leche venía en polvo y era una rareza para muchos y un descubrimiento para casi todos. No se podía concebir que un líquido se transformase en polvo, pero lo cierto y verdad es que al diluirlo en agua tomaba la blancura de la leche, algo de su espesor y un sabor aproximado a la que salía del ordeñe de las vacas o las cabras. El queso, de un misterioso color amarillento, y la mantequilla venían en unas grandes latas cilíndricas. Y todo llevaba el emblema de la ayuda: dos manos estrechándose con el fondo de la bandera norteamericana

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FIN CRIPTANA 6