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41 LOS TONELEROS

Es impensable que el vino pueda madurar adecuadamente y adquirir su peculiar aroma si no es en toneles o barricas de roble.

En la actualidad existen fábricas de toneles dotadas de máquinas-herramientas para su labor, pero nada parecido al arte de los antiguos —ya van quedando pocos— toneleros.


Herramientas de tonelero
Taller de tonelería

Se empezaba cortando las duelas, que son como cada uno de los gajos que forman el barril. Se empleaba el tallán y una maza para abrir la madera, sin necesidad así de utilizar una sierra. La mejor madera es la de roble americano o francés, y se debía poner especial cuidado para que no presentaran ningún nudo.

Después se iban sujetando una a una las duelas en una especie de banco de carpintero (el mochuelo), y, a horcajadas sobre él, con cuchillas planas y curvas se vaciaba la superficie interna, dándoles el grosor adecuado, terminando con el biselado de sus cantos con cepillos o garlopas especiales y con el labrado de unas ranuras o escotaduras profundas en los extremos para ajustar los fondos, operación —ruñar el jable, se llamaba— que se hacía con unas herramientas apropiadas: el galsador y el estobador.


Proceso de montaje
La duelas se humedecen y se calientan para que adquieran flexibilidad

Inmediatamente se procedía al montaje. Las duelas se ceñían, con el fondo puesto por uno de los lados, con varios aros (cellos) hechos de flejes de hierro, mientras se hacía pasar sobre ellas, a presión, un aro de madera de forma que los bordes biselados ensamblaran a la perfección. Antes de colocar los aros de hierro del otro lado, las duelas debían ser lo bastante flexibles para que pudieran arquearse tomando la forma que finalmente tendrían. Para ello se humedecían y se encendía dentro del barril en construcción una pequeña hoguera que reblandecía la madera.

El proceso continuaba retirando el último aro para que las duelas se separasen ligeramente y así poder aplicar el otro fondo del barril, de tal forma que sus bordes se insertasen en las escotaduras. Luego se calafateaba con juncos o anea si era necesario para que no hubiera filtraciones, y se repasaba el exterior con una rasqueta para igualar las duelas.


Sigue el proceso
Sigue el proceso

La siguiente operación consistía en ajustar los aros de hierro con una pesada maza y una cuña de hierro, de modo que las duelas se acoplaran perfectamente y formaran un conjunto hermético. Por último, se procedía a realizar el agujero para echar el vino.

Muchos toneleros también se dedicaban, con maderas de peor calidad —castaño, generalmente—, a una tonelería que pudiéramos llamar menor, como era la fabricación de barriletes de uso doméstico, baldes, jarras, tinas, cubos, cubas para salazones, etc. De castaño solían ser igualmente las grandes cubas —fudres— que se empleaban para el transporte.


Aplicando los fondos
Aplicando los fondos

En Criptana hubo toneleros: Miguel Camacho, en las primeras décadas del pasado siglo, al principio de la calle del Maestro Manzanares. Julián Bastante, que ejerció entre 1940 y 1985, primero en la bodega de Minguijón y luego en la de Girona. Rafael Castellanos, que aprendió el oficio de su padre, José Andrés, y repartió su vida laboral en las bodegas de Esteso, Minguijón y Girona. Clemente Flores, que también aprendió de su padre, y que estuvo en la bodega del Montañés (luego de Simpliciano y ahora de Castiblanque), con Marchante y en la de Girona. Por último, Gregorio Manjavacas, el único autónomo, con la tonelería en el Tumbillo, al comienzo de la calle Antonio Espín.


Toneleros de Criptana
Toneleros de Criptana

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42 LA ROSA DEL AZAFRÁN

Después de la vendimia y antes de la Virgen del Pilar, como si la naturaleza quisiera llevar la contraria al calendario, en algunos pueblos de La Mancha aparece una esplendorosa primavera con los campos teñidos de azul violáceo por la rosa del azafrán.


La rosa del azafrán

Cientos de hombres y mujeres las recogen cuidadosamente en sus cestos o canastas, sin apretar para que no se apelmacen, las depositan en sus casas sobre esteras y proceden a ir mondándolas, separando los pétalos de la flor para sacar los clavos del azafrán y echarlos en un tazón, faena a la que acude toda la familia, incluso vecinos y amigos, sentados en serijos, taburetes o banquetas alrededor de una mesa.

Una vez recogidas las hebras o clavos del azafrán, se tuestan a fuego lento sobre cedazos, en hornillos o braseros no muy fuertes, conservándolas después, envueltas en paños negros, en un cofre, a buen seguro. Es el oro de La Mancha.


Recogida del azafran
Recogiendo la flor del azafrán

El azafrán es planta perenne que nace de un bulbo enterrado a unos diez centímetros del suelo en terrenos muy bien labrados, libres de cantos, cuidadosamente rastrillados y celosamente escardados. Cada tres o cuatro años se limpian y se vuelven a replantar. De cada bulbo surgen de una a tres flores formando un tubo que se abre en embudo de un color entre lila y morado, esto es la rosa del azafrán, de hojas largas y estrechas, que terminan por abrirse dejando a la vista su interior. Del ovario de la flor nacen tres estambres amarillos y un filamento blanco, el estilo, que se divide en tres hebras o estigmas de color rojo: las briznas o clavos del azafrán.

La rosa, al cogerla, se debe cortar con la uña, una por una, cuidando de que el tronquito quede cerrado, para que no penetre agua de lluvia y pudra el bulbo.


Monda de la flor del azafran
Monda de la flor del azafrán

El azafrán fue introducido en España durante el periodo musulmán y está abundantemente documentado su cultivo inmemorial en Pedro Muñoz, Campo de Criptana, La Solana, Consuegra y Manzanares (Ciudad Real); en Lillo, Madridejos, Villacañas, Villanueva de Alcardete y Cabezamesada (Toledo), y en Santa Ana y Motilla del Palancar (Cuenca).

La tradición del cultivo del azafrán en La Mancha está también presente en manifestaciones del folklore típico de la región, existiendo una jota manchega dedicada a este producto, en canciones y refranes, y es el tema de ambientación de la zarzuela La rosa del azafrán (libreto de F. Romero y G. Fernández Shaw; y música del maestro Jacinto Guerrero, estrenada en Madrid en 1930).


El azafran, oro de La Mancha
El oro de La Mancha

La relevancia de este cultivo dentro de las manifestaciones culturales tradicionales se vuelve a poner de manifiesto con la Fiesta de la Rosa del Azafrán que se realiza en Consuegra (Toledo), los concursos de monda que se celebran en La Solana (Ciudad Real) en el marco de sus fiestas patronales y el Festival de la Rosa del Azafrán de Santa Ana (Albacete).

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43 LA MATANZA DEL CERDO

La matanza era una tradición arraigada en muchos lugares de La Mancha —y en toda España—, que poco a poco va desapareciendo.

El gorrino siempre fue la base de la alimentación de la población, ya que podía conservarse durante cierto tiempo, cosa que no podía hacerse con la mayoría de los productos de la huerta, que había que consumir frescos, en la temporada en que se producían. Con el gorrino, sin embargo, las familias tenían "el arreglo" para muchos meses. Dar de comer a un cerdo era como llenar una hucha para tiempos venideros. Por eso las huchas de los niños tienen forma de cerdito.


Dar de comer a un cerdo era como llenar una hucha para tiempos venideros
Del cerdo me gustan hasta los andares

Por Criptana, entre los meses de octubre y marzo, venían bastantes gorrineros con su blusón negro y su látigo pequeño en la mano para que no se le esparramara la manada, todos chiquitines y blancos; algunos negros, con hocico más largo, eran extremeños. Iban llamando a las puertas y muchas veces dejaban su mercancía incluso de fiado. También autóctonos, como Marasquilla, o particulares que tenía alguna gorrina y criaba, y si la camada era grande vendían alguno a sus vecinos.


El gorrinero
Gorrinero

En todos los corrales de las casas había gorrinera, preparada para criar el cerdo hasta el invierno siguiente. Sólo tenía que comer, crecer y engordar. Sobre las 15 arrobas era el peso adecuado. La alimentación era del gusto de sus criadores o con lo que se podía. Los agricultores, con cosas de su cosecha. Cuando eran pequeños se les cocía unas cuantas patatas pequeñas, que luego estrujaban y las mezclaban con harina de cebada molida o "salvao". Luego, algo mayores, ya se les cambiaba por centeno, calabazas, titos, panizo o cebada, haciéndoles amasados con harina de cebada molida envuelta con salvao, alfalfa, hojas de remolacha o cualquier cosa parecida.. Por supuesto, todas las sobras y desperdicios eran para ellos, hozando las basuras de los barrancos. Con estas clases de comidas y procurando tener la gorrinera o pocilga más o menos limpia, transcurriría el tiempo. Sin olvidar caparlos, pues así era mejor el engorde.


En todas las casas había gorrinera

La matanza se realizaba bien metido el invierno, con mucho frío, incluso con heladas, pues era el tiempo mejor para la curación de los jamones, tocino, embutidos… Unos días antes se avisaba al Ayuntamiento para que el veterinario fuera a hacer la revisión sanitaria, y la víspera, en una caldera grande, se hacia un cocido de cebollas con unos ajos y perejil. En algunos sitios añadían trozos de calabaza. Luego se envasaba todo en una talega de tela, se ponía una piedra encima para que hiciera peso y escurriera, y se ponía al sereno durante la noche.

Había personas en Criptana que se dedicaban a realizar el oficio de matarife o matador: Foril, Zenón, Galo.... Muy temprano, casi de madrugada, se presentaban llevando en una esportilla sus útiles para la faena: unos ganchos de hierro, cuchillos, chuela, rasquetas, una garrucha... En la casa ya tenían preparada una caldera grande con agua caliente, una mesa bastante resistente no muy alta y tres o cuatro hombres dispuestos y otras tantas mujeres.


A todo cerdo le llega su san Martín
Jesús Manzaneque Foril. Matarife                                                                   Sujetando al cerdo

Pero lo primero era ofrecer a los presentes un refrigerio consistente en anís, coñac, aguardiente, mistela, higos y dulces caseros como mostillo, magdalenas o mantecados.

Con el gancho más largo, el matarife enganchaba al gorrino por debajo del hocico, en la papada, y con la ayuda de las otras personas, agarrándolo por las orejas y el rabo, lograban subirlo a la mesa, tumbado sobre el lado izquierdo. Y, cogido fuertemente, y atadas con una cuerda manos y patas, y el hocico para que no mordiera, el matarife le clavaba el cuchillo en el cuello, en la parte de abajo, y lo degollaba. Empezaba a sangrar copiosamente entre grandes convulsiones, gruñidos y agudos chillidos, y una mujer con el brazo remangado por encima del codo ponía debajo en el suelo un barreño o un lebrillo para que en él cayera la sangre, y con el puño tenía que estar constantemente moviéndola para que no cuajara. Cuando se dejaba de remover, se colocaban en la superficie dos pajas cruzadas en forma de cruz para evitar —eso decían— que coagulase. Sí quedaba en el centro una parte que coagulaba, con aspecto de esponja, que llamaban "la madeja", y que frita inmediatamente y con sal constituía el primer bocado del gorrino.


Degüello del cerdo
Degüello del cerdo

Luego, con unas retamas, aliagas, tomillos o leña encendida se chamuscaba y, en una artesa grande de madera, echándole agua casi hirviendo, con unas paletas o rasquetas y con trozos de tejas se frotaba con mucha fuerza para quitarles todos los restos de pelo que quedasen. Incluso algunos más cuidadosos repasaban con navajas o cuchillos bien afilados. El matarife como más entendido se encargaba de la cabeza, que era la parte más complicada.


Churrascando y limpiando
Churrascando y eliminando los pelos de la piel

La garrucha del matarife era para colgar el gorrino de un clavo o viga fuerte que hubiera en la casa, o en un peldaño de una escalera de mano. Inmediatamente, provisto de cuchillo, abría por el vientre de arriba abajo y sacaba las asaduras y los intestinos, que eran puestos sobre una artesa de madera pequeña. Lo siguiente era lavar todo el interior con agua bien fresquita, ponerle unos palotes para mantenerlo abierto y orearlo colgado de la cuerda.


Abierto en canal y al oreo
Abriendo para quitar el mondongo y lavar                                   Y bien limpios, dos colgados al oreo

Éste era el momento de reponer fuerzas del personal, pues con la madrugada y el esfuerzo realizado, se tenía ya algo de gazuza. Se aprovechaban las ascuas del chamuscado para hacer un somarro con el rabo del cerdo, y lo normal era después hacer en una sartén unas patatas al pelotón, o unas migas con uvas que se guardaron de la última vendimia, todo regado con buenos tragos de vino.


Unas migas tras el esfuerzo
Llega la hora de reponer fuerzas

En esto, se presentaba el veterinario para coger un trozo de carne de las entrañas y analizarlo en su casa con un microscopio, por si tuviera triquinosis u otra enfermedad, aunque con solo ver al cerdo determinaba si estaba o no enfermo. De todas formas, recomendaba que no se comiera nada hasta que no pasaran unas horas, y que si no venía a decir nada, es que estaba bueno.

Era el momento de recoger el mondongo que quedó en la artesa y limpiar y quitar toda la porquería de las tripas, que lo hacían con agua caliente, limón, vinagre y sal. Las más gordas se utilizaban para las morcillas, y las finas para chorizos y longanizas, Como no eran bastantes, las había que comprar en los comercios —en Criptana, La Hormiga, en la calle del Caño, las tenía—, ya limpias y secas. Se vendían también de material sintético, pero las gentes las evitaban.


Lavando tripas
Lavando las tripas

El día como se ve era de mucho trajín. Ahora le tocaba el turno a las morcillas. Sobre un lebrillo de barro se vaciaba la cebolla cocida el día anterior, para agregarle sangre de la recogida del cerdo, manteca del mismo animal, pimienta molida, perejil, sal y pimentón dulce o picante al gusto. Como medida aproximada se echaba un puñado (o "almorzá") de manteca por dos de cebolla. En algunas casas también le echaban granos de arroz. Todo esto se amasaba mucho con las manos, y de esta forma quedaba dispuesto para embutir. Las máquinas de hacer chorizos y morcillas se tenían en casa o se pedían prestadas a algún vecino. También las había de alquiler. Iban provistas de unos embudos de hojalata de quita y pon de varios tamaños, así como de unas cuchillas de diferentes tipos, y atornilladas sobre una mesa de madera.


Máquina de embutir
Máquina de embutir

La masa se echaba por una pequeña tolva, y un sinfín movido con manivela la arrastraba hacia la tripa, conectada a la salida por uno de los embudos. Las tripas se pinchaban con un alfiler para que saliera el aire, procurando que no se atrancara la masa, engordara de forma alarmante y se rompiera. Esto lo solían hacer entre varias mujeres, mientras otra apretaba las tripas con las manos para que quedaran bien rellenas, a la vez que las ataba con una cuerda fina de cáñamo para ir haciendo las morcillas. En cuanto el tamaño, en cada casa tenían sus preferencias. El proceso terminaba cociéndolas en una caldera de cobre, a fuego lento, tapadas con hojas de repollo para guardar mejor el calor. Cuando estaba cuajada la sangre y bien cocidas, se sacaban y se ponían sobre mesas para que escurriera el agua y se enfriaran del todo. Luego, colgadas en un palo, se secaban y ahumaban junto a la chimenea.


Morcillas
Morcillas

Con todos estos trabajos llegaba la hora de la comida, que solía ser unas gachas de matanza, utilizando la pringue que soltaban al freír unos trozos de magro cortados del cerdo y la asadura. Los comensales se colocaban alrededor de la sartén normalmente de pie, en una mano el pan y en otra la navaja, daban un paso al frente, mojaban con un trozo de pan pinchado en la navaja y retrocedían para dejar el espacio libre a otros. En el suelo se colocaba también el porrón o la bota con el vino, que iba pasando de mano en mano, haciendo la ronda. Como no se ponían servilletas, se pasaba el brazo por la boca y uno se limpiaba con la manga del jersey.. Cuando se terminaban las gachas se colocaba la sartén con las tajadas, que habían permanecido junto a la lumbre para que no se enfriasen.


Gachas de matanza
Gachas de matanza

Mientras, el cerdo colgado se quedaba frío y duro y estaba en condiciones para el despiece. Si no era así, se dejaba hasta el día siguiente. La operación la realizaba un entendido, bien de la casa, vecino que se ofrecía, o contratado. Los matarifes también realizaban esta labor. Se ponían en el suelo unas cortinas o trapos grandes para descolgar al gorrino y con un cuchillo bien afilado realizaban los cortes, empleando una chuela cuando tenían que romper huesos. Cada cosa la colocaban por separado: lomos, solomillos, entremantas, tocino, panceta, costillas, jamones, paletillas, sesos, careta, pezuñas…


Despiece
Despiece

Siempre se tenía compromiso de cumplir con algunas personas, bien familiares, amigos, o alguna vecina, para llevarles en un plato algo de matanza, que podía ser un trozo de asadura, morcilla, trozo de otra carne, trozo de hueso del espinazo… Era lo que se llamaba "mandar un presente". Muchas veces era para corresponder a lo que se había recibido de quien mató antes el cerdo.

Para hacer chorizos o longaniza colorá se trituraban previamente todos los ingredientes en la maquina, sustituyendo el embudo por unas cuchillas de corte. El grosor del chuchurro obtenido se podía regular al gusto. Se empleaban trozos de lomo, carne de las entremantas y de los huesos del espinazo, panceta de la parte que tiene más magro e incluso alguna paletilla. Para dar a la manivela había que apretar bien, pues era bastante pesado y se tenían que relevar a menudo. Este picado se mezclaba bien y se agregaban ajos machacados, pimienta molida y en grano, canela, orégano, perejil, un poco de vino blanco y pimentón dulce o picante al gusto.

Otro picado, con carne de lomo, poco tocino blanco, con menos ajos que lo anterior, algo de orégano, pimienta de las dos clases, un poco de vino, y nada de pimentón era para la longaniza blanca.


Embutiendo chorizos
Cortando la carne, preparando el chuchurro y embutiendo

En algunas casas se hacían otros embutidos especiales, y había zonas en donde se mezclaba la carne de cerdo con algo de cervatillo.

Todos estos picados se dejaban reposar durante un tiempo antes de embucharlos, procedimiento que se hacia de igual manera que las morcillas, pero empleando embudos y tripas más finas.

El secado se hacia también junto a la chimenea o en las cámaras de la planta alta de la casas, que había menos humedad, y dejando alguna ventana abierta para que entrara más el frío.


Secado de los chorizos
Secado de los chorizos

El tratamiento de los jamones y paletillas era enterrarlos en sal en unas artesas de madera, y cada dos o tres días se les daba la vuelta para que la cogieran bien. Era costumbre sacarlos de la sal a los 21 días. Una vez fuera, se lavaban con agua caliente para quitar toda la sal que pudiera haber quedado pegada y se prensaban con grandes losas de piedra para que soltaran el agua que pudieran tener. Antes de colgarlos en las cámaras para su curación se cubrían con un adobo hecho con ajos machacados, orégano, pimentón, sal y agua caliente, para que se conservaran mejor y para evitar la moscarda

Los trozos de tocino blanco, algo de panceta y la careta, también se metían en sal, pero menos días.

Una forma de conservar los chorizos por más tiempo era cocerlos o freírlos y meterlos en grandes orzas de barro sumergidos en aceite. Era lo mismo que se hacía con las tajadas de lomo y costillas en adobo.


Curando la matanza
Piezas del gorrino curándose y secándose

Del cerdo se utiliza todo, no se desperdicia nada. Hay parte del tocino que no es muy comestible, pero lo derretían en una sartén grande y al dejarlo enfriar se quedaba cuajado. Era una buena manteca para cocinar, y que venía bien en Pascua para hacer mantecados. Y también quedaban en el fondo, como residuo, los chicharrones, tan buenos calientes o fríos con sal, o para hacer tortas de chicharrones.

Pero, aparte de todo esto, la matanza era una gran fiesta y se invitaba a la familia y amigos. Además, se necesitaban muchas manos para todas las tareas.

En mi casa no se mataba, pues no éramos del campo y no teníamos ni corrales ni gorrineras, pero si curábamos jamones y se hacían chorizos y longanizas. Era normal en familias como la nuestra que se ajustara con otras la cría de los gorrinos y se trajeran luego a casa las piezas requeridas una vez descuartizado.


Día de matanza en Socuéllamos
Día de matanza en Socuéllamos

Sí mataban dos gorrinos en casa de mi tío Sócrates, en Socuéllamos, a unos 30 kilómetros de Criptana, y recuerdo que nos juntábamos toda la familia y nos veíamos todos los primos y primas. Por la mañana, tempranísimo, cogíamos un tren, el Changay, que iba hacia Alicante y allí nos dejaba,. Hacía siempre un frío tremendo y mi madre nos abrigaba bien a todos los hermanos y nos ponía unas grandes bufandas por las que asomábamos sólo los ojos. Mientras los mayores trabajaban o estaban de tertulia los pequeños andábamos jugando por los corrales. El juguete de ese día era la vejiga del gorrino, que se limpiaba muy bien como las tripas, se restregaba y curaba luego con salvao y se inflaba como un globo o pelota. Cuando regresábamos a casa bien entrada la noche estábamos reventados.


Inflando la vejiga
Inflando la vejiga

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44 GALLINAS Y HUEVOS

Si en las casas de antes, el cerdo era como una hucha en el que se invertía para luego recoger, las gallinas eran un complemento a la despensa familiar.

En la primavera, cuando alguna gallina empezaba a cluequear, se la separaba del resto y se le preparaba un nido aparte en una sera mediada de paja, en la que se ponían una docena o algo más de huevos, sobre los que se echaba la clueca para incubarlos, cubriéndola con una canasta vieja.


Gallina clueca
Gallina clueca

Todas las mañanas se la sacaba del nido, para que depusiera la gallinaza fuera, mientras se tapaban los huevos con algún paño; se le hacía comer hasta llenar el buche, y nuevamente se la colocaba en el nido para que empollara. A los 21 días, los pollitos empezaban a picar los cascarones y en dos o tres días salían todos. La ufana madre los protegía dulcemente bajo sus alas, defendía furiosamente con garras y pico contra quien intentase arrebatárselos, y escarbaba las basuras para que picoteasen hasta que espabilasen por su cuenta. En el otoño, las pollitas de mejor porte sustituían a las gallinas viejas, que pasaban a la cacerola. Los pollos, ya con kilos, también iban a la cocina, para días señalados, y el más vistoso se dejaba para gallo del corral, porque el del año anterior finalizaba su reinado en Navidad.

"¡Kikirikí! La Pascua llega, triste de nos; unos con tomate, otros con arroz".

La mamá gallina y los pollitos
La mamá gallina y los pollitos

El kikirikí del gallo

Cuando se abrían las puertas de los corrales, llegaban las gallinas aleteando a nuestro encuentro, esperando el puñado de grano o los desperdicios de las comidas y migas de los manteles, y el primero el gallo, orgulloso, altivo, petulante, amo y defensor de todo el corral.

El sonoro "kikirikí" del gallo era el despertador en los pueblos todas las mañanas, y el cacareo de las gallinas, la señal de haber puesto un huevo.


Las gallinas y el gallo
Las gallinas y el gallo

En casas de agricultores, con las granzas de barrer las eras y graneros, desperdicios de cocina y el incesante picotear en basureros, cuadras y gorrineras, se mantenían más de una docena de gallinas, que abastecían de huevos la despensa.

En mi casa, en alguna ocasión hubo gallinas y su alimentación se reforzaba con piensos compuestos. Recuerdo que era un disfrute tenerlas, una alegría en el corral y mantenían limpio el basurero (en Criptana, barrancos). De pequeños, algunas veces cometíamos los hermanos la travesura de jugar con ellas, intentando cogerlas como si estuviéramos en un safari. ¡Se resistían las condenadas!, pero cuando las acorralabas, se asustaban y se acurrucaban. No me extraña el dicho de "eres más cobarde que una gallina". Luego mi madre se extrañaba que no pusieran huevos en varios días. Con los gallos era distinto, casi les teníamos miedo; tuvimos uno que nos tenía enfilado, se lanzaba sobre nosotros y nos picaba. Ideábamos, por supuesto mil maneras de defendernos.

A las gallinas se les cortaban los vuelos, las plumas largas de las alas (posiblemente venga de aquí la conocida frase), para que no aletearan y saltaran por una tapia baja a una casa vecina. Una tarde notamos que había aumentado el gallinero, y es que saltaron cuatro o cinco del corral de al lado.


Gallinero y nidal
El barranco gallinero de mi casa y el nidal

El nido que teníamos en casa era una tinaja vieja, volcada, con algo de paja y un huevo de madera como señuelo. Una vez, por capricho o qué sé yo, se buscaron las bobas otro nido, un cuchitril escondido, y a mi madre le costó dios y ayuda dar con él, y cuando lo hizo se encontró con la sorpresa de que ya otras veces había sido utilizado por la cantidad tan tremenda de huevos que halló. Ante el peligro de que estuvieran malos, hubo que tirarlos.


Te acuestas como las gallinas
Te acuestas como las gallinas

Las gallinas se acuestan muy pronto, y en invierno mucho antes, al ir las luces de la tarde declinando, acurrucadas unas tras otras en palos que se tendían entre dos muros. "Tiene mas mierda que el palo de un gallinero", dice otra proverbial frase sacada del mundo del corral. Contaba mi madre que de pequeña hubo en España un eclipse total del sol, y que las gallinas, creyendo que llegaba la noche, atolondradas, se acostaron. Esa tontuna se aprovecha ahora de manera aviesa en las granjas avícolas para explotarlas: se encienden las luces a media noche y, creyendo las gallinas que llega el día...ponen el huevo; luego, se apagan las luces y vuelve de nuevo la noche, hasta que, con las primeras luces del alba, el incesante cacareo anunciara una nueva remesa de huevos.

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45 CANDILES, VELONES Y LAMPARILLAS

Aunque los experimentos eléctricos se remontan al año 640 a. d. C., son primordialmente los inventos del siglo XIX los que propician el salto a la modernidad: la pila de Volta, la lámpara de arco voltaico de Davy, el principio de las máquinas eléctricas de Faraday, el telégrafo de Morse, el acumulador de Planté, el teléfono de Graham Bell, la lámpara incandescente de Edison, la locomotora y el tranvía eléctricos desarrollados por la Siemens, el transformador de Zipemonsky y Deriblatky, el cine de los hermanos Lumiere, la radio de Marconi, el tubo fluorescente de Moore, el motor industrial trifásico de Ferrary, Bradley y Hasewander...


Algunos inventos eléctricos
Algunos inventos del siglo XIX relacionados con la electricidad; la pila de Volta, la lámpara de Édison y el cine de los hermanos Lumiere

La principal aplicación a gran escala de esta incipiente forma de energía, fue el alumbrado público y privado.

En Madrid, una de las primeras veces que se utiliza la iluminación por arco voltaico es en 1858, en la inauguración del abastecimiento de agua por medio del Canal de Isabel II. Con tal motivo se emplazó una fuente en la calle de San Bernardo, frente a la iglesia de Montserrat, con un potente foco de luz que "transparentaba el agua que caía en menuda y rizada espuma", según decían las crónicas de la época.


Primera iluminación por electricidad en Madrid. 1858
1858. Inauguración del Canal de Isabel II. Fuente iluminada con lámpara de arco voltaico

Pero es con la invención de la lámpara incandescente en 1878, cuando la iluminación eléctrica se hizo completa realidad.

La Exposición Universal de París de 1881, dedicada exclusivamente a la electricidad, es el gran escaparate donde se muestran los descubrimientos más importantes de máquinas y aparatos, y donde se dan cita todos los inventores.

Sin clausurar aún la exposición de la capital francesa, ya la Junta Directiva del Casino de Madrid anunciaba que en el nuevo local social que estaba levantando en la calle de Alcalá se instalaría un sistema de alumbrado con lámparas de incandescencia.

Pero es el Teatro Español el que se adelanta con una instalación provisional de prueba a finales de ese año, y también de manera temporal la iluminación que se montó para un concierto nocturno, el 13 de junio de 1882, en el Parterre del Retiro.

Parece ser que la primera instalación definitiva con alumbrado incandescente fue la que se dispuso en el Palacio de Buenavista, sede entonces del Ministerio de la Guerra, inaugurada el 27 de junio de 1883.


Primera iluminación estable en Madrid
Primera iluminación estable en Madrid con lámparas incandescentes. 1883.
Palacio de Buenavista, hoy Cuartel General del Ejército

Pese a todos los nuevos inventos y aplicaciones, la tecnología eléctrica era todavía incierta, con gran número de problemas tanto en lo que se refiere a la producción a gran escala, como a la transmisión —que solo podía hacerse a pequeñas distancia— y a sus usos. Sí tuvo desde el principio el prestigio derivado de su utilización como elemento de lujo en teatros, cafeterías y grandes almacenes, lo que hizo que su uso se fuera extendiendo entre los grupos de rentas altas —la luz de los ricos se la llamó—, provocando con el tiempo un efecto de mimetismo en las capas más bajas de la sociedad.


Primeros años de la iluminación eléctrica

Ya metidos en el siglo XXI, disfrutamos plenamente de ese bien tan preciado e imprescindible como es la energía eléctrica, capaz de generar luz, mover las máquinas en las industrias y en las viviendas proporcionar, por el uso masivo de electrodomésticos de todo tipo, un confort que supera lo nunca imaginado. Resulta por ello casi difícil de comprender que desde que empezó su uso en el siglo pasado, y hasta los años cuarenta y cincuenta, su aplicación en Campo de Criptana casi se limitara, como en la mayoría de nuestros pueblos, a alimentar unas tristes bombillas.

No obstante, fue ya en 1898 cuando se abordó por iniciativa de Alfredo Ruescas cuando aquí se afincó y abrió una bodega —su consolidación debería esperar unos años más— la instalación de alumbrado eléctrico por las calles, para lo que se otorgó concesión a la sociedad Jacobo Blumenfeld. Y en ese mismo año se realizó la subasta de las obras para la instalación de telefonía, que quedó desierta por falta de licitadores. Sin embargo, un año después funcionaba.


Primeras centrales y aparatos de telefonía
Primeras centrales y aparatos de telefonía

Durante muchos años, este alumbrado público era un tanto raquítico, y se reducía a una lámpara de baja potencia, que como tenue ascua iluminaba algunas esquinas. Por la noche, sin luna, era andar como a ciegas.

En muchas casas ni siquiera disponían de este adelanto, y en las pocas que si tenían, sólo había bombillas en la cocina y en algún dormitorio, colocándola, en lugar de colgada en el centro de la habitación, junto a un ventanuco con la alcoba inmediata, para que así alumbrase las dos dependencias.


Uso miserable de las bombillas
Una bombilla en cada esquina                                         Bombillas compartidas para varias habitaciones

Desde luego, las líneas eléctricas y las estaciones de transformación no estaban diseñadas para abastecer de la energía que, en desenfrenado aumento, cada día se demandaba, y eran muy normales las fluctuaciones de tensión y lo apagones. Incluso ya bien entrados los años cincuenta, era matemático que el primer trueno que habitualmente desencadenaba una tormenta de verano, trajera consigo el fastidio del corte de corriente. Recuerdo que por aquella época, en Radio Madrid ponían todas las tardes el famoso serial de Ama Rosa, patrocinado por los Muebles López de la calle Luchana, de Madrid; pues bueno, la avería siempre coincidía con la radionovela, para fastidio de todos los oyentes. Mi madre tenía una ventaja, y es que salía corriendo a casa de su amiga Tere, que disponía de transistor, y allí terminaba de oír el relato. Su marido, Paco Ortiz, era el jefe de zona de Centrales Eléctricas Navarro (Julián Navarro), que tenían centros de producción hidroeléctricos en varios saltos de agua en el río Júcar y en las Lagunas de Ruidera y operaban en un sector de las provincias de Toledo Cuenca, Ciudad Real y Albacete. Naturalmente, conocedores de las aplicaciones de la electricidad, que además les salía totalmente gratis, tenían la casa atiborrada de electrodomésticos —muchos de ellos, alemanes— que en el pueblo sólo veíamos en las películas, y entre ellos el transistor, que sería de los primeros que salieron al mercado.


Los seriales radiofónicos de entonces
La radio de nuestra casa y el transistor de Tere "la de la Luz"

Las oficinas de la compañía eléctrica y un transformador general estaban en la calle de la Reina, frente a mi casa y a la mis abuelos, y allí también tenía sus pertrechos el destacamento de operarios de tendido y mantenimiento de líneas. Uno de los primeros encargados antes de la guerra fue Rigodón, que vino de Tarazona. Recuerda mi padre que era socialista, y que su despacho estaba presidido por un gran cuadro de Pablo Iglesias. Él y su mujer, Alfonsa, eran muy amigos de mis abuelos, y también los chicos y chicas de una y otra familias. Igual ocurrió con otro que vino después, Fernando Pérez, que incluso uno de los hijos fue novio desgraciado de mi tía Felicidad, muerta muy joven. Y lo mismo con Ortiz y Tere, que eran de La Roda, y aquí tantos años estuvieron.

Era una pequeña compañía eléctrica, muy familiar, con padres e hijos trabajando juntos, que luego fue absorbida por Unión Eléctrica.


Casa de la Luz
Casa de la Luz, en la calle de la Reina

Volviendo a los apagones, eran tan habituales, que las palmatorias con una vela y su caja de cerillas estaban siempre en las cornisas de las cocinas y en las mesillas de noche de las alcobas. Si se necesitaba más luz (más de una vela) se usaban los candelabros, con diferentes brazos, en hierro, cobre, latón, de cerámica, de plata e incluso en casa de mucha alcurnia de oro.


Palmatorias y candelabros
Palmatorias y candelabros

Y tardo mucho tiempo en desaparecer el uso de los candiles, velones y quinqués, tan utilizados antaño cuando eran los únicos aparatos para proporcionar la luz.

Los candiles eran unas lámparas de hojalata, hierro o latón, de forma abarquillada, que tenían por delante un pico y por detrás un mango con una varilla y un garabato para colgarlo. Dentro de la parte abarquillada se acoplaba otra similar, más pequeña, que se llenaba de aceite, y en el pico se acoplaba la mecha o torcía de algodón, que es la que se encendía para dar la luz. En el campo, cuando no se tenía nada a mano, hasta una simple patata vaciada servía para contener el aceite y, con una mecha de fibra vegetal fabricar un rudimentario candil.

Otro utensilio que se empleaba en aquellos tiempos para alumbrarse era el velón, cacharro de metal que en su parte abombada central se depositaba el aceite o el petróleo y de la que salían uno o varios pitorros, en los que se colocaban las torcías para alumbrar. Solían tener un artístico soporte y un gancho para colgarse. Los había también de sobremesa.


Candiles, velones y lamparillas de aceite
Candiles, velones y lamparillas de aceite

El quinqué era una lámpara de mesa alimentada con petróleo o aceite, provista de tulipa de cristal y con luz regulable subiendo o bajando la torcía. De las mismas características eran los faroles, pero de formas más toscas, entre paredes de cristal, y con asa o mango para llevar o colgar.

En algunas casas empleaban lámparas de carburo, que daban una luz muy intensa, pero que por producir un olor desagradable no se utilizaban en sitios cerrados. Consistían en un depósito o reactor cuya finalidad era la producción de acetileno a partir del carburo de calcio y agua. Los puestos ambulantes de mercadillos y ferias eran muy partidarios de este sistema de alumbrado, antes de que aparecieran los farolillos de butano o los pequeños motogeneradores.


Quinqués, faroles y lámparas de carburo
Quinqués, faroles de petroleo y lámparas de carburo

El carburo lo empleábamos los chicos para hacer travesuras. Poníamos en el suelo, semienterrado boca abajo, un bote con un terroncito de carburo, y con otro bote echábamos agua encima o, simplemente, meábamos. Cuando el terroncito se humedecía, desprendía gases, y al acercarle la llama de una cerilla, el bote volaba por los aires.

Los modernos pilotos que se acoplan a un enchufe y mantienen una luz tenue, de vigilancia, en habitaciones de ancianos o de niños pequeños, por ejemplo, tenían antes su versión en las lamparillas de aceite con mariposas. Consistían en un vaso o taza con agua y aceite, sobre el que flotaban las tales mariposas, formadas por un trocito redondo de cartulina fuerte, del tamaño de un euro, y otro de corcho, unidos y pinchados ambos por el centro con una cerilla. Se hacían en las casas de manera artesanal o se compraban en las tiendas, de la marca San Juan Bosco, que posiblemente era la única a nivel nacional. Se empleaban también como lámparas votivas el día de los Difuntos.


Palomillas de aceite
Mariposas en aceite

INDICE

46 OFICIOS OLVIDADOS

Desde los años cincuenta del pasado siglo, ha sido tanta la evolución y modernización de la sociedad, que muchos oficios y tradiciones que durante años y años fueron imprescindibles en Campo de Criptana y en toda La Mancha para el desarrollo y normal desenvolvimiento de las gentes, hoy nadie practica y posiblemente quedarán desconocidos para las nuevas generaciones.

El talabartero y guarnicionero realizaba su labor trabajando el cuero y fabricando o arreglando guarniciones para caballería: monturas, albardas o cualquier tipo de aparejo. Las monturas son las sillas de los caballos; la albarda era la parte principal del aparejo o arreo de los animales de carga. El material utilizado era cuero, lona y lanas gordas denominadas estambres. Posteriormente, ya en los años 60, ante las dificultades que presentaba el trabajo, compaginaba las labores de talabartería y guarnicionería con las de tapicero y con cualquier otra tarea relacionada con el cuero.


Taller de guarnicionería
Taller de guarnicionería

Mi tío Juan José Herencia era guarnicionero en Criptana, en la calle del Caño, como lo fue su padre, y en los años del declive de la profesión tuvieron que marchar a Madrid. Aún guardo un cartapacio de colegial, de cuero, con un cierre de presilla, que me debió regalar —eso ya no lo recuerdo— por algún día de Reyes o cumpleaños. Había otros, ya que era un oficio pujante: Otilio El Perdío, Paco Herencia, Ramón Sánchez Quintanar, Prisillas, Chichones, José María el de Ceja, Andrés Santos, José Antonio Sánchez-Alarcos en su "Talabartería" de la calle Castillo…


Arreos de mula
Arreos de mula

En tiempos Carasio y luego El Chato la Marusa y el hermano Juan ejercían el oficio de estañador y lañador. Este último solía ir bastante desaliñado, ropa con mucha mugre, alpargatas medio rotas y barba de varios días, pitillo de liar entre los labios, con un hatillo en una mano y una lata con agujeros llena de ascuas y asa de alambre en la otra, que al balancearla al caminar desprendía humo del carbón y de los sarmientos que iban ardiendo en su interior. En el hatillo llevaba las herramientas, trozos de chapa, alambres para las lañas y el trompo o taladro para realizar los agujeros o enganches de las lañas.


El lañador y sus herramientas
El lañador y sus herramientas: cautín o soldador y taladro

Los cántaros, barreños, lebrillos, orzas, tinajas, pucheros, y fuentes de barro que se rajaban o rompían, no se tiraban —la economía de entonces no daba para más—, se guardaban para que el lañador los apañara uniendo con lañas y masillas especiales los trozos entre si. También, cuando los cacharros de porcelana se desportillaban o se salían, o las sartenes o peroles se desgastaban por el uso o por los muchos fregados con estropajo y arena, estos humildes artesanos los reparaban con remaches o, previamente decapadas las desconchaduras con vidriega, con gotas de barritas de plomo y estaño que fundían con el cautín o soldador caliente casi al rojo en el bote de las ascuas.


Otro lañador y cacharros
Otro lañador con sus trebejos y cacharros arreglados

Cuando yo y mis hermanos éramos pequeños, a mi casa iba el lañador todos los años antes de que llegara el calor. Empleaba el hombre varias horas en estañar el culo de un gran baño de zinc que sacábamos al sol para bañarnos. Estaba el pobre ya muy viejo —había pertenecido a mis abuelos—, pero lo cuidábamos como oro en paño porque era nuestra diversión en las largas tardes de verano.


La bañera de zinc
La bañera de zinc

Mi tía (tía abuela) Santiaga y mi tío Ramón tenían posada en el pueblo, un enorme caserón con la entrada principal por la calle del Cardenal Monescillo y las portás por la de la Soledad, con habitaciones, comedor, patio, corrales y cuadras para las caballerías. Los viajeros dormían en las habitaciones, pero en las cuadras se anunciaba: "Hay paja", y se sobrentendía que para el pienso de los animales y también para que se hicieran una cama y acostaran los arrieros. En la misma calle de la Soledad, esquina con la Plaza, hace muchos años estuvo la de Olmo, que luego pasó a Manuel Vaquero.

Otra más, la de Boluda, en el solar donde se formo la plazoleta de Don Ramón Baillo. Famosísima y enorme fue la de la calle Castillo; en ella se hospedo Azorín cuando aquí estuvo preparando el libro de La ruta del Quijote y una lápida en el lugar así lo atestigua. Una más, la de Aguedillo, en la calle Santa Ana. Y en algún lugar he leído que en la calle de la Virgen, antes que Iluminado construyera el edificio actual, estaba la casa de Quirós, cuyo escudo nobiliario rezaba: "Después de Dios la casa de Quirós", y que estaba alquilada a la Posada del Sol.


La posada de Ramón
Posada de Ramón. Patio interior y portá, por dentro, a la calle de la Soledad

Los meses de invierno eran propicios para la llegada a estas posadas de muleteros y gorrineros. Como en las cuadras no hacía frío, los espectadores permanecían allí por tiempo indefinido contemplando la exposición de las caballerías, pues en aquellos tiempos se gozaba viéndolas tanto o más que ahora los últimos modelos de coches o de motos


Tratantes de mulas
Tratantes de mulas

Las fondas o casas de huéspedes casi también han desaparecido: sólo admitían viajeros, nada de animales, y a veces con habitaciones de tres o más camas que había que compartir con desconocidos. Algunas también daban comidas: el plato del día, por supuesto. Recordamos la de Lucas y la Pintor.


Fondas
Fondas con cama y algunas comida

Hubo fábrica de chocolates en Criptana: la creada por Pablo Escribano Sánchez-Manjavacas (Pablete) y Pablo Fernández Ramírez en la calle Cardenal Monescillo. En los bajos de la casa tenía su tienda de comestibles Pablete y luego Ángel Olivares (Veneno). Más tarde se separaron y Pablo Fernández la trasladó a la calle de la Virgen, con El Negus de oficial, fabricando en distintas épocas tres marcas de chocolate a la taza: Los Glotones, Pablito y Alfonsito. Y Pablo Escribano, que ya elaboraba por su cuenta galletas, otros productos dietéticos y también al principio chocolates en ese local de la calle de la Virgen cedido a su ex socio, abrió otra fábrica en la Avda de Juan Carlos I, en una especie de chalé frente al Parque, para continuar su producción.

Antes, para bodas comuniones, bautizos y Semana Santa se hacían magdalenas, mantecados, rosquillos y galletas. Se llevaban los ingredientes al horno y después de toda una tarde de laboriosidad, por la noche te traías tus buenos cestos de "cochura". Recuerdo a tres mujeres que tenían horno en casa y se dedicaban a este menester: la Alejandra, por el Pozohondo; la Vicenta, madre de Ramón el de la posada, por la Tercia, y la Angelita, por la calle de la Reina.


Hornos de cocer
Magdalenas y rosquillos

Pepe El Recadista, y Faustiniano Hidalgo, con cuarto abierto en la calle de la Virgen, frente a la del Castillo, eran sucesores de los antiguos cosarios que con carro y mula llevaban y traían cosas y pasajeros de un pueblo a otro. El viaje normal era a Madrid y ocasionalmente a Ciudad Real. El medio de locomoción, el tren, y se encargaban de recoger o llevar paquetes, comprar algún producto o realizar cualquier tipo de diligencia. Luego Pepe se estableció en la misma calle pero un poquito más abajo y en la acera contraría. E igualmente recaderos o recadistas fueron Manuel Vaquero Angulo, en la Plaza, al que sustituyó por su pronto fallecimiento su cuñado Pablo Ortiz Muñoz-Quirós; Roberto Martín Serrano, en Monescillo 3, y Daniel Escribano, en la calle Murcia.


Recaderos
De vuelta al pueblo con los encargos

El pregonero, con su chaqueta gris oficial, pantalones de pana y correaje al pecho, era un funcionario de los ayuntamientos que convocaba a toque de trompetín cornicabra y cantaba por las calles de los pueblos, con su cantinela característica, noticias o avisos que interesaba que todos conocieran: "De parte del señor alcalde, se hace saber...". Anunciaba, igualmente, la visita de algún vendedor y el sitio donde se iba a instalar durante unos días. En Criptana, el último pregonero, Jerónimo Díaz-Parreño, con su gorra de plato y bien visibles las letras V P (Vox pópuli: Voz del pueblo) encima de la Visera, que él, con su habitual socarronería, traducía por: "Vino Puro"


El pregonero
El pregonero

Mi padre recuerda que cuando él era chico existía en el pueblo la figura del sereno, especie de policía que recorría las calles anunciando la hora y las inclemencias del tiempo: "Las once de la noche y lloviendo" El afilador

Deben quedar poquísimos afiladores, pero aún alguna mañana se oye el viejo y singular sonido de la pequeña flauta que anuncia su presencia, convocando a amas de casa, carniceros y pescaderos, con la rueda de afilar montada sobre la bicicleta o la motocicleta. También afilaba y hacía navajas y cuchillos Sigelio, en su minúsculo taller de la calle de la Reina.


El afilador
El afilador

Desaparecieron los fotógrafos ambulantes que venían al principio de Madrid. Quién no guarda en su casa una vieja fotografía familiar de "La Foto Eléctrica", en Fuencarral, 10. Luego fue gente que montó el estudio, con sus focos y sus aparatos, pero que salía fuera para captar la instantánea precisa, sobre todo en romerías, el agosto, la vendimia y fiestas señaladas como carnavales, ferias o Semana Santa: Donato Sánchez, de Manzanares, allá por 1885; por la misma época, Nicanor Cañas, de Tomelloso, que aquí tenía delegación, y luego su hijo Jesús hacia 1912; Benjamín Esperón, con estudios en Alcázar, Criptana y Herencia; Muñoz, en la calle Soledad 6, local luego regentado por los hermanos Esteban y Primitivo Molina; Vicente Sánchez Chuliá, de origen levantino, que aquí se afincó en 1910, y luego su hijo Isidro; Alfredo (padre), continuado por el hijo, Alfredo Díaz, que sentó escuela, y ahora por el nieto; los de la PBL, que eran de Alcázar; en el mismo local, en la rinconada junto al teatro Cervantes, DUMNY, de Isidro de las Heras, que ejerció de manchego aunque no lo fuera, y posteriormente Manzanares, Malmira. Sin olvidar a José Luís Manzaneque, que ha sabido recoger y guardar para la posterioridad muchas tradiciones hoy perdidas.


La Foto Eléctrica. Mi madre en 1934
"La Foto Eléctrica". Mi madre en 1934

Desaparecieron las mulas y desapareció la vieja estampa del herrador, con su mandil de cuero, herrando a estos dóciles animales. Ya es difícil encontrar alguna herradura como sucedía antaño, y que según la creencia popular, se colgaba detrás de la puerta porque traía buena suerte. En Criptana ejercían de veterinarios y tenían banco para herrar don Demetrio, en el Pozo Hondo, con Jesús Sanz como oficial herrador; don Ángel Herreros, padre e hijo, ambos en la carretera de Alcázar; don Tomás Ortolozábal, también en la carretera, nada más dar la vuelta al Tumbillo; don Pablo Nieto, en la calle del Convento; don Francisco Reillo, al principio de la calle de la Reina; don Feliciano León, que vivía en la calle de Santa Ana y el banco de herrador lo tenía por las portadas a la calle Murcia, y un hijo del anterior, Paco, que marchó pronto a Almagro.

Aunque los herradores tenían abierto todo el día, eran muchos los hombres que se acercaban con las bestias al atardecer, cuando se regresaba a casa después de las tareas del campo. El herrador procedía, en primer lugar, a quitar las viejas herraduras, arrancando los clavos que las sujetaban con unas tenazas o un martillo especial. A veces, limpiaba los cascos, que podían estar encallecidos, con un cuchillo que eliminaba las durezas. Clavar la herradura era una operación muy especial, pues si los clavos no se introducían en el ángulo correcto, podía desgraciar al animal de por vida.


Herradores
Herradores

La hermana Palomaras actuaba de basurera. No es que fuera empleada municipal; lo que hacía era ir por las calles recogiendo boñigas de las caballerías, las llevaba a su casa y dejaba que pudrieran en el barranco y luego vendía como abono. "Hay gente para to", que dijo alguno.


Boñigas
Boñigas

Los peluqueros siguen existiendo, pero pocos o ninguno son los clientes que acuden a rasurarse la barba. Antes se hacían con ellos igualas para un número determinado de afeitados a la semana, incluso acudiendo a la propia casa. Alguno trabajaba sólo en plan ambulante, con su maletín de madera para guardar todos los trastos, como Ferraz o Porrino, éste incluso en su doble vertiente de esquilador de mulas y borricos. Pero mucho antes, el barbero era con frecuencia el sacamuelas, el que ponía sanguijuelas para extraer sangre y el que incluso hacía sangrías, remedio bárbaro de muchas enfermedades.


Antiguos barberos

Antiguos barberos
Utensilios de los antiguos barberos

Hace muchísimo tiempo que no se ven copleros, tullidos o disminuidos físicos que recorrían los pueblos entonando coplas que relataban los sucesos escabrosos ocurridos en toda España, y que vendían impresos en cuartillas de colores.

Otra de las profesiones hoy desaparecidas es la de campanero. En Criptana, Francisco y luego Fructuoso han sido virtuosos: tocaban al alba, al Ángelus, a misas (los domingos con tres toques espaciados para cada una de ellas. El tercer toque anunciaba el inicio), al rosario de la tarde, a muerto, a fuego, a las Horas: Vísperas, Nonas, Ánimas... Y cada uno de ellos con un toque o repiqueteo distinto. Hubo párrocos de los alrededores que los grabaron para reproducirlos en sus iglesias por megafonía. En muchos sitios los campaneros han sido sustituidos por sistemas eléctricos automáticos y programados.


Los campaneros
Francisco y Fructuoso, geniales campaneros

Marcelo llevaba las sacas de correspondencia desde la estación hasta la oficina de Correos, y aprovechaba para subir o bajar también viajeros en su viejo coche, tipo diligencia, tirado por un caballo. Era una estampa que resultaba incluso anacrónica en aquellos tiempos.

Ramón Rodrigo, el de la Posada, de la calle del Cardenal Monescillo antes aludido, mantuvo durante mucho tiempo la exclusiva de subir y bajar la paquetería a la estación. Tenía dos carros para tal menester y uno de ellos lo llevaba Venancio Quintanar, un tío abuelo mío. La concesión pasó luego a Leonardo Recio, que hacia el trabajo con una camioneta.

En las fraguas reparaban todo el utillaje de labranza. Con el continuo laboreo las rejas del arado adquirían un progresivo redondeo, y era necesario repararlas. La iguala a pagar era establecida en relación con las hectáreas de terreno que poseía cada campesino. En Criptana había varias: la de Antonio Romero en el Tumbillo, la de Jose Vicente Arteaga en la calle de la Concepción, la de Canalejas, la de Cabila, la de Peina, Rosario Salido, Pepe Torres, Matías, Sebastián Casero, Lilla, Rafael en la calle de la Reina


Fragua
Fragua

Caldereros a la antigua usanza a punto de desaparecer, como los Fernández y los Mellado, toda una saga, diestros al principio en trabajar el cobre y especialistas en maquinaria e instalaciones para bodegas y aparatos de alcohol. Timoteo Mellado, oriundo de Madridejos, se estableció en Criptana y abrió el taller de calderería en la hoy travesía de Blasco Ibáñez. Allí siguieron sus hijos: Timoteo, Luís y Gabriel, conocidos por los Timoteos o los Timo. Hoy continúan los nietos: Gabriel y Moncho, que han diversificado sus trabajos.


Taller de calderería
Viejos aparatos de soldadura autógena y eléctrica de un taller de calderería

Parientes son los Mellado Merchán. El padre, Faustino, sartenero y lañador, que vino después, puso el taller al principio de la calle del Monte. Luego los hijos: Genaro, Rafael, Pepe y Ernesto —los mayores aprendieron el oficio de calderero con los Timo— se instalaron en la Avda. de Agustín de la Fuente. Posiblemente sea Ernesto el último que guarda el tesoro de los rudimentos de los antiguos caldereros, y con él desaparezca en Criptana el oficio tradicional.

Y Juan José Fernández, Coleta, que aprendió el oficio en los astilleros de Valencia y abrió la calderería en El Tumbillo. A ella se incorporó Luís Mellado, emparentado con él al casarse con una hija. Hoy es el hijo, Juan José, quien dirige la empresa familiar, TAFYMSA (Talleres Fernández y Mellado, S. A.), dedicada a fabricar cisternas para el transporte. Estuvieron en la calle Colón y ahora en el polígono industrial del Pozo Hondo.


Caldereros
Bodega con aparatos de destilación, trabajo en el que eran especialistas nuestros caldereros

Existen aún mecánicos de bicicletas en Criptana —ahora, casi más bien de motos—, pero se jubiló y ya murió el más emblemático de todos: Joaquín. A cualquier hora estaba siempre dispuesto, siempre amable: un hombre bueno.

Se murió hace años José María Cruz —cariñosamente, El Tonto, pero que no era tal—, que a su diestro oficio de relojero añadía el de tamborilero, acompañando o anunciando las llegadas de las procesiones de la Virgen de Criptana y del Cristo de Villajos, los Patronos del pueblo

Imprentas e impresores a lo antiguo, como Rafael Muñoz, Pájaro Frito, en "La Constancia", o Flores y Díaz-Hellín en "Flordy".


Oficios desaparecidos
Joaquín García, Juan María Cruz El Tonto y Rafael Muñoz Pájaro Frito

Los tintoreros eran hacedores del milagro de convertir una prenda vieja en otra de estreno. El tinte se podía hacer en casa, comprando un sobre de "Iberia" en una droguería (en casa Calzado, por ejemplo) pero si de verdad se quería un cambio garantizado, sin chapuzas y con colores bien definidos había que acudir al tintorero. Las tintorerías eran como una especie de oficina de guardia donde, a cualquier hora del día o de la noche, se podía recurrir al teñido en negro de una prenda cuando el luto había llamado inesperadamente a una puerta. Desaparecieron los tintes, ya no merece la pena, pero quedan las tintorerías, donde se lavan y planchan cualquier tipo de ropas. Solían tener gente que cosía para ellos y daban vueltas —eran otros tiempos— y cambiaban de estilo a los abrigos. Otra tía abuela mía, Dolores, sastra de oficio por su cuenta, era especialista en este menester, además de otras cosas que serían impensables hoy en día, como sacar de unos pantalones viejos del padre uno para el hijo. Hacía todo sin medir, sólo había que llevarle una prenda de muestra.


Tintoreros

Esta tía abuela mía, Dolores, tiene su historia, propia de Capuletos y Montescos, las familias de Romeo y Julieta en la tragedia shakespeariana. Mi bisabuelo era El Rey, mote que uno pude imaginar el porqué, y Dolores, mi abuela Pepa y todas las demás hermanas Reinas... o acaso Princesas. Dolores tuvo un pretendiente no bien visto por la familia, rechazado para decirlo a las claras. Un día del Corpus, a la salida de misa, se plantó delante de ella y le espetó: "O para mí o para nadie", al mismo tiempo que descargaba un pistolón. La suerte fue que el disparo rebotó en un medallón que llevaba sobre el pecho. Pero a una amiga que la acompañaba le dio tal soponcio que cayó al suelo desmayada, y, creyendo el pretendiente que la había matado, corrió desesperado hacia la estación y se suicido tirándose a un tren. Desde entonces, ningún día del Corpus la tía Dolores salió a la calle.


La máquina de coser de mi tía Dolores
La máquina de coser de mi tía Dolores

"¡El botijero! ¡Botijos que hacen el agua fresquita! ¡El botijero!". Recorrían las calles con su cargamento de barro cuidadosamente alojado entre pajas a lomos de un viejo borriquillo.

En las fechas próximas a las matanzas, llegaban vendedores de especias como pimentón, canela, clavo, orégano, alcaravea, pimienta o laurel.


El botijero
El botijero

Arreborrica, el hojalatero, realizaba utensilios de cocina y otros menesteres. Debía tener conocimientos de geometría y de cálculo, pues, de hojalata o de zinc eran las medidas de capacidad para líquidos, y, en consecuencia, recibía encargos de recipientes que, además de ser de una determinada forma geométrica, su contenido tendría que ajustarse exactamente al litro, la arroba o sus fracciones respectivas de medio, cuarto y octavo. En su taller fabricaba una gran variedad de utensilios para muy distintos fines: cántaros para leche o aceite, cogedores para las tiendas de comestibles, jarros de diversa capacidad, grandes recipientes para el aseo de toda la familia en las viviendas que carecían de cuarto de baño, artilugios para la fabricación de churros, moldes de confitería, embudos, candiles, faroles, alcuzas... La lista se haría interminable. Alguna veces se le aportaba el material, alguna lata grande recogida en tiendas de ultramarinos —las de leche condensada, aunque pequeñas, eran muy apreciadas— o un bidón de los de aceite, y así resultaba más barato el encargo.


Trabajos de hojalatero
Trabajos de hojalatero

Las hermanas Francisca y María del Carmen, que vivieron en Tomelloso y a Criptana —su pueblo— regresaron ya mayores, han sido las últimas hojalateras a pequeña escala, porque lo suyo era más bien el estañado y el arreglo como los lañadores.


Las últimas hojalateras
Francisca y María del Carmen, las última hojalateras de Criptana

Lola, la alpargatera, utilizaba siempre las manos y un banco de madera para trabajar, y unas tijeras, lezna y aguja para coser las suelas urdidas de yute seleccionado y luego los cortes de loneta, el empeine y las cintas. También las hacía con suelo de goma. Miguel, que vino de Crevillente, se instaló en la calle del Cardenal Monescillo, y también elaboraba alpargatas en la trastienda.


La alpargatera
La alpargatera

Los zapateros remendones, que arreglaban los zapatos que por el uso excesivo terminaban por descoserse, desgastarse y agujerearse. Ponían tacones nuevos, herretes, punteras, medias suelas y recosían y recosían. Se llegaba al extremo de reparaciones, que de la parte original de algunos pares de zapatos ya no quedaba nada. Pero es que antes la gente ahorraba y aprovechaba mucho. Quedan algunos, pero dedicados la inmensa mayoría de las veces a recomponer tacones.

Se decía de los zapateros que eran muy charlatanes: "Zapatero que no charla, el trabajo falla". Tal vez por eso, a nuestro buen vecino Cayo Mínguez, El Zapa, nunca le faltaba gente en el taller, discutiendo en animada tertulia de toros, fútbol, de las cosas del pueblo o del Gobierno si fuera menester. ¿Quién no se acuerda de Pinorra, en la calle del Caño?


Zapateros
Francisco Iniesta Pinorra

Colchoneros, vareadores de la lana apelmazada en el vientre de los colchones, dormida y apretada en el letargo del largo invierno. Había que espabilarla, desentumecerla y esponjarla a base de varetazos


Vareadora de lana
Vareadora de lana

Carpinteros a la antigua usanza, como fueron Los Pinchos, León y luego su oficial Juan José (El Carpinterete), los hermanos Rafael y Teudiselo López-Casero, Teodomiro, Desiderio, Torres, los Tablas, los Bustamante, los Porrero o Ruperto, artesanos de pies a cabeza, que además de confeccionar la pieza que le pidieran, solían adornarla hasta crear obras de verdadero mérito. Y casi obras de arte eran las creadas por los que se metían con la madera más en fino, los ebanistas, como Manuel Herencia Vela, del que aprendió el oficio su sobrino Ángel Herencia, con taller primero en la calle Murcia y luego en la carretera del Alcázar, junto a la entonces bodega de Simpliciano, o también El Andaluz, que vino después de la guerra desde Bujalance


Carpinteros
Carpinteros a la antigua usanza como Juan José Leal El Carpinterete o Julíán Porrero

Otros que hacían carros y galeras, tan necesarios en otros tiempos: Abel y Santiago Calonge, Eladio Olivares, Amador Salido, Julián Vela (Cortezas), Isidoro Escribano (El Carreterillo), Paco Calonge, los hermanos Amaro y Bartolo Torres, los hermanos José y Severiano Lucas, Ángel Sánchez, Julio Casero, Manuel Sánchez, los hermanos Díaz-Hellín (Los Nipópolos), Machotas...


Carreteros
Carreteros como Julián Díaz-Hellín Nipópolo o Eladio Olivares

Los esparteros, que tejían aguaderas, seras, espuertas y esportillos, esteras, forros para recubrir el suelo y los laterales de carros y galeras, y multitud de otras cosas menores: asientos para sillas, moldes para quesos, soplillos, capachos, forros de botellas y garrafas y todo tipo de sogas, cordelillos y ataderos. En Criptana, Salcedo, siempre sentado en una silla de madera en la puerta de su casa, en la calle Castillo, dale que te dale con su pleita y el manojo de esparto bajo el brazo. Con el mismo material, los hermanos Nicéforo y Manuel de Ceja, que eran cordeleros.


Esparteros

Las peinadoras, como La Tonina y la Apolonia, realizaban todas las mañanas, de casa en casa, su función, además de ir contando todos los chismes que ocurrían en la vecindad, desarrollando el importante papel de "correo" del cotilleo. Muchas mujeres mayores remataban su cabeza con un gran moño —era la costumbre—, y la larga melena necesaria resultaba imposible de gobernar sin la ayuda de estas habituales madrugadoras. Las señoras se sentaban en una silla, con su peinador puesto (especie de capelina para evitar que los pelos cayeran sobre la ropa) y la caja de los peines con tapa decorada desplegada, y la peinadora por detrás, ejecutaba cuidada y esmeradamente su tarea, untando bien con un cepillo de fijador de bandolina —tenía que durar el peinado varios días— y marcando en los laterales las típicas ondas manchegas con unas pinzas especiales que se calentaban en la lumbre y que luego se retiraban. La bandolina era una especie de engrudo que se hacía con huesos de ciruela hervidos, o con zaragatona, una planta que, también hervida, soltaba un líquido fijador parecido a las gominas actuales.


Peinadoras
Pinzas, caja de peines y peinador

Los santeros eran una de las figuras más populares, con sus ermitillas al hombro, bien del Cristo de Villajos o de la Virgen de Criptana, curtidos por el sol y mil aires en sus continuas idas y venidas del pueblo a los santuarios y de los santuarios al pueblo, en demanda de las limosnas de los devotos.

Pocos o nadie en Criptana crían y matan gorrinos. Jesús Manzaneque, Foril, que se retiro del oficio de matarife en 1992 —su padre y su abuelo también lo habían sido—, algunos años llegó a matar hasta setecientos cerdos en las casas particulares. También Galo, compaginaba sus labores de bodeguero con los Ludeña y sus buenas artes de matarife.


Oficios desaparecidos
Ángel Leal Morales Guerretas, que fue santero de la Virgen y Jesús Manzaneque Foril (matarife)

La desaparición de las carbonerías y de los carboneros era inevitable: ya no hay cocinas económicas; el carbón casi desapareció de las calefacciones, y casi nadie se acuerda de los braseros (pies calientes y espalda fría) de picón o de canutillo, aquellos que daban un tufo tremendo y con los que salían cabrillas en las piernas. Carboneros en el recuerdo como Serrano (El Niño Blando), en la calle del Convento, donde antes hubo un herrador; Simpliciano Olivares, en la Calle de la Virgen; José María Albacete, primero en La Tercia y luego en la calle del Maestro Manzanares; Leonardo, camionero y carbonero, en la calle de la Concepción, y Foril, polifacético, con su mujer, claro, la Forila, en la calle Miguel Servet, que aún tenían tiempo para comerciar con otro tipo de géneros y para preparar y vender berenjenas en la Plaza.


Carboneros
Carbón de encina, carbón mineral (de piedra, se decía) y brasero de picón

Viejos y entrañables oficios que han pasado al olvido y con ellos sus personajes, algunos notables, sobresalientes y con matrícula en una forma de vida que se resistió a desaparecer pero que ya no volverá.

Algunas viejas tareas siguen a duras penas, pero son habilidad de muy pocos. Gregoria Olivares es casi la única amortajadora profesional, oficio que ya aprendió de su madre. Los hábitos más usuales que confecciona son de la Virgen del Carmen, de la Soledad, de Santa Rita y del Padre Damián. ¡Y cómo no citar a Jesús Antonio!, rezador del Rosario de difuntos —ya lo hacía su abuelo— , en las casas particulares según antes era tradición o en la iglesia del Convento desde los años ochenta.

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47 PLEITA Y TOMIZA

El esparto crece espontáneamente en terrenos áridos y pedregosos de muchas zonas de La Mancha. De los bordes de esta planta salen dos hilos que se arrancan cuando están verdes; estos hilos son la base de los aparejos del esparto: trenzados a tres ramales formando cordeles son las llamadas tomizas, y tejidos formando tiras anchas, las pleitas. La pleita se cosía normalmente con tomizas, y se basteaban (se reforzaban) con tomizas más gruesas llamadas tomizones.


Planta de esparto
Planta de esparto

Puede utilizarse enseguida de haber sido arrancado, siempre y cuando haya estado durante unos veinticinco días secándose al sol, con lo que pierde peso, pero adquiere el color dorado característico. Después, los manojos se estrujan con la mano o se golpean con mazas de madera sobre una piedra para que resulten más flexibles, y se introducen en agua durante un día para que consigan más suavidad. Este tipo recibe el nombre de esparto crudo o en rama, muy utilizado para hacer pleitas.

También puede utilizarse cocido, para hacer tomiza, escaldándolo en una caldera para ablandarlo.


Tomiza
Tomiza

Hay 4 tipos de trenzados, el de cinco, de quince, de diecisiete y veintiún ramales de pleita. Con estos 4 tipos de trenzados podemos hacer, aguaderas, utilizadas para traer cántaros de agua; serones, de forma alargada, como barcas, ideales para llevar el estiércol al campo o para traer melones o sandías; seras, de forma cilíndrica y de altura aproximada de un metro, empleadas para el transporte de aceitunas, uvas o cualquier otro producto; espuertas y esportillos, como las seras pero en tamaño decreciente; ceberos, utilizados en las cuadras para echar de comer a las caballerías; esteras, cuadradas y redondas; forros para recubrir el suelo y los laterales de carros y galeras, y multitud de otras cosas menores: asientos para sillas, moldes para quesos, soplillos, capachos, forros de botellas y garrafas y todo tipo de sogas, cordelillos y ataderos.


Pleita
Pleita

Tanto la fabricación como la reparación de todos estos utensilios se llevaba a cabo por casi todos los labradores de los pueblos; sólo con sus manos y alguna rudimentaria aguja fabricada por el herrero.

También había artesanos especializados: los esparteros, que se transmitían el oficio de padres a hijos; pero, en los años sesenta la goma se apoderó del esparto, entre otras cosas porque era más resistente a las inclemencias del tiempo, y las seras y espuertas perdieron su utilidad.


Trabajos con el esparto
Espartero, aguarones y burro con serón

Aún hoy quedan personas, normalmente de edad avanzada, dedicadas a estos menesteres, aunque solo por entretenimiento o para rellenar unos ratos de ocio.

Recuerdo en Criptana a Salcedo, El Espartero, siempre sentado en una silla de madera en la puerta de su casa, en la calle Castillo, dale que te dale con su pleita y el manojo de esparto bajo el brazo. Elegía los más largos, los colocaba de ocho en ocho, planos y en paralelo, formaba una especie de cinta, que entre sus manos, con otros dos conjuntos iguales, iba entrecruzando con sus ágiles manos para ir trenzando las fajas de pleita de mayor o menor anchura. A veces ayudaba su mujer, y también los hijos hasta que se hicieron mayores. Luego éstos no siguieron en el oficio; vino la crisis del uso del esparto y se dedicaron al transporte con camiones.


Trabajos con el esparto
Sera, espuerta, soplillos, garrafa forrada y esportillos

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48 LAS CANASTAS

Las canastas y sus diversas variantes (canastos, canastillas, cestillos...) eran cestas de mimbre o caña, redondas u ovaladas (algunas cuadradas: bandejas), de boca ancha, de distintos tamaños, a veces con tapas, que se utilizaban en las casas para multitud de menesteres: tareas agrícolas, bolsos, almacenar la cochura (rosquillos, mantecados y demás dulcería casera), recoger la ropa usada para lavar, o la limpia del tendedero hasta que se repasaba y planchaba, guardar el pan, las patatas, la fruta o los apaños de costura ...


Trabajos con mimbre
Trabajos con mimbre

Además de algunos artesanos locales (en La Mancha, especialistas en forrar garrafas de vidrio para el vino), por los pueblos iban vendiendo las canastas gentes de raza gitana —los "canasteros"—, nómadas, que con carromatos arrastrados por mulillas o borriquillos acampaban en las afueras de las poblaciones y recorrían las calles anunciando su mercancía, muchas veces a cambio de algo de comida.


La canastera
La canastera, de Beatriz Barrientos

En las vegas, junto a los ríos, crecían frondosos mimbres de los que cortaban las ramas, que utilizaban unas veces peladas, de color blanco, y otras con la corteza, más oscuras.

Después las dejaban secar y, posteriormente, agrupadas en haces, las almacenaban en lugares protegidos del sol directo. Antes de ser utilizadas tenían que someterse a remojo, para que adquirieran la flexibilidad que requería el trabajo.

Las cañas se localizaban en los fondos húmedos de los barrancos, donde estaban los cañaverales. Una vez cortadas, procedían a la división en astillas longitudinales.


Mimbres y cañas
Mimbres y cañas

La conformación de un cesto comenzaba con la elaboración del fondo, entretejiendo las varas madre, que salían hacia arriba para el levantamiento de las paredes, y sobre las que se hacía el entramado con la caña o el mimbre. Finalmente se colocan las asas y se remata del borde.


Trabajos con caña
Trabajos con caña

Otro material muy utilizado para cestas era la paja de centeno entera y sin quebrantar, cosida con cordelillos de esparto y reforzadas en rebordes y asas con soguillas trenzadas. También se empleaba para hacer serijos y forrar botellas o garrafas.

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49 LOS SILLEROS

La enea nace silvestre en las márgenes de los ríos. Es una planta de largas hojas, propia de lugares húmedos. La época idónea para su recolección es en los meses de julio y agosto. Se recoge cortándola con una hoz. Después se extiende al sol, en un sitio llano, para que las hojas se decoloren y queden amarillentas, perdiendo el verdor natural. Pasados unos quince días puede ser recogida en manojos. De esta forma se conserva varios años, en un lugar seco, bastando con introducirla cuatro horas antes de ser utilizada en agua, para que recobre su flexibilidad primitiva.


Planta de enea
Planta de enea

La enea, o anea, es la materia prima fundamental para confeccionar asientos para sillas y sillones. La persona que se encargaba de hacer los asientos se llamaba sillero. El sillero era artesano de dedicación complementaria. Durante la primavera, el verano y el otoño se dedicaba a las tareas del campo, pero en invierno trabajaba en la confección y arreglo de sillas, y también banastas serijos y garrafas, aportando con este quehacer alguna ayuda a la economía familiar y entreteniéndose al mismo tiempo en las largas veladas invernales. En Criptana, La Maya era la que solía arreglarnos en casa los asientos de las sillas que quedaban estropeados por el uso.


Trabajos con enea
Trabajos con enea

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50 EL ENCAJE DE BOLILLOS

El encaje de bolillos es una labor que se realiza en La Mancha desde época muy antigua, hoy en plena recuperación gracias a los cursos que se realizan para que ésta tradición no desaparezca y sea aprendida por las nuevas generaciones.

El encaje es un tejido ornamental, formado por hilos de seda, lino, algodón, oro o plata, entrecruzados, torcidos o anudados, que consiguen motivos definidos, y para los que se usa la aguja o los bolillos. Refiriéndonos al encaje de bolillos, se puede añadir que se trabaja sobre un patrón de papel, dibujado y agujereado, sujeto a una almohadilla, en donde los hilos pendientes y arrollados en los bolillos, van tejiendo lo que indica el dibujo. Las diferentes vueltas y entrecruzamientos de estos hilos, se sujetan con alfileres (agujillas) que atraviesan el patrón (picao) y se clavan en la almohadilla, coincidiendo con los agujeros del dibujo.


Encaje de bolillos
Encaje de bolillos

Para realizar encaje de bolillos se necesita almohadilla, picaos ó patrones, bolillos, hilo, alfileres y escalerilla.

La almohadilla o mundillo de forma cilíndrica y alargada, es una bolsa de lienzo, rellena con paja o crin y recubierta de papel. Sobre ella se pega el picao (antes con engrudo: pasta viscosa que se hace con harina y agua).

Los picaos son patrones , con dibujos del encaje picados a mano, en papel, cartón o papel tela, que por algunas zonas se solían teñir con azafrán para poder distinguir mejor la hebra de hilo.

Los bolillos son palillos de madera (boj, preferentemente, o pino), torneados o trabajados a mano, que se dividen en tres partes: el mango, la caja y la cabeza. En la caja va el hilo arrollado, la cabeza sujeta la vuelta del hilo y el mango es la parte que toma la encajera. El número de bolillos que se usan para cada labor depende del ancho de ésta. Para las puntillas muy estrechas basta con una docena, pero hay encajes que pueden llevan varias docenas, y para el profano parece un laberinto saber cuáles corresponde coger.


Encaje de bolillos
Almohadilla, bolillos y patron moderno realizado por ordenador

El hilo se emplea de todos los tipos y gruesos, pero hay algunos más usados porque se adaptan mejor a la realización del encaje.

Los alfileres o agujillas se suelen usar con cabezas de colores. Para los trabajos más delicados, como la blonda, se ponen alfileres dorados, inoxidables, que llaman planchicas.

La escalerilla es un soporte de madera, sencillo y en forma de trípode, de unos 60 cm. de alto. La encajera, trabaja sentada en silla baja de enea, apoyando la almohadilla sobre las rodillas y la escalerilla.


Encaje de bolillos
Almohadilla sobre soporte

Hay que distinguir dos tipos bien diferenciados del encaje de bolillos: el realizado en seda, proyectado principalmente para la mantilla española, y el de hilo, con infinidad de dibujos y formatos, uno de ellos, muy típico, el de las aplicaciones para incrustar en la tela.

Los encajes se conocen y dividen según las partes que los componen: el pié, los picos o corona, el fondo de mallas iguales ó desiguales, y los puntos. Éstos pueden ser de bruja, bretón, de cadeneta, encontrado, lanceado, de medio punto, abierto y de carrerilla.

Los dibujos más representativos son: la pluma, la campana, la flor cubana, la peineta, la espiga, el corazón, la pera, la raspa, el pensamiento, el abanico, etc.

Las creaciones que se consiguen con los bolillos son muy variadas, desde encajes para adornar sabanas, toallas, mantelerías; hasta tapetes para las mesas, pañuelos, colchas, guantes, abanicos, etc.


Encaje de bolillos
Diversos encajes realizados con bolillos

Sobre los orígenes de los bolillos se especula mucho ¿Flandes, Italia o España? Lo que está claro es que la moda de los encajes de bolillos se extendió rápidamente y su máximo esplendor estuvo en los fabulosos cuellos y puños del siglo XVII. No hay más que ver los cuadros de Van Dyck o Velázquez para apreciar dos formas diferentes de utilizarlos, unos almidonados y encañonados y otros con su caída natural.


Encajeras de Criptana
Encajeras de Criptana

En España cuando se dice que una pieza de encaje es de Almagro significa que es un encaje de bolillos.

En la segunda mitad del siglo XVI se hicieron cargo de la explotación de las minas de mercurio de Almadén, en Ciudad Real, los Fugger, que vinieron con Carlos I. Los Fúcares, como se les llamó en España, dirigieron esta explotación desde la ciudad de Almagro, y se supone que con ellos trajeron los encajes de bolillos. Desde luego, lo que si parece es que a partir de esta época hubo un auge de la fabricación de encajes de bolillos en toda la zona del Campo de Calatrava, en La Mancha.

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FIN CRIPTANA 5