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11 DUELOS, PÉSAMES, LUTOS Y ENTIERROS

"Están de duelo". Así se decía en Criptana y se sigue diciendo de los allegados al que acaba de dejar la tierra. Mucho han cambiado las formas... O poco, según se mire. Ahora el duelo se hace en los tanatorios, complejos funerarios donde ofrecen sala para el velatorio del muerto hasta el momento de su enterramiento, oficina para los trámites pertinentes, capilla y hasta cafetería. Los habíamos visto en las películas americanas, pero ya los tenemos entre nosotros.

Antes era deseo, tanto por parte de quien se encontraba en el lecho del dolor como de los familiares, que la muerte aconteciera en la propia casa, para sentirse acompañado de todos los suyos. Así que, cuando llegaban los avisos claros de que todo era inminente, alguna persona de la familia o de la vecindad se encargaba de avisar a los curas, para que vinieran a darle la Extremaunción. Pronto acudía el sacerdote, cubierto con el humeral o paño de hombros y envolviendo los santos óleos y el portaviático. Iba acompañado de un monaguillo tocando una campanilla, y todos los que con él se encontraban detenían el paso y se hincaban de rodillas.


Viático
Viático

Apenas expiraba la persona, comenzaba todo un proceso de papeleo para la obtención del certificado de defunción, preparación de la tumba y aviso a los enterradores, elección del féretro y, por supuesto, aviso en la parroquia para señalar la hora del entierro y para que las campanas tocaran a muerto y se enterara todo el pueblo.

—¿Quién se ha muerto? —preguntaban y preguntan las gentes—, al oír el doblar tan característico de las campanas.

Hoy de los trámites se encargan las aseguradoras de decesos. Que para eso algunos están pagando su cuota durante toda la vida, e incluso las misas.


Llorando al muerto
Llorando al muerto

La mortaja, la vestidura que se pone al difunto es muy importante, y había que hacerlo pronto, antes de que el cuerpo quedara rígido, y no olvidar cerrarle los ojos y ponerle un pañuelo atado desde la barbilla hasta la cabeza para evitar que quedara fea y deformada la boca.


Preparando al muerto

Había muchas personas que preparaban en vida sus mortajas —ya, menos—, sobre todo mujeres, y las tenían guardadas cuidadosamente en una caja de cartón con bolitas de alcanfor, en secreto, y sólo cuando veían acercarse el final comunicaban su existencia.

Siempre han existido amortajadoras profesionales, como Gregoria Olivares en Criptana, oficio que ya aprendió de su madre. La mortaja más corriente: el sudario, tapado el cuerpo completamente, menos la cara, con una sábana blanca. También vestiduras especiales, el traje de novia en el caso de muchachas jóvenes o los diversos hábitos, sobre todo el de la Virgen del Carmen, tan ligada a la devoción por las Ánimas del Purgatorio, o al menos el escapulario.

Para los hombres, lo normal, cosa que ocurre hoy en día también con las mujeres, es utilizar un traje o vestido corriente, el más nuevo, el último en estrenar.


Mortaja
Mortaja


Jóven amortajada
Joven amortajada

Inmediatamente había que organizar el velatorio, y una de las primeras medidas era pedir a los vecinos sillas, pues las propias siempre resultaban insuficientes.

Y una vez puesto el muerto en una sala despejada de muebles, y las sillas en todas las habitaciones —se reservaban unas para las mujeres y otras para los hombres—, comenzaba el desfile de familiares, vecinos y amigos para dar el pésame a los dolientes. Lo habitual era sentarse un rato y acompañarlos, más o menos tiempo según el grado de amistad o de parentesco. Los varones, más parcos, estrechaban la mano al llegar y al marcharse y sólo balbucían: "Te acompaño en el sentimiento". Incluso más sobriamente: "Lo siento mucho". Las mujeres se alargaban más, y al mismo tiempo que besaban repetida y sonoramente, expresaban de muchas maneras el sentimiento: "El Señor lo tenga en su santa gloria". "Si lo vi ayer y estaba tan bien". "En paz descanse". "Ya descansó el pobrecito". "Ya dejó de sufrir, Dios ha hecho bien con llevárselo!. "Con lo bueno que era"...

Cumplían los hombres con los hombres del duelo y las mujeres con las mujeres. Sólo se pasaba a dar el pésame a la habitación que no correspondía en caso de gran amistad o ser de la familia.


 Velatorio. Las mujeres con las mujeres
Velatorio. Las mujeres con las mujeres

En los velatorios se hablaba de todo. Se empezaba comentando las cosas del muerto, sus virtudes y de lo que dejaba, pero se terminaba derivando a cualquier tema, incluso debatiendo sobre fútbol o toros o, las mujeres, arreglando la vida a más de uno.

Durante la noche sólo quedaban los más allegados, hombres y mujeres todos juntos, y era costumbre rezar el rosario y de madrugada tomar chocolate, café, bollos u otra clase de refrigerio.

En la habitación de los hombres nunca faltaba en tiempos antiguos una botella de anís, coñac o mistela para obsequiar de la forma más cumplida posible.


Los hombres con los hombres
A los hombres se les daba una "invitá"

Como la familia estaba a todas las horas del día recibiendo a gentes que iban a cumplir, comían por turnos en la misma casa, y era alguna tía, vecina, criadas o alguien que buscaban la que preparaba un buen guiso para todos. Y no faltaba un buen puchero de café para mantenerse en pie y combatir el sueño.

Las personas que constituían el duelo, fuera en el velatorio, o después en el entierro, misas o rosarios, guardaban un orden establecido: viudo o viuda, padres, hijos, hermanos, etc., y siempre de riguroso negro las mujeres y los hombres al menos con traje oscuro, corbata o un brazalete en la manga izquierda, un pico de la solapa o un botón en la chaqueta, por supuesto todo de color negro.

De los duelos sacaban ganancias modistas y sastres especializados que cosían ropa en 24 horas, tintorerías que teñían —aún siguen— en el día, costureras que iban a domicilio a arreglar o adaptar prendas y mercerías o tiendas que disponían de todo lo necesario.

Muchos hacían el teñido de negro en casa, y en los calderos de cobre que se utilizaban en las matanzas, hervían agua para, una vez diluido el "Tinte Iberia", introducir en ella las ropas.

Y volviendo al duelo, antes, a la hora convenida para el sepelio, se presentaba el cura en la casa del difunto, revestido con capa pluvial negra (desde la reforma litúrgica conciliar el color de los difuntos pasó a ser el morado), y tras el asperge con agua bendita y el rezo de un responso, se iniciaba la procesión del entierro primero hasta la parroquia, donde se celebraba una misa exequial, y luego al cementerio.


Responso

Misa exequial
Misa exequial

Los entierros podían ser de 1ª, de 2ª y de 3ª, según el boato que se diera y lo que se pagara. Había incluso sitios en donde la iglesia o el ayuntamiento disponían de una caja comunitaria para los pobres de solemnidad, y cuando llegaban al cementerio los echaban al hoyo y la devolvían a su lugar

La diferencia de estipendio entre uno u otro tipo tenía su justa correspondencia en la cantidad de luces que iluminaban el altar y las velas que se encendían, e influía también en el más largo o corto acompañamiento de los sacerdotes al cadáver, pues los había que eran despedidos en la puerta de la parroquia, a medio camino o eran acompañados hasta el mismo cementerio.


Entierro de primera
Entierro de primera

En estos cortejos fúnebres hasta el cementerio sólo acudían los hombres; mientras, las mujeres regresaban a casa.

Ya enterrado el cadáver se producía la despedida del duelo y lo que popularmente se ha bautizado con "dar la cabezá", haciendo referencia al gesto de inclinación de la cabeza cuando nuevamente se pasaba a dar el pésame.


Entierro
Por el "carreterín de los muertos" hasta la última morada

En todo esto ha habido muchos cambios, pues antes de lo que comentamos, el féretro se llevaba directamente de las casas al cementerio, pero a su capilla, la actual ermita de San Cristóbal cuando por allí estuvo el primer camposanto de Criptana o en la de la Concepción, cerrada desde hace años en el actual cementerio.


Ermita de la Concepción
Ermita de la Concepción

El último cambio vino con el Concilio Vaticano II, que abolió toda diferencia de clases en los entierros y tras él comenzó a celebrarse la misa que la liturgia señala para estos casos y que se denomina de córpore insepulto. También, poco a poco, las mujeres se incorporaron a la comitiva hasta el cementerio. Los curas, en la actualidad, ya no van a las casas ni acompañan al muerto; es en la iglesia donde lo reciben y lo despiden a su última morada. Sí sigue en Criptana la costumbre, salvo los despistados que acuden de fuera, de ocupar las mujeres los bancos de la derecha y los hombres los de izquierda, y al terminar la misa se forman dos largas colas por separado para dar el pésame. Algunas personas, entre el velatorio, el entierro y el rosario, dan el pésame tres o cuatro veces. Y hay muchos hombres que acuden a la iglesia en el último momento, sólo para dar la condolencia; mientras, han estado en sus casas, trabajos o han esperado en los bares de la Plaza tomando un café o una copa. Decían que las únicas veces que se llenaban en días de diario y lo mismo ocurre ahora es en la hora de los entierros.


Vicente y el Bar Los Molinos
Antigua fotografía de Los Molinos y Vicente, casado con Carmen Alberca , la ultima de los "Legaña" en estar al frente del bar

En los pueblos se conoce a todo el mundo, y muchas personas, con un gran sentido de la amistad y solidaridad con sus vecinos, acudían a casi todos los entierros, como lo hacia mi madre Flor. Cuando ella murió, la iglesia estaba, naturalmente, llena. Otras, en cambio lo hacían por bacinería.

"El muerto al hoyo y el vivo al bollo", dice el refrán. "El que va a un entierro y no bebe vino, el suyo viene de camino", afirma sabiamente otro. El caso es que, con la excusa de hacer hora para el rosario, muchos se pasan por el bar, para, en buena camaradería, confraternidad y con el mejor de los deseos, "subir al muerto al cielo".

Hace años los rosarios eran durante tres días, y siempre en las casas del duelo, a la anochecida, al toque de ánimas, con lo que éste se prolongaba y tenía por más tiempo a la familia de levante. Luego pasó a ser un solo día, y casi siempre en el Convento, con nuevas colas para dar el pésame, tanto los que no lo hubieran hecho antes como muchos repitiendo, éstos para dejarse ver, para que no tuvieran luego queja de ellos. ¡Y cómo no citar aquí a Jesús Antonio!, uno de los últimos rezadores oficiales del rosario de difuntos, de larga trayectoria. Ya lo hacía también su abuelo.


Jesús Antonio
Jesús Antonio Martín-Serrano Abad

El duelo con el rosario acaba, pero la tradición de guardar durante una temporada el luto con ropa negra sigue y aún persiste, sobre todo en las mujeres. Salvo con la diferencia de que antes se mantenía durante más tiempo y abarcaba también a los hombres. Recuerdo a nuestro vecino Carrasco, junto a la casa de mis padres, un hombre de bondad absoluta, toda la vida huertano, con su blusa manchega, negra los domingos y negra ya siempre, incluida la camisa debajo, desde que se murió muy joven su mujer Rosario. Otros, como apuntábamos antes, mostraban su dolor mediante el color negro en la corbata, el brazalete en la manga, un pico de la solapa o un botón como insignia en la chaqueta.


Blusón manchego de luto
Blusón manchego de luto

La gente menuda tampoco era ajena a estas costumbres, aunque las más de las veces a regañadientes. Si bien no siempre en negro riguroso; a veces, dulcificado: los niños con brazalete a la manera de los hombres y las niñas con cintas negras en el pelo.

El luto tenía su duración estricta y sus formas, y la relación con el muerto era determinante. Desde tres meses para los primos hasta dos años para los más cercanos, y se pasaba del luto riguroso o entero al aliviado —con algún cuello blanco— y después al medio luto, con ropas de color violeta, gris o con motivos blancos sobre negro. No era raro tampoco que hubiera serios enfados de unos familiares con otros por no guardar el luto que les correspondía.


Mujeres de luto
Mujeres de luto


Mujeres y muchacho de luto
Mujeres y muchacho de luto

Hasta las novias que se iban a casar, o demoraban la boda a causa de un duelo reciente o lo hacían en la intimidad, por la mañana, muy temprano, y con vestido negro, con la única salvedad del velo que sí que era blanco.


novios y niña de luto
Novios y niña de luto

Muchos recordamos la película La niña de Luto, de Manuel Summers, del año 1964, con María José Alfonso y Alfredo Landa. Satirizaba los usos de una España que se resistía a cambiar sus ancestrales costumbres. En ella, una pareja de un pueblo de Andalucía tiene que aplazar su boda repetidas veces por las constantes muertes en la familia. Hasta que un día el novio se cansa de la situación y decide que lo mejor es que se escapen juntos.

Y es que los lutos se iban acumulando, que cuando llegaba el tiempo de quitarse de uno llegaba rápido otro. Y así, muchas chicas pasaban su juventud vestidas de negro, con la soledad como compañía, y con ir a la iglesia como única posibilidad de salir un poco a la calle. Muchas mujeres, como mi madre, adoptaban el color negro para toda la vida, bien porque ya no se veían con otro color o bien porque hacían promesa de ello.


luto riguroso
Luto riguroso

Era todo tan estricto, que cuando alguien de la familia moría obligaba a los demás a enterrarse en vida. No se iba a otra misa que no fuera la primera, bien temprano. Se silenciaban las radios, se hablaba en voz baja y no se salía de paseo, al cine o a bailar. Todas las diversiones en general estaba prohibidas hasta después de un buen tiempo, e incluso los vecinos cercanos, por no molestar, no sacaban las sillas a la calle para tomar el fresco en las noches de verano.

El carnaval era tiempo para la transgresión, y muchas enlutadas, vestidas de máscaras, aprovechaban para ir al baile y divertirse, pues estando tapadas nadie lo iba a saber. Lo malo es que alguien las reconociera..., y peor que lo hicieran en falso, equivocadamente, endilgándoles el parche sin haberlo catado.

La correspondencia, por otra parte, se escribía en papeles y sobres especiales que se hacían imprimir con un ribete o una banda negra.


Correspondencia de luto
Correspondencia de luto

La costumbre de celebrar una misa por el eterno descanso del difunto, al mes del óbito o recordándolo todos los años, se cortó oficialmente de raíz, ni siquiera dejaron las que medio clandestinamente se encargaban en el Convento a don Santiago Olivares. Ahora hay un recuerdo general en las misas ordinarias. Eran aquellas, ocasión para volver a repetir las condolencias a los familiares.

Si se mantiene la tradición de visitar el cementerio y llevar flores a las tumbas para el día de los Santos y el de los Difuntos. Recuerdo de pequeño que con los amigos íbamos a la parte trasera, donde estaba el osario, y veíamos las calaveras; también bajábamos al lúgubre panteón de los caídos en la Guerra Civil


Cementerio de Criptana. Día de Todos los Santos
Cementerio de Criptana. Día de Todos los Santos

El día de los difuntos los curas decían misa continuamente una tras otra, y era obligatorio oír tres, pero muy cortas, las tres en media hora.

Para ese día, en muchas casas ponían por las habitaciones lamparillas votivas de mariposas en aceite. Consistían en un vaso o taza con agua y aceite, sobre el que flotaban las tales mariposas, formadas por un trocito redondo de cartulina fuerte, del tamaño de un euro, y otro de corcho, unidos y pinchados ambos por el centro con una cerilla. Se hacían en las casas de manera artesanal o se compraban en las tiendas, de la marca San Juan Bosco, que posiblemente era la única a nivel nacional. Si te levantabas por la noche, el movimiento de las sombras que provocaba el leve resplandor de las lamparillas, unido a un chasquido de los muebles, era suficiente para que, lleno de pavor, corrieras rápido a refugiarte bajo las mantas.


Mariposas de San Juan Bosco
Mariposas en aceite

Eran y son tradiciones propias, como las de tomar esos días huesos de santo y buñuelos de viento, o la de representar en las grandes ciudades —en la televisión nunca faltaba— el Tenorio. Ahora nos vienen otras foráneas, como la tontuna esa del Halloween, fiesta en la que los niños, vestidos de vampiros en miniatura, van de casa en casa diciendo eso de "truco o trato" para pedirte golosinas. Y los jóvenes acuden a fiestas y discotecas vestidos de momias, muertos vivientes, fantasmas, brujas, zombis, monstruos, de Drácula, de Frankenstein o de cualquier figura mítica del cine de terror.

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12 EL MOTÍN DE 1808

Don José Antonio Fernández Calzuelas, quizá uno de los más ilustres criptanenses, ilustrado en época de Carlos III, miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País, que llegó a ser Capitán del Regimiento provincial de Milicias de Alcázar de San Juan, vivía en la desaparecida casa conocida como de “La Lerina”, en la calle que lleva su nombre, junto al Pósito. Su fortuna era enorme y dejó, al morir en 1799 sin descendientes directos, en un acto de filantropía sin igual, la cantidad de un millón y medio de reales para los pobres de Campo de Criptana. El hecho, extraordinario en sí, provoco sin embargo, por el tremendo monto de la herencia, los interminables trámites oficiales, la ineficacia o mala disposición de quienes tuvieron que hacer el reparto, las sospechas de desviaciones fraudulentas de fondos y también la dificultad de obrar con equidad, alteraciones sociales que pasamos a relatar.


Casa de Fernández Calzuelas
Puerta de la casa de Don José Antonio Fernández Calzuelas (casa de "La Lerina") trasladada a una de las fachadas
laterales del Pósito cuando fue restaurado en 1996 por la Escuela Taller

Los sucesos ocurrieron a finales de junio de 1808 y en lo meses siguientes: dos asesinatos, diversos incendios de cosechas y casas, ciento setenta y dos personas encausadas e intervención de fuerzas militares, son datos que nos hablan de la gravedad de la situación — con motín o asonada se llegó a asignar—, y todo coincidiendo con el inicio de la guerra de la Independencia contra Napoleón.

Pero el tumulto, más que con movimientos patrióticos e insurreccionales, tuvo mucho que ver con la precaria situación, casi calamitosa, de las gentes más humildes de la población, aunque el derrotero político del país fuera el pretexto.


Motín del 29 de junio de 1808

El 29 de junio, festividad de San Pedro, un número elevado de hombres y mujeres, armados de palos, garrotes, hoces y horcas, penetraron en la casa de doña María Ana Baíllo en la hoy calle de la Reina María Cristina — en el solar de ese edificio estuvo luego el cine Rampie—, destrozando todo lo que encontraron a su paso y en busca de su hijo don Gregorio de Silva, coronel y gobernador político y militar de Llerena (Badajoz), al que acusaban de cooperación con los franceses. Ambos, madre e hijo, fueron llevados a la cárcel y asesinados a golpes. Inmediatamente los amotinados se dirigieron al Alcalde Mayor, exigiéndole que redactara un documento en donde se explicitara que las muertes habían sido obra de todo el pueblo. Acudieron también representantes del Ayuntamiento, miembros del cabildo eclesiástico y de la comunidad de Carmelitas.


En la esquina de la calle de la Reina con la del Castillo estuvo el cine Rampie y antes la casa de doña María Ana Baillo
En la esquina de la calle Castillo con la de la Reina estuvo la casa de doña María Ana Baillo y luego el Cine Rampie

Otras casas fueron asaltadas violentamente en demanda de comida, y por la noche, a la entrada del pueblo, el correo procedente de Madridejos, en pesquisa de cartas a los asesinados o de oficio al Alcalde Mayor que los delatara de su entendimiento con los franceses.

Éstos fueron los hechos, pero, en el fondo, las reivindicaciones de los alborotadores estaban claras: además de ciertas demandas sociales y mejoras en el aprovechamiento de leña y distribución en arriendo del Monte Viejo, la liquidación con toda brevedad del caudal que en su testamento dejara a los pobres Fernández Calzuelas, junto con varias destituciones en la corporación municipal y en diversos cargos —algunos tuvieron que huir, amenazados de muerte— por la deplorable administración del legado, posible malversación y tardanza en el reparto. El asesinato de dos personas relevantes se realizó, sin duda, para amedrentar a las autoridades, que en condiciones normales no estarían dispuestas a hacer concesiones de ningún tipo.

El día 30, las llamadas gentes de orden o fuerzas vivas del pueblo salieron a la calle para tranquilizar los ánimos, y desde el balcón del Ayuntamiento se anunció que las peticiones serían atendidas. Indudablemente, se buscaba tiempo para poder controlar la situación.


Criptana. Principios siglo XX
La Plaza y la calle de la Virgen a principios del siglo XX en dos de las fotografías más antiguas de Criptana
¿Sería el pueblo muy distinto un siglo anterior, en el tiempo del famoso motín de 1808?

El mes de julio siguió con el forcejeo entre los sublevados y el poder constituido, que se vio obligado a conceder algunas de las reclamaciones. Por otra parte, la Junta de Pacificación creada al efecto fue tomando medidas cada vez más enérgicas para restablecer el orden.

El 2 de julio, sábado, después de haberse reunido gente en el campo, algunos quisieron por la noche llegar a la Plaza y acometer a la fuerza armada organizada ese día por la Junta para evitar desordenes. También se había solicitado la intervención del ejército y se hicieron las primeras detenciones. Las medidas continuaron con la prohibición de reuniones y el cierre de mesones y tabernas al anochecer, aconsejando asimismo que nadie merodeara por las calles después del toque de ánimas y que la gente volviera a su trabajo en el campo. Hubo escaramuzas, que se repitieron el domingo.

El día 6 se consideró que se había restablecido la normalidad, al tiempo que se instruía la causa contra los encarcelados.

Desde el día 5 acampaban ya en el pueblo las fuerzas solicitadas, dos partidas formadas por 18 hombres del Regimiento de Dragones de Lusitania al mando de dos sargentos.

Pero entre los días 22 y 25 volvieron los desórdenes con la quema de varias casas y la mies en alguna era. Fueron los últimos estertores de la rebelión. A finales de agosto pudo considerase lograda la pacificación, aunque los soldados no se reincorporaron al ejército hasta casi finalizado noviembre.


Garrote vil
Nemesia fue ejecutada con garrote vil y su mano derecha cortada y fijada en un palo en un camino de salida del pueblo

Veinte años pasaron para que se dictara sentencia a los encausados. En ella, además de algunos con sus casos sobreseídos y otros absueltos, fueron condenados 54, de los que 9 eran mujeres. Las penas oscilaron entre los 10 y 2 años de prisión, algunas con trabajos forzados. Se indicaba en el auto que la causa seguía para 9 personas, se supone que los cabecillas de la revuelta. Entre estos juicios pendientes estaba el de Nemesia López de Rodrigo, que fue condenada a muerte el 18 de diciembre de 1927 y ejecutada mediante garrote dos días después Su mano derecha fue cortada y enviada a Campo de Criptana para ser fijada en un palo en uno de los caminos de salida del pueblo. Se dicto bando anunciando la pena de muerte para quien rompiera, destrozara o quitara la mano y el palo. Pero tantas debieron ser las simpatías con los amotinados que primero desapareció el palo y luego el palo repuesto y la mano. Se desconoce lo que después ocurriera, aunque parece que hubo detenidos o sospechosos.

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13 LAS CASAS DE TAPIAL

Desde la remota antigüedad la vivienda de nuestros pueblos fue de tapial, mortero hecho de tierra batida con agua y apisonada. Las más humildes y antiguas constaban de una única estancia, que servía para todo. Con dos partes, una para las personas y otra para los animales. Poco a poco fue separándose cada vez más la cuadra de la vivienda, y surgieron las habitaciones.


Casas bajas de tapial
Casas bajas de tapial en la calle del Bachiller Sansón Carrasco. Años cincuenta

En cuanto a la cocina, se dice que las más típicas y antiguas no tenían ni siquiera chimenea, por lo que el humo salía directamente por entre las tejas. Sí tenían el hogar sobre una plataforma de barro, y a su lado colgaban las tenazas para remover las brasas. Y en el fuego, las trébedes, sobre las que se colocaban las ollas.


Hogar con trébede

Esta vivienda tenía una sola planta y un pequeño patio o corral trasero, en el que se guardaban las propiedades de la familia y tal vez el ganado, un cerdo o unas gallinas o conejos. Estos básicos elementos constituía el autoabastecimiento de la unidad familiar en muchos pueblos manchegos.

Con el tiempo y las necesidades, las casas aumentaron de tamaño y ya se hicieron de dos plantas, pero siempre construidas a base de tapial hasta bien entrados los años cincuenta del pasado siglo. Luego comenzó a imponerse el ladrillo.


Casas de tapial
Casas de tapial

Lo primero era acarrear la grava, arena y piedras para construir los cimientos. Más tarde, y una vez construidos éstos, se procedía a acarrear la tierra para los tapiales.

Las tierras se amontonaban en una especie de parvones alargados en paralelo a los cimientos. Por lo general, tras un tiempo de reposo, en la parte alta de este parvón se practicaba una hendidura y se regaba, esperando unos días hasta que la tierra aún húmeda no se pegara a la pala. Era el momento de proceder al paleado. Comenzando por un extremo del parvón, se iba removiendo toda la tierra, procurando echar la palada de tal manera que la tierra rodase sobre la anterior y quedara bien suelta. De esta manera, estaba ya lista para echarla en los cajones de tapiar (encofrados de madera dispuestos sobre los cimientos y entre dos machones de yeso con piedra o cascote), apretándola después para darle consistencia con unos fuertes pisones de madera. Así se iba haciendo hasta completar toda una fila, y, una vez terminada, las siguientes hasta completar la altura, separadas por una tira de piedras, cascote o adobes. Cuando estos tapiales de unos 50 a 60 cm. de grosor se secaban totalmente, la pared resultaba de gran consistencia y proporciona al interior de las viviendas un formidable aislante, tanto contra el frío en invierno como del calor en verano.


Muro de tapial
Muro de tapial

Trebejos para hacer muros de tapial
Trebejos para hacer muros de tapial

Una vez terminados los tapiales, se planteaba el tejado. En lo alto del muro se colocaban los tirantes o grandes vigas de madera que, de una pared a la opuesta, soportaban el peso del armazón del tejado. Sobre los extremos de éstos se colocaban las tijeras, que en forma de “V” invertida, formaban las dos vertientes del tejado, juntándose en el centro sobre otro madero vertical. Antes de las tejas se colocaba un entramado de cuartones de madera y luego tablas o carrizos. Sobre este armazón se echaba el barro, y a continuación la teja.

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14 LAS CASAS MANCHEGAS

Hasta hace bien poco tiempo, las casas en Criptana y en buena parte de La Mancha en casi nada se diferenciaban con aquellas que vio Cervantes cuando escribió El Quijote. Fueron cambiando los materiales y adaptándose, eso sí, a las nuevas exigencias del vivir cotidiano


Casa de los Penalva
Trasera de la casa de los Penalva en la Tercia


Casas manchegas
Calle Murcia


Caserío del Albaicín criptano. Años 50
Caserío del Albaicin criptano. Años 50

Las de cierta entidad se disponían en torno a un patio principal, empedrado originalmente y en muchos casos cubierto después con montera de cristal, rodeado por columnas que sufrían el peso de las galerías. Nunca faltaba el pozo, y podían tener dos plantas con altos techos de bovedillas y vigas de madera. El corral en la parte trasera era lo habitual, sobre todo en familias de agricultores. La fachada, casi siempre de tapial encalado.


Patios manchegos
Casa de la Torrecilla, restaurada por la Escuela Taller de Criptana para su uso como hotel


Patios manchegos
Patio manchego en la película de Pedro Almodóvar "Volver"


Patios manchegos
Retocando la cal en el patiejo

Disponían de cocina con despensa, comedor de diario (a veces era la misma cocina) y otro para días especiales (el “majo”, que casi nunca se utilizaba, con muebles de calidad que pasaban de padres a hijos), alcobas, alguna estancia para labores, trasteros, cámara, sótano y bodega.


Aparador antiguo
El aparador del comedor "majo"


Aparador antiguo
Otro aparador

El frío y el calor obligaba a reducir el tamaño de los huecos de iluminación y ventilación. El calor se combatía con abundantes riegos, entoldados de zarzos o lonas y agua fresquita de botijos de arcilla blanca que se curaban con una copa de anís para quitar el sabor de barro (los de invierno, que no necesitaban evaporar para enfriarse, eran de arcilla roja y esmaltada). También sumergiendo en el pozo, con la ayuda de una soga y una garrucha, cubos de cinc con agua y todo lo que se quisiera refrescar: el vino, melón, demás fruta..., descolgándolos con cuidado y haciendo un atado en el momento justo para que no se introdujeran por completo en el agua y todo se derramara. Al pozo se bajaban igualmente unas cacharras de chapa con agua, que luego servía para hacer limonada o cualquier refresco (el de zarza, comprada en El Bengalí, hacía furor por los años cincuenta).


Nunca faltaba el pozo
Preparados para los calores

Para el frío, el remedio era amontonar peludos o esteras de pleita de esparto en los suelos, colgar pesadas cortinas ante las puertas y ponerse al rebujo de chimeneas, fogones, estufas o de un buen brasero de picón (el canutillo era más barato, pero producía mayor tufo) bajo la mesa camilla. Hasta no hace muchos años, aún se veía en las mañanas invernales el humear de los braseros en patios o corrales con un tubo de hojalata que hacía de chimenea, remontando el encendido ante de pasarse a las habitaciones. Las camas, tan heladoras que incluso parecía que estuvieran mojadas, se calentaban con unos braseros especiales, cerrados, que disponían de un gran mango de madera, y que se metían entre las sábanas un rato antes de irse a acostar.


Pertrechándose para el invierno
Pertrechándose para el invierno

Se empleaban mucho las arcas, arcones, baúles y cómodas para guardar la ropa, pues los armarios (su nombre viene precisamente de ser un mueble para guardar las armas) se empezaron a utilizar popularmente para este nuevo menester ya entrado el siglo XX. Las camas, con cabecero y pies y muy altas, de hierro, doradas o mezcla de hierro y latón, y de madera, algunas muy toscas, pero otras con barrotes torneados o forradas con contrachapados de maderas nobles y trabajos de taracea, y siempre con somier de muelles. Las mesillas de noche, muy altas, con patas muy finas y tapas de mármol, con cajón en la parte superior y puerta abajo para esconder el orinal. Perchas de pie o de colgar en las paredes, de muchos estilos, pero abundando las de madera doblada con calor estilo Tonet. No faltaban palanganeros en las alcobas, generalmente de madera, con espejo, aro para la palangana, repisas para la jabonera, peines y demás objetos de aseo, y unos brazos para las toallas; debajo, un jarro de porcelana para el agua. Otros, más toscos, con soporte de hierro pintado y palangana, jarro y a veces cubo, todo en hierro esmaltado con porcelana, eran habituales en algún cuarto pequeño que se destinaba para aseo.


Alcoba
Alcoba


Alcoba
Y otra alcoba más


Cómoda
Cómoda antigua

Los colchones, lo normal es que fueran de lana, pero la gente más humilde los suplía por los de borra de algodón o incluso por jergones rellenos de viruta de corcho, hojas de mazorca de maíz o simple paja. En caso de ser de lana, se necesitaban en torno a tres arrobas para uno de matrimonio. La lana se compraba directamente a los ganaderos recién esquilada y había que lavarla, escardarla y proceder luego a su vareo para ahuecarla.

En el comedor de diario, una mesa de pino, con agujero para el brasero, sin barnizar, que había que limpiar con arena para mantenerla blanca. Se vestía con faldas, sobre todo en invierno, y tapetes hechos de ganchillo. A la hora de comer se ponía un mantel de hule que se mantenía enrollado sobre un palo redondo y guardado en la despensa. Si la mesa estaba en la cocina, el hule —quién no recuerda aquellos con el mapa de España— permanecía siempre. Un aparador para la loza y cristal, con cajones para mantelerías o cubiertos; los había bajos, con tapa de mármol, o con altillo —preciosos— y puertas de cristal esmerilado. Las sillas, de muchos estilos y formas, y casi siempre descabaladas por ser de varias herencias. Muy curiosos eran los sofás hechos del mismo estilo de las sillas, generalmente de bolillos torneados y asiento de anea, que tenían la apariencia de tres o cuatro sillas junta. Y no faltaban nunca las bancas, tan manchegas, de muchas formas y calidades, y siempre muy robustas.


Banca y mesa camilla
Banca y mesa camilla


Banca
Banca


Banca
Banca o sofá con asiento de anea necesitado de arreglo


Banca
Otra banca o sofá con asiento de anea


Hule del mapa de España
Hule del mapa de España

Las cocinas, amplias, de fogón bajo y chimenea con repisa, luego sustituido en el imparable caminar del progreso por las hornillas, cocinas económicas, hornillos de petróleo, butano... Los utensilios de cocina hoy adornan cocinas camperas decoradas a imagen de aquellas: artesas, platos de cerámica, tinajas, lebrillos, pucheros de barro, marmitas, peroles, perolas, orzas, soplillos, fuelles, garrafas, alcuzas, garabatos, espeteras, trébedes...


Fogón bajo y cocina económica
Fogón bajo y cocina económica


Cocina
Cocina


Cacharros, orzas y lebrillos
Cacharros


Más cacharros
Más cacharros

El perchero en el zaguán o recibidor, con un banco y espejo de barrotes torneados y copetes varios, eran muebles que daban empaque a cualquier casa. Y un despacho con escritorio y alguna estantería para libros era ya todo un signo de prestigio.


Zaguán
Zaguán


Despacho
Despacho

Las casas carecían de cuartos de baño como hoy los conocemos, y sólo algunas disponían de un pequeño cuarto para aseo. Las necesidades se hacían en los retretes habilitados directamente sobre un barranco o basurero. Nunca faltaban, eso sí, los orinales de loza o de porcelana bajo las camas o en las mesitas.


Cuarto de aseo
Cuarto de aseo

La entrada principal comunicaba directamente con el patio, y las puertas se caracterizaban por sus sobrecargadas aldabas o llamadores.

En las casa de labranza, la zona del corral tenía entrada independiente por la “portá”, de dos hojas, construida en madera y con herrajes de hierro y clavos de forja. A los lados se ponían piedras de considerable tamaño con el fin de que los carruajes nunca se arrimaran a las jambas de ambos lados y se la llevaran por delante. Más finas y para el mismo servicio quedaban las protecciones realizadas con cemento y reforzadas con trozos de aros de las ruedas de los carros. Ya dentro, en el zaguán, con tejadillo y suelo a veces empedrado con cantos, unas estacas clavadas en las paredes servían para colgar los arreos de las caballerías.


Ports
Dos típicas portás de Criptana. En la calle de la Virgen, cerca del Calvario, y en la calle de la Pasión.
"Tienes que buscarte un novio con portá", recomendaban a las chicas. Su tamaño iba en consonancia
con los carros, galera o tractor de la familia. Y, claro está, con sus tierras y posibles.

Las cuadras, de distintos tamaños según el número de animales, con uno o dos pesebres y poyo con jergón de paja (camastro) construido todo de obra, disponían de una pajera situada en una esquina y comunicada con el piso superior, que era el destinado a pajar. Éste daba directamente a la calle, y a través de una piquera de la que sobresalía un palo con una garrucha, se elevaba la paja mediante seras.


Antiguo pajar y piquera
Antiguo pajar y piquera


Pesebre
Pesebre

Un pozo en el corral, por lo general de agua salobre y con una pila de piedra para dar agua a los animales, era lo habitual en casas de labranza. En algunas era compartido con otra vivienda en la pared medianera, con brocal accesible a ambas. Y si no disponían de él, se utilizaban los comunes a todo el vecindario, que aún perduran: en la calle del Cristo, en el Pozo Hondo y en el Pozo las Eras (plazoleta de las Infantas), al final de la calle de Reina Cristina.

El corral era el sitio donde se aparcaban los carros o galeras que poseía la familia (luego, con el tiempo, remolques y tractores), donde no faltaba un almacén de aperos de labranza que cada vez tuvo que ir aumentando de tamaño para albergar maquinaria, y donde era inevitable, ya que no había recogida de basuras y la red de alcantarillado se empezó a construir en Criptana por los años sesenta, de un barranco excavado en el suelo y separado con parcilla y alambrera. Al mismo tiempo de servir para ir acumulando todo tipo de desperdicios o excrementos de los animales (después se llevaba a los campos como abono), era ideal para plantar en él un retrete, el gallinero y, encima, con un entramado de palos, una cina para las gavillas de sarmientos.


Corral
Corral para cuadras, carros, aperos, barranco... Al fondo, la portá de entrada


Cina, barranco y retrete
Cina, barranco y retrete

Cualquier rincón del corral se aprovechaba para amontonar leña, y en no pocas casas había palomares, conejeras o gorrineras. Pero el corral además, en verano, era lugar para el juego de los chicos y de un poco de esparcimiento para los mayores cuando, ya acabadas las faenas diarias, se sentaban a la fresca bajo un entoldado de carrizo o a la sombra de una parra o higuera, con el suelo recién regado, charlando, merendando o las mujeres haciendo sus labores de costura.


Corral
Corral

Matar un animal era un problema, sobre todo para los poco expertos. A los pollos y gallinas se les retorcía el pescuezo o se les daba un corte por detrás de la cabeza, pero en mi casa nadie sabía hacerlo, salvo que se llamara a Daniel, ayudante de mi padre en el negocio de transportes, o se pidiera el favor a nuestro buen vecino Juan José, el de Tornajo (él y Carmen, su mujer, eran unas bellísimas personas). Con los conejos mi padre sí se atrevía, dándoles con el canto de la mano o con el mango de una escoba detrás de las orejas, en la nuca, aunque esta destreza debió aprenderla de manera autodidacta, pues contaban que a su madre, mi abuela Venancia, una vez le escapo de entre las manos corriendo un conejo a medio despellicar.


Corral
Corral

En otras épocas nada se tiraba, y las pellicas de liebres y conejos, que se habían tenido secando pegadas sobre las paredes de cámaras o corrales, eran muy apreciadas por los traperos, y junto a ropas y trapos viejos, papel y cartón, cambiadas por cacharros de loza y barro, sartenes y unas algarrobas para los chicos.

Las cámaras estaban en el segundo piso, con escaleras estrechas y escalones muy empinados para no restar mucho espacio. Allí se almacenaban las cosechas de cereales y leguminosas en las casas de labranza, la harina, el salvao, el aceite, las orzas con las corservas de la matanza, el tocino y los jamones, calabazas, patatas y cebollas, tomates verdes, los melones y racimos de uvas, atados con bramantes o cordeles y colgados de escarpias o clavos en las vigas de madera, manojos de picantes, ristras de ajos...


Cámara
Cámara

También sogas y cordeles, sacos y costales, artesas, calderos lebrillos, sartenes, escobas, cestos y canastos, frascos botellas, bidones, cajas y todo lo que se tenía que haber tirado pero que se guardaba inútilmente por si acaso. A veces se hacían separaciones (atrojos) con tabiques a media altura, para evitar que se mezclaran unos productos con otros. La techumbre eran las propias cercas de madera a la vista con su entramado, el cañizo y las tejas encima, sujetas con una mezcla de barro y paja.


Sótano
Típica entrada a un sótano o cueva

El sótano, con un ventanuco para dar luz y ventilación y casi siempre a la calle para realizar los trasiegos, o se utilizaba como bodega o servía, según las épocas y qué productos, para almacén, alternando con las cámaras. Era, en otros tiempos, el lugar más fresco de la casa en verano, el sitio donde mejor se conservaban los alimentos. Algunos, incluso habilitaban una pequeña estancia, con unas mesas y unas sillas, y hacían allí las comidas y las cenas, evitando así los sofocos y sudores propios de la canícula manchega.

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15 LAS COCINAS

No existían entonces las placas vitrocerámicas o de inducción, ni las ollas exprés, ni lo hornos eléctricos o de microondas con grill incorporado. Todo esto sonaría a chino en épocas pasadas. Hacer la comida resultaba una tarea bastante laboriosa y que empleaba muchísimo tiempo a las amas de casa. La cocina era un hogar sobre una plataforma de adobes a ras de suelo, bajo la chimenea, y había que empezar por la mañana quitando la ceniza del día anterior. Después, echar una o media gavilla de sarmientos, unos buenos puñaos de paja para que la combustión fuera lenta y se mantuviera todo el día, alguna cepa, zoquetes de podas de encinas, olivos y almendros o leña del monte, ponerle entre medias un papel y prenderle fuego, darle al soplillo de esparto o al fuelle, y dejar abierta la puerta para que tuviera tiro la chimenea y no se llenara la casa de humo.


Fogón
Típica cocina con chimenea y fogón bajo

Cuando la lumbre daba la cara, se arrimaba a las brasas el puchero de barro con las judías, el potaje o lo que hubiera ese día de condumio, para que cociese lentamente al amor del fuego. Los peroles y sartenes tenían tres patas, para que no descansaran directamente sobre el hogar y se pudieran meter debajo algunos rescoldos. La misma misión hacían las trébedes, unos aros de hierro también con tres patas. Había también un hierro, el tranco, de forma semicircular, que se empleaba para sujetar los pucheros. En algunas casas, sobre todo si era mucha la cantidad a cocinar, se empleaban unos calderos que se colgaban sobre el fuego con unos ganchos y cadena. Y junto al fuego, unas tenazas para arrimar las ascuas y un badil para mover la lumbre.


Fogón
Otra imágen de cocina con lumbre baja

Los cacharros de cocina se disponían en vasares o sobre el suelo, colgaban por las paredes o se distribuían en alacenas, que a veces eran simples nichos practicados en las paredes. No faltaban ollas, pucheros y cazuelas de barro; calderos y calderas de todos los tamaños en hierro, cobre o latón; cazos, cacillos y paletas; vasos, jarras, tazones, escudillas; platos y fuentes (se empleaban mucho de hierro con esmalte de porcelana, y muy típico era el jarro de este mismo material colocado en una jarrera de madera colgada en la pared); tinajas y cántaros para el agua; orzas para guardar las legumbres o la matanza y un colador para el pan...

Mucho de esto se compraba en la Feria —lo propio era hacerlo al día siguiente de terminar—, pues antaño era difícil adquirirlo en el pueblo.

La comida se servía en una fuente o cazuela común cuando era sobre una mesa o en el mismo caldero sobre el suelo, sentada la familia alrededor en tabletes.


Alacena
Alacena


Alacena
Otra fotografía de alacena


mueble alacena y vasar
Mueble alacena y vasar rinconera


Jarrera y almirez
jarrera y almirez


Cocina. Zona de estar
Las cocinas, además de la zona de fuego, bien de lumbre baja o con cocina económica, el fregadero y despensa,
tenían, si eran amplias, una zona de estar, en donde se comía y se hacía la vida de diario

Aunque mi abuela Venancia tenía una cocina nueva, forrada de azulejos y con todos los adelantos de entonces: cocina económica de carbón con su depósito de agua caliente y horno, fregadero de piedra de dos senos y grifo de agua corriente (éste, eso sí, fallaba, pues el agua caía de higos a peras y había que tener un buen depósito o aljibe —que lo tenía—), a ella le gustaba su vieja cocina baja y su horno antiguo de los que había que echar antes un par de gavillas. Hacía en él unas magdalenas riquísimas, pero lo que más recuerdo de ella es que siempre la encontrábamos agachada en su chimenea, ¡muchas veces con una sartén de aceite dispuesta en el fuego!, y que cuando esto sucedía nos regalaba a los nietos con unos picatostes pinchados en un sarmiento para que no nos quemáramos y hechos con pan de barra, unas barras grandes con la corteza muy brillante y que no eran muy corrientes por aquellos años en el pueblo. Si la sartén fallaba, la rebanada de barra era con una rodaja de salchichón o con una onza de un chocolate muy terroso pero que me encantaba.

La vieja chimenea de mi abuela estaba en una amplia dependencia que antiguamente fue bodega y que conservaba algunas tinajas de barro. Para llegar hasta ella había que pasar por otra saleta que era, claro está, el jaraiz.


Mi abuela Venancia y su cocina económica
Mi abuela Venancia y su cocina económica

Era mi abuela Venancia de Miguel Esteban (allí conservamos familia), no sabía leer ni escribir, pero mas lista que el hambre, y de un genio tremendo para su poca estatura, todo lo contrario que su madre (mi bisabuela Apolonia), que, según dicen, había que mirar hacia arriba para verla. Mi abuelo Domingo la conoció cuando ella servía en una posada de Villafranca. Había siempre que hacer lo que ella decidiera, y a mi madre esa forma de ser, casi siempre en plan suegra, le dolía y la sacaba de quicio, aunque nada dijera y no trascendiera. Quiso también que todos sus hijos estudiasen y no fueran como ella. Chicos y chicas fueron al colegio de las monjas, y los chicos luego hicieron el Bachillerato.


La casa de mis abuelos en la calle de la Reina
La casa de mis abuelos en la calle de la Reina y detalle del mosaico hidráulico de una de las habitaciones

Esta casa de mis abuelos paternos, que antes perteneció a un pariente sacerdote, estaba pegada a la nuestra y era muy antigua, de tapial, con los muros muy gruesos y techos de bovedillas típicos manchegos; pero reformada y muy acogedora, con unos pisos de mosaicos antiguos con dibujos. Del patio, con montera, salía una hermosa escalera con barandilla de hierro forjado. Mis primas y mis tíos de Arenales y de Pedro Muñoz solían venir y quedarse aquí durante gran parte del verano, y el patio, alternando con el de nuestra casa, era el sitio de tertulia por la tarde, sentados los mayores en grandes butacones de mimbre y los chicos, si es que no estábamos en otra parte jugando, en el suelo. Por la noche la tertulia se trasladaba a la calle, "a tomar el fresco", costumbre ya casi desaparecida en Criptana, y el corro aumentaba porque se incorporaban algunos vecinos.


techo de bovedillas
Detalle de techo de bovedillas


Con mis primas de Pedro Muñoz
Mi hermano Valeriano y yo con mi tía Carmen y mis primas de Pedro Muñoz

Si el espacio de mi abuela era la cocina, el de mi abuelo, el comedor, sobre todo en invierno, sentado en la mesa camilla, con el brasero de picón bajo las faldas, atento a echar zoquetes de madera en la estufa, leyendo el periódico —estaba suscrito al defenestrado Madrid— o casi siempre en buenas migas con don Heraclio Fournier, baraja en la mano, solitario tras solitario. Tuvo sus negocios y sus cosas, pero lo de las cartas fue en tiempos su profesión, y de ellas sacó su beneficio. Había una peña o sociedad que ponía el dinero y él lo jugaba y repartía beneficios. Lo hacía en los casinos, en el pueblo y en otros sitios, e incluso iba por las ferias organizando timbas. Aun conservamos una ruleta —la tengo en mi casa y de ella he hecho una mesa de centro que es envidia de quien la ve—, cajas con barajas nuevas, sin estrenar, fichas de pasta —algunas de muy buena calidad— para las apuestas y tapetes verdes para las mesas. Cuando prohibieron el juego, sus negocios tuvieron que ir por otros derroteros.


Mi abuelo Domingo
Mi abuelo Domingo

Poco sabemos de la familia de mi abuelo Domingo. Sí que los padres murieron muy jóvenes, que era primo de Honesta Manzaneque y de los Sánchez Manjavacas, y que sólo tuvo un hermano, Valeriano, un bala perdida que de vez en cuando lo sableaba, pero —eso sí— cuando veía a mi padre siendo chico por la calle, el canalla —contaba mi abuela—, siempre le daba una perragorda.

Volviendo a las cocinas, la labor de la amas de casa poco a poco se fue haciendo menos penosa. Al fuego bajo de la chimenea le sucedió, ya sobre un poyete alto, la hornilla, de fundición o formada con una simple lata cogida con yeso, y que había que cargar con carbón piedra (de antracita) o vegetal. Después vino el gran adelanto de la cocina económica antes citada, de hierro, con tres o cuatro fuegos y horno, que admitía carbón o leña, y que incluso podía alimentar una instalación de calefacción con radiadores. Las mantenían estas cocinas limpísimas y brillantes como la plata a base de estropajo y de lija. El adelanto siguiente, antes de llegar al uso actual del gas y de la energía eléctrica, fueron los hornillos de petróleo. ¡Menudo invento! Sólo había que prender la mecha y tener lleno el depósito y estaba todo solucionado. Tampoco olvidarse de ir a la tienda de Olivares o a la ferretería de Molina, que eran los que suministraban el petróleo en Criptana, con unas latas especiales de cinco o más litros que disponían de un pitorrillo —los hacía el hojalatero— para facilitar su uso. El inconveniente era el olor y que por su altura las ollas estaban inestables y siempre en peligro. A mi madre una vez se le cayó una exprés —de las primeras de entonces— al suelo; la tapa salió despedida y las lentejas... en el techo. Afortunadamente sólo fue el susto y el estropicio.


Hornilla, hornillo de petroleo y olla a presion
Hornilla, hornillo de petróleo y olla exprés


Cocina años 50
Cocina económica de los años 50, con el añadido posterior del butano

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16 LAS GACHAS

Las gachas manchegas, que antes de la Guerra Civil habían sido un tradicional y apetitoso manjar, al terminar la contienda fue el mísero "maná" y casi único alimento que salvó de morir de hambre a muchas gentes de Criptana y de los pueblos de La Mancha. Gracias a la harina de titos, que nunca faltó, se pudo sobrevivir. ¡Pero puede uno imaginarse qué tipo de gachas!, sin la pringue —claro está— de los abundantes torreznos, de los choricillos o de las apetitosas tajadas de hígado que hoy de nuevo se disfrutan en el típico plato tan deseado en los fríos días de invierno, y que se ofrece en la carta de los mejores restaurantes de La Mancha.


Gachas manchegas
Gachas manchegas


¡colesterol para el cuerpo!
Acompañamiento de torreznos, chorizos, tajadas de hígado...

Se dijo que muchos niños habían quedado raquíticos, con atrasos mentales o malformaciones por el abuso de tanta gacha, pero no era por las gachas en sí (en alguna época incluso se prohibió la venta de harina de titos) sino por la carencia en ellas de substancias nutrientes y sin apenas aporte de aceite o de grasa animal —acaso sí, sebo— para su elaboración. También se aseguró en algún momento —no se sabe de dónde partió el rumor—, que si se comían en verano producían en los chicos poliomielitis.

Muy populares en Criptana como aperitivo son los titos fritos, en sus dos modalidades: duros y ronchones o más blandos y picantes. Hoy se venden en tiendas de comestibles; antes, o se hacían en las casas o se compraban a la hermana Cordéles, que ponía su puesto en la Plaza, junto a las terrazas de los bares. Eran la mejor compañía a una botella de vino de la tierra, generalmente blanco, alegrado con sifón.


Titos fritos
Titos fritos

Hacer unas gachas es bien sencillo: se fríen en sartén trozos de panceta (torreznos), chorizos, tajadas de hígado (a voluntad) y ajos sin pelar y cortados por la mitad. Se retira todo, se reserva caliente en una fuente de barro, y, en la grasa que ha quedado en la sartén, se echa una cucharada colmada por persona de harina de titos (de almortas se llama por otras zonas), pimentón y guindilla si se quieren un poco picantes; se sofríe o tuesta hasta obtener una pasta (¡quién se aguanta a pizcar un poco con el dedo aunque queme!), y, poco a poco, se va incorporando agua fría, se añade la sal y se cuecen lentamente, moviendo constantemente con una paleta hasta que empiecen a espesar (unos diez o quince minutos). En ese momento se dejan de mover y se mantienen en el fuego unos instantes follando (el aire de la ebullición sale violentamente formando pequeños cráteres) hasta que la superficie se cuartee y aparezcan en las grietas restos de grasa. Del tiempo que se mantengan en el fuego follando depende el que se forme en el fondo de la sartén una capa pegada de más o menos espesor, que, rascándola, esta también riquísima.


harina de titos
Un paquete de harina de titos antiguo y otro actual

Comer gachas. Parte 2 Comer gachas. Parte 1

Se comen en la misma sartén, utilizando trozos de pan a modo de paleta (lo típico es hacerlo con el trozo de pan en forma de cuña pinchado en una navaja). Se pueden acompañar de cebolletas y pimientos en vinagre. Después se comen los torreznos, el hígado y los chorizos.

Hay quien machaca unas tajadas de hígado en el mortero para incorporarlas a las gachas en los últimos momentos de la cocción. Y otros añaden patatas cortadas en rodajas a la manera de tortilla, constituyendo lo que se llama “atascaburras”.



La receta de las gachas, según ordenaba un cura de Villanueva de Alcardete a su ama, en verso y con mucho gracejo, y que cuenta Saturnino Rodríguez Perea en su libro Cosas del ayer, es esta:

Primero se pone aceite
para el tocino freír.
En la grasa que ha soltado
la harina habrá de añadir,
con un poco de pimentón
removiendo hasta tostarlo
con un largo cucharón.
Poco a poco pondrá agua,
sin dejar de remover,
esperando unos minutos
hasta que arranque a cocer,
y las dejará un rato
hasta que hagan flo, flo, flo,
que al ir subiendo el aceite
rezumará el pimentón,
y al ponerse coloradas
las apartará las ascuas
porque ya están terminadas.
En la misma sartenilla
no las dejará enfriar,
teniéndolas junto al fuego
hasta que llegue a almorzar
INDICE

17 LA MEDICINA DE ANTAÑO

Antes, no se disponían de tantos medicamentos para sanar las enfermedades, y en muchos pueblos de La Mancha el acceso a la botica y al médico no estaba al alcance de todos. Por otra parte, no existía la Seguridad Social, y cuando se implantó no estaba generalizada para toda la ciudadanía. Las gentes temían la enfermedad, que muchas veces suponía la ruina para muchas familias. Se vivía siempre con el temor, ahorrando y ahorrando de lo que no se tenía, por si acaso llegaban —que Dios no quisiera— los males.

Las enfermedades, como ahora, eran muchas, aunque la gente normal no las reconocía ni por sus síntomas ni por sus nombres; se moría uno porque sí, por un dolor, por un mal aire, de repente...


Pocos accedían a la botica
Botica

En Criptana, en tiempos pasados, causas de mortandad en orden de importancia (en algunos casos con curiosa denominación) eran: alferecía (tipo de epilepsia con convulsiones y pérdida de conocimiento), calentura, no lactar, diarrea, pulmonía, tercianas (calentura intermitente que repite cada tres días), dolor de costado, viruela, perlesia (parálisis de diferentes partes del cuerpo), dolor de estómago, tabardillo (enfermedad infecto-contagiosa que afecta al sistema nervioso y a la sangre), detención de orina, afecto al pecho, carbunco, demencia, vómitos. hidropesia (acumulación anormal de humor seroso en diferentes partes del cuerpo), quemaduras, tisis, opilación (supresión del flujo menstrual), sobreparto, tabes (afección de origen sifilítico), de repente, escarlatina, herpes, accidentes (en su mayoría, vuelcos de carros), resfriado, quebrancia (hernia). echar sangre por la boca, garrotillo, erisipela negra y pasmo (forma de llamar al catarro).

La puesta en práctica de la vacuna contra la viruela, introducida en España en 1800 y de forma masiva a partir de 1805, evitó muchas muertes. Pero el desbarajuste producido por la guerra de la Independencia interrumpió ese proceso, que cayó en descrédito. Aún en 1866 casi el 60 % de los nacidos quedaba sin vacunar.


Vacuna contra la viruela
Vacuna contra la viruela

No siempre era posible tener médico en los pueblos, y muchas veces se recurría a personas no tituladas, a quienes las autoridades concedían licencia temporal para ejercer.

En Criptana existió el llamado Hospital de San Bartolomé, ubicado donde ahora se levanta el Teatro Cervantes. De fundación muy antigua —ya existía en 1525—, atendía a pobres enfermos, con una economía más bien precaria, condición que en algo mejoró al recibir en 1814 el legado de 187 fanegas de tierra agrícola del eclesiástico D. Julián Blas de Salcedo, natural y vecino de Criptana, y cuya familia provenía del pueblo conquense de Tresjuncos. Pariente de este gran benefactor era Gabino Sánchez, padre a su vez de Asun, Bautista (el de las pinturas) y mi amigo Pepe Bolita, que vivían en la calle de la Virgen. Don Julián está enterrado en Criptana, en un bello panteón a la entrada del cementerio.

Estos antiguos hospitales eran muy distintos a lo que su nombre hoy nos sugiere; eran en realidad albergues con muy poca infraestructura para cuidar y sanar enfermos. De hecho, el nuestro de San Bartolomé, al construirse el viejo Teatro Cervantes en 1907, se trasladó a otro edificio junto a la fuente del Caño y en 1910 pasó a llamarse Asilo de las Hermanitas de Ancianos Desamparados, congregación que en ese momento pasó a regentarlo. Hoy, tras una nueva mudanza, es una magnífica residencia para ancianos en la salida del pueblo, en la carretera de Alcázar.


Aquí estuvo el Hospital de San Bartolomé
Aquí estuvo el Hospital de San Bartolomé


Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados
Antiguo Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados junto a la fuente del Caño

El tratamiento a los enfermos ha cambiado mucho. Hasta los primeros años del siglo XIX pocos eran los productos utilizados. Sólo la quina se había empleado de forma masiva en algunas ocasiones, y en la mayoría de los casos se habían seguido terapias de tan dudoso efecto como la sangría. Cuando se tenía fiebre, por ejemplo, lo primero que recomendaban era abrigarse con mantas y mantas. para sudar. El resultado era deshidratar a los pacientes, que quedaban sin ningún tipo de defensas. Hoy, la medicina invita a todo lo contrario.


Antigua medicina
la quinina y las sangrías

Cuando mi padre tenía cuatro o cinco años, mi abuela Venancia estuvo a punto de morir de una erisipela, con casi seguridad erróneamente tratada, incluso se despidió de todos, creyendo que acababan sus días.

Por los años cuarenta del pasado siglo aparecieron las sulfamidas, y una década después ya estaba en pleno uso la penicilina, que tantas vidas ha salvado.

Una hermana de mi padre, Felicidad, aquejada de tuberculosis, murió en 1945 muy joven, a los veinte años, a pesar de que mi abuelo Domingo la llevó a todos los médicos y trajo para ella desde Madrid (la primera vez que se aplicaba en Criptana) grandes estuches de corcho con la ansiada penicilina comprada de estraperlo.


Mi tía Felicidad y los primeros frascos de penicilina
Mi tía Felicidad y los primeros frascos de penicilina

Con el médico era muy corriente hacer una iguala, que era una cantidad fija al año por la atención, y que dependía del número de personas en la casa. Como el dinero escaseaba, muchos labradores incluso pagaban en alguna ocasión con especies: unos pollos, unos quesos, un cordero... Como en los pueblos no había especialistas, ellos resolvían todos los males, incluso no era raro verles enfrascados en pequeñas operaciones de cirugía. O en grandes..., como a mi abuelo Domingo, que lo operó del estómago don José Minguijón, su amigo, que era médico y también bodeguero, y un tal Zapata, conocido suyo y médico cirujano, y en la misma casa de mi abuelo, encima de una mesa.


Recibo de iguala de mi abuelo Antioco con don Honorio Leal
Recibo de iguala de mi abuelo Antioco con don Honorio Leal

La extirpación de las amígdalas se realizaba en la propia casa o en la del médico, sin anestesia que valga, con una palangana sobre las piernas y una toalla sobre el cuello y pecho. A pelo...


¡Menudo trance!
Extirpación de amígdalas


Antigua gillotina para extirpación de amigdalas
Antigua gillotina para extirpación de amígdalas

Nuestro médico de siempre en Criptana fue don Honorio, una persona muy atenta, sabia y muy agradable en el trato. No ponía ningún reparo en visitar a los enfermos a cualquier hora en sus casas —creo que incluso le gustaba—, sin prisas, dando conversación y preguntando por toda la familia. El recuerdo que tengo de él es el de un hombre bueno. Antes de marcharse se lavaba cuidadosa y ceremoniosamente las manos con jabón en una palangana con agua caliente. Otros médicos también muy queridos por aquella época fueron don Salvador Martínez, don Manuel Torres, don Antonio Ortiz, don Julián Esteso y más tarde don Dámaso.


Antiguos médicos de Criptana
Don Honorio Leal y don Dámaso Alegre

En las boticas —recuerdo haberlo oído a personas mayores—, no existían tampoco las horas. Cuando alguien llegaba con una receta, la medicina tenía que prepararse allí mismo a base de mortero, alambique, filtro, lamparilla y componentes que el médico indicaba.


Rebotica
Rebotica en donde se elaboraban fórmulas magistrales

Los hijos no se tenían como ahora en los hospitales, con todo tipo de cuidados médicos; antes nuestras madres daban a luz en las propias casas, donde ya se tenía preparado un buen puchero de caldo de gallina y abundante provisión de tortas y bizcochos, y con el único recurso sanitario de esmerar el aseo, ollas de agua hirviendo y lienzos limpios, atendidas por una partera, sin estudios, pero muy hábiles en estos menesteres por su experiencia. Muy recordada en Criptana fue la María Ignacia.

Luego hubo comadronas, como doña Pere (Peregrina), doña Adela y doña Aurelia. Se presentaban en la casa antes del parto y lo preparaban todo. Sólo se llamaba al médico si la cosa venía muy mal. A veces, cuando existían complicaciones, la situación podía llegar a ser dramática tanto para la madre como para el bebé.


Los partos en casa

La madre de Trini, mi esposa, tan conocida en Criptana como La Chata Badía, murió de un mal parto, quizá causado por una caída unos meses antes del alumbramiento, y también murió el bebé que esperaban. Los dejó a todos, los seis hijos, y también al padre, huérfanos.

Antes había mucha mortalidad infantil. Al no existir antibióticos, el mal se cebaba en cuerpos tan indefensos sin mucha posibilidad de contraatacarlo. Por otra parte, la higiene era menor y las típicas enfermedades infantiles, hoy casi desaparecidas gracias a las vacunaciones generalizadas, entonces eran también una gran causa de mortandad. Mi generación es la de la poliomielitis, la polio, con gran número de afectados, y la de la vacuna de la viruela, la única que nos pusieron entonces, y que a todos nos dejo la clásica marca en brazos o muslos.

Mi madre tuvo seis hijos, dos chicas y cuatro chicos. Las chicas, desgraciadamente, murieron al poco tiempo de nacer. La primera de ellas, segunda en nacer de los hermanos, en plena posguerra, estaba tal mal que mis padres decidieron llevarla a Madrid a un especialista. Allí se murió la pobrecita. Y mi madre tuvo el valor de traérsela muerta en el tren, arropada en la toquilla, sin que nadie se diera cuenta. Nada más llegar pasaron por casa de don Honorio, que les hizo el gran favor de extenderles el certificado de defunción. Con la otra mi madre sufrió también mucho. Era su gran esperanza y tardó tiempo en recuperarse del inmenso dolor.


Las madres
Esperanza Badía, madre de mi mujer, y Flor Alarcos, mi madre

Al dentista se recurría cuando ya no se podía aguantar más el dolor y con flemones tremendos. Y la bronca que te esperaba, claro, por parte de don Horacio del Barco era de cuidado. Tenía la clínica al lado del teatro Cervantes, y otra en Alcázar. Luego vino Valiño, que compro la casa a mi mujer y sus hermanos en la calle Murcia, y que también era médico de niños.


Los sacamuelas
Sacamuelas de otros tiempos

Practicantes titulados los había, que hacían curas y ponían inyecciones, indiciones como algunos decían. Los más antiguos que recuerdo: Aranda, que se marchó pronto del pueblo, y Sánchez Calcerrada Bisturí, compañero de esperanzas y luego de infortunios de mi abuelo Antioco en el Ayuntamiento de la última y malograda aventura republicana; también, Ventura, Julianete, Avelino.

Pero existían personas —preferentemente mujeres—, que sin ninguna preparación, sólo la destreza en poner pinchazos, les hacían la competencia. Entre otras, La Apolonia o La Poli. En mi casa llamábamos a "la María la que pincha", que tenía una doble vida, pues su otro menester era el de pipera en mi misma calle, en un cajón de madera para resguardarse del frío en la esquina de la mercería Casa Valera, frente al cine Rampie. Empezó entonces a popularizarse el uso de la penicilina, que para todo servía, y "la María la que pincha" era asidua en casa para "ponernos unos frascos" a cualquiera de los hermanos. La parafernalia era tremenda antes de bajarnos los pantalones: el curioso estuche metálico de la jeringa, desplegado cuidadosamente sobre la mesa en su otro uso como infiernillo; el alcohol llameando, calentando hasta la ebullición el agua con todos los cachivaches, incluida la terrible y enorme aguja —o así me lo parecía a mí— la mezcla del agua destilada de un frasco con los polvillos antibióticos del otro; o el chirrido estridente de la sierrecilla sobre el cuello de la ampolla... Y de pronto, ¡zas!, golpe en el trasero y el irremediable banderillazo, aunque llorásemos a grito pelado, aunque saliéramos corriendo (y mi madre detrás de nosotros: "¡Te las cargao chaquetón!"). Y si nos escondíamos en el sitio más apartado.... siempre nos encontraban.


Los practicantes
Esterilizador de jeringas y J. M. Sánchez Calcerrada

Muchas gentes recurrían a los remedios caseros, hierbas, tisanas e incluso a la milagrería, brujería y superstición: ensalmos, oraciones y aguas milagrosas, estampas del Sagrado Corazón de Jesús impresas sobre papel de fumar con las que se hacía una bolita que tragaba el enfermo y ofrendas que se pagaban con velas o con la promesa de vestir hábito durante un período de tiempo. Muchos de esas tradiciones han llegado hasta nosotros e incluso hoy en día se siguen empleando tal y como antes se hacía.


El bálsamo de Fierabrás

El bálsamo de Fierabrás (legendario gigante sarraceno, hijo de Balan, emir de Antioquía) era un brebaje sanalotodo cuyos ingredientes, conocidos por don Quijote, eran los siguientes: romero, sal, aceite y vinagre, más ochenta paternóster e igual número de avemarias, salves y credos. Óigase lo que don Quijote decía a Sancho: “...no tienes más que hacer sino que cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), tomas bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sutileza, antes que la sangre se hiele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo; luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana”.

Para combatir el resfriado había varios procedimientos: uno de ellos era hacer ventosas. Se colocaba una perra gorda en el pecho y encima un algodón impregnado en alcohol encendido. Inmediatamente se ponía un vaso para taparlo y, al hacer el vacío, la carne subía para arriba inundando el vaso. Este remedio se colocaba sobre todo en el pecho para curar el mal del frío.

Otro consistía en poner papel de estraza mojado en aguarrás sobre el pecho. Pasadas unas horas el resfriado mejoraba.

Ingerir vino cocido con azúcar muy caliente y una yema de un huevo también mejoraba notablemente el constipado.

Ha sido siempre tradicional para combatirlo tomar leche casi hirviendo con miel y un chorreón de coñac. Se sudaba y se eliminaban los virus

Sin olvidar las cataplasmas de harina de linaza o de mostaza aplicadas calientes sobre el pecho. Las había incluso de venta en farmacias.


Cataplasmas

Al menor síntoma de ronquera o carraspera, te mandaban a hacer gárgaras con agua y vinagre o bicarbonato.

A los animales, sobre todo a los destinados al laboreo de la tierra, para sanarlos de un constipado se les daba a comer las camisas de las serpientes previamente hervidas y mezcladas con trozos de pan para disimular el sabor.

Para los orzuelos, lo mejor era un higo seco abierto por la mitad y puesto en el ojo. También rozarlo con una llave hueca repetidas veces para que menguara de tamaño y no molestara su picor. Algunos decían que cuando se tiene un orzuelo hay que poner tres piedras en montoncillo junto a la puerta de la casa, y cuando pasa alguien y les da una patada nos desaparece a nosotros y se lo pegamos al futbolero.

Para curar la otitis se iba con un dedal a casa de una recién parida y ésta lo llenaba con la leche de sus pechos. Luego se derramaba en el oído del afectado bajo la creencia de que el dolor lo producía un gusano allí alojado, y que al darle la leche se estaba quieto y ya no molestaba más, curándose así el malestar.


Remedios para los orzuelos y para la otitis
Una llave hueca para los orzuelos y un dedal de leche de mujer para matar al gusano de la otitis

Las heridas se cicatrizaban con zullón de lobo. Se trataba de un hongo o seta que crecía en el monte, llamado así porque semejaba el excremento de un lobo. En su interior contenía un polvo que si se derramaba en las heridas hacía las veces de astringente, curándolas y cicatrizándolas en un tiempo récord. También con telarañas. Y estando en el campo, el mejor remedio para desinfectarlas era lavarlas con la propia orina.

Para las escoceduras o roces en la piel, pero sin llegar a tener herida, se empleaba el aceite de freír un conejo. La grasa que soltaba junto con el aceite de oliva frito era una buena pomada para curar las escoceduras y calmar su dolor.


Aceite de freír conejo para las escoceduras
Aceite de freír conejo para las escoceduras

Para una contusión lo mejor era dar friegas (masajes en la zona del cuerpo que se tenía dolorida) con alcohol de romero.

Para el dolor de tripa se recurría a que un gemelo te tocara el vientre o tomar una infusión de anís estrellado.

Y si se trataba de animales de laboreo, se llevaban a las pocilgas de los cerdos para que allí se revolcasen y tumbasen, que así se les iba el dolor de tripa.

Para el estreñimiento, unas buenas cucharas de aceite de oliva, de ricino o un trago de Agua de Carabaña, dejaban el cuerpo como un reloj.


Remedios para el estreñimiento y las contusiones
Remedios para el estreñimiento y las contusiones

El rechinar de dientes cuando se dormía, se decía que era un síntoma de tener lombrices. El tratamiento consistía en coger una vedija de lana, empaparla en aceite, e introducirla, claro, por el ojete.

Para el mal de ojo existía una famosa oración que muchas mujeres de los pueblos sabían y recitaban como un ritual, principalmente a niños pequeños que se decía que habían sido aojados y que por eso lloraban o estaban molestos. El ritual consistía en mojar el dedo corazón en aceite y luego dejar caer una gota en un vaso de agua. Si ésta se deshacía era señal de estar aojado y procedía recitar la oración. Siempre tenían que ser mujeres, y haberla aprendido un Viernes Santo: (Nombre del afectado/a), unos ojos te han hecho mal, tres te habrán de sanar: Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad. Si es en la cabeza, santa Elena; si es en el cuerpo, el Santísimo Sacramento; si es en los pies, los ángeles treinta y tres. Como estas palabras son tuyas y verdaderas, Dios te quite todo el mal que tuvieras (tres veces).


El mal de ojo
Si alguien no nos "mira bien", deseándonos lo peor, la energía proyectada llegará en forma de mal de ojo; todo nos irá mal

La manzanilla, además de digestiva después de las comidas, se usaba —y sigue siendo eficiente— para lavar los ojos irritados.

Para eliminar las verrugas se frotaban con corteza de cerdo cruda durante dos minutos. Después la corteza se tiraba a un tejado y no te podías mojar la zona en tres días.

Para el dolor de garganta se tomaba una infusión con cuatro o cinco hojas de laurel, miel y limón. También, sujetando una patata recién cocida en el cuello mediante un pañuelo o servilleta.

La patata se usaba igualmente, en este caso y cortada por la mitad, para aliviar las quemaduras

Para las picaduras de avispa, se frotaban con barro mojado en saliva y acto seguido bajaba la hinchazón.

Una moneda servía para aliviar el dolor de los golpes en la cabeza; se apretaba fuertemente contra el chichón y desaparecía.

Para que desapareciera el hipo de los bebés mojaban con saliva un trocito de lana de su mantilla y se lo pegaban en la frente.


Remedios caseros
Patata para las quemaduras, monedas para los chichones y trocito de lana para el hipo

En todas partes había curanderos o sanadores que afirmaban sanar cualquier enfermedad, incluido el dichoso mal de ojo. Componían huesos rotos o dislocados y arreglaban los cuerpos maltrechos por torceduras, sobreesfuerzos o contusiones con la única ayuda de la pericia de sus manos, sus oraciones, sus imágenes milagreras, sus supersticiones y alguna que otra pócima más o menos medicinal. Gozaban de la confianza y el fervor popular y a veces ejercían su trabajo de forma ambulante, de paso por pueblos y ciudades.

Para curar las verrugas el curandero hacía tantas cruces con hojas de olivo como verrugas tenía el paciente. Después rezaba o invocaba algún tipo de ritual. Para el culebrillo o herpes zóster, enfermedad vírica que afecta los trayectos nerviosos y que produce una erupción cutánea localizada, a veces muy dolorosa, también se ofrecía una curación mágica: hacer nueve paquetes con paja de avena y quemar cada día uno de los paquetes.


Curanderos
Sanador que curaba con vasos de agua previo pago de la voluntad

Para la fiebre terciana había un ritual muy curioso. El afectado tenía que coger un puñado de sal y recitar sobre un pozo: Buenos días señor Salomón, / tercianas traigo, tercianas son. / Aquí las dejo, ¡quede usted con Dios! Tiraba a continuación el puñado de sal en el pozo y salía corriendo sin mirar para atrás, si miraban la cura no tendría efecto.

En Criptana era muy apreciada La Gavilla, que tenía cierto don para remediar torceduras, contusiones, dolores lumbares y de ciática e incluso fracturas, y no menos, La Julianeta y Josefa La Macarena.

En la antigüedad se pensaba que en el organismo había cuatro fluidos básicos llamados humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Cuando los humores estaban en proporciones debidas, la persona gozaba de una buena salud, pero cuando se desequilibraban estaba enferma. Y ya el famoso medico griego Hipócrates recomendaba la sangría artificial como un remedio salvador para eliminar del cuerpo los malos humores.

En la edad media, el arte del cirujano no se adquiría a base de estudios universitarios; se conseguía en íntimo emparentamiento con el oficio de barbero o practicando con algún maestro curandero. Es así, que los sacamuelas, batidores de cataratas, matasanos, y sanadores deambulaban de feria en feria proclamando su destreza. Por eso, los barberos, en muchos pueblos de La Mancha hasta bien entrado el siglo XX, además de su oficio de cortar el pelo y afeitar, hacían sangrías, aplicaban sanguijuelas, sacaban muelas y dientes, y ponían ventosas, vejigatorios, clísteres, etc.

Precisamente, la bacía que don Quijote arrebata a un barbero, creyendo apoderarse del famoso yelmo de Mambrino, era el instrumento que utilizaban para las sangrías y para cortar la barba.


Bacía de barbero
Bacía de barbero que creyó yelmo de Mambrino Don Quijote

INDICE

18 LA HIGIENE DE ENTONCES

"Voy a lavame y a peiname”, dicen en La Mancha.

A principios del siglo XX, el abastecimiento de agua potable en Criptana se hacía a partir de dos fuentes, la del Caño y la de la Poza, que resultaban insuficientes, por lo que la gente se veía obligada a traer agua de pozos de fuera. El Ayuntamiento andaba gestionando por entonces la traída de aguas al pueblo desde diferentes pozos del término municipal, y según proyecto de un fontanero de Madrid, que no se puso en práctica por su elevado costo, ninguno de ellos (El Charco, Huerta del Bajo, El Pico y Villalgordo) daba agua suficiente. La solución no llegaría hasta la segunda década del siglo XX con la traída de aguas desde la finca "Perdigueras", entre Marañón y Cinco Casas.


Fuente del Caño
Así era en tiempos pasados la fuente del Caño


Fuente del Caño
Otra fotografía antigua de la fuente del Caño


El Caño y la Poza
Otro aspecto antiguo del Caño y actual de la Poza


A por agua al Caño
A por agua al Caño

No obstante, el agua era un bien tan escaso, que se aprovechaba hasta la última gota. Grifo había en casi todas las casas, pero caía de higos a peras y con muy poca presión, y casi nunca en las zonas más humildes y altas del pueblo. El remedio: tener pozos en las casas, pero muchas veces era salobre; ir a la fuente del Caño o de la Poza; esperar al aguador, que con una cuba sobre un carro —de esto hace ya bastante tiempo—, recorría las calles, o hacer aljibes para almacenar el agua esos días que caía.


Cuadro máquinas pozo Perdigueras
Antiguos cuadros eléctricos del pozo Perdigueras
El agua, tras surtir primero a Alcázar, se bombeaba hasta el cerro de San Antón, desde donde por inercia llegaba a Criptana

Después, la gente empezó a construir cuartos de baño y cocina "con tos los adelantos" —que se decía entonces— incluidos los pozos negros, y fue necesario bombear el agua con motores desde el aljibe a un depósito de uralita o similar dispuesto en el tejado. Con esto, ya se podía disponer de agua en los grifos en cualquier momento. Con los años, el Ayuntamiento realizó nuevos pozos de agua, depósitos y canalizaciones con más presión, más días de suministro, alcantarillado, y ya se pudo prescindir de los pozos de aguas fecales y de los motores de bombeo; subía el agua ella solita a los depósitos. Hoy el suministro de agua está asegurado con la nueva captación en el paraje de Marta, de 400 m de profundidad, y también se prescinde de los aljibes, que en muchas casas eran los grandes tinajones que se empleaban para el vino, pero enterrados para no ocupar espacio.


Aljibe
Aljibe


Cuartos de baño
Cuarto de baño. Final años 50


Pozo en el paraje de Marta. 1965
1965. Pozo en el paraje de Marta. El entonces alcalde don José González Lara visita las obras de captación

Antes, las necesidades no eran, naturalmente, las de ahora. Para empezar, los retretes eran unos habitáculos, dispuestos en alto sobre los barrancos de las basuras, con un poyete y una tabla de madera con un agujero, en el que uno se colocaba y hacía sus necesidades. Eso sí, la tabla y la tapa del agujero se limpiaban todos los días con lejía y con polvos blancos y se mantenían como los chorros de oro. Si el retrete no estaba muy alto y en la casa había gallinas, el trasero peligraba de algún picotazo; silbando o cantando se ahuyentaban. En algunas casas humildes, aún peor, sólo un tablón sobre el barranco, Y en otras ni siquiera, se aliviaban saliendo al campo o en las últimas tapias del pueblo.

Los barrancos con todas las inmundicias en putrefacción eran fuente de malos olores, moscas y ¡vete a saber qué! Se procuraba mantenerlos lo más "aseados" posible, echando tierra encima. Las gallinas también ayudaban en esa labor. Pero eran eso: basureros. El día que venía algún agricultor para vaciarlos y emplear el contenido como estiércol, era ya horroroso.


Retretes y barrancos
Retrete y barranco

El alcantarillado y establecimiento del servicio de recogida de basuras fue un gran alivio para el pueblo, cuya higiene y sanidad aumento cuando, en los años sesenta del pasado siglo, con la mecanización del campo, desaparecieron también las cuadras y la gente dejó de criar gorrinos, gallinas o conejos. Con la inmundicia y los animales conviviendo entre las personas, se creaba el medio propicio para que se multiplicaran los piojos, pulgas, garrapatas, hormigas, moscas, mosquitos, tábanos, avispas, ratones, ratas, ciempiés, arañas, lagartos, lagartijas...

En todas las casas había que combatir a estos vecinos tan poco deseados con disparidad de ingeniosos artilugios o productos que se anunciaban como los definitivos para tal o cual plaga. Y nunca faltaba la palmeta para las moscas o el famoso aparato de fli, una especie de bombín con depósito para fumigar con insecticida.


Matamoscas

Antes de la abundancia de agua y de los cuartos de baño, en los antiguos de aseo solía haber una tinaja con su tapadera, llena de agua, y con un jarro se servía uno en la palangana. El agua sucia se tiraba luego en unos cubos de porcelana blanca que tenían todos los palanganeros. En la jabonera se podía tener jabón del bueno, de olor, o trozos de los hechos en casa con restos usados de aceite.


Cuarto de aseo
Cuarto de aseo

En los dormitorios, debajo de todas las camas, no podía faltar los orinales, salvo si uno quería darse una vuelta hasta el retrete.


Orinal
Orinal, dompedro, perico, bacinilla, bacín, dondiego, tito, beque, chata... Por todos estos nombres y algunos más se conoce

En las cocinas, también con su tinaja de agua, no se empleaban para lavar los detergentes que hay ahora, no existían; lo de entonces era el jabón casero, arena blanca y greda o asperón para las sartenes, y mucho estropajo de esparto.


Fregadero
Fregadero


¡Otros tiempos
En las casas más humildes la precariedad era casi absoluta. ¡Eran otros tiempos!

Mi madre se levantaba muy temprano. Disfrutaba con ello. Cuando nosotros lo hacíamos para ir al colegio, a ella ya le había dado tiempo a fregar los cacharros de la cena, charlar con alguna vecina y barrer la puerta (el trozo de cera y de calle que nos correspondía), ir a misa primera y hasta a pasarse por la churrería y tenernos preparadas porras para desayunar. Si encontraba allí mucha gente y tenía que esperar, prefería venirse rápida a casa y hacernos picatostes.


Barriendo la puerta
Barriendo la puerta

Para barrer se empleaban escobas de lastón, y más en las casas cuyos suelos eran de yeso, que no admitían otra cosa para no levantarlo. El lastón se cortaba a principios de verano aún verde, se ataban manojos igualando las puntas y se colgaban hacia abajo para que se secaran y adquirieran el tono dorado característico. Había mujeres que pasaban vendiendo las escobas por la calle: unas de lastón mas fino y largo, que se empleaban para suelos finos, y otras mas bastas y cortas, que se empleaban para encalar. En cualquier caso, el atado de las escobas dejaba que desear, y era preciso hacerlo más fuerte. En mi casa, se ocupaba de esa labor Daniel, el ayudante de mi padre en el camión, verdadero especialista también en otras muchas cosas, y que igualmente procedía al corte, en el tamaño adecuado y al bies, de las escobas de enjalbegar

Otras escobas bastas, de cabezuela, se empleaban en los corrales, para patios empedrados y para la calle. Del mismo modo, las de mijo, más caras y muy bien elaborado el mango, y las hoja de palma, atadas sobre una caña, que naturalmente se traían de fuera y las vendía el padre de los Calzado en su droguería de la calle de la Virgen. Recuerdo otras, con palo redondo y un atado muy laborioso para que fueran planas, creo que de mijo, y las construidas rudimentariamente con un palo y un atado de sarmientos para barrer sólo lo más gordo por la calle o en las eras.

Para quitar el polvo se utilizaban trapajos viejos y zorros construidos con tiras de trapo anudados a un palo, y no faltaba en ninguna casa otro de estos con una larga caña para los techos y sitios altos

Las mujeres se arrodillaban y fregaban los pisos con estropajos y bayetas, y también —en esto se aplicaban con tesón, restregando con polvos blancos, arena y asperón— los poyuelos de madera que configuraban entonces cada uno de los peldaños de las escaleras y los que separaban una estancia de otra (travesaño en el suelo de los marcos de las puertas).

Todos los días había que hacer estas tareas, pero más a fondo los sábados, y por ese nombre, hacer sábado, se conocía.


Todo dispuesto para hacer sábado
Todo dispuesto para hacer sábado, un zafarrancho de limpieza de la casa en ese día, más esmerada y completa que el resto
de la semana. La costumbre viene de muy antiguo y ya la realizaban los cristianos viejos y más los conversos para no levantar
sospechas y remarcar las diferencias con judíos y musulmanes.


Fregando el suelo

Para deshollinar las chimeneas se arrastraba a lo largo de ella una gavilla. Era una labor muy penosa y se ponía todo perdido de hollín; afortunadamente no se hacía con mucha frecuencia.

En la inmensa mayoría de las familias, el sábado por la tarde era el día también —bastante trajín de jornada— de los "enjabonaos" de los chicos de la casa. Se preparaba el lebrillo más grande o una tina con agua caliente en la habitación normal de estar, y si era invierno se echaban buenos zoquetes de leña en la estufa, se avivaba el fuego de la chimenea o se prendía fuego al alcohol derramado en una palangana o recipiente adecuado. Y después uno a uno, empezando por el mayor, desnudos, íbamos pasando para que mi madre nos "estezara" con el estropajo y el jabón.


Nos estezaban con estropajo y jabón
Nos "estezaban" con estropajo y jabón

Los mayores hacían la misma operación, en un sitio reservado o en cuarto de aseo si se tenía, pero la costumbre era lavarse y secarse por partes todo el cuerpo, desde el cabello, con el jabón casero y agua con vinagre para aclararlo, hasta los pies.

Algunos, de higiene poca o ninguna, pues era muy corriente ver a chicos con verdadera mugre y ronchas en las rodillas y en los pies, y con costrones de heridas mal curadas, infectadas y llenas de pus.

El día de la colada, los lunes generalmente, era toda una odisea, y, claro está, no nos cambiábamos tanto como ahora. Había que empezar dejando la ropa en remojo, la oscura con virutas de jabón y la blanca con lejía, incluso la más sucia con sosa. Al día siguiente se echaba en la artesilla de madera (con los años se sustituyeron por pilas de piedra), y con agua muy caliente que se había tenido al fuego en un caldero, y bien enjabonada, se frotaba fuertemente contra la tabla de lavado. Esto era lo que se decía echar u ojo, pero a veces, si la ropa estaba muy sucia, se cambiaba el agua y se echaban dos o hasta tres ojos. Después se aclaraba, se estrujaba y se tendía al sol. Al agua del último aclarado de la ropa blanca se incorporaba un poquito de azulete con una muñequilla, dejándola en remojo durante unas horas. Todos estos trajines se hacían en la cocina de viejo que había en todas las casas —la cocinona, decíamos en la nuestra—, y se necesitaban varias personas. En mi casa, además de la muchacha o moza, que así se llamaba a las chicas de servicio, venia una mujer, la María Antonia, que siempre ayudaba a mi madre.


Artesilla para lavar
Artesilla para lavar


La antigua colada
Lavado en artesilla


Calentando el agua para la colada
Calentando el agua para la colada

Y luego venía el repaso de lo roto—siempre había algo que zurcir—, que ayudaba mi abuela Pepa, el almidonado en no pocas prendas para darles mayor realce, como alguna ropa femeninas y cuellos de camisas, y el planchado con aquellas viejas planchas y con aquellos tejidos que tanto se arrugaban. Las planchas se calentaban poniéndolas encima de los fogones (mientras se planchaba con una, otra se calentaba), las había también con un deposito para llenar con brasa de carbón. Todas eran de hierro, y había que emplear trapos rodeando el asa para no quemarse. Luego llegaron las eléctricas.


Zurciendo
Zurciendo un calcetín con un huevo de madera dentro

Para el planchado se utilizaban las mismas mesas que había en las cocinas para preparar los alimento y para comer, extendiendo sobre ellas una manta vieja y un paño blanco, la mitad de las veces una sábana desechada, e imprescindibles eran las parrillas de hierro fundido, algunas muy "historiadas", de verdadera filigrana, para depositar las planchas.


Plancha
Planchas


El planchado
Planchando

Con la aparición de las lavadoras (al principio sólo a motor y luego las automáticas), los modernos centros de planchado, los tejidos inarrugables y, por supuesto un mayor nivel económico en las familias, toda esta tremenda brega dejó poco a poco de necesitar tan considerable esfuerzo.


Para hacer jabón casero, se seguía la siguiente receta:

Se toma un kilo de sosa cáustica y se disuelve en 6 litros de agua, dentro de un recipiente que no sea de estaño ni de aluminio.

Cuando ha terminado de deshacerse se van incorporando poco a poco 6 litros de aceite sobrado de frituras, previamente colados, sin dejar de dar vueltas con un palo.

A medida que va pasando el tiempo, y sin dejar de remover siempre en la misma dirección, se irá solidificando, hasta alcanzar un punto semejante a la mayonesa casera. Sabremos que el jabón ya está listo cuando saquemos el palo limpiamente, sin que queden restos de la pasta adheridos a él. Este proceso puede acelerarse si colocamos el recipiente al fuego.

Volcaremos entonces el jabón en una caja de cartón o madera y lo dejaremos endurecer uno o dos días. Pasado este tiempo cortaremos el jabón en cubos del tamaño que deseemos y lo dejaremos orearse algunas horas más.


Jabón casero
Jabón casero

(Sobre esta regla básica hay variantes como por ejemplo añadir un puñado de sal o harina o unas gotas de añil para darle color azulado)

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19 ENJALBEGAR

En los pueblos de La Mancha es costumbre encalar las casas ("enjablegar" o enjalbegar, se dice) para proteger las paredes de tapial o adobe, tradición que se conserva, como en muchas partes de Andalucía, desde los tiempos de la dominación árabe. Antaño esto respondía a una necesidad de saneamiento, ya que la cal preservaba a las casas de contagios y enfermedades. Además ayudaba y ayuda a combatir las calores del verano.

Desgraciadamente esto se va perdiendo en las casas de nueva construcción, y en las viejas las gentes prefieren poner un revoco con materiales más duraderos. Sí existen zonas especialmente conservadas, como puede ser el albaicín de Campo de Criptana en la subida a la Sierra de los Molinos, pueblo extraordinariamente blanco y luminoso, y que así puede apreciarse si a él llegamos por tren o carretera. Tan típicamente manchego, que casi se pasa.


El albaicín criptanense
Albaicín criptanense

Muy propio de Criptana, hasta el punto de casi ser seña de identidad y hoy en clara regresión, es el mezclar cal con polvos azules para pintar, sobre todo en las fachadas de las casas, un zócalo de un metro mas o menos a partir del suelo, de una belleza inigualable por el contraste del blanco y el añil.

También muy típico para el fuego bajo o fogón de las cocinas era emplear la cal mezclada con unos polvos ocres, lo que algunos llamaban "sombra de viejo".


Sombra de viejo
"Sombra de viejo" en una antigua cocina con chimenea

Los hornos de cal eran como pequeñas y modestas fábricas en las que, con fuego, se convertía la piedra caliza en cal. Consistían en una excavación parecida a un pozo, cerca de la cantera de la piedra, tapiada hasta poco más arriba de la superficie del terreno. En el hueco se ponía leña, y con grandes piedras se componía una bóveda partiendo de la base interna del horno. Después se cerraba en falsa cúpula por aproximación de hileras y se dejaban agujeros para que pudieran pasar las llamas. Sobre esta bóveda, el resto del horno se llenaba de piedra viva y se cubría con cal muerta o tierra. Sólo quedaba prender la leña e ir añadiendo más durante unos días. Una vez cocida la piedra, se tapaba perfectamente con carrizo y ramas para evitar que se mojara, ya que esto la estropearía.


Restos de un antiguo horno de cal
Restos de un antiguo horno de cal

"¡Cal, cal blanca! ¡Cal para encalar!", pregonaban los caleros con sus burros y mulos cargados, vendiendo su producto por las calles de los pueblos. "¡Cal en terroooón!", ofrecía Lesmes en Criptana.

Este producto, la cal viva, tenía que apagarse poniéndola en alguna tinaja bien cubierta de agua, que hervía a borbotones hasta que las piedras se cuarteaban y quedaban pastosas.


¡Cal en terroooón!
¡Cal en terrooooón! Lesmes


Tinajas para la cal
Tinajas para la cal

Se tenía todo preparado para cuando llegara el blanqueador, que con sus grandes escaleras (entonces de madera) enjalbegaba con escobas especiales de lastón (de pequeñas dimensiones, muy apretadas y cortadas en bisel) paredes, aleros y hastiales. Antes se añadía de nuevo agua y se removía con un palo la cal, y con un cazo viejo se echaba en cubos de zinc. Las mujeres de la casa, con gente más que se contrataba, trabajaba esos días sin parar, pues ayudaban a blanquear por las partes más bajas, hacían los remates en el suelo (la cintilla, con mezcla de cal, cemento u hollín) y con limpiar todo lo que ensuciaba el blanqueador ya tenían bastante.

Era un orgullo y es aún para mucha gente mantener la casas de un blanco cegador, y no pasa año que no se proceda al encalado, sobre todo para que luzca para los días de feria.


Blanqueando

Blanqueadores
Blanqueadores en la calle Costanilla

En Criptana había varios blanqueadores. Uno de los más conocido era Caneco, personaje muy pintoresco del que se contaban varias graciosas historias, como aquella en la que quiso imitar a Ícaro y volar con dos gavillas de sarmientos atadas a los brazos y tirándose de una cina. Luego, toda su familia.

Muy conocidos, también, los Olivares. De ellos, el que iba a mi casa era José María, muy parlanchín y dicharachero. Siguieron con el oficio las segundas generaciones: Primitivo, Rafael, Josemari... Y algunos de los nietos. Y todos compaginando la tarea de blanqueadores con la de pintores.


Blanqueadores
Antiguos blanqueadores en Criptana: Salustiano Martínez de Madrid Caneco, su hijo y, a la derecha, Rafael Olivares

Especialista en pintura era Ignacio Valbuena. ¡Un verdadero genio! Sólo pedía libertad en su vena artística, y aquí te pintaba una guirnalda, allá una cenefa, unos pajaritos decorando el techo, los plafones...

Era este Valbuena de figura muy menuda, no en vano en Carnavales se vistió varios años de Charlot, a quien imitaba a la perfección incluso en los andares. Y una vez, en mi casa, cuando estaba pintando subido a una escalera, mi hermano pequeño, Francisco, que tendría entonces unos dos o tres años, en su inocencia, al ver su escuálida hechura, preguntó: "¿Qué hace ahí ese tiote?". ¡Nos partíamos muchas veces de risa al recordarlo! Creo que hizo sus pinitos con los pinceles y expuso algo, pero el verdadero artista de la familia: su hijo mayor, Francisco Valbuena, firma de reconocida e internacional fama. Sus óleos, acuarelas y dibujos han plasmado como nadie antes lo había hecho el cielo, los molinos y el albaicín de Criptana. Y sin olvidar también a su nieto Paco Valbuena, fallecido tan prematuramente.


Cuadro de Ignacio Valbuena
Cuadro de Ignacio Valbuena

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20 LA ESTACIÓN

En el siglo XVIII, los trabajadores de diversas zonas mineras de Europa descubrieron que las vagonetas cargadas se desplazaban con más facilidad sobre un carril hecho con planchas de metal, ya que de esa forma se reducía el rozamiento.

El ingeniero Richard Trevithick construyo en 1802 una máquina de vapor para una planta siderúrgica en Merthyr Tydfil, Gales, que logró adaptar a un bastidor con ruedas e hizo de ella una locomotora para arrastrar vagonetas.

Y es así, que basándose en estas experiencias, la primera vía férrea pública del mundo, la línea Stockton-Darlington, en el noreste de Inglaterra, dirigida por George Stephenson, se inauguró en 1825.

La primera línea en España data de 1848, la Barcelona-Mataró, de unos 29 km, y un año después, la reina Isabel II inauguraba la línea Madrid-Aranjuez, tramo que suponía los primeros 45 km de la concesión entre Madrid y Alicante.

La construcción ferroviaria durante los años siguientes tuvo un carácter muy fragmentado, y estuvo protagonizada por pequeñas compañías encargadas de promover líneas locales, muchas de las cuales estaban destinadas a formar parte de organizaciones de mayor envergadura, como la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA), la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España (Norte) y la de los Ferrocarriles de Andalucía. En 1858 Madrid quedó unido con Alicante, en la costa mediterránea, y en 1864 se concluyó la principal línea del Norte, entre la capital y Hendaya, en la frontera francesa.


Línea férrea Barcelona-Mataró
Réplica realizada en 1948 con motivo de celebrarse el Centenario de la línea férrea Barcelona-Mataró

Pasado el tiempo, debido a la destrucción de muchas vías férreas y estaciones durante la guerra civil de 1936, las compañías no prestaban convenientemente su servicio, y el Estado, entonces, mediante ley de 24 de enero de 1941, creó la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles (RENFE.), que tomó a su cargo todas las sociedades ferroviarias.

Hoy, debido a la ley antimonopolio en vigor en toda Europa, el sector está liberalizado y de nuevo las empresas privadas pueden optar al establecimiento y explotación de cualquier servicio de trenes.

En cuanto a la evolución del ferrocarril, el máximo desarrollo de una máquina de vapor se dio en la década de 1950 con la locomotora Confederación, coincidiendo con el cenit de la tracción vapor en España. Se trataba de una maquina que desarrollaba 4.226 caballos de potencia, muy superior a las diesel posteriores, de mediados de los años cincuenta, que ofrecían entre 1.600 y 1.800 CV, superior incluso a eléctricas muy modernas de 3.000 caballos. La Confederada, como popularmente se la llamaba, fue retirada de servicio en la década de 1970, y fue el gigante de una generación que se acabó, dando paso a nuevas tecnologías que desde años atrás venían abriéndose paso y compitiendo con el vapor tradicional.


La Confederada
La Confederada

En la década de los 40 aparecieron en España los trenes TALGO (Tren Articulado Ligero Goicoechea Oriol), cuyos principios básicos siguen siendo: ligereza, bajo centro de gravedad, articulación entre coches o vagones y gran confortabilidad para los viajeros.


Tren TALGO
Tren TALGO

Para el ferrocarril de alta velocidad (AVE) se adoptó la tecnología TGV francesa (seleccionada entre la alemana, italiana y japonesa), con ancho de vía internacional para todo el conjunto de la red proyectada, y que tuvo su primera expresión en la línea Madrid-Ciudad Real-Córdoba-Sevilla, inaugurada en 1992.


Tren AVE
El AVE en Ciudad Real



En Criptana siempre se comentó, que la negativa y oposición contumaz de ciertos poderosos a vender sus tierras, fue la causa del establecimiento en Alcázar de San Juan del importante nudo ferroviario que en principio aquí iba destinado, pues geográfica y estratégicamente parecía lo más conveniente. No existe ninguna documentación al respecto, pero sí del Ayuntamiento de entonces, negándose al trazado de la vía férrea porque atravesaba terrenos municipales y podría perjudicar a campesinos humildes, que se verían privados de su uso. No fue eso óbice para que mas de un edil comprara tierras junto a los solares en donde pronto se erigiría la estación, que naturalmente, se revalorizaron inmediatamente.


Vista nocturna de la estación de Criptana
Vista nocturna de la estación de ferrocarril de Campo de Criptana en su etapa (1995-2012) de estar clausurada

Sí está claro que el ferrocarril alteró la vida del pueblo, y que más lo hubiera hecho a todos los niveles, sobre todo el económico, si la compañía MZA aquí hubiera establecido el enlace con la prevista línea a Andalucía.

También hay que destacar, a pesar de las reticencias iniciales del Ayuntamiento, su diligencia en reaccionar ante la nueva situación, pues dos meses antes de inaugurarse la estación y el paso de trenes, el 18 de marzo de 1855, ya se proyectó y se iniciaron las obras de una nueva calle que desde el Tumbillo posibilitara el acceso de personas y la conducción de efectos al tren. Es el antiguo paseo de la Estación, hoy avenida de Agustín de la Fuente.


Antiguo paseo de la Estación
En el Tumbillo, a la izquierda, el antiguo paseo de la Estación, hoy avenida de Agustín de la Fuente

Otra prueba de ello fue el servicio postal, hasta entonces mediante postas (del latín positus, "puesto", de donde procede el término "servicio postal") separadas para una jornada de viaje, y con un cuerpo de jinetes que cabalgaba en relevos de una posta a otra, corredores que dieron origen a la palabra "correo", el que corre. Nuestro punto de enlace estaba en Madridejos, al que acudía una persona pagada por el municipio. En tres días y medio llegaba la correspondencia de Madrid a Cádiz, por ejemplo. Casi, más rápidamente que ahora.


Caminos de Postas
Parte del Camino de Postas Madrid-Sevilla

Pues bien, inmediatamente esta prestación pasó a realizarse con el tren, diariamente y con menor gasto, trabajo para el que fue nombrado un tal Esteban Mayorga, y trabajo que muchos recordamos, ya en sus últimos suspiros, a pesar de que el servicio fue monopolizado en 1889 por la Compañía de Correos y Telégrafos, en la persona de Marcelo Martínez, que llevaba las sacas de correspondencia desde la estación hasta la estafeta, y aprovechaba para subir o bajar también viajeros en su viejo coche, tipo diligencia, tirado por un caballo de nombre Juanito. Era una estampa que resultaba incluso anacrónica en aquellos tiempos.


El viejo coche de Marcelo
Marcelo en el pescante de su coche diligencia. Dentro está Rosa la de Soteto, con quien que se había casado en segundas
nupcias. El chiquillo de las gafas, Francisco Escribano Soteto, un nieto “prestado” de la línea del primer matrimonio
de Rosa, es el que amablemente me cede la fotografía. Dentro también, dos primas de Francisco y un amiguillo

En Criptana, el camino de hierro significó entrar en la modernidad y saber que nos tenían en cuenta a la hora de proyectar las líneas de comunicación. Para muchos, además, en aquellos tiempos en los que viajar sólo estaba reservado para pocos, una máquina mágica que podía llevarte a viajes y aventuras mil veces sólo soñadas. Fue así como el tren obró a manera de fetiche, y las gentes bajaban de paseo a la estación, sobre todo las parejas, a "tocar el tren", que al hacerlo quizá se obrase el sortilegio para que ese viaje, o incluso esa “huida” hacia lo desconocido, se pudiera realizar.

También el puente de la carretera a Arenales ejercía el mismo ensalmo. Apoyados sobre el pretil, se observaba el paso incesante de los vagones en uno y otro sentido, con el pensamiento de nuevo puesto en tierras entonces para muchos remotas. A veces se tiraban piedras sobre los carruajes abiertos de los trenes de mercancías, como intentando en ellas transmutarse y aparecer en unas horas en Madrid, o más lejos aún, en el mar de Valencia o de Andalucía.


La fascinación del tren
Años 30 del pasado siglo. Merienda campestre junto a la vía del tren. Mi madre (la segunda por la derecha) con unas amigas.
En la otra foto, mi madre (abrigo negro) y su prima Rosario Sainz con mi padre. El puente en la carretera a Arenales al fondo


Puente sobre la carretera a Arenales
El viejo puente sobre la vía en la carretera a Arenales


Puente sobre la carretera Nieva
El nuevo puente sobre la vía en la carretera Nieva

Aquellos ferrocarriles del principio tenían cuatro clases o categorías, y en la cuarta los viajeros iban de pie, aunque se les permitía llevar un bulto en la cabeza.

Entre las instrucciones que se daban a los pasajeros, figuraba ésta, que suponemos no tranquilizaría mucho a las gentes ya asombradas ante aquellos monstruos que vomitaban humo, sembraban fuego y bramaban cien veces más fuerte que un toro: "Si por desgracia, en un momento de apuro y temor, alguno se tirase de un carruaje en marcha, al menos debe procurar lanzarse con todas sus fuerzas hacia el punto de donde viene el carruaje para no caer debajo de aquél al llegar al suelo".


El tren era una máquina mágica
Antiguo tren a su paso por Criptana

Para los chicos, en mis tiempos, de igual forma el ferrocarril tenía su atracción, y muchos domingos por la tarde, antes de ir al cine, seguíamos el caz del Pozo Hondo hasta toparnos con las vías del tren. Allí nos fumábamos los cigarros que habíamos comprado por suelto en el Feliso o en alguna de las piperas, prendíamos temerariamente fuego a algunos rastrojos y cardos y contábamos los trenes que circulaban. A veces saludábamos a los pasajeros con un movimiento de mano; pero, si se terciaba, lo clásico era mandarlos a tomar por culo, haciéndoles el clásico corte de mangas. Siempre colocábamos monedas en los raíles al paso del tren, que quedaban aplastadas, con la figura de Franco desfigurada. Para saber si venía el convoy, imitábamos a los indios en las películas, acoplando el oído sobre los raíles.


Estacion de Criptana
Vista general de la estación de ferrocarril clausurada de Campo de Criptana y detalles de la altura sobre el nivel
del mar en Alicante y de la distancia kilométrica a Madrid


Estacion de Criptana
Desgraciadamente, desaparecieron el reloj y la campanilla para avisar de la salida de los trenes.
Algún "amigo de lo ajeno" se los llevo. ¿Forastero o del pueblo? En su casa los debe tener como adorno

Mucha ha sido la labor del servicio ferroviario y de la estación en nuestro pueblo a lo largo de los años. Y cuando desde 1995 la hemos visto cerrada durante 17 años, abandonada, en un estado cada vez más decrépito, convertida en simple apeadero que no correspondía a la categoría y al tráfico existente en Criptana, recordábamos tiempos mejores, cuando muchas empresas, sobre todo bodegas, se instalaron en sus alrededores, para así tener cerca un medio de transporte barato y eficaz. Cuando era tanta la paquetería transportada, que Ramón Rodrigo (con posada en la calle del Cardenal Monescillo) tenía la exclusiva de subirla y bajarla a la estación y para ello disponía de dos carros, privilegio que luego pasó a Leonardo, que empleaba una camioneta para distribuirla por los comercios del pueblo. Y, en fin, cuando por no haber los coches particulares de ahora, los trenes venían atestados desde Madrid, sobre todo en los años sesenta y setenta, con tanta gente que marchó allí a trabajar, y los correos y expresos descargaban aquí, en Villacañas o en Alcázar todo el personal, continuando el trayecto medio vacíos.


La bodegas se instalaron en los alrededores de la estación
Cargando pipas de las Bodegas Esteso

Eran aún tiempos de vagones de madera como aquellos de las películas del Oeste, con ventanillas que había que cerrar en los túneles para evitar la entrada de humo y carbonilla. Trenes con bancos de listones, unos frente a otros, hechos a propósito —así parecía— para pegar la hebra con el vecino, y en los que siempre encontrabas a alguien que te ofrecía pan con un trozo de tortilla o chorizo y un trago de vino en la bota, convites que no había que rechazar, so pena de importunarlos y de que lo llevaran muy a mal. Trenes que los más osados, cuando en las cuestas aminoraba la velocidad, abandonaban y recuperaban en marcha para alegrar la merienda, complementándola con el postre de un racimo de uvas o un buen melón.


Vagón de madera
Uno de aquellos vagones de madera, hoy objeto de museo


Vagones de madera
Antiguo vagón de madera, hoy remozado para su uso en el llamado Tren de la Fresa, entre Madrid y Aranjuez


Vagon antiguo. Años 60-70
Vagón de los años 60-70

Luego vinieron los adelantos, con vagones cada vez más lujosos y con apariencia de autocares, y hoy es una verdadera delicia viajar en tren, incluidos los de cercanías y regionales, "casi" siempre cumpliendo los horarios y climatizados en su interior. Lo del Ave es una maravilla. De Madrid a Ciudad Real, por ejemplo, no da tiempo ni para dar una ojeada completa a un periódico o revista.

La lástima fue lo de nuestra estación tantos años cerrada, una vergüenza para los del pueblo que la utilizábamos y un signo de atraso, desidia y sordidez para los que nos visitaban. Afortunadamente, tras largo proceso de negociaciones entre el Ayuntamiento, Renfe y Adif, se ha conseguido por fin la ansiada reapertura de la estación a finales de 2012, tras continuas obras en instalaciones de seguridad, mejora de andenes, iluminación, accesos y remodelación del edificio, dotándolo de servicio de venta de billetes, sala de espera, aseos, teléfono de uso público, megafonía y teleindicadores de salidas y llegadas de trenes.


Estación de Criptana clausurada
La estación de Criptana en la época de estar clausurada (1995-2012)


Estación de Criptana remodelada
Estación de Criptana abierta de nuevo a finales del 2012


Estación de Criptana remodelada
Otra imagen de la estación de Criptana remodelada

Estación de Criptana
Estación de Criptana

Tren a su paso por Criptana
Tren a su paso por Criptana

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FIN CRIPTANA 2